CINE / LA GRAZIA, DE PAOLO SORRENTINO
He aquí un Sorrentino tan
serio y solemne que parece haber hecho esta película contra sí mismo porque se
aleja de la carnalidad de La juventud, o de Parthenope, para
centrarse en los últimos momentos de un político de la Democracia Cristiana,
Mariano de Santis (interpretado por su actor fetiche Toni Servillo) que afronta
diversos dilemas morales: firmar una ley de eutanasia, con la que no comulga, e
indultar a dos asesinos.
A La Grazia le
perjudica ese empaque de solemnidad impostada que arrastra durante sus largas
dos horas de metraje que, en algunos de sus momentos, aburren, lo que para el
napolitano de La gran belleza puede ser un oxímoron. Da la sensación de
que Paolo Sorrentino se está disciplinando a sí mismo para liberarse del
espíritu de Federico Fellini que pivotaba sobre su cabeza. La Grazia,
película discursiva como todas sus anteriores en los que los personajes
hablaban sobre la brevedad de la vida, la marcha inexorable de la juventud o la
brevedad del deseo, adolece de falta de gracia, valga el juego de palabras. El
napolitano se pone muy serio y ese es un tono que no se espera de él en esta
radiografía de la soledad del poder, quizá el tema que más me ha interesado de
ese largometraje, en el que vemos a ese político, y antiguo juez, asesorado
únicamente por su hija jurista Dorotea (Anna Ferzetti, la hija del gran Gabriel
Ferzetti) perdido en el gran palacio del Quirinal, paseando a solas, hablando
consigo mismo y añorando una vida menos responsable. ¿Y dónde está el
gobierno?, se pregunta el espectador.
Hay, sin embargo, algunas
secuencias gamberras que nos remiten al Sorrentino de antaño, al desmadrado: la
llegada del premier portugués, sorprendido por una tormenta feroz que lo empapa
y sacude la alfombra roja que pisa, ante la mirada y actitud pasiva de Mariano
de Santis que se limita a comentar lo viejo que está su colega y pregunta a su
fiel coracero (Orlando Cinque) si él está igual, y algunos personajes
disonantes como ese papa negro con rastas que conduce una vespa o el astronauta
italiano al que se le escapa una lágrima que flota en la atmósfera ingrávida de
su cápsula.
La Grazia
aborda, además de la soledad del poder a la hora de tomar decisiones, la
pérdida del amor. Mariano de Santis añora a su esposa muerta, rememora su forma
de andar cundo contempla a la joven directora de Vogue que va a entrevistarlo,
la busca en los paisajes de su juventud que visita, se obsesiona por saber el
nombre del amante con quien lo traicionó hace cuarenta años y busca entre los
asistentes al funeral hasta que Coco (Milvia Marigliano), amiga y confidente
con la que suele cenar, lo reconduce.
Se echa de menos las
excentricidades a las que nos tiene acostumbrados el director del biopic sobre
Berlusconi Silvio, que también protagonizara Toni Servillo, o El divo,
sobre Giulio Androtti con los que La Grazia forma una especie de
tríptico político. El presidente democratacristiano Mariano de Santis, cuyo
máximo placer es apurar los cigarrillos que fuma, es un personaje muy humano
que experimenta sobre sus espaldas la duda metódica (se niega a sacrificar a su
agonizante caballo extendiendo al mundo animal las dudas que tiene sobre esa
ley de eutanasia que se resiste a firmar), justifica la burocracia (porque
ralentiza los procesos y permite, en ese lapso de tiempo, modificarlos o limar
sus imperfecciones) y resulta ser muy amante de sus dos hijos (la
videoconferencia que tiene con ellos por Skype cuando su hija Dorotea se reúne
con su hermano músico en Canadá).
La banda sonora se
encarga de sabotear la seriedad del producto y esos ambientes tétricos en donde
está rodado el film. Toni Servillo rapeando cuando está solo es una licencia sorrentina
en un film impostadamente serio en el que los actores sobreactúan por culpa de
unos diálogos pretendidamente trascendentales pero que destacan por su oquedad.
Me quedo con el Sorrentino de La juventud, divertido y carnal, que no se
avergüenza de ser felliniano.








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