LA PELÍCULA

TRES MONOS
Nuri Bilge Ceylan


El festival de Cannes del año pasado premió al turco Nuri Bilge Ceylan con la Palma al mejor director por su trabajo en Tres monos. Una decisión justa y merecida, sin duda. Nuri Bilge Ceylan (Estambul, 1959) no es nuevo en las lides cinematográficas. Su cortometraje Koza fue seleccionado para el festival de Cannes, y Mayis Sikintisi, su segundo largometraje tras Kasaba, lo fue en el de Berlín. Luego seguirían Lejano (2003) y Los climas (2006), hasta llegar a Tres monos, curioso título que hace referencia a un cuento clásico japonés.
Resulta difícil adscribir la última película de Bilge Ceylan a un género en concreto, porque tiene trazos de muchos. Hay género negro ─ un político mezquino, Servet (Ercan Kesal), pide a su chófer Eyüp (Yavuz Bingöl) que se autoinculpe de una muerte, que puede terminar con su carrera pública, a cambio de una considerable suma de dinero cuando salga de la cárcel ─; hay denuncia sociopolítica ─ la mirada de Bilge Ceylan hacia su clase política, y la sociedad turca, es todo menos complaciente ─; hay mucho neorrealismo en el tratamiento de la vida cotidiana de Hacer (Hatice Aslan), que aprovecha el encarcelamiento de su marido para relacionarse con el político Servet, al que ve como tablón para salir de su mísera y desgraciada vida, y su hijo Ismail (Ahmet Rifat Sungar), que vela celosamente por la fidelidad de su progenitora ─ y hasta la abofetea, en una de las secuencias, cuando sospecha que se ha acostado con Servet y trata de ocultárselo ─, y hay, sobre todo, una desoladora mirada hacia la familia, en la que se centra y escarba, de forma obsesiva, la cámara del director turco ─ que confiesa en entrevistas cuánto de personal hay en ello ─, descubriendo la miseria emocional, la frustración sexual, la violencia latente, los desafectos y las mentiras que la corrompen.
Con frialdad nórdica ─ por algo se declara admirador del cine de Bergman, y también del de Ozu ─ que resulta chocante con su origen meridional, empleando una economía de medios en el lenguaje que lo acercarían al cine de Robert Bresson ─ no hay violencia explícita, pero ésta se respira en casi todas las secuencias: Ismail recogiendo a su padre Eyüp a la salida de la cárcel y explicándole que se gastaron parte del dinero en la compra de un coche es uno de los momentos tensos ─, y con unos actores excepcionales que simplemente están como son ante la cámara y no parecen interpretar sino vivir sus propias realidades, construye Nuri Bilge Ceylan este drama sórdido, duro y cortante, cruzado por la muerte y el adulterio, sin una sola concesión, de una austeridad tan apabullante como efectiva.
Habría que destacar, por último, el buen partido que saca el director turco al video digital con que rueda todo el film, la excelente composición de los fotogramas, que oscilan entre el gris y el verde apagado, lo fantasmagórico de su paisaje urbano, desolado y pobre, en donde es imposible un atisbo de felicidad, que embellece hacia el final de la cinta con nubes de tormenta que se alían como elemento dramático. Con todo ello, con un formalismo fotográfico plenamente trabajado, aunque no lo parezca, y unas interpretaciones sumamente medidas ─ la cámara, que se mueve con lentitud, se detiene en primeros planos de rostros inmóviles que, sin embargo, dicen lo que pasa en su interior por el ritmo de la respiración o por la misma exudación ─ consigue Nuri Bilde Ceylan una atmósfera de desasosiego absoluto, en la que forma y fondo andan cogidas de la mano, son uno solo.
Quizá, como imagen destacada del film, que tiene muchas y potentes ─ los intentos de Hacer por lanzarse al vacío ante la pasividad de su marido ─ destacaría ese retazo fantástico onírico que siembra de inquietud y explica el estado de derrumbe total de la familia: el niño ahogado, el hijo pequeño, que, de forma recurrente, se presenta ante Eyüp e Ismail, para atormentarlos y recordarles, con su ausencia, un dolor que siempre va a estar presente en sus vidas. JOSÉ LUIS MUÑOZ

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