DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 1 de mayo de 2012

Me manifiesto en casa. Subiendo y bajando los escalones. Me manifiesto ante el ordenador escribiendo algo que tengo in mente desde hace días, desde que la situación en Europa está sufriendo un peligroso viraje a la derecha, incluido el país vecino y de referencia: Francia. Así es que tecleo las frases que componen el texto Europa: fascismo o revolución y lo cuelgo en mi blog Bajo el volcán. Así contribuyo al 1 de mayo, en 2012, el año en que nos lo recortan todo, sobre todo, derechos sociales. El año en el que veo a la bestia asomando el hocico en demasiados países de Europa.
Voy a comprar el periódico. Pero no lo puedo leer al sol. Hoy, mi bar, está ocupado por franceses ociosos, los que celebran con una cerveza en la mano la fiesta de los trabajadores, así es que me encierro en mi casa a leerlo, con una copa de tinto y algo de queso Idiazabal. No tardo más de un minuto en pasar las hojas de El País. No trae, realmente, un solo artículo que merezca la pena detenerse, así es que lo dejo directamente en el bloque de periódicos para ser quemados si sigue bajando la temperatura.

Como. Me hago unos espaguetis sabrosos e indicados para el colesterol: con salsa de roquefort y crema de leche. He de reconocer que están buenos. Luego huevos revueltos. De postre, arroz con leche que me hice días atrás. Subo a mi buhardilla despacho. Escribo. Llevo días escribiendo. Cosas diversas. Una reseña de la película De Nicolás a Sarkozy, muy de actualidad. Repaso la correspondencia del día. Hay una curiosa carta de una chica francesa. La leo detenidamente. Mi nivel de francés leído es aceptable y no he de recurrir ni al traductor ni al diccionario. Miro la foto que me adjunta. Contesto correos privados. Envío recordatorios de mi próxima presentación de Patpong Road en Granada. Estoy cansado. Se me cierran los ojos ante la pantalla del ordenador. Me echo en la cama. Con los zapatos. Bueno, con las botas. Duermo. Pongo el despertador a las seis. Me despierto a las cinco y media. Duermo poco últimamente. Escasas seis horas, si llegan, por la noche.

A las siete de la tarde cojo el coche. Necesito tomar el aire. Estuve las cuarenta y ocho horas anteriores sin salir de casa, por culpa de la lluvia. Hoy no llueve. Hoy hasta sale el cielo azul entre las nubes. Y los caballos vuelven a pastar en el prado que hay delante de mi casa. Así es que bajo en coche hasta Les, tomo la serpenteante pista asfaltada que va hacia Sant Joan de Toran que, cuando alcanza los 1800 metros de altura, se convierte en pista de tierra, y conduzco despacio, con la ventanilla bajada, esquivando las piedras que cayeron en días pasados por las laderas, la tierra que se deslizó y, en algunos tramos, casi obturan el camino. Y cuando estoy a punto de detener el coche para bajarme y hacer el resto del trayecto a pie, cruza la pista un ciervo mediano, una hembra que huye al verme maniobrando, antes de que pueda bajar y capturarla con mi cámara.
Últimamente subo a la montaña siempre a esa hora, a la hora bruja, la de la luz prodigiosa, con permiso de Fernando Marías. Camino con la ayuda de un bastón considerable, un palo que me puede servir de lanza si topo con jabalíes, que hace poco han estado por allí, hozando en los prados, levantando la hierba y pisoteándola, o por si me saliera algún perro asilvestrado, que tengo en el cuerpo las cicatrices de tres mordiscos de can. Así es que con el palo, la cámara de fotos colgada al cuello y un libro, porque siempre me gusta leer en la quietud absoluta del monte, sigo esa pista encharcada, cuyos charcos fotografío (me gusta retratarlos con el reflejo de las montañas en ellos, como me gusta retratar las montañas lejanas y nevadas a través del entramado de las ramas de los árboles) y ando de puntillas, sigilosamente, porque veo al segundo ciervo de la jornada, cierva, en un recodo del camino que, en cuanto me oye, o me huele, cuando cambia la dirección del viento, pone patas en polvorosa, desciende al galope la ladera y se pierde tras una empalizada de árboles.

Sigo camino, despacio, sin prisas, paseando, y doscientos metros más allá diviso un grupo de tres ciervos, dos hembras medianas y un cervatillo, que beben agua de un charco, se quedan inmóviles al verme y huyen no sin que antes haya conseguido fotografiarles, aunque sea a distancia. Si fuera El cazador de Michael Cimino, si fuera Robert de Niro en esa maravillosa película, habría cobrado pieza, o la habría apuntado con mi rifle de caza y no habría apretado el gatillo, porque me gustan los elegantes ciervos.
Llego a la que será el final de mi paseo de hoy, a un espacio que se abre en la intersección de dos montes. Días atrás había nieve; ahora sólo hay barro y alguna pequeña mancha blanca que se está fundiendo. Busco una piedra cómoda. Me siento. Corre un aire gélido que baja de una cercana montaña nevada. Me cierro hasta el cuello el jersey. Reina un silencio absoluto. Así es que me concentro en el libro, aunque mis ojos, de cuando en cuando, se alzan de las páginas y repasan la foresta, como si esperaran que saliera algo de ella. Y, entonces, en uno de esos movimientos de cabeza con los que me despego del libro que estoy leyendo, la última novela de Empar Fernández, veo al sexto ciervo de la jornada, el mayor de todos ellos, en medio del prado, detenido, mirándome fijamente, evaluando el peligro que yo le supongo; está a unos quinientos metros de distancia, pero tiene una planta impresionante. Tengo la convicción de que es un macho solitario. Permanece quieto, en una zona verde y despejada, un enorme prado que desciende hacia el río que corre al fondo del valle. Nos estamos mirando ambos, sin movernos, durante cinco largos minutos. Parecemos estatuas. Él de pie, yo sentado. Disparo con mi cámara, pero estoy muy lejos. Cuando me levanto y doy unos breves pasos hacia él, el animal, altivo y elegante, gira, me da la espalda, trota con la testa bien alta y desaparece tras una loma.

Las ocho de la tarde. Debo regresar al coche antes de que oscurezca. Así es que me pongo en marcha y desando el camino andado. Tropiezo entonces con el grupo más grande de ciervos de la jornada, una pequeña manada, un clan familiar, cinco ejemplares de mediano tamaño que están detenidos en el camino mordisqueando tallos de plantas y emprenden el trote montaña abajo en cuanto me divisan. Los veo cómo se pierden entre los árboles del bosque. Uno, o una, brama mientras galopa.
A las nueve alcanzo el coche. Aún hay luz. Para leer un poco más la novela de Empar Fernández que llevo entre las manos. Para hacer esa última foto a esa montaña nevada bañada por la luz rosácea del atardecer.

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