DIARIO DE UN ESCRITOR


Kampong Thom, 9 de mayo de 2012


Hoy fui de boda. No a la mía, aunque tampoco podría descartarse dado el interés que despierto entre las nativas camboyanas de cierta edad y viudas mi aspecto de galán maduro. Me quedaría a vivir aquí si no fuera por el calor sofocante y que no hay aceite de oliva. Pero en Camboya me cocería a fuego lento, se licuaría mi cerebro, sería incapaz de pensar, menos de escribir, y mi única actividad sería la de balancearme en una hamaca, como hacen la mayor parte de los habitantes de este país al mediodía.
Hoy, cuando salí del hotel y monté en el microbús blanco y con aire acondicionado, habilitado para diez personas, aunque sólo viajemos dos, para dejar atrás Angkor y Siem Riap, crucé mi mirada con Mister Sothy que, a las puertas del Royal Empire y con las piernas cruzadas en la postura de flor de loto sobre su tuk-tuk, esperaba nuevo cliente occidental, u oriental, porque japoneses y chinos se ven a patadas. Agitó la mano, mientras pasaba a su lado, y yo la mía, en señal de despedida definitiva. Así es que ayer, al final del día, me equivoqué por completo en mis predicciones al decir que no volvería a ver a Mister Sothy, pero ahora si que puedo afirmarlo.

Antes de salir de la ciudad el conductor, un camboyano blanco, joven y educado, nos pide permiso para embarcar en el viaje a su esposa e hijo. Se lo damos, por supuesto. Suben los dos en una gasolinera de carretera, en una estación de servicio, como las de allí, aunque la gasolina, embotellada en los recipientes de litro de agua, se pueda adquirir en cualquier cabaña de la selva, en los puestos locales en donde venden frutas, zumos, cervezas y aguas frías.
La esposa de nuestro conductor es alta, para lo habitual de aquí, atractiva y elegante. La delgada falda tubo que lleva le obliga a andar a pasitos. El niño es un diablo que no se está quieto y no deja un segundo de hablar.

Nos adentramos en un territorio cada vez más rural. Cruzamos una inmensa planicie en la que despuntan, sobre un mar de hierba en el que pace el ganado y algunos enormes búfalos de agua, grupos de altísimos cocoteros. De cuando en cuando hay hondonadas en el terreno llenas a rebosar del agua de lluvia que no se ha evaporado y yo me pregunto si son los cráteres que dejaron las bombas que soltaron los B52 en sus 60.000 misiones. Seguramente sí. Aunque quiero ver el paisaje, el traqueteo del coche me duerme y no me despierto hasta que el microbús se detiene en el puente de Kampong Kdei. Bajamos para fotografiarlo, y seguimos camino por una Camboya cada vez más rural, la que dijo proteger el iluminado asesino de Pol Pot. Es tomando un camino de tierra rojiza que sale de la carretera cuando me entero de que voy de boda. Muy educadamente el conductor nos pide autorización para asistir, durante una hora, a la boda de su primo. Permiso concedido, le decimos a coro. El microbús traquetea por un camino infame y levanta nubes de polvo rojo. A ambos lados de esa pista terrosa y roja, paupérrimas chozas de bambú y techo de palma edificadas en círculo por entre las que corretean pollos famélicos y criaturas. Tras cinco kilómetros de pista bacheada, llegamos a nuestros destino.

Con un gusto estético que haría las delicias de Pedro Almodóvar, los padres de los novios han adecentado el patio central de tierra entre sus viviendas (alrededor de la casa de los padres establecen los hijos las suyas y así cuidan unos de otros) y allí han puesto sillas y mesas de plástico engalanadas con manteles rosa fucsia que dañan la vista. Un toldo de colorines resguarda del sol a los invitados que van llegando y son agasajados por la madre de la novia, que no me quita ojo, y una corte de bellezas locales pintadas como peponas, con tocados altos tipo madre Simpson y espantosos trajes de seda azules. Una batería de gigantescos altavoces amontonados atruena el ambiente con espantosas canciones melódicas cantadas con voces chillonas y empalagosas: Camela a la comboyana.

No sabemos cómo hemos acabado en esta boda, pero allí estamos, invitados a ella y con las manos vacías. Además nuestra indumentaria, sobre todo la mía (chanclas, pantalón corto, una camisa de lino color curry, que me compré en Rajastán en mi séptima vida, y la chaquetilla sin mangas azul de cazador, más mi melena y barba asalvajada) es la menos indicada para ir de boda, pero allí estamos, saludados una y otra vez por los muchos invitados que van llegando al banquete, de los campos cercanos, a disfrutar de la comida.
Una boda camboyana poco tiene que ver con una occidental salvo en su espantosa liturgia externa (invitados vestidos de domingo, música a tope y alegría forzada, aunque la novia, otra muñeca pepona espantosamente maquillada, porque se le fue la mano con los polvos blancos para ocultar su piel morena, aparatosamente peinada y vestida de lentejuelas, tenga cara de ir al matadero, y a él se encamine quizá). El novio elige entre una terna de cinco muchachas casaderas de las familias campesinas de los alrededores, y la novia se deja elegir dócilmente por el novio. La ceremonia suele durar todo el día, pero la gente llega, come y se va con las sobras de la comida en bolsas de plástico transparente (las que utilizaban los secuaces de Pol Pot para asfixiar a sus víctimas) en donde echan el pollo, el pescado, la sopa sobrante, y arramblan con todas las cervezas que pueden sin miramientos. Así es que yo creo que muchos hacen acto de presencia ese día con el único fin de comer gratis.

