DIARIO DE UN ESCRITOR


Concarneau, 11 de noviembre de 2012

 

Decide Koczinsky finalizar en esa pequeña villa costera su viaje. Dejará para otra ocasión, si se da, la ciudad portuaria de Brest, que siempre asocia a Fassbinder y a Genet, y la norteña Morlaix.
Kon-Kerne no tiene más allá de 25.000 habitantes, pero le cuesta encontrar un lugar en donde dejar el coche. Finalmente, tras muchas vueltas por el interior de la ciudad, encuentra un lugar en el aparcamiento del puerto pesquero, un lugar de pago con pocos coches y a cielo abierto.
El reloj de la torre que vigila la entrada de la Ville Close, una ciudad en pequeño con dos calles y una muralla perfectamente conservada metida en una pequeña isla que cierra la bocana del puerto, marca las 10 cuando Koczinsky aventura un pie en el suelo. Un puente levadizo de madera gruesa y fuerte cruza un brazo de mar medio seco por la marea baja y le sitúa a la entrada de esa diminuta ciudad dentro de otra ciudad cuyas casas de viejos pescadores han sido restauradas para albergar restaurantes, cafeterías, tiendas de suvenires y establecimientos de galletas. Un grupo de música celta, cuatro tipos veteranos con barbas y cabellos grises, como las del propio Koczinsky que hace tiempo no se ha cortado el pelo ni se ha rasurado, tañen sus instrumentos con entusiasmo, gaitas y un extraño violín, y ofrecen grabaciones de su música a los curiosos que se les acercan por pocos euros y en autoservicio: el comprador toma el CD y deja en una caja lo que le plazca. Koczinsky revuelve su bolsillo pero, por la crisis, opta por quedarse sin esa espléndida muestra de música bretona. Además recuerda que tiene estropeado el equipo de música y no sabe cuándo ni cómo repararlo.
Ville Close se ve pronto, pero de ella no consigue salir Koczinsky, abducido, pese a que le queda un largo viaje de retorno, porque las tiendas de galletas aromáticas le seducen como cantos de sirena a pesar de que debería haberse quedado vacunado contra sus encantos en Pont-Aven. Y, rendido por la gula, las visita todas y se carga de esas ornamentadas latas que contienen la dulce especialidad bretona hecha con mantequilla salada y cereales oscuros.
Para que le dure más el paseo, Koczinsky se va deteniendo en cada una de las tiendas de esa miniciudad, sube al camino de ronda y pasea por el borde de sus murallas imaginando las incursiones del pirata Drake que barría con su flota de filibusteros las costas de Bretaña.
Luce un cielo gris perla con nubes que se rompen por los rayos de un sol indolente, y en el vecino puerto se balancea la flota de pesca y algún que otro barco turístico que espera la pleamar para moverse. Con su capa de petróleo y la banda sonora que ponen gaviotas y cormoranes que revolotean por encima de los mástiles de las embarcaciones varadas, el agua del puerto parece una masa concentrada de mercurio en la que flotan corchos, botellas y plumas. Un velero azul y un pesquero verde muestran sus quillas desoladas y comidas por los crustáceos. La bajamar convierte el puerto pesquero en un enorme cenagal en el que las barcas muestran su incomodidad ladeándose sobre la sucia arena. Y el olor a pescado es fuerte e hiriente.
Vuelve Koczinsky a la calle única del islote y curiosea, comprobando que se aproxima a las doce, los menús de los restaurantes que oscilan entre los 15 y 17 euros. Descubre, a cubierto en la hornacina de un edificio eclesiástico, la escultura gótica de un obispo barbado. Chispea, entonces, pero ruega que la cosa no vaya a más ya que dejó el paraguas en su coche y no le apetece salir de esa diminuta ciudadela y cruzar el parking. Debe de hacer frío, puesto que los turistas con los que se cruza, el noventa por ciento franceses, van pertrechados con abrigos y cazadoras y mantienen sus manos en los bolsillos. Él no; él se saca la chaqueta de terciopelo,  misteriosamente raída no sabe por qué, y se pasea con su camiseta de manga corta preguntándose porqué no se trajo el pantalón de deporte o los bermudas. Sobre algunos locales señeros sobrevuelan rótulos troquelados en metal de gaviotas, marineros con pipa o viejos veleros. Todo muy marinero. En uno de ellos, buscando una marca blanca de cerveza que no encuentra, degusta un canapé de paté de anchoas que le abre más el apetito.
