DIARIO DE UN ESCRITOR


 

Arán, 8 de octubre de 2012

 

Cada vez son más largas y fructíferas mis charlas con El camarero que leía a Thomas Mann, que creo que es un buen título para una novela. Luce el sol y me da conversación tras dejar mi habitual copa de cerveza sobre mi mesa y beber él la suya, de pie. Tan enfrascados estamos que me olvido de leer El Periódico, lo que no es algo que me duela excesivamente.
Si repasamos la totalidad de los medios de comunicación impresa que se publica en España repararemos que el único diario de izquierdas es éste precisamente que tengo sobre la mesa y que no abro porque converso con El camarero que leía a Thomas Mann y es infinitamente más interesante la charla que la lectura del periódico. Los únicos responsables del hundimiento de los periódicos de izquierdas somos sencillamente los lectores de izquierdas que no los hemos apoyado debidamente. Cayó el diario Público por falta de lectores. No caen El Mundo, ABC, La Razón, La Gaceta, que tienen un público fiel y devoto. De El País, comprado por los yanquis, mejor no hablar. De eso charlamos El camarero que leía a Thomas Mann y yo. Y de mi periplo francés, del que estoy medianamente satisfecho por los nuevos amigos y los reencontrados.
 Hoy es un día soleado y un rayo de sol roza la frente de mi personaje real. Si no fuera siempre vestido con esa camiseta negra, en la que luce el logotipo del bar (Hiru, tres en euskera, y reparo que 33 es mi número), y vaqueros, y optara por embutirse en un hábito color azafrán, sería un perfecto monje budista, y de hecho El camarero que leía a Thomas Mann es un apasionado de esa religión y de la historia de todas las religiones. 
Hablamos del paso del tiempo, mientras pasa la cerveza Mahou por nuestras gargantas; de su padre que estuvo días atrás; de El Principito quemado por subversivo por los ilustrados milicos; de mi estúpido éxtasis por paisajes que los del lugar ignoran y no disfrutan por haberlos visto desde que nacieron.
En cuanto tenemos un día libre nos vamos a pisar asfaltome dice.
Y lo entiendo. Hablamos de mis vidas anteriores y sus secuelas: estar en este preciso momento aquí, por ejemplo, hablando con él y bebindo cerveza; de mi escepticismo en mis relaciones sentimentales, porque ya me quemé entero anteriormente; de un pescado que promete hacerme y comeremos en breve en este valle carnívoro.
Regreso a casa, después de ser invitado a esa copa de cerveza, con la vista fija en los bosques de las montañas que no acaban de amarillear para esos amigos que vendrán del sur, cruzando la península, y una norteamericana hiperactiva, con trastorno obsesivo compulsivo viajero, que muy pronto se dejará caer por este valle, después de haber viajado a Papúa Nueva Guinea y Sumatra, e intentará que la lleve a Bretaña y Normandía. Y me vienen a la cabeza dos frases memorables escuchadas anteriormente, aunque en dos momentos bien distintos y una en la ficción y otra en la realidad.  
Frase final de Jack Coogan/Brad Pitt en Mátalos suavemente, película negra que no me ha gustado, cuando comprueba que sus honorarios como sicario han sido sustancialmente rebajados por la crisis: "América no es un país, es un jodido negocio. ¡Dame mi puto dinero!"
Frase de un economista alemán, entrevistado por Jordi Evole en la Sexta, a la pregunta de por qué pagan justos por pecadores en esta crisis: "Es normal. También mueren los soldados en la guerra y no la han provocado. Ésta es la Tercera Guerra Mundial".
Suele decirse que la violencia no conduce a ninguna parte. Esa es una afirmación que pongo en cuestión. Los grandes cambios, para nuestra desgracia, se hacen siempre todos con violencia porque los poderosos no quieren renunciar a sus prebendas ni soltar por las buenas lo que tienen. Pasó con María Antonieta, reina de cruasanes, y su soleado marido; pasó en la Rusia bolchevique. Quien crea que la actual situación que viven millones de europeos se puede revertir por medios pacíficos es un ingenuo.
¿Estás llamando a la lucha armada, camarada Koczinsky?
           —No, simplemente constato los hechos. Pero si alguien toma las armas no me parecerá una decisión descabellada. Aunque luego me pregunte si cualquier cambio social merece el coste de una sola vida humana. Pero ése es un debate moral que los otros no se plantean.

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