viernes, 17 de julio de 2009

LA FOTO

G8.
¿Qué mira Obama?
¿De qué se ríe Sarkozy?

Ser fotógrafo es, muchas veces, la habilidad de cazar el instante con un simple click, la suerte de estar en el momento preciso y hacer la toma desde el ángulo adecuado. Esta foto, tomada mientras los mandatarios de los países más importantes y ricos de la tierra se reunían en L’Aquila, la ciudad italiana devastada por el terremoto, y que lo sigue a fecha de hoy porque Berlusconi está por otras labores, tiene mucho interés, porque habla de lo que ya sabíamos, de que los poderosos de la tierra no son ajenos a las debilidades humanas.
Podría pensarse que Obama está buscando el escalón en donde asentarse comodamente para la previsible foto de familia que vendrá ─ al fondo está Lula, puede que detrás otros mandatarios que se entretienen antes de entrar en el cuadro de la fotografía solemne que eternice el evento ─ pero la mirada sonriente y cómplice de Sarkozy, que está al lado y mira exactamente lo mismo que su colega norteamericano, desmiente esa suposición de plano. Obama tiene los dos pies perfectamente asentados en el escalón, y si trazamos una línea que parta de sus ojos veremos que no mira al suelo. Lo que está mirando el primer presidente negro de Estados Unidos, su gran esperanza, en un gesto de humanidad que lo hermana con el resto de seres del planeta, es un magnífico culo. Y lo hace con cierto disimulo, con esa elegancia que lo hermana, según el escritor mexicano Carlos Fuentes, a Fred Astaire por sus aires de bailarín, la misma elegancia que despliega cazando una mosca inoportuna en un estudio televisivo: primero, una advertencia; luego un palmetazo letal que manda la mosca cojonera a la moqueta, muerta pero entera. El culo, que siempre hay que imaginar debajo de su falda, lo que desata la fantasía, parece hermoso y digno de mirar. Sarkozy así lo confirma desde el otro extremo de la foto mientras roza su labio sonriente con el índice. ¿Se trata de una mujer hermosa? Seguramente, porque da la sensación de que Obama primero ha mirado su rostro y luego, irremediablemente, cuando ha pasado por su lado, quizá sonriéndole, no ha podido evitar mirar su trasero. Hay quien me dice, malévolamente, que con el trasero que tiene en la Casa Blanca tiene bastante. Y ahí aparece Michele Obama, tras su marido, ajena a la foto, de frente y con la cabeza cortada, ignorante de la pequeña pillería de su consorte. Hay quien, en un afán de exonerarlo de esa mirada cargada de testosterona, afirma que esa mirada va destinada a las sandalias que cubren los pies de la bella mujer ─ ¿sandalias, y no zapatos de tacón, en una cumbre del G8? ─. Al principio quise creer que esa mujer, de larga y alborotada melena rizada, vestida con cierta desenvoltura y tan cómodamente calzada, sería la primera dama de alguno de los participantes, pero ¿de quién?, hasta que una garganta profunda me ha desvelado que se trata de una bella e inteligente asesora del presidente Lula da Silva.
Obama, en esta instantánea, emula a Vinicius de Morais en la playa de Ipanema, cuando admiraba los andares de esa garota que inspiró su más conocida y sensual melodía.
En el G8 también hay un resquicio para la carne, y la picardía, mientras unos cuantos tratan de arreglar este desordenado mundo. Una felicitación al fotógrafo que captó ese instante al que no hace falta poner palabras. Esta es una foto que habla por si misma, como todas las buenas fotos. Pero yo no pude vencer la tentación de ponerle texto.

LOS RELATOS DE PLAYBOY

Me consta que quedan muy pocos ejemplares para que se agote la tercera edición de mi modesto best-seller PUBIS DE VELLO ROJO ─ 30.000 ejemplares vendidos, uno de los títulos más exitosos de la colección que figuró meses en la lista de los libros más vendidos ─, premio de literatura erótica La Sonrisa Vertical, por lo que con vuestro empujoncito a uno y otro lado del Océano ─ el libro se puede conseguir en cualquier librería de Latinoamérica o por Internet les llega en 4 días a domicilio ─ la editorial Tusquets pondrá en marcha la cuarta edición, algo que me complacerá en grado sumo.
La revista Playboy, en la que escribía de forma regular cuando obtuve ese prestigioso premio, publicó como primicia promocional en su número 136 de Abril de 1990 uno de los capítulos de la novela, EL SÓTANO, que puede leerse como relato independiente. Disfruten, o sufran, más bien sufran, con las líneas que van a leer que, aviso, pueden herir su sensibilidad. Incluso a mí me cuesta reconocerme después de tantos años transcurridos.
Las magníficas ilustraciones son las que acompañaban la publicación y son obra de José Luis Graña

El ganador del premio de narrativa erótica la sonrisa Vertical, en su última edición, es un habitual de los páginas de Playboy. El relato de este mes es un extracto del capítulo titulado El sótano, perteneciente a la novela ganadora Pubis de vello rojo, editada por Tusquets.
Ada, la protagonista, es una joven liberada que disfruta del sexo plenamente y vuelve locos a sus dos acompañantes. El trío erótico compuesto por ella, su amante y un mirón, resulta estremecedor y tentador para el lector convertido, a su vez, en un voyeur.

