CINE

WHIPLASH
Damien Chazelle

Hablar de grandes películas sobre el mundo del jazz me lleva inexorablemente a Bird, de Clint Eastwood, sin ir más lejos, sobre la figura del genial Charlie Parker al que Forest Whitaker interpretaba en uno de sus mejores papeles, o Ray, el estupendo biopic de Taylor Hackford con Jamie Foxx que era Ray Charles en la pantalla. Y la sombra de Charlie Parker, de su genialidad como músico, planea sobre Whiplash, la tercera película de Damien Chazelle, que ha tenido una andadura gloriosa por festivales de cine (Premio al mejor nuevo director en el Festival de Cine de Valladolid, Premio de la Audiencia y Premio del Jurado en el Festival de Cine de Sundance, mejor película en el Festival de Calgary, mejor película estadounidense en el Festival de Mill Valley, mejor actor de reparto en los festivales de North Texas, Ohaio Central y Vancouver, y lo dejo aquí por agotamiento, porque la lista de galardones es larguísima). La película fue, antes de ser largometraje, un brillante cortometraje de 18 minutos, así es que pesa sobre él la sospecha de que es un cortometraje alargado en extremo, pero se salva de tener uno tono reiterativo gracias a su excelente banda musical.

Whiplash es un film iniciático que gira en torno al mundo del jazz y la lucha por hacerse un lugar en el exclusivo mundo de la música en el que no hay que destacar sino ser el primero, cueste lo que cueste. Así es que el film de Damien Chazelle, con estupendas partituras jazzísticas y jamsesions, que no tiene tiempos muertos y por ello se hace amena, a pesar de una cierta falta de sustancia, es también una narración que gira alrededor del enfrentamiento entre un joven batería excepcional, Andrew Neiman (Milles Teller), que se deja literalmente la sangre en las baquetas,  y su más que rígido maestro Terrence Fletcher (J.K. Simmons), el terror entre el profesorado del conservatorio Shaffer de Nueva York. Frente a la osadía creativa de Neiman, el rigor espartano de Fletcher que recurre a toda la agresividad posible y permisible para hacer que brille el talento de su joven discípulo al que no le admite el más mínimo fallo (Neiman llegando a un ensayo, ensangrentado tras un accidente de coche, recibe el varapalo y los insultos de su humano profesor que le espeta: Neiman, estás acabado).

Un tipo como el odioso Terrence Fletcher (por cuya interpretación J.K. Simmons consiguió el oscar al mejor actor de reparto, sellando una lista interminable de premios) sólo es posible en la competitiva sociedad norteamericana. Sus modales de sargento instructor de marines, lenguaje soez y berridos incluidos, podrá sonar hiperbólico a ojos europeos, pero su discurso