PAISANAJE

NEOYORQUINOS
texto y fotos: José Luis Muñoz

Trabajadores en la zona Cero. De esa ruina luctuosa, de ese socavón inmenso perpetrado por los intolerantes en la zona más tolerante de USA, va a emerger el edificio más alto del mundo. ¿A quién desafían? En la ciudad vertical dos afroamericanos se saludan ante la mirada amable de un trabajador blanco de diseño al que no le falta el bruñido casco con pegatinas patrióticas.

¿Cómo se puede ir de Superman con esa cara? No recuerdo si también llevaba capa y se disponía a volar desde la acera, pero con ese gesto no creo que llegara muy lejos. Cada uno circula por Nueva York como le da la gana. Cada cuál encuentra su vestimenta ideal sin que nadie se espante ni te lo retraiga. Creo que tengo en la maleta un disfraz de Mickey Mouse. Mañana me lo pongo, sin falta.

Chinatown. La mujer china no está en un karaoke sino en una pérgola en donde hay gente que canta, otros que hacen taichí y negros que alardean de sus conocimientos en artes marciales. Afuera llueve con fuerza. Formo parte del grupo de curiosos que se guarece bajo la lluvia y recibe ese imprevisto regalo. La voz de la señora me recuerda las interminables óperas chinas. No soy muy entendido, pero para mí que desafina.

El chino, con un palillo entre dientes, observa lo que sucede a su alrededor. La vida transcurre a otro ritmo en el barrio chino de New York que parece un país dentro de otro. Es posible que mucha de esa gente no se haya movido nunca de los confines de un barrio que sigue creciendo a costa de Little Italy, que no se relacionen más que con los suyos y vivan aislados en ese pequeño mundo oriental cercado por los rascacielos. Nueva York es una ciudad con múltiples realidades, multicolor.

Hay algo familiar en este afroamericano rotundo que duerme la siesta en una tumbona próxima a Times Square que las autoridades han cerrado al tráfico para que los peatones se hagan dueños del asfalto. Podría ser Woody Stroode, ¿recuerdan?, el gladiador de SPARTACO que muere degollado por Laurence Olivier. Los negros de Estados Unidos son los supervivientes del esclavismo, los más duros entre los duros. No han olvidado sus raíces, pero sí el rencor. Las gafas que lleva son muy parecidas a las mías.


Se diría que es la primera mujer de Woody Allen, la elegante Diane Keaton, la que, por cierto, más le pegaba al hipondriaco judío neoyorquino que tanto admiramos en Europa y hemos convertido en uno de los nuestros, con la salvedad de que esta señora con sombrero es de origen oriental, como su actual consorte, y ya forma parte de la aristocracia de la Gran Manzana.



Mira por donde me doy cuenta de un detalle de la foto que me pasó inadvertido cuando la tomé. Él es un joven ejecutivo que baja a la calle a fumarse su pitillo y tomarse su café. Con su espalda no consigue tapar el rótulo de la empresa en donde trabaja: Condé Nast. Sí, la misma que edita Traveler y GQ, dos de las mejores revistas en las que he colaborado.


