LITERATURA / CUESTIÓN DE SEXO
No voy
a hablar del cruising, esa modalidad
de sexo con extraños que hace furor en las dunas de Maspalomas, Islas Canarias,
España, en la que un señor o señora, tal como vinieron al mundo, se adentran en
el arenal, y hay señores o señoras también desnudos (el tiempo apremia), que
los esperan en unos matorrales para acoplarse e intercambiar placenteros
fluidos y luego, si se cruzan vestidos en el asfalto ni se saludan, sino de un
estúpido escándalo mediático surgido en torno a la concesión del último premio
Planeta, el mejor dotado (aquí también hay una connotación sexual) de la
literatura universal, en el caso de que estemos hablando de literatura y no de
otra cosa.
Las
cosas hay que ponerlas en su contexto. A nadie se le escapa que el premio
Planeta, salvo contadas excepciones, es un premio dado de antemano, cocinado en
las antesalas de los agentes literarios de turno, y que si algún inocente
escritor se presenta a él creyendo que un jurado ecuánime va a juzgar su obra es
que es un pazguato. Los escándalos en la historia del premio Planeta darían
para rellenar las páginas de un libro chusco. Un Nobel en secano plagió el
argumento de una de las novelas presentadas a concurso; a otro se lo dieron
para ver si saldaba una deuda contraída; otro lo recibió de refilón porque el
que había de ganar no tenía la novela acabada; hubo un miembro del jurado que
mandó el premio a la mierda y lo situó en su justa medida (Juan Marsé, pero
cuando ya lo había ganado) y muchas más anécdotas de las que ya no me acuerdo.
Incluso hubo un buen amigo mío, Francisco González Ledesma, que lo ganó cuando
el premio no estaba tan bien dotado.
El
Planeta, y su cena, a la que creo que asistí, si la memoria no me falla, en dos
ocasiones (y cené muy a gusto, todo hay que decirlo) es la fiesta anual que da
la editorial que, ni por asomo, recupera lo que desembolsa en el premio pero le
sirve para salir en los medios y rodearse del mundo de la cultura y, sobre
todo, del mundo de la política: monarcas, alcaldes, ministros de cultura,
presidentes de la Generalitat cuando no tenían ínfulas independentistas, etc.
Una operación de marketing editorial genial que merece todos mis respetos
aunque se disfrace de premio literario que, ya he dicho, no lo es.
Este
año la operación de marketing ha sido extraordinaria al “premiar” la novela La bestia de Carmen Mola y descubrir qué
escritores, todos masculinos (Agustín Martínez, Jorge Díaz y Antonio Mercero),
se ocultaban tras ese pseudónimo femenino que había cosechado tres importantes
éxitos literarios de la mano de Alfaguara, el sello rival de Planeta. Algunos
colectivos feministas, muy cortitos de miras, porque quien más quien menos ya
sospechaba que allí había uno, dos o tres hombres metidos, se han echado al
monte despotricando por el engaño y porque tres tipos muy machos hayan
utilizado un nombre femenino. ¿Qué se han creído ellos? A raíz de este premio
se ha abierto una polémica en la que algunos escritores masculinos se sienten
marginados en un mundo editorial que busca escritoras y no escritores, y si no
las hay, se las inventa. Mezclan churras con merinas los que hablan de los
casos de George Sand, Isak Dinesen o George Eliot, que se vieron obligadas a asumir ese rol masculino para ser
publicadas en un mundo en donde reinaba
un machismo cultural recalcitrante que no es el actual en el mundo
editorial.
El colectivo masculino Carmen Mola jugó sus cartas, parió tres novelas que fueron tres éxitos rotundos, se dejó comprar por otro sello editorial rival a cambio de desvelar públicamente su identidad y se ha repartido el jugoso premio Planeta. Los que se sienten engañados y perjuran que no van a leer más novelas suyas, que haylos de los dos géneros, incluso los que amenazan con hacer una pira con su trilogía de éxito, pues allá ellos. Para mí la literatura carece de sexo y poco me importa que un libro lo haya escrito un hombre, una mujer, un travestido o un transexual. El conflicto, el carnaval orquestado en torno a esta simple operación de marketing empresarial, además de risa me ha abierto el apetito de leer uno de los bestsellers que una amiga me regaló y tengo arrinconado en la estantería: La novia gitana. Carmen Mola, seguramente, firmó su acta de defunción al desvelar su identidad, así es que La bestia, la novela ganadora, será su obra póstuma.
De impostores e imposturas en una novela hipnótica y kafkiana que habla de la identidad
Pablo Campos, un oscuro y anodino policía que presta sus servicios en la siniestra BDS, la Brigada de Delitos Sociales, es elegido por su superior para una importante misión: suplantar la personalidad de un militar, el coronel Eduardo Paz, que debe coordinar un golpe militar para restablecer la democracia en su país, y para ello debe citarse en Estambul con quien le dará los nombres de los militares proclives a la sublevación. Lo que no sabe ese policía, que por fin va a ser alguien, es que el personaje suplantado va a terminar fagocitándolo y su misión se va a complicar hasta límites insospechados.
La muerte del impostor es una narración hipnótica que bascula entre la novela negra, la de
espías, la denuncia social y la fantasía, un relato centrado en la impostura, y
en el impostor que todos llevamos dentro, en el que el victimario se vuelve
víctima en un escenario cada vez más kafkiano y enrarecido.
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