EL SÓTANO
JOSE LUIS MUÑOZ

El rumor vuelve, insoportable, sórdido, creciendo entre las cuatro paredes del sótano. No conseguirá acostumbrarse a él. Como no puede acostumbrarse al dolor de muelas que le estalla en el cerebro. Es como si, escuchara el roce de sus carnes satinadas por sudores tras los gemidos, es como si aquellos dos cuerpos, ahítos de placer, estuvieran mofándose, sumiéndose en la más abyecta de las humillaciones, desde una esquina de su camastro. Permanece inmóvil y anclado, sin capacidad de respuesta, escuchando el sórdido clamor de los cuerpos ayuntándose. Parecen insaciables, lo son, o sólo lo simulan porque él está allí, tumbado en el jergón, al otro lado de la leve cortina que separa ambos ambientes, y no ignoran su presencia, es más, seguro que incluso les excita saberle tan próximo a ellos escuchándolos, quieto e impotente testigo de su lascivia desenfrenada. Él se venga.
Se remueve en la cama. Y los muelles crujen, y la sábana, que parece haber absorbido como una esponja, la humedad de la estancia, le roza viscosa las piernas desnudas. Pero los muelles de la otra cama aún crujen mucho más, imparables, y los jadeos de ella se superponen a los mugidos de él, multiplicándose, acortando los intervalos que existen entre ellos, hasta casi formar un todo asfixiante que no muere nunca. Es como la banda sonora de una película pornográfica, que no excita, se limita a alterar, a mantener al espectador en permanente angustia por saberse mudo voyeur de algo en lo que nunca va a participar. Parece como si ella intentara demostrar al mundo la inmensidad de su placer con toda la fuerza de sus pulmones. Placer y dolor. Porque a él su placer le duele, le ahoga. Comienza a arrepentirse de todo, a desear con vehemencia que el mal sueño acabe y estar lejos de allí, en cualquier parte, en un sitio ventilado, soleado, y hacer las paces con Emma si aún está a tiempo. Cierra los Ojos, cruza las piernas con violencia, llora de rabia, reprimiendo sus movimientos. La sigue oyendo, la seguirá oyendo aunque tapone sus oídos con los dedos porque el jadeo está en su interior, instalado como un cáncer en su cerebro, y allí va a permanecer aunque consiga huir lejos. Intenta pensar en otra cosa, como, por ejemplo, en qué empleará todo aquel dinero, y comienza a imaginar la cantidad de cosas agradables que podrá hacer con él. Pero no, maldita sea, no puede concentrarse en ello, le resulta del todo imposible hacerlo. Jadeos, jadeos y jadeos, como si estuvieran grabados en playback y no fueran a cesar hasta que el espectáculo porno concluyera. Ha probado a taponarse los oídos con los pulgares, pero sigue escuchándolos, a su pesar, tan próximos que es como si ellos dos estuvieran refocilándose en su propio lecho y desde su extremo le observaran para espiar su expresión de angustia. Él se venga.
No puede más y se levanta. Le duele el cuello, hace frío en el exterior, y más frío aún en ese maldito sótano alquilado en el que el aire de la calle entra por múltiples rendijas. Hay una gran ventana al fondo, que da a la vía, desde la que cualquier peatón que pasee por la acera puede observar lo que sucede dentro si no estuviera corrida una cortinilla de saco que toscamente la obtura. Allí, allí abajo, en el sótano, la sensación de indefensión, vulnerabilidad, ahoga, se hace insoportable. Basta sólo una simple patada en el cristal para que el mundo exterior invada el cubil. Porque no otra cosa es la habitación dividida en dos por una cortina, con un baño, desprovista de luz. Resulta deprimente ver los pies de los viandantes, sus pantalones, sus piernas, y tener que imaginar el resto de sus cuerpos desde el subsuelo. Le duele el cuello por la postura incómoda que ha tenido que guardar aquella noche, la anterior, la otra, y la otra. Le duele por el aire gélido que se cuela por las rendijas que hay bajo la puerta, por los intersticios de la ventana, que permite su paso violento. Un café caliente, nada como un café caliente en estas ocasiones. 0 el calor de la chimenea. 0 el cuerpo tibio de una mujer, de esa mujer que ya no es suya y vibra taladrada por el sexo de otro. Él se venga.
Catorce años antes era al revés. Él estaba sobre ella, moviéndose entre sus abiertos muslos sonrosados, y Paco era un simple voyeur invitado a contemplar el hermoso espectáculo de sus dos cuerpos enlazados sucumbiendo al placer sin límites. Se había sentado en la alfombra, junto a ellos, y observaba sus evoluciones por el suelo de arpillera, Se había desnudado por completo y su pene, excitado, surgía entre sus piernas con la lejana esperanza de desahogar su deseo en el sexo de Ada.
Ada siempre promiscua, siempre provocativa, embutida en sus tejanos, con el jersey negro de cuello de cisne tallándole los senos sin sujetador y su sonrisa, entre burlona y tentadora, prometiendo placeres.
─ ¿Por qué no llevas sujetador?
Y ella se levantaba el jersey en medio de la calle, de los pasillos del metro, del patio de la universidad, para mostrar, como una ensoñación, por brevísimos instantes, sus senos desnudos y perfectos al mismo tiempo que se burlaba de los escandalizados. Ada no había hecho aún la revolución marxista leninista, no se había desclasado, vivía con su padre, médico de profesión, en un piso oscuro del Ensanche barcelonés, recibía de él una asignación mensual para sus caprichos y no tenía mucha fe en la dictadura del proletariado. En cambio, había asumido a la perfección los principios de la revolución y se había empapado de lecturas de Willheim Reich y de los dictados ácratas del mayo del 68 para justificar revolucionariamente sus sucesivas entregas a los hombres desde que los senos se moldearon mágicamente en su tórax y las membranas de su sexo palpitaron ávidas de húmedas sensaciones.
─Me gusta follar contigo ─le decía, besándole en la boca, en la oreja, en la nariz, bajo los naranjos del patio de la universidad, palpando la hinchazón de su sexo bajo el pantalón tejano─. Pero me gustaría hacerlo con otros. Déjame hacerlo con otros además de contigo. Yo te quiero, pero es reaccionario hacerlo sólo con un tío. Lo dice Wíllheim Reich.
─ ¡Al demonio ese Reich! En este aspecto soy un «facha», y tú eres mi chica ─y la ceñía por la cintura, la alzaba unos centímetros sobre el suelo, descendiendo sus manos por sus nalgas circulares ceñidas por vaqueros, y violaba su paladar con su lengua.
─Te quiero.
─Amar es reaccionario. ─Es igual, te quiero. El tipo aquel apareció un buen día. La asediaba. Le pedía apuntes, se sentaba a su lado en clase, la devoraba con la mirada, y ella, provocativa, se la devolvía. Lo escrutaba con sus grandes ojos verdes y se humedecía los labios.
─ ¿Ves a ése que está apoyado contra ~a columna?
Claro que lo veía. Hacía semanas que no le quitaba el ojo de encima, que seguía hasta sus más nimios movimientos, su comportamiento de verdadero perrito faldero con conmiseración.
─Le gusto. Le gusto muchísimo. Porque yo le excito. No para de mirarme. Seguro que está trempado por mí y se masturba pensando que se lo hace conmigo. Y es tan feo, el pobre, que no debe de tener tía para echarle un polvo.
Y ahora el Patito Feo estaba allí, por un capricho de ella, como testigo mudo y excitado de cómo él follaba a la chica de sus fantasías sexuales sobre el suelo de arpillera, y su chica, la pelirroja, retorciéndose de placer, alzando los muslos, apoyando las piernas sobre los hombros de su amante para que él, con su polla, le llegue hasta el cielo de su pequeño coño y la mate de placer. Y a él la idea de tener un mirón mudo de sus ejercicios sexuales no le molestaba, incluso le divertía, nunca había follado en presencia de un observador, y el observador, postrado y excitado, podía incluso transmitirles su sórdido gozo con su tensa presencia y hacer que la calidad de su espectáculo subiera una octava. Habían comenzado desnudándose los tres y bailando abrazados, y él le succionaba los senos mientras acariciaba sus caderas de ánfora mientras el Patito Feo le tanteaba el culo con su verga circuncisa.
─Hazle algo ─le susurra él a ella, señalando con los ojos al mudo asistente de su acoplamiento cuya verga hinchada sobresalía de sus muslos─. Está a punto de reventarle la polla.
Y entonces ella alarga los brazos y toma el pene excitado del observador entre sus manos, y lo acaricia con sus dedos humedecidos de saliva, liberando el glande encendido, siguiendo el ritmo del copulador que taladra con entusiasmo su sexo.
Ada, cuando se excita, prorrumpe en obscenidades, y lo que dice tiene la virtud de llevarla hasta el límite de éxtasis. Comienza a delirar, a hablar de la polla que tiene entre los muslos, de la polla que crece entre sus dedos, de los respectivos glandes, su dureza, la tensión que nota en sus troncos por donde la sangre asciende con el violento bombeo preludio de su cercano éxtasis.
─ ¿Os vais a correr? ─pregunta Ada sin dejar de manipular al observador, curvándose con elasticidad de acróbata hasta conseguir montar sus rodillas sobre sus hombros para que la verga que la penetra le llegue a lugares vírgenes de su Sexo.
El amante que la taladra contesta afirmativamente sin cesar en su excitante vaivén. El otro cierra los ojos y se tensa retrasando su orgasmo.
─ Esperad, aún no. Aguantad, queridos míos. Quiero sentir vuestras dos pollas correrse al mismo tiempo.
Coge la polla del observador y la conduce hasta la superficie blanda de sus senos, y con ellos la acaricia jadeando de placer mientras invita a los machos a culminar su éxtasis sobre ella. Él entra diez veces en el pubis de vello rojo, con fuerza, gimiendo, besando su boca y clavando las manos en sus nalgas abiertas, y explota a la undécima embestida, y ella, excitada, abraza con sus senos la polla tensa del Patito Feo que se corre dulcemente, sin violencias, sobre las cálidas turgencias de los senos que la envuelven, humedeciéndolos desde su base hasta los pezones con el néctar de su placer.
─Otro día ─le promete al hombre masturbado, arañándole el pecho, bajándole y subiéndole la piel del prepucio hasta que su glande se alivia por completo -Te dejaré que entres en el Paraíso, si mi novio te lo consiente.
Desde entonces el Patito Feo había soñado con aquella penetración prometida, y por ello había sido bufón excitado de sus juegos amorosos. Hasta que le llegó el momento.
─Ven ─le dijo un día Ada, borracha de sexo, tras desacoplarse de su amante.
Y él entró en ella, y la amó en silencio, hundiéndose en la vorágine de sus muslos mientras el otro, pálido y crispado, salía de la habitación, se vestía y bajaba a la calle para no oírlos.