Este águila está próxima a Central Station. El águila, sea americana o española, es un animal de mal agüero, presto a propinar zarpazos y a sacar ojos con su pico. Suele tener siempre una concepción imperialista, porque todo lo ve y domina desde lo alto del cielo. Y, además, parece siempre cabreada. ¿Alguien vio alguna vez un aguila sonriente? La amabilidad de que hacen gala los policías neoyorquinos no tiene parangón con otras policías. Son tipos humanos y campechanos a los que te puedes dirigir sin problemas y parecen abocados a volcarse en la ayuda al prójimo. Atentos a la leyenda de sus coche patrulla: Cortesía, profesionalidad y respeto. ¿Dónde están los brutales policías de las películas de Scorsese? ¿Dónde los que limpiaron, a las órdenes de Giuliani, la ciudad de delincuentes?
Arrullado por la fuente que está a su espalda, este neyorquino devora su almuerzo en la vía pública sin que nadie le retraiga su conducta ni se sospeche que no tenga trabajo. Lleva un paraguas previsor. Un misterio lo que oculta ese recipiente de parafina, pero parece que no hay nada dentro y el individuo hace ver que come sin estar comiendo.
En los parques públicos hay mesas, sillas, césped para tumbarse. Las alfombras verdes están para pisarlas. Los neoyorquinos se sientan en esos remansos de paz con sus vasos de parafina y sus portátiles mientras se dejan acariciar por el sol. Porque en Nueva York un turista se convierte, de forma automática, en neoyorquino mientras esté en la ciudad.
Esta es otra imagen de Nueva York, no la más amable ni agradable. Un sin techo que se ha dejado crecer el pelo que tiene. Puede que se trate de una victima de la última crisis, de un NINJA al que han desahuciado y es la parte visible del problema porque quiénes lo desencadenaron siguen cómodamente en sus apartamentos de lujo y nunca los veremos ni en el calle ni en la cárcel. Rectifico. Me acabo de enterar de que a Maddof, el hombre que robaba a los ricos sin que ellos, tan listos, se dieran cuenta de ello, le han caído ciento cincuenta años de cárcel.
La gente anda por Nueva York muy concentrada en sus problemas, absorta y ausente, en medio de la vorágine del tráfago humano que es la sangre que circula por sus arterias. Son miles de viandantes, pero nunca colapsan sus anchas aceras, como tampoco lo hacen sus coches con las vías. Alguien diseñó la ciudad de forma muy inteligente, tuvo visión de futuro.
Como en todo el mundo, el neoyorquino habla solo. ¿Habla con alguien la gente que va pegada con el móvil a su oreja o simplemente lo hacen ver?
Nunca lo sabré.
El primer tipo está contento, y él sabrá por qué. Alguna inversión que le ha hecho respirar después de tanta debacle económica. El trabajo del segundo pende de un hilo y está inversamente relacionado al éxito del primero, sin saberlo. Para que las cosas le vayan bien al moderadamente oriental le tienen que ir mal al moderadamente africano. La riqueza no se crea ni se destruye, sólo pasa de unas manos a otras.
Para leer hay que estar cómoda. Nada mejor que leer un best seller, quizá la trilogía de Larsson o La sombra del viento de Ruíz Zafón, en un parque público con las piernas desnudas, sobre todo si se tienen unas bonitas piernas de lectora y el sol es un bálsamo que se las acaricia suavemente y pinta su palidez nórdica con un suave bronceado.
Estos ojos enormes han visto, a lo largo de su vida, muchas cosas, pero no se han inmutado casi por nada. Es un afroamericano con barba, una especie que no abunda. Su cabeza es una cámara de fotos que barre a derecha e izquierda. Pero no me vio hacerle la foto. Ventajas del teleobjetivo.
Soy joven latino, me siento orgulloso de serlo, de tener ese cabello tan negro y graso, de hablar spainglish, de aplaudir a mis músicos, de formar parte de una minoría que pronto dejará de serlo. El futuro es nuestro.
Algo no le va bien a esta chica rubia. Se preocupa y no alza la vista. Su aspecto apesadumbrado no riñe con su belleza. Pondría la mano en el fuego a que es de origen italiano. Voy a preguntárselo. Y de paso la invito a una porción de pizza rebosante de queso y a un zumo de naranja.
Si cierro los ojos, si me concentro, si me abstraigo de todo esto que me rodea, puedo volar al Oriente en el que mis padres me concibieron. Trabajo en la ciudad de los rascacielos pero, cuando regreso a mi casa, en el centro de Chinatown, mi madre, que sólo sabe chino, me tiene preparados delicisosos ding sangs.
El neoyorquino come cuando se le antoja y donde quiere. Esta pareja devora su pax en un parque público alejándose del concepto placentero que en Europa se tiene de la comida. Si lo despojamos del rito, comer es esto: dar una dentellada a un bocadillo que contiene de todo y beber un excelente zumo de naranja de California.
Como niño, sean mis rasgos orientales u occidentales, me fascina el mundo que voy descubriendo con mis enormes e inocentes ojos a cachos. Camino de la mano de mi abuelo que me lleva al colegio mientras mis padres trabajan en una multinacional. Los veo poco, y eso me entristece. Tengo toda una vida por delante para saber en qué voy a convertirme. Que nadie me arrebate el territorio de mi infancia.
Sí, por supuesto, lo que fumo es un porro. ¿Y? ¿Mis rastas? Ocultas bajo un pañuelo. ¿Quién dijo que aquí no se fumaba? En cada esquina, a la puerta de cada oficina, encuentras fumadores que dejan su rastro inequívoco de colillas.
Con esta cara redonda y oriental, el pelo rojo es la mejor combinación. ¿Por qué voy a ser discreta si quiero llamar la atención? Soy gordita, pero no tengo ni el menor complejo. Y a mi novio le gusto así.
¿Puede una hondureña ser feliz en la ciudad de las vanidades? Mírenme. En este momento soy sumamente feliz porque me acaban de renovar el contrato y hay un chico que me quiere. Esta ciudad me dio oportunidades de vida que mi país me negó. Y no sé, lo ignoro por completo, que dentro de un mes un golpe de estado militar va a derrocar a mi presidente electo.
Déjenme soñar. Los padres de mis padres de mis padres de mis padres dejaron la selva. De eso hace cuatrocientos años. Miro los rascacielos inabarcables, siento el vértigo inverso, a pie de calle, sueño que esos edificios son los altos árboles de la selva amazónica y que la Quinta Avenida es el río infinito.
De día asfaltamos las calles de Nueva York, cubrimos las resquebrajaduras. Quien crea que el firme de la capital del mundo está a la altura de su importancia, se equivoca. Pero hacemos lo que podemos por paliar baches y parchear. Por la tarde, jugamos a baloncesto en un solar cercado. Por la noche cantamos con un grupo de hip hop en un local en donde nos pagan la bebida. Nos relacionamos con chicas afroamericanas que cantan gospel en las iglesias de Harlem. Son muy guapas las hermanas.
Adivinen, si es que pueden, mi procedencia. ¿De origen italiano? ¿Quizá argentino? ¿Hispano? De todo un poco. Si les digo mi apellido paterno se van a confundir más, así es que me lo callo. Estoy satisfecho de haber caído en esta ciudad que, para nada, extraño y a la que me gusta volver de vez en cuando, cosa que no hago con otros lugares del mundo. Nueva York me hace feliz, porque tiene un karma positivo que descubro en las calles y en las caras. ¿Lo captan ustedes en mi sonrisa? No hace ni veinticuatro horas que aterricé en la ciudad y ya me siento neoyorquino, como el que más.