Para paliar esa ausencia de color que invade toda Bretaña, los lugareños pintan los marcos de las ventanas de azul marino y extienden sobre la calle vistosos toldos de colores. Cuenta las chimeneas y, en efecto, como le indicó Severine en cierta ocasión, hay dos por casa, por muy pequeña que ésta sea. Entre las construcciones de piedra hay alguna con esa trama de vigas de madera pintada en sus fachadas que tanto abundaban en Vannes y rompe la monotonía del conjunto. Podría rodarse una película de época, se dice Koczinsky mirando a su alrededor, y quizá se haya rodado ya alguna, sin tener que alterar un ápice la ciudad que parece toda ella un decorado. En una crepería, que se llama L’Ecume, que asocia a La espuma de los días de Boris Vian, y que tiene mesas y sillas en el exterior, todas grises, una red de pesca protege el historiado rótulo del local en el que un barco velero de tres mástiles se abre paso por un mar alborotado. Huele a mar la única calle de Ville Close, pero ni una sola gaviota se pasea por ella: prefieren el pescado fresco que hallarán en la bajamar, ahogándose en dos dedos de agua, que las famosas galletas saladas de las tiendas de turistas.
En su paseo indolente arriba y abajo le atrae el toldo azul de La Biscuiterie de Concarneau y compra una nueva lata de galletas, la sexta de la jornada. En la Maison du Kouig Amann, en una de las esquinas de la Place de Saint Guenolé, compra un dulzón pastel a una vendedora rechoncha y de mejillas arreboladas y da cuenta de él en cuatro mordiscos: le empalaga ese exceso de azúcar. Una puerta gótica de la muralla le ofrece una visión parcial del puerto y alguna de sus barcas. Y tras muchos paseos arriba y abajo, y un montón de dudas descifrando las cartas expuestas, decide tomar asiento, aprovechando que un rayo de sol se abre paso entre las nubes, en la terraza de Le p’tit bac sin preguntarse adónde fue a parar la letra E que falta en el toldo y fue sustituido por un acento.
Desde la mesa, mientras la dueña del local, una francesa menuda y rubia, le da la carta, puede ver la, un tanto espantosa, iglesia de la localidad que se alza en el punto más alto del islote y tiene como campanario un faro que debían encender con antorchas durante las noches y apagaban cuando había alertas de piratas. No tiene que forzar mucho la imaginación Koczinsky para imaginar ese puerto, ahora plácido, sepultado por la niebla y surgiendo de ésta, amenazadoras, las proas de los barcos corsarios. Pide sopa de pescado, que se la sirven con queso rayado y tropezones de pan, y de segundo, un atún a la plancha con ensalada. Se acompaña con un par de cervezas bretonas blancas mientras se calza la chaqueta, porque el sol se ha vuelto a esconder tras las nubes y la temperatura baja cuatro grados. Observa, mientras come, a sus compañeros de mesa que dan cuenta de esas crepes saladas y negruzcas, rellenos de queso fundido, salmón o huevo, las galettes, de las que quedó bien harto en Saint Malo. Pide luego café y la cuenta y se levanta, tras haber pagado con su tarjeta de crédito y haber correspondido con una sonrisa a la que le dispensa la dueña.
Las tiendas francesas, y las bretonas, tienen un encanto muy especial, se dice Koczinsky con cierta envidia y complejo. Cuidan los franceses los detalles más nimios, cosa que obvian los españoles. Cosas que se tiran al otro lado de la frontera, a éste se conservan, restauran y cuidan porque se valora lo antiguo. Maldice, mientras observa viejas latas de conservas, aviones hechos de hojalata y barquitos naif de una tienda de juguetes para mayores, que le retrotraen a la infancia perdida, el diseny catalán que se reinventa día a día para hipnotizar a los snobs.
Cuando deja atrás la muralla y la ciudad isla para ir hacia el coche, la bajamar es más acusada y se podría ir caminando sobre esas aguas que se han evaporado por la magia de la marea. No sin cierto pesar localiza su coche Koczinsky y se arma un taco para pagar en el cajero automático. Prueba con la tarjeta de crédito, con dos monedas de dos euros que encuentra en su monedero, con un billete de cinco que introduce una y otra vez por la ranura de la máquina quisquillosa que no acepta ningún medio de pago. Cuando está a punto de embestir con el morro del coche la barrera cerrada y huir de Concarneau como un vándalo, un amable ciudadano le indica por gestos que la máquina no funciona y hay una salida abierta al otro extremo del parking. Dar con ella le lleva dos minutos rodando por el borde del puerto seco al que acaba de llegar una barca menuda repleta de pescado que cargan en una furgoneta que ha bajado por una rampa. Nueve horas para llegar a su destino. Cruzar Francia de norte a sur y pararse para poner gasolina y tomarse cafés. Y mientras deja Concarneau a sus espaldas escucha a Erik Satie, que no es bretón sino normando, y pone en marcha los cepillos limpiaparabrisas porque en Bretaña la verde vuelve a llover agua de plata.

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