LOS REPORTAJES DE GQ

En 1996 recibí un encargo de Sandra del Río, por entonces directora de la revista GQ España, que no podría rechazar. Se trataba de ilustrar literariamente unas fotos que Helmut Newton había realizado en Las Vegas y que quería publicar la revista.
Había estado el año antes en la ciudad del desierto de Nevada y me había marchado de ella con un cúmulo de sensaciones literarias que iban a dar su fruto, pero el desafío de poner letra a las fotografías de uno de mis iconos fotográficos era todo un reto. Se trataba, además, de mi bautismo en la prestigiosa publicación. Me puse en ello con el estímulo visual del fotógrafo norteamericano cuya visión de la ciudad coincidía al cien por cien con la que yo tenía: un enorme decorado inhóspito y hortera, poblado por sexo barato y juego tramposo, que, sin embargo, atrapaba. Este reportaje, quizá uno de los trabajos de los que me siento más orgulloso, fue el embrión de LLUVIA DE NÍQUEL, el trhiller que transcurre en Las Vegas y una de mis novelas que más valoran mis lectores.
La ciudad me había hecho perder seiscientos dólares en sus endemoniadas máquinas pero, a cambio, me regaló este reportaje, otro en Cinemanía, un par de artículos en El Periódico, un premio literario, el Francisco García Pavón, y una novela absorbente cuya redacción me llevó diez años. Había salido ganando.

LA FIEBRE DEL DÓLAR
texto: José Luis Muñoz. Fotos: Helmut Newton

La anciana, que rondaría los 80 años, respiraba a través de una mascarilla de oxígeno e iba en silla de ruedas, indicó con un gesto perentorio a la enfermera que la situara ante la máquina tragaperras y allí permaneció jugando febrilmente hasta la hora del jarabe, la pastilla, el supositorio o la inyección. Un ama de casa con los rulos en los cabellos y por todo vestido una especie de combinación floreada, metía en la ranura de la máquina las monedas que sacaba de un enorme cubo de plástico que tenía entre las piernas, hipnotizada por las peras, manzanas y cerezas que aparecían en el visor de su máquina tragaperras. El hombre, ataviado con pantalón corto, camiseta sin mangas, que dejaba ver una espalda tatuada, y gorra de béisbol, se había olvidado de comer y de dormir a juzgar por el estado de ansiedad que denotaba su mirada, sólo pendiente de su suerte, mientras liquidaba los saldos de sus cuentas corrientes, sin más alimento que los bloody marys servidos por una camarera pizpireta que se desplazaba en patines embutida en una cortísima minifalda y con un suéter pequeño que le ceñía el busto.
Estos son algunos de los personajes que pueden encontrarse en Las Vegas, de los que no es posible hacer un retrato robot. Pertenecen a todas las razas del mundo, hablan todos sus idiomas y si algo les une son sus prisas-por ganar dinero o por perderlo-y el modo desenfadado de sus vestimentas: pantalones cortos, calentadores ceñidos, chándals, camisetas sin mangas y escotadas, sandalias o zapatillas de deporte; y no hablemos de los peinados: hay hasta quien se olvida de sacarse los rulos para acudir a su cita diaria ante la máquina tragaperras que le succionará los ahorros de todo un año.
A esta meca del juego, ubicada en uno de los desiertos más agrestes de Estados Unidos y edificada sobre cimientos de arena apelmazados con sangre de mafiosos, como muy bien ilustró Martin Scorsese en su espléndida película “Casino”, se acude expresamente a jugar; los ludópatas americanos cruzan de este a oeste su país y aterrizan en la ciudad de los neones eternos con la idea de fundir durante días, semanas o meses sus fortunas. Nada se puede hacer en Las Vegas que no esté relacionado directamente con los casinos y casi nadie sale de esa fantasmagórica ciudad sin haberse dejado en ellos una porción de su dinero, tentación de la que no se salvan ni lo más reacios al juego
El infierno. Esa es exactamente la sensación que el viajero tiene no bien pone un pie en el asfalto de Las Vegas. El primer impacto que recibe en cuanto aterriza en la Sodoma del desierto es una bofetada de aire tan cálido y seco que parece vaya a arrancarte la piel de la cara. La historia de Las Vegas está ligada desde sus inicios a la de la mafia. Bugsy Siegel, el gángster con glamour interpretado por Warrem Beatty en la película de Barry Levinson Bugsy, escogió para erigir ese paraíso artificial de luces de neón uno de los lugares más inhóspitos del planeta, un rincón del sur de Nevada al que habían llegado hacia 1855 los mormones de Utha y en donde en 1864 el ejército americano construyó Fort Baker. Y en ese desierto yermo, barrido día y noche por un viento sofocante, empezaron a construirse lujosos hoteles y casinos con ruletas y máquinas tragaperras, en los que se servía whisky abundante y había bellas mujeres, todo lo que en definitiva condenaba el puritanismo americano y hacía de oro al crimen organizado.
A partir de 1931 proliferaron los casinos-hoteles a lo largo y a lo ancho de una ciudad en continua expansión. El Golden Nugget, Four Queens, Union Plaza, en la parte antigua de Las Vegas, cuyas calles se han cubierto ahora, son los más veteranos. En ese ambiente se desarrollaba La cuadrilla de los once, la historia del quimérico asalto a cinco casinos de Las Vegas por Frank Sinatra, Dean Martin, Peter Lawford y Sammy Davis Jr., los desaparecidos miembros del clan Sinatra, y fue esa parte antigua de la ciudad la que recreara Francis Ford Coppola en Corazonada. Pero es en Las Vegas Bulevar, más conocida por The Strip, dónde se encuentra el grueso de los casinos. Junto a los clásicos como el Caesars Palace, en cuyo vestíbulo resuena constantemente la música de la película Cleopatra, el Circus Circus, que alberga en una de sus plantas un circo al completo con sus trapecistas, funambulistas y payasos que hacen las delicias de los niños, el Stardust, el casino en cuyo escenario triunfa la strepper Nomi Malone de la película de Verhoeven Showgirls, El Imperial Palace, de ambiente japonés, el Sahara, El Riviera o The treasure Island, se han establecido en los últimos años una serie de desmesurados casinos como el Excalibur, con cinco mil habitaciones y ambiente de castillo de cuento de hadas, el Luxor, en forma de pirámide egipcia y presidida por una esfinge, el Mirage, cuyas máximas atracciones son un volcán emplazado en su exterior, que entra en erupción cada media hora entre lagunas, cataratas y montañas, un espectacular acuario que hay en la recepción del hotel y los tigres blancos que los huéspedes jugadores pueden observar a través de un vidrio protector, o el M.G.M, presidido por el gigantesco león de la compañía, que está considerado el mayor casino-hotel del mundo, con 5004 habitaciones y un parque completo de atracciones en su interior. La locura.
Acoso y derribo: he aquí los restos de Silver Slipper, un pequeño casino que albergó lo mejorcito en perfomances de jazz.