Comentarios

umbral de las voces ha dicho que…
"¿Cómo se puede ir de Superman con esa cara? ", dice su excelente artículo, a mi me parece que es el rostro del imperialismo en franco declive.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Querido amigo. NY es muy diversa. Creo que es el universo. Allí estamos todos. Lo bueno y lo malo. Celebro que le gusten mis pies de foto.
Anónimo ha dicho que…
Me gustan mucho estos comentarios sobre la gente de NY, porque para mi NY es sobre todo su gente. Hay muchas ciudades maravillosas por su arquitectura y su historia. Pero en todas ellas la arquitectura y la historia se imponen sobre cualquier otra cosa. En cambio en NY lo que se impone es el talante de la gente. Quizás por eso NY siempre parece "New"...
José Luis Muñoz ha dicho que…
Suscribo al cien por cien este comentario. NY es muy especial, sobre todo por su gente. Celebro que te guste esta primera entrega de rostros capturados en la ciudad. Habrás más. Gracias
Anónimo ha dicho que…
ademas de ser un excelente escritor este reportaje es estupendo ademas lleva su significado de vida y costumbre ademas de la diversidad de las personas fotos que hablan por si solas
un saludo
inocente delgado
José Luis Muñoz ha dicho que…
Muchas gracias, amigo Inocente:
Nueva York tiene magia en su paisaje y en su paisanaje. A fin de cuentas las ciudades las hacen sus habitantes. Celebro que le guste este paseo por los rostros de la Gran Manzana.
Un abrazo
Sílice ha dicho que…
Describes tan bien los personajes y el ambiente, que a una le parece estar "respirando" NY.

Y, ahora que lo pienso, un disfraz de Mickey Mouse te quedaría...¡horrible!

Un abrazo,

Inma