La madre de la novia nos sienta a una de las mesas concurridas. Antes, por el camino, he ido saludando con cabezadas y juntando las manos, como hacen los camboyanos pero también los tailandeses y birmanos, a cuanto hombre y mujer se cruzara en mi camino, exhibiendo sonrisas encadenadas. Me siento un poco como el Peter Sellers de El Guateque. Los compañeros de mesa son todos varones, que nos miran con más curiosidad que nosotros a ellos, salvo dos señoras que se sientan a mi derecha; a un par de ellos, cetrinos y mal encarados, me los imagino con el pañuelo a cuadros azules de los jemeres rojos, su vestimenta ancha y negra y sus sandalias en vez de botas militares, y seguramente no me equivocaría porque un millón y medio de camboyanos fueron jemeres rojos, incluido el actual primer ministro del Partido del Pueblo de Camboya, un grupo político que se anuncia en las carreteras más que la Coca-Cola, que no se anuncia nunca. No llevo gafas, aunque las necesito: me habría salvado de la purga, aunque mis manos suaves delatarían a quien no ha manejado nunca una azada. Nadie tiene ni idea de inglés ni de francés, así es que la comunicación es fluida. Tampoco veo que hablen mucho entre sí los invitados de las mesas próximas: los decibelios impiden cualquier tipo de conversación y quizá para eso están, para evitarlas. No hay posibilidad de huida así es que toca comer lo que te ponen y someter a prueba la resistencia de tu estómago e intestinos, porque de ella dependerá que acabes el viaje. Como precaución nos negamos, con educación, a que pongan hielo en nuestras cervezas a temperatura de sopa: es lo más inocuo que pasa a nuestro estómago. No nos preguntamos con qué agua habrán lavado la ensalada que nos sirven. Pescamos algunos fideos con nuestros palillos, en cuyo manejo ya somos diestros. Comemos alguna albóndiga de pescado. El pollo parece lo mejor de la comida. Luego hay cerdo, pero me temo que es tripa. Así es que me abono al arroz, que es lo menos peligroso de cuanto hay en la mesa después de la cerveza sin hielo. No sé si hubo pastel nupcial, no lo creo, y tampoco lo esperamos. El chofer cumplió su palabra y nos rescató a la hora justa. Y marchamos cuando llegaba el novio, vestido con camisa rosa brillante, pantalones negros ceñidos y zapatos blancos. Miré por última vez a la novia: seguía teniendo cara de susto. Yo también la tendría si fuera el novio.
Sin la mujer ni el hijo del conductor, que hemos dejado en la aldea, seguimos hasta los templos de Sambor Prei Kuk, toscos y preangkorianos, un centenar de santuarios de ladrillo perdidos en la selva en los que la luz entraba por la bóveda abierta. No son grandes obras arquitectónicas, son muy modestas después de lo que hemos visto, pero el paseo queda justificado por la belleza de la selva de su entorno. El último templo es el que más nos gusta…porque no hay templo, fue literalmente devorado por un árbol. Uno hasta espera que el baniano escupa por alguna de sus bocas un ladrillo después de su digestión de siglos.

Nuestro hotel en Kampong Thom, adonde finalmente llegamos a las tres de la tarde, es modesto pero es el único edificio de la ciudad que tiene ascensor. Me relajo con una hora de siesta, y lo mismo hace mi compañero de aventuras. En teoria tiene wifi, pero no en la práctica. Luego curioseamos por el mercado local, y mejor hubiera sido no hacerlo para haber cenado luego a gusto. El ver nubes de moscas paseando por sus pollos creo que me va a hacer desistir comerlo por una buena temporada.

—Pues imagina cómo estaría el que comimos esta mañana en la bodame dice, con buen criterio, el cineasta que me acompaña y recoge imágenes del viaje.
—Sí, pero la diferencia es que no lo vi.

Esa noche, de forma excepcional, comemos en una pizzería cuyo reclamo es su estilo norteamericano y las banderitas del país que lanzó las bombas desde los B52 y llenó el país de muertos y socavones. Yo una margarita; él una calzone. Regadas con cuatro cervezas Angkor, más calientes que frías, pero ya estamos acostumbrados a esos tragos desde la boda de la mañana. Y regresamos al hotel, envueltos en sudor, con la frustración de no haber podido ver cómo emprendían el vuelo los cientos de vampiros que colgaban de un gigantesco árbol junto al río Mekong, pasado el puente francés que recuerda a cualquiera de la Segunda Guerra Mundial.  Lonely Planet informaba que alzaban el vuelo a las seis de la tarde. Nos engañó. Fuimos a las siete y allí seguían, colgados de las ramas, como racimos, cabeza abajo y chillando de forma desagradable. 

Dormimos con el aire acondicionado a 17 grados. A esa temperatura no hay cucaracha que salga de su escondrijo, aunque, a decir verdad, todavía es la hora de que veamos alguna. Pero más vale ser prevenidos y dormir tranquilos.

Comentarios

Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
Supongo que no tendrías ganas de boda propia antes de asistir a la que has descrito y ahora (me repito) supongo que muchísimo menos después de lo relatado. ¿No pensaste en algún momento que te estaban metiendo en alguna trampa...? Se salvaron: el somnífero estaba en el hielo que rechazaron. Hubieran despertado matrimoniados con alguna de sus mozas.
Bueno, ahora en serio. Me has hecho reir mucho con la historia y tus ocurrencias.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Te hago reir porque yo también me estaba riendo en esa boda. Los camboyanos son hospitalarios y ceremoniosos. ¿Trampa? Sí, claro, sobre todo cuando la madre de la novia me envolvió con su mirada. Pero me resistí.