La fiebre del juego
La única música de Las Vegas es la de las miles de monedas de níquel desapareciendo por la ranuras de las máquinas tragaperras, la música de Money de Pink Floid, y, de tarde en tarde, el estruendo de la cascada de monedas con que la diosa fortuna premia la obstinación de algún jugador. Scorsese manifiesta sentirse fascinado por la fauna que pulula por el interior de los casinos, ambiente que ha sabido plasmar con su maestría habitual en su film Casino. Miles de jugadores, ludópatas compulsivos que se olvidan de comer, de dormir, hasta de su esposa y su familia, introducen sus monedas de níquel en las máquinas y permanecen embobados ante sus pantallas esperando que coincidan en el visor las tres cerezas o los tres plátanos de la fortuna, o lanzan los dados, o juegan al póquer en habitaciones privadas, o apuestan sobre carreras de caballos que tienen lugar en cualquier punto del planeta, en lo que es un trasiego permanente de dinero que va a parar a las arcas de los casinos limpiamente. Sentados en las banquetas, ante las máquinas tragaperras, se encuentra gente de toda clase y condición, desde una ancianita postrada en su silla de ruedas acompañada por su enfermera a un rudo muchachote tejano en camiseta luciendo tatuajes obscenos en sus bíceps bajo el ala ancha de su sombrero de cowboy, desde un ama de casa con bata y rulos a un latín lover vestido de blanco, desde un jeque árabe hasta un circunspecto hombre de negocios, drogados todos por ese estruendo que hace el dinero al caer.
Librarte de la atmósfera del juego resulta difícil en Las Vegas, porque el juego lo invade todo y es la razón de ser del formidable negocio de la ciudad. Todo en ella es un guiño permanente a que pruebes suerte. En los lavabos de los casinos hay máquinas tragaperras para que juegues mientras orinas los litros de cerveza que te has metido en el cuerpo, en los gigantescos ascensores de los hoteles tienes la oportunidad de perder unos cuantos centavos hasta que alcanzas tu piso, en las barras de los bares, mientras mordisqueas a toda prisa un sandwich, puedes meter monedas sin necesidad de levantarte e ir a la máquina, porque la máquina está allí, debajo de tu bocadillo o del culo de tu vaso de cerveza, empotrada en el mostrador, parpadeante.
Pero algo está cambiando últimamente para mal en Las Vegas, dulcificando su tenebroso aspecto pecaminoso y haciéndolo derivar hacia el hortera concepto de parque temático que USA importa ya por todo el mundo. Los antiguos casinos en cuyos cimientos yacen sepultados traidores de la mafia, policías honrados, morosos pertinaces, gángster rivales, prostitutas que se han ido de la lengua, toda esa amalgama de sangre y carne sobre la que se han erigido esos monolitos a la ludopatía, han dado paso a esos otros casinos con aspecto de parque de atracciones que seducen por igual a niños y a adultos que nunca han dejado de ser niños.
Mezcla orgánica: Trina Maggart y sus circunstancias en el Palomino Club, lo más hot de la ciudad.

