SOCIEDAD / EL NUEVO LUMPENPROLETARIADO
Carlos Marx no tenía una
visión muy halagüeña del lumpenproletariado que definió como escoria social, un
término que no me gusta nada (los judíos eran escoria a eliminar por los nazis),
para referirse a ese grupo conformado por mendigos, delincuentes, prostitutas,
desempleados crónicos y personas ajenas al sistema de producción que carecía,
por completo, de conciencia de clase, era poco fiable y podía pasar a ser reclutado
como el ejército del capital si se les compraba debidamente. El
lumpenproletariado, ese producto pasivo de la putrefacción de las capas más
bajas de la vieja sociedad, puede a veces ser arrastrado al movimiento por una
revolución proletaria; sin embargo, en virtud de todas sus condiciones de vida
está más bien dispuesto a venderse a la reacción para servir a sus maniobras (Manifiesto
Comunista, 1847).
Si el autor de El
Capital saliera hoy de la tumba cambiaría el concepto de lumpenproletariado
de una forma muy sustancial. Los desclasados ya no son marginados, sino fundamentalmente
obreros sin conciencia de clase, en eso Marx sigue vigente, que hacen piña con
quienes les aplastan, abogan, muchas veces sin reflexionar, por recortar sus
derechos y por políticas autoritarias —Milei en Argentina que implanta un
salario mínimo de algo más de doscientos dólares mensuales—, lo que yo, muy
gráficamente, llamo corderos que lamen la cuchilla de su matarife. Una encuesta
reciente del CIS revelaba que solo un 10 por ciento de los asalariados se
percibe a sí mismos como clase obrera frente a un 60 que se cree clase media.
Estamos ante una
estrategia universal que lleva muchos años incubándose por quienes manejan los
hilos del mundo y que ha tenido un acelerón espectacular con la llegada de
Donald Trump al poder y el dominio absoluto de los tecnoligarcas. Cuando uno de
ellos, Elon Musk, gana tres mil dólares por segundo, el mundo tiene un serio
problema, porque con el poder económico, tecnológico y mediático que el sudafricano
acumula se puede controlar absolutamente todo: condicionar procesos electorales,
comprar voluntades políticas, destruir adversarios, promover movimientos de
masas con bulos…
La deriva de una parte importante
de la clase obrera hacia posiciones xenófobas y fascistoides en Europa no
debemos achacarlo simplemente a la conspiración de la extrema derecha, que sabe
mover muy bien sus hilos y maneja a la perfección las redes sociales y los
seudo medios digitales —cada día se lee menos la prensa seria y las masas se
informan a través de ellos—, sino que también la izquierda tiene una grave
responsabilidad en que esto haya sucedido, de que barrios obreros que
tradicionalmente votaban a la izquierda lo hagan a la derecha. Detrás de esta
deriva masiva hacia la regresión —la Iglesia Católica, con sus dos últimos
papas, se ha convertido en faro del progresismo ante el avance imparable de las
iglesias evangélicas y sus mensajes retrógrados y sionistas— no solo está la
intoxicación por bulos sino también la cada vez mayor ignorancia y la ausencia
de pensamiento crítico en las nuevas generaciones que aceptan como válidos
postulados falsos, que elaboran las plataformas, cuanto más simplistas mejor, porque no
requieren ningún razonamiento —pensar es tan aburrido como trabajoso—, y eslóganes
elementales: el American Firts de Trump o la prioridad nacional
de Abascal son algunos ejemplos. Quizá esta derrota por aplastamiento —los
gobiernos de izquierda de Latinoamérica, que vuelve a ser el patio trasero de
Estados Unidos, han ido cayendo a la derecha uno tras otro como fichas de
dominó— sea también culpa de esa izquierda arcoíris, término que le robo
a mi querido amigo el Filósofo Rojo, obsesionada por cuestiones identitarias y de
género que pasa de puntillas por la lucha de clases. El machismo, que se siente
amenazado por el feminismo, saca pecho y se alinea con el pensamiento
reaccionario y vende que la masculinidad está en peligro. Los ecologistas, que
dan tanto la lata, son denominados fanáticos climáticos a pesar de las
evidencias claras del calentamiento global (más de cinco mil muertos en España debido
a las altas temperaturas que superan los cuarenta grados).
