DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 6 de enero de 2013

    No me trajeron nada los Reyes. No les pedí nada salvo despertar con los rayos del sol. No hice carta. El sol me despertó, pero seguí durmiendo. Últimamente las sábanas se pegan al cuerpo y disfruto de los minutos que siguen a la alarma del despertador.
    Celebré el día de Reyes con un chocolate caliente y churros mientras la gente corriente acudía a la pastelería a recoger el roscón de Reyes que había reservado el día anterior. Hace seis años que no como ese roscón que solía ir a comprar a una pastelería de Barcelona que ya no existe. Miré, mientras mojaba los churros recién fritos y colmados de azúcar en el chocolate a la taza, las noticias. Hablaban de los Reyes, de las cabalgatas, de los agraciados por la lotería del Niño, del Rey con muletas, de la salud de Chávez… Me deprime que la gente se vuelva loca, destape botellas de cava y se rocíe con ellas porque haya ganado dinero con la lotería.
    Fui al quiosco a comprar El País. Salí con El Periódico porque se agotó. Me senté en la terraza de siempre para tomarme una cerveza mientras leía el diario. Había mucha gente sentada a mi alrededor: niños que gritaban; madres que aún gritaban más; maridos que hablaban de sus licencias de caza. Hoy era invisible o mi barba y mi atuendo de leñador canadiense me hacían irreconocible. Me levanté sin la cerveza, regresé a casa, me senté en el butacón orejero al sol y, tras pasar cuatro páginas, opté por dormitar hasta casi las 3.
    Comí. Esa sopa mejorada con alubias blancas y garbanzos que remojé la noche anterior. Le dieron sabor al caldo. Me hice luego unos huevos revueltos con setas de cardo. Y un zumo de una naranja y medio limón. Y tomé el coche, lo saqué del garaje, del pueblo, lo subí por una carretera zigzagueante hasta el mirador.
    Había sintonizado Radio 3. Estaba bien, sentado en mi coche, con el pueblo y el río a mis pies, como una maqueta, y buena música. Bajé al suelo perezosamente con la cámara y el bastón. Una pareja de franceses, que también se habían detenido para disfrutar del mirador, me observaron con desconfianza. No me doy cuenta, o sí, y mi aspecto cada día que pasa se va pareciendo al de esos norteamericanos de la Norteámerica profunda que viven en cabañas perdidas en medio del bosque y no quieren saber nada de la civilización y reciben a los forasteros que invaden su territorio a balazos. Empiezo a entenderlos desde que vivo en contacto con la naturaleza. La gente estorba en el bosque si no se mimetiza con él.
    Tomé una pista forestal de tierra que salía después de una curva, a la derecha. Me puse a andar por ella, a buen paso, en silencio. Nunca la había pisado. Había algún tramo helado: un pequeño riachuelo petrificado, resbaladizo y transparente que no se rompía con los golpes del bastón. Pasé luego al lado de postes de alta tensión que trepaban monte arriba con sus cables en forma de comba. Al final del camino, entre los árboles, se distinguía una casa. A ella me dirigí. Pero no llegaba nunca. La pista seguía el perfil sinuoso de la montaña, una línea quebrada que entraba y salía.
    Anduve hora y media. La pista ascendía suavemente abriéndose paso entre un bosque de avellanos desnudos de hojas. El cielo se mantenía muy azul, sin una miserable nube enturbiándolo. No hacía frío, más bien calor. Me saqué el anorak y lo anudé a la cintura. Estaba también por sacarme la camisa. La casa fantasma no aparecía, era un espejismo, una ensoñación. Pero tenía la firme determinación de llegar a ella. Así es que seguí andando, en silencio, por esa pista solitaria por la que no bajaba ni un coche ni tampoco ningún paseante. Eso era yo. Un paseante solitario que aspiraba el aire puro de la montaña, que se detenía a hacer una foto, a admirar las montañas nevadas del fondo o saltaba los pequeños charcos que se formaban en las oquedades del camino.
    Llegué a la casa tarde. A las 17:15, casi la hora de regresar. Pero valió la pena la obcecación. En realidad eran dos casas y, en medio de ellas, un prado cercado que podría servir como sembrado. Mientras me sentaba en un banco de piedra, junto a la puerta de la que parecía la vivienda principal, empecé a soñar que esa era mi solitaria casa a la que me retiraba. Las dos construcciones tenían chimeneas y habían sido restauradas con sus piedras originales. La más grande tenía aspecto de aprisco y, junto a la puerta cerrada, se almacenaba un buen montón de leña cortada bajo techado. La otra, la vivienda, era más reducida, dos plantas, y cuadrada con un bonito tejado de pizarra herrumbrosa. El conjunto, edificado a pie de pista, en uno de sus recodos, tenía vistas panorámicas. Por un lado se divisaba el Coth de Baretges y, sobresaliendo como una pirámide, la cúpula blanca del Aneto; por el otro lado el Valle, en toda su extensión hacia Francia. El aprisco restaurado gozaba de una terraza enorme que volaba hasta el borde de la pista. Allí podía sentarme, al atardecer, con una taza de café mientras veía cómo se apagaba el día. O salir por la noche, a ver las estrellas. Empecé a pensar qué podría plantar en el hipotético huerto: patatas, coles, zanahorias. Tendría unas pocas gallinas, por los huevos. Y un caballo. Habría que hacer reformas por dentro, seguro, cubrir algunas paredes de piedra con tapices, el suelo, con madera. Imaginaba una sala diáfana, sin paredes, presidida por una gran chimenea central alimentada día y noche por los leños cortados de la otra casa, en donde calentaría la sopa y asaría la carne. En invierno quedaría aislado, cuando cayeran las fuertes nevadas. Saldría entonces a cazar, bien abrigado, con guantes cubriendo las manos, las solapas del anorak levantadas y la capucha encajada sobre la cabeza. Con la escopeta en bandolera y deslizándome sobre los esquíes de fondo, seguiría las huellas de algún jabalí. Como en los cuadros de Peter Brueghel en los que me creo inmerso. Matarlo no sería difícil, cuestión de puntería, verlo entre los árboles y apuntar entre los ojos. Más complicado sería desollarlo. No me veía con las manos tintadas de sangre y separando la piel peluda de la carne con un cuchillo. Pero seguro que los remilgos se me iban con la necesidad. Subiría allí con libros, con mesas de camping, con bebidas y bocadillos. Mejor a la hora de pleno sol si no revoloteaban los insectos. Me apoyaría contra uno de los muros exteriores de la casa y me pondría a leer, y, cuando me cansara, miraría ese paisaje del que nunca me canso y que siempre veo diferente en matices, disposiciones, colores. Si pintara sería seguramente paisajista. .
    Se hacía de noche y yo seguía en esa casa que no era mía, cerrada a cal y canto, inmóvil y silenciosa en un tramo de esa pista solitaria, imaginando una vida que ya no tendría tiempo de vivir.  
    Regresé. Siempre soñando.

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