Sexo, por favor
Las Vegas es la válvula de escape de toda la represión de la puritana América, una ciudad diseñada para pecar. La carne en Las Vegas, sea de rubia californiana, de exuberante mulata o de delicada oriental, se cotiza a buen precio, pero es que los arreglos faciales, los implantes de colágeno o la profesionalidad de las oficiantes del sexo así lo requieren. El americano medio y provinciano, que se muere de asco en un pueblo polvoriento del medio Oeste, ahorra toda el año para desmadrarse lo que dé de sí su dinero en Las Vegas, en dónde infringirá a conciencia todos los mandamientos con el morboso regustillo de la transgresión: comerá, beberá, jugará y fornicará en esa Sodoma de luces parpadeantes que termina por atrapar hasta a los más esquivos a sus encantos.
Un par de calles, a la derecha de The Strip, albergan los locales de lap dance, que la Nomi Malone (Elisabet Berkeley) de Showgirls ha hecho famosos, en los que las chicas bailan completamente desnudas para los clientes en habitaciones privadas y sólo imponen la condición de no ser manoseadas, aunque ellas sí puedan establecer algún que otro contacto físico con los excitados espectadores. En las afueras, enclavados en el condado de Clark, están dos de los mayores burdeles del mundo con servicio a hoteles o en el propio establecimiento. Cientos de jóvenes y atractivas prostitutas se sirven a la carta en esos dos establecimientos. Para quien no quiera utilizar las habitaciones de su casino-hotel, la dirección del burdel envía la limusina a recoger al cliente y lo devuelve por el mismo procedimiento una vez efectuado el servicio. A pesar de que en Las Vegas la actividad de las prostitutas no es legal-pero sí consentida-, los periódicos traen interminables listas de call girls de todas las razas y edades y para todos los bolsillos. Rubias con implantes de silicona y colágeno en los labios y vestidos nimios ceñidos sobre cuerpos de ensueño están al acecho en los casinos y se aproximan a sus posible clientes en cuanto huelen, más bien oyen, el dinero. En las interminables listas de ofertas sexuales de diarios, revistas o en la mismísima Internet, muchachas de todo pelaje, raza y condición se ofrecen para aliviar las tensiones generadas por el juego de los ludópatas o para ordeñar sus ganancias. Hay agencias que envían a las habitaciones de todos los hoteles-casino de Las Vegas un ejército de esforzadas bailarinas que hacen su striptease privado-y lo que se tercie a continuación-en la intimidad de una suite y garantizan un servicio rápido-en menos de veinte minutos usted tiene en su habitación a la chica de sus sueños-y profesional. Si lo que se desea es una muchacha con aire aniñado, huir de la engañosa silicona que consigue perfectos cuerpos artificiales, hay una lista de chicas con bustos poco protuberantes y escurridos muslos que desde las páginas de la web se ofrecen como perversas lolitas. Para los masajes están las orientales, todo un elenco de chinas, vietnamitas, japonesas, coreanas, tailandesas y hasta hawaianas que prometen el placer de la relajación con sus manos y con sus cuerpos, sin que falten travestidos y machos servidos discretamente a señoras que también desean un desahogo sexual sin que medien los sentimientos.
Las Vegas también es conocida por sus matrimonios rápidos y divorcios fulgurantes, otro de los grandes negocios de la ciudad. Miles de americanos acuden a Las Vegas atraídos por sus facilidades matrimoniales, se casan o se descasan con facilidad pasmosa y en la más estricta intimidad. Las capillas y las suites de lujo hortera para los recién casados-camas y bañeras en forma de corazón y tonalidades rosas en las paredes de las suites-abundan en una ciudad que es, a partes iguales, un gran prostíbulo, una inmensa sala de juego y un inagotable bar.

Beber en Las Vegas
En Las Vegas desaparece la conciencia de pecado que tiene el americano medio cuando acude a una licorería y pide al empleado que le envuelva la botella de whisky. Aquí nadie se esconde la botella bajo la americana. La bebida es barata, y muchas veces gratis, como por ejemplo en el interior de los casinos mientras no despegues el trasero de la banqueta y simules que estás jugando. Atractivas camareras con sucintas minifaldas y sonrisas a flor de boca pasan entre los jugadores obsequiándoles con whiskies, bloody marys y demás bebidas alcohólicas absolutamente gratis porque la bebida conduce a la irreflexión, y ésta es la mejor aliada del juego. Conviene que la gente esté alegre, que no consulte el saldo de su cuenta corriente ni el de su Visa, que no perciba el volumen de sus pérdidas.
Comer en Las Vegas es más barato que en cualquier lugar de Estados Unidos. En régimen de buffet libre, un desayuno se puede ir a la irrisoria cifra de 2,99 dólares, mientras una comida no llega a los 4. Es normal ver a vaqueros, señoras enruladas o turistas japoneses ahogarse en cervezas y despachar en pocos minutos grandes copas de cocktail de infames gambas congeladas con ketchup en los cientos de bares que no cierran nunca. Una jarra de cerveza cuesta 75 centavos y el cocktail de gambas 95.

La belleza del diablo
El paisaje que circunda las Vegas es desolador. Las alternativas al juego son escasas. No es una casualidad que la ciudad se enclavara en medio de un paisaje hosco y árido. Salvo perderse en alguna galería comercial o hacer una excursión hasta el pantano de Hooven Dam, el más grande del país, que recoge las aguas del río Colorado y abastece toda California, no parece haber más opciones. Andar por la calle, incluso de noche, no es nada recomendable. De día el calor es seco, agobiante, se alcanza con facilidad los cuarenta grados de temperatura y más, el viento sopla constantemente y abrasa la piel, y el viandante ha de buscar enseguida el consuelo del aire acondicionado en sus hoteles-casinos o la fría jarra de cerveza en sus bares. Por la noche la sensación aun es más espectacular: el aire sigue abrasando aunque luzca la luna en el firmamento.
Las Vegas es una ciudad que nunca duerme-las salas de juego están abiertos las 24 horas del día- y es por la noche cuando se manifiesta más pérfidamente seductora. Los letreros de los casinos parpadean, centelleantes, compitiendo entre ellos en espectacularidad para atraer a los clientes, y las aceras se llenan de gente que en sus ciudades natales haría tiempo que estarían durmiendo. Todas las normas de la América puritana se transgreden una por una en Las Vegas, una ciudad a la que se acude con conciencia de pecado.
Queda la parte negra de Las Vegas, la que no deja ver sus luces de neón parpadeantes. La de los ludópatas que lo han perdido todo, han hipotecado hasta su casa para seguir jugando y se hallan sumidos en la miseria y se descerrajan un tiro en la soledad de la habitación de su hotel. Los que empeñan a la mujer, como hace David Murphy-Woody Harrelson-con su esposa Diana-Demi Moore-que entrega al millonario John Gage-Robert Redford-en Una proposición indecente. Es esa vertiente destructiva de la ciudad, la desolación que subyace bajo la fatua alegría de las luces de neón, lo que destaca Mike Figgis en Leaving Las Vegas, y en la que se zambulle el guionista Nicolas Cage y su compañera de infortunios, la prostituta interpretada por Elizabeth Shue, en un itinerario suicida y poco agradecido por la ciudad, que ya no es la que cantara Elvis Presley y bailara Ann Margret en Viva Las Vegas, aunque los neones sean más o menos los mismos.