Los movimientos a favor
de volver al patriarcado más absoluto empiezan ya a cuajar en Estados Unidos de
la mano del pastor evangélico ultraconservador Doug Wilson, el líder de la
Christ Church de Idaho, que promueve que la mujer quede relegada a las tareas
del hogar y la crianza de la prole, mientras el hombre salga a trabajar y proveer
de dinero al hogar, prohibir el aborto y el matrimonio homosexual, quitarle el
derecho de voto a las mujeres y sustituirlo por el voto por hogar, entre otras
propuestas, y esto con el apoyo entusiasta del jefe del Pentágono Pete Hegseth,
el cruzado que lleva tatuado en el pecho Dios lo quiso y quiere que los militares
pasen una prueba de nivel de testosterona.
Esa masa obrera,
manipulada, que no se siente tal a pesar de seguir siendo explotada, ignora que
los partidos de izquierda, desde principios del siglo XX han conquistado
derechos en España y en el mundo entero como el voto femenino, las vacaciones
pagadas, la reducción de la jornada laboral, el divorcio, la prestación por
desempleo y, más recientemente, el derecho al aborto, el matrimonio
igualitario, la actualización de las pensiones según el IPC o el aumento del
SMI, y siempre con la oposición sistemática de la derecha. Y esos derechos
conquistados pueden perderse ante la actual deriva regresiva internacional.
Los que dominan el mundo,
que ahora asoman las caras —Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Peter Thiel,
George Soros…—, que antes estaban ocultas, porque están convencidos de su
victoria y de que han impuesto su relato social —con los ricos gobernando, las
cosas irán mucho mejor… para ellos—, son numéricamente escasos, pocos en
relación inversa con el enorme poder que detentan, y necesitan tener a muchos a
su alrededor para aplastar a los opositores, masas de lumpenproletariados ignorantes
que les hagan el trabajo sucio. El de cipayos, los hindúes traidores que
reprimían a sus compatriotas y estaban a sueldo de los opresores y
colonizadores británicos, es un término adecuado que se puede hacer extensible
a quienes, siendo explotados, defienden y se ponen al servicio de los explotadores
y se muestran implacables hacia los que aún tienen menos que ellos: los pobres
que queman las pertenencias de los todavía más pobres, los migrantes en Ceuta,
por ejemplo. No saben esos enaltecidos y violentos patriotas, que quizá en un
futuro muy cercano recibirán el mismo trato cuando emigren ellos, o sus
descendientes, del sur al norte porque el cambio climático mata y está haciendo
insostenible la vida en nuestro país. Islandia, previsora, no ha entrado en la
Unión Europea y una de sus razones para no hacerlo es prever una invasión de
refugiados climáticos que vengan del sur de esa Europa que se asfixia por
temperaturas extremas.
Una de las imágenes más
sorprendente que vi previamente a las elecciones de Estados Unidos que ganó
Donald Trump, fue la de un emigrante latino, un peluquero de Miami, que
defendía apasionadamente la política migratoria de persecución del que iba a
votar a pesar de que su madre, emigrante sin papeles, sería expulsada del país.
El karma se volvió contra algunos de ellos cuando vimos a los agentes de la ICE,
la Gestapo de ese estado totalitario en que se ha convertido Estados Unidos,
deteniendo a los que habían votado al emperador naranja. No se dan cuenta
algunos que son simple carne de cañón que una vez utilizada se desecha. Los
millones de norteamericanos, muchos de ellos pobres y escépticos con su sistema
político, los que pertenecen a la trash wasp (basura blanca), que han
aupado a la presidencia a un multimillonario como Trump, que alardea de haber
venido a la política para forrarse él y los suyos sin ningún desdoro, y lo hace
(en dos mil millones ha aumentado su fortuna desde que ocupa por segunda vez la
Casa Blanca), forman parte de ese nuevo lumpemproletariado que es el ejército
en la sombra del gran capital.
En todo este caos mundial
que estamos viviendo, en el que se han roto todas las reglas del juego y domina
la fuerza sobre la razón y están eclosionando los huevos de la serpiente en
todas partes —los nuevos fascismos que cargan contra los recién llegados y convierten
a los migrantes en los judíos del Tercer Reich a los que hay que expulsar,
quizá eliminar (VOX proponía utilizar la Armada para hundir las pateras; su
diputado Figaredo habla de cazarlos uno a uno)—, también en nuestro país
auspiciadas por un franquismo nada residual que se reivindica por algunos como
una panacea —con Franco se vivía mejor, y llegan a decir que había más libertad—,
las redes sociales y sus bulos sustituyen a los tanques y a los golpes de
estado, y en España estamos asistiendo a un acoso permanente al gobierno desde
que tomó posesión por tierra, mar y aire. Casi diría que se agradece que los
cambios de gobiernos sean propiciados de esa forma, porque son procesos menos
traumáticos en los que nos ahorramos los asesinados y torturados de otras épocas.