Guía práctica de Las Vegas
Dónde dormir
Depende de cómo se vaya. Si se acude en familia mejor dejarse caer en el Circus Circus, con 3.800 habitaciones, un tren interno que comunica las distintas secciones del hotel, tres casinos en su interior, un casino infantil para que empiecen a enviciarse los pequeños, siete restaurantes y un espectáculo de circo permanente en una de sus plantas en la que dejar a los infantes mientras se tira la casa por la ventana ante las máquinas tragaperras. Es uno de los casinos más antiguos y con más sabor de Las Vegas y las habitaciones sólo cuestan 46 USD al día. Otra opción, más moderna, es alojarse en el Excalibur, una horterada con aspecto de castillo de dibujo animado de 4.032 habitaciones, seis restaurantes, dos piscinas, capilla y jacuzzi cuyo precio oscila alrededor los 55 USD. O el Luxor, que tiene forma de pirámide flanqueada por una enorme esfinge de Gizé, 4.200 habitaciones, siete restaurantes temáticos y piscina olímpica por 65 USD. O el New York, New York, la traslación de la Gran Manzana al epicentro del desierto de Nevada con representaciones tan emblemáticas del skyline neoyorquino como el puente de Brooklyn o la estatua de la Libertad, 2.034 habitaciones, tres restaurantes, piscina, jacuzzi y sauna por 89 USD. Pero sin duda el más mastodóntico es el MGM, con sus 5.004 habitaciones, de las que 751 son suites, televisión por cable, máquinas de bebidas en cada planta, clínicas, cines, habitaciones para no fumadores, etc.
Los hoteles-casinos de siempre, los de más solera, se encuentran en el centro neurálgico de Las Vegas, en The Strip. El Flamingo, con 3642 habitaciones, seis restaurantes, cinco piscinas y canchas de tenis sigue siendo una de las mejores ofertas por 85 USD. El Sahara tiene el encanto de lo modesto y lo antiguo, con 2.000 habitaciones, 6 restaurantes y 2 piscinas por sólo 48 USD. El Riviera, de 2100 habitaciones, tiene el encanto añadido de ofrecer espectáculos de topless a cargo de su ballet The Gracy Girls. El Stardust, en el número 3.000 de Las Vegas Boulevard South, es quizá uno de los que tienen más encanto de todos los citados, al menos es uno de los más frecuentados por el cine. Pero por un poco más de dinero-125 USD-vale la pena alojarse en el legendario Caesars Palace, disfrutar de las proyecciones de su Omnimax Theater, sus shows de primerísima calidad, sus dos piscinas, 9 restaurantes, y sus pequeñas dimensiones-sólo 1.500 habitaciones-. En su casino podrá disfrutar jugando al bacarrá, al black jack, poker, apostando a los caballos o perdiendo las monedas de níquel en las ranuras de sus máquinas, y cuando se aburra puede pasear por sus galerías comerciales observado por la réplica del David de Miguel Ángel, beberse una margarita en la nave de Cleopatra o tomarse una foto abrazado a una de las estatuas de peplums gloriosos que flanquean la entrada a los acordes de la banda sonora de la película “Cleopatra” de Mankiewicz.
Pese a la descomunal oferta de miles de habitaciones disponibles, en Las Vegas es conveniente realizar las reservas con una antelación mínima de seis meses pues la ciudad recibe visitantes en toda época de año, especialmente por fin de año. El teléfono de la central de reservas es el 18004611375.

Cómo ir
Las comunicaciones con Las Vegas son excelentes. Vía Nueva York o vía Los Ángeles existe una gran cantidad de vuelos a través de compañías nacionales o americanas. Si se desea un poco de aventura es aconsejable hacerse con un coche de alquiler, cruzar el desierto de Nevada, haciendo cruces para que el aire acondicionado no se estropee, y entrar en la ciudad por carretera. Una opción interesante, por el contraste, es dejarse caer, antes o después, por el Cañón del Colorado. Mejor después.

Qué comer
Hay que hacerse a la idea de que nadie acude a Las Vegas pensando en comer. Por esa razón no espere encontrar ninguna exquisitez culinaria por mucho dinero que quiera gastarse. La dieta en Las Vegas es fundamentalmente a base de lo que llamamos comida basura: mastodónticos buffets libres de calidad soez, pero que llenan el estómago, cócteles de gambas en cualquier barra que se precie a precios de risa y toda clase de hamburguesas que se pueden degustar con buena cerveza americana-la Bud o la Budweiser, pero también la Coronitas-sin dejar por ello de jugar-las barras de muchos bares son en realidad máquinas tragaperras transparentes en las que el cliente puede ir dejando caer sus monedas. A los jugadores recalcitrantes, para animarlos a que no se levanten de las banquetas de las máquinas, atractivas camareras con minifaldas de vértigo y sobre patines les sirven toda clase de bebidas gratis. Lo mejor, los bloody marys.

Qué ver
Los casinos de la calle The Srip, la parte vieja de Las Vegas y la más mítica, tan reconocibles, gracias al cine, como las calles de Nueva York. Las lujosas galerías comerciales de los hoteles. Los espectáculos nocturnos y las actuaciones de primerísimas figuras de la canción melódica. El espectacular pantano Hoover Dam, una gigantesca masa de agua que da luz día y noche y proporciona aire gélido durante trescientos sesenta y cinco días a esa ensoñación kitch que es Las Vegas. Y, por encima de todo, el mayor espectáculo sigue siendo sencillamente la gente.

Clima
Las Vegas está en el centro de un desierto. Las temperaturas superan corrientemente los 40 grados en verano. Los coches sufren recalentamiento del motor por las altas temperaturas. El calor es más sofocante, si cabe, por la noche. Coja la ropa más informal que encuentre y un vestidito elegante por si se decide a ir a un show nocturno. Contra el calor agobiante sólo hay una única solución una vez te hallas inmerso en la ciudad: caer en la red de sus refrigerados casinos. Si resiste sin jugar demasiado, su sentido común se lo agradecerá. Si por casualidad gana, salga corriendo con la ganancia.



LA PELÍCULA

TRES MONOS
Nuri Bilge Ceylan


El festival de Cannes del año pasado premió al turco Nuri Bilge Ceylan con la Palma al mejor director por su trabajo en Tres monos. Una decisión justa y merecida, sin duda. Nuri Bilge Ceylan (Estambul, 1959) no es nuevo en las lides cinematográficas. Su cortometraje Koza fue seleccionado para el festival de Cannes, y Mayis Sikintisi, su segundo largometraje tras Kasaba, lo fue en el de Berlín. Luego seguirían Lejano (2003) y Los climas (2006), hasta llegar a Tres monos, curioso título que hace referencia a un cuento clásico japonés.
Resulta difícil adscribir la última película de Bilge Ceylan a un género en concreto, porque tiene trazos de muchos. Hay género negro ─ un político mezquino, Servet (Ercan Kesal), pide a su chófer Eyüp (Yavuz Bingöl) que se autoinculpe de una muerte, que puede terminar con su carrera pública, a cambio de una considerable suma de dinero cuando salga de la cárcel ─; hay denuncia sociopolítica ─ la mirada de Bilge Ceylan hacia su clase política, y la sociedad turca, es todo menos complaciente ─; hay mucho neorrealismo en el tratamiento de la vida cotidiana de Hacer (Hatice Aslan), que aprovecha el encarcelamiento de su marido para relacionarse con el político Servet, al que ve como tablón para salir de su mísera y desgraciada vida, y su hijo Ismail (Ahmet Rifat Sungar), que vela celosamente por la fidelidad de su progenitora ─ y hasta la abofetea, en una de las secuencias, cuando sospecha que se ha acostado con Servet y trata de ocultárselo ─, y hay, sobre todo, una desoladora mirada hacia la familia, en la que se centra y escarba, de forma obsesiva, la cámara del director turco ─ que confiesa en entrevistas cuánto de personal hay en ello ─, descubriendo la miseria emocional, la frustración sexual, la violencia latente, los desafectos y las mentiras que la corrompen.
Con frialdad nórdica ─ por algo se declara admirador del cine de Bergman, y también del de Ozu ─ que resulta chocante con su origen meridional, empleando una economía de medios en el lenguaje que lo acercarían al cine de Robert Bresson ─ no hay violencia explícita, pero ésta se respira en casi todas las secuencias: Ismail recogiendo a su padre Eyüp a la salida de la cárcel y explicándole que se gastaron parte del dinero en la compra de un coche es uno de los momentos tensos ─, y con unos actores excepcionales que simplemente están como son ante la cámara y no parecen interpretar sino vivir sus propias realidades, construye Nuri Bilge Ceylan este drama sórdido, duro y cortante, cruzado por la muerte y el adulterio, sin una sola concesión, de una austeridad tan apabullante como efectiva.
Habría que destacar, por último, el buen partido que saca el director turco al video digital con que rueda todo el film, la excelente composición de los fotogramas, que oscilan entre el gris y el verde apagado, lo fantasmagórico de su paisaje urbano, desolado y pobre, en donde es imposible un atisbo de felicidad, que embellece hacia el final de la cinta con nubes de tormenta que se alían como elemento dramático. Con todo ello, con un formalismo fotográfico plenamente trabajado, aunque no lo parezca, y unas interpretaciones sumamente medidas ─ la cámara, que se mueve con lentitud, se detiene en primeros planos de rostros inmóviles que, sin embargo, dicen lo que pasa en su interior por el ritmo de la respiración o por la misma exudación ─ consigue Nuri Bilde Ceylan una atmósfera de desasosiego absoluto, en la que forma y fondo andan cogidas de la mano, son uno solo.
Quizá, como imagen destacada del film, que tiene muchas y potentes ─ los intentos de Hacer por lanzarse al vacío ante la pasividad de su marido ─ destacaría ese retazo fantástico onírico que siembra de inquietud y explica el estado de derrumbe total de la familia: el niño ahogado, el hijo pequeño, que, de forma recurrente, se presenta ante Eyüp e Ismail, para atormentarlos y recordarles, con su ausencia, un dolor que siempre va a estar presente en sus vidas. JOSÉ LUIS MUÑOZ