Los que se llenan la boca
hoy con la palabra libertad, y la izquierda ha dejado esa bandera en sus manos,
serán los liberticidas del mañana en cuanto lleguen al gobierno (el estado
profundo ha sido siempre suyo). No tengo ninguna duda de que en cuanto la
derecha, que no ha dejado en ningún momento de tener el poder en España,
recupere el gobierno de mi país, nos censurarán, prohibirán, perseguirán y hasta
encarcelarán. La apisonadora ultra es imparable y va de mano de la degradación
moral de un mundo que camina desde hace mucho tiempo sin principios. ¿Qué quedó
del horror que provocó el cadáver del niño Aylan en una playa de Turquía diez
años más tarde? Nada. ¿Qué quedó de los aplausos al papa León XIV en el Congreso
de los Diputados cuando habló de empatía y acoger a los necesitados? Nada. A
día de hoy ser un canalla está bien visto y hasta se alardea de ello y se hace
mofa tachando a los que defienden los derechos humanos y las leyes
internacionales de buenistas ingenuos. Hay que alinearse con el fuerte, aunque
esté sea tirano, liberticida y asesino, es el argumento de algunos que censuran
la política crítica de este gobierno ante los desmanes de Estados Unidos e
Israel. Hacer piña con el matón de la clase. Y este cambio del paradigma ético parece
irreversible.
Asaltando las
instituciones del estado, poniéndolas a su servicio, adelgazando lo público
frente a lo privado con la demonización de los impuestos —Dick Cheney, el
vicepresidente de George W. Bush, fue muy gráfico cuando hablaba de reducir el
estado de tal forma que pudiera ahogarlo en una bañera—, derribando el concepto
de solidaridad y sustituyéndolo por el de caridad o eslóganes como el pueblo
salva al pueblo —bomberos, sanitarios, docentes, policías, militares son
funcionarios del estado, y ellos son los que salvan al pueblo pagados con los “malditos”
impuestos de todos—, cuestionando las conquistas del estado de bienestar, las
democracias están en serio peligro y lo paradójico del caso es que con la ayuda
de los propios afectados que se manifiestan para que se recorten sus
libertades. Los nuevos lumpenproletariados de los que hablaba Marx han mutado.
Un colega, del que no voy
a decir el nombre, afirmaba en la última Semana Negra de Gijón, en una
conversación informal sobre lo que está sucediendo, que las democracias ya no
pueden dar respuestas a la complejidad del mundo, que este había cambiado (por
la fuerza) y que lo lógico es que sean sistemas autoritarios los que se
instauren. Era más o menos lo que dijo la presidenta de la Comisión Europea
Ursula von der Leyen, que luego tuvo que desdecirse, cuando asumió que las
reglas del juego habían cambiado para justificar la política agresiva de Donald
Trump, saltándose la legalidad internacional, ante el silencio bochornoso de
Europa.
Podemos perder buena parte de los derechos conseguidos en los últimos años gracias a las luchas sociales que implantaron el estado de bienestar y a las medidas implementadas por los sucesivos gobiernos progresistas aquí en España que han mejorado la vida de la ciudadanía, que de eso va la política, y lo paradójico del caso es que el retroceso que se avecina será con el apoyo de los que van a ser los primeros perjudicados por ello. Y todo porque los poderosos han impuesto su relato falso y tienen un poder como jamás habían detentado antes.
Con una Epopeya
Americana / Libertad (Bohodón Ediciones, 2026), José Luis Muñoz inicia la
publicación de una trilogía ambiciosa que retrata la América profunda, la que
ha dado el triunfo a Donald Trump, pero antes de que el multimillonario
alcanzara la presidencia. A través del enfrentamiento entre dos hermanos
llamados Caín y Abel, Muñoz disecciona ese basto y complejo país lleno de luces
y sombras y paisajes increíbles, porque la novela, un thriller trepidante,
tiene también mucho de narración de carretera, es un viaje por buena parte de
la geografía norteamericana. Del autor dice el escritor José Carlos Somoza: “José
Luis Muñoz conoce como pocos la América de la novela negra original, y escribe
con la fuerza y el realismo de un Winslow o un Ellroy”.








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