paisanaje

NEOYORQUINOS (2)
fotos y texto:José Luis Muñoz
Esta chica en edad escolar representa a esa minoría vituperada y humillada durante decenios de esclavismo, primero, y décadas de odio e intolerancia, después. Como ella, millones de negros ─ lo siento, me resisto a emplear ese estúpido eufemismo de afroamericanos, del mismo modo que deberíamos olvidarnos de los subsaharianos ─ tienen conciencia de que por fin pueden sentirse representados porque uno de los suyos ocupa la Casa Blanca.

La muchacha mira a lo alto y hace el gesto de llamar a alguien colocando la mano abierta sobre la boca, para amplificar el sonido de su voz. A su lado una compañera con la mirada perdida. Dentro del escaparate de la tienda, un empleado con chaleco y sin corbata, trata de vender unos zapatos deportivos. Casualmente los tres personajes son negros. Y no estamos en Harlem sino en pleno centro de la Gran Manzana.

Este tipo grueso que trabaja en la calle asfaltando me recuerda a John Goodman, uno de los grandes, en el sentido más amplio de la palabra, actores norteamericanos del momento, alguien capaz de que la estúpida sonrisa que nos provoca ver a una persona gorda se nos hiele de inmediato, porque los gordos que interpreta Goodman, sobre todo a las órdenes de los Coen, nada tienen de simpáticos y sí mucho de letales.

Los rasgos de esta muchacha aindiada irradian una belleza salvaje. Me gusta la disposición de sus rasgos sobre su rostro anguloso. Tiene ojos rasgados, nariz perfecta y labios anchos que no denotan sensualidad sino fiereza. La supongo de algún país de Centroamérica. Es una india en cuyos rasgos fuertes no se descubre ningún tipo de mestizaje. Me gusta ese gesto que hace con la mano de tirarse el pelo hacia atrás. Puede ser mi Yacaré, perfectamente.
Esta muchacha negra recibe una buena nueva por su móvil. Contrariamente a muchas chicas de su raza, opta por conservar sus bonitos rizos naturales. Trabaja en una de las cientos de miles, sí, cientos de miles, han oído bien, de oficinas que ocupan los rascacielos de Manhattan.

No sé por qué razón, pero presumo que esa chica es de origen nicaragüense. Cuando vuelvo a ver la fotografía me doy perfecta cuenta del origen de mi suposición: me recuerda a Bianca Jagger, la que fue novia del Rolling Stone Mick Jagger y abanderada de diversas causas progesistas. Hoy Nicaragua, un antiguo emblema revolucionario, es un sueño del pasado.


Nadie puede dudar del origen hispano de este caballero de blanco y abundante pelo. Es un gallego puro, que es cómo nos llaman a todos los españoles por el afán migratorio de nuestros celtas. Alguien le pone detrás una V de la victoria. Está celebrando el aniversario de la independencia de Puerto Rico, su país, que pasó a ser un estado dependiente de la Unión con la curiosa denominación de asociado.


El tipo es un mendigo, pero parece feliz y no me pide nada a cambio por la fotografía. Ha debido caerse recientemente, después de una mala borrachera nocturna, porque tiene una costra en la nariz. Su tonalidad de piel rojiza lo asocio a su dipsomanía. Tras cruzar unas palabras en perfecto español, afirma ser portorriqueño. No hay cosa que una más que el idioma.


La muchacha de larga melena ondulada tiene la mirada absorta. Permanece quieta en la calle esperando que el semáforo vire al verde para cruzar. Tiene la cara redonda, como de luna, y una frente muy ancha y despejada. Ese tipo de mirada, algo perdida, la he visto con mucha frecuencia en las calles de la capital del mundo.
No es nada habitual ver a musulmanes en Nueva York haciendo gala de ello con su vestimenta después de lo que pasó el 11S, pero a este hombre tocado con el fez y ornado por su barba blanca no parece importarle manifestar públicamente sus creencias. Más difícil es ver, todavía, mujeres con la cabeza cubierta con el yihab.
Esta norteamericana blanca tocada con sombrero camina con seguridad por las calles de la Gran Manzana mostrando por su escote sus retocados pechos. Es una muacha atlética, pero también podría ser un muchacho, por lo que no pongo la mano en el fuego para avalar su feminidad. Por regla general, la mujer que exhibe su busto es que éste acaba de pasar por el quirófano y desea que los demás le den su aprobación.
Esta camarera de un Starbucks Café, que en Nueva York son bastante peores que los que abren en España, sirven un café infame y unas enormes madalenas rellenas de fruta bastante repugnante, parece preocupada de que nadie conteste a su llamada en sus quince minutos de descanso. Me gusta su expresión triste y la belleza de sus rasgos. Aprecien la coquetería con que se encasqueta en su cabeza la gorra preceptiva.
Mirando el suelo, precavida con su paraguas en la mano, la neoyorquina de artificial cabello lacio, hermoso collar étnico sobre busto abundante y llamativos pendientes, sale del duro trabajo y regresa a su casa. Allí tendrá que lidiar con su prole que le tirará de la falda y con un marido ocioso que no tiene trabajo y demabula en calzones por su casa con una birra en la mano, como Hummer de los Simpson.
Puede que Nueva York sea la ciudad con más móviles por habitante. Y la que más los utiliza. Mientras la mujer de segundo plano habla por uno convencional, la oriental de primer plano lo hace a través de sus auriculares. ¿Tanto hay que decirse a todo hora y lugar? Quizá las distancias insalvables de la ciudad justifiquen su uso.
Por las venas de esta mujer, que no disimula sus canas y tiene dignidad en su edad, que no belleza, corre sangre irlandesa. Y es católica. Aunque no se distinga, la medalla que cuelga de su cuello contiene una imagen religiosa grabada: una virgen. Quien la observa, de perfil, es su hija. La tercera invitada que se cuela en la foto parece Laura Dern, la actriz de uno de los parques jurásicos y alguna pesadilla de David Lynch.
Bueno, pues aquí está la hija, con un gesto de desaire total. Hay un punto de agresividad en esa mirada que se cuela por entre sus párpados cerrados. Es sumamente pálida y tiene una forma de cara oblonga. El color de su cabello es natural y ligeramente rojizo. No tardaremos mucho en verla empuñando con una mano una jarra de Guinness y con la otra repicando en el mostrador de una taberna irlandesa de Nueva York, al ritmo de las gaitas de sus músicos celtas.
Los obesos mórbidos han disminuido drásticamente y la enfermedad ha cruzado el charco y la tenemos entre nosotros. Siempre nos llega todo con retraso de Estados Unidos, y aumentado. Estamos copiando sus malos hábitos alimentarios y alumbrando una generación de obesos mientras ellos toman medidas para controlar el problema y han reducido su número. No lo digo por estas dos señoras de origen mexicano, o guatemalteco, que charlan muy animadas y no parecen sentirse acomplejadas de su sobrepeso alimentado por tortillas y tacos.
Los efectivos de la NYPD son incalculables. Creo que es la ciudad con más policías del mundo, algo que se agradece porque no se les suele ver como amenaza sino como protección. La mayor parte de ellos, como estas dos mujeres que charlan entre si animadamente, están para resolver problemas de tráfico que no existen. La circulación de Nueva York es Jauja al lado de la de Madrid o Barcelona.
Abundan los atuendos deportivos. Los neoyorquinos son tan fanáticos de la vida sana como de la comida basura. Es habitual toparse con tipos sudorosos que van corriendo a sus casas después de haber dado dos o tres vueltas corriendo al Central Park. Este cambiará su camiseta sin mangas por camisa oscura, corbata chillona y chaqueta balnca y se irá a cenar al River Café, uno de los restaurantes más panorámicos de la ciudad, justo donde acaba, o empieza, el puente de Brooklyn.

Cualquier atuendo es bueno si rima con el color de la piel. El móvil nunca falla para regocijo de las empresas de telefonía que se han convertido en unos de los negocios más seguros. Los neoyorquinos deambulan ensimismados en sus largas conversaciones. La de citas que se evitan, o se construyen, con estos artilugios que llevamos pegados al oído e irradian directamente sus ondas nocivas al cerebro.
Esta mujer resalta su busto prominente y, presuntamente, natural con una especie de cinturón rojo abotonado a su traje negro. Lleva la bandera anarquista sobre la piel pero debe de estar en las antípodas de la ideología ácrata. Como verán es otra que habla por la calle a través de sus auriculares. Empiezo a sentirme un bicho raro. Mi móvil no funciona en la ciudad y no tengo nada para colgarme de las orejas.


EL LIBRO

VACACIONES DE INVIERNO
José Manuel Benítez Ariza

Paréntesis Editorial. 13 €
214 pgs.

Decía Hitchcook, el genial mago del suspense, que hacer una película con niños era muy peligroso, porque la tentación de caer en la ñoñería ─ ¡qué difícil me resulta recordar algún niño cinematográfico que me cayera bien! ─ era insalvable. Lo mismo puede rezar para la literatura. Escribir una novela con niño es muy difícil. Benítez Ariza, con Vacaciones de invierno, sale airoso del desafío.
He aquí un libro que parece testimonial ─ ¿viaje a la infancia de su autor? ─ y seguramente lo sea. El escritor gaditano José Manuel Benítez Ariza, autor de las novelas La raya de tiza , Las islas pensativas y Los bosques sumergidos, además de certero articulista de prensa, recrea en esta narración la convalecencia de un niño de 11 años, que se acaba de romper la mandíbula al caer de su bicicleta, en un centro hospitalario, y esa forzada inmovilidad y reclusión le servirá para reflexionar sobre su entorno y esa época vital de la que queremos salir velozmente, para convertirnos en el adolescente ansiado y más autosuficiente.
Tiene el gaditano Benítez Ariza la habilidad, y la maestría, de ponerse en el lugar del muchacho, de hablar, pensar y ver por sus ojos desde el recuerdo narrativo. El libro es tanto un el relato de ese período extraordinario de estancia en el hospital ─ un microcosmos poblado por algunos personajes curiosos, como esa anciana que se escapa una y otra vez, o ese niño que defeca en sus pantalones para llamar la atención─, en donde recibe cuidados que tanto se aprecian en esa época de la vida ─ las vacaciones de invierno del título, mientras sus compañeros siguen condenados al cole ─ , como un dibujo preciso de la mente del niño ─ el amor a la madre, la visión del padre desapegado y extraño, los primeros atisbos de erotismo inocente, su admiración a ciertos héroes del momento ─ su lesión es similar a la sufrida por Cassius Clay─ , sin perder de vista el entorno, porque la novela es también un repaso sociológico e histórico a un año determinado de nuestra historia reciente, el del avión que se estrelló en los Andes, pero en el que también suceden muchas cosas ─ que Franco recibiera a José Legrá; que Esperanza Roy estuviera en su plenitud carnal como vedette y apareciera en un enorme cartel en el cine Andalucía ─, aparentemente anodinas, pero que se marcan a fuego en la mente de ese niño recluido en la prisión de oro que es el hospital. En la perfecta imbricación de los materiales con los que está construida la novela, los emocionales y los histórico/sociológicos del tardofranquismo, unidos con naturalidad, creo que se encuentra la principal virtud de este libro/viaje a la infancia que se lee con verdadero deleite y está servido con prosa directa y sencilla.


Perfectamente estructurado en capítulos, en cuyo inicio ya va el contenido de los mismos, sin baches narrativos y rica en anécdotas, manteniendo en todo momento el mismo tono narrativo y, sobre todo, sin traicionar el punto de vista de ese niño, presunto alter ego, que Benítez Ariza no pierde nunca de vista y al que no es difícil ver entre las páginas, Vacaciones de invierno es una novela viva y llena de vida, suavemente nostálgica, bella y entrañable, que se deja leer y querer porque quien se adentre en sus páginas, que se va a sentir plenamente identificado con su niño protagonista.
Y sí, se pueden hacer buenas novelas con niños, algo que Dickens demostró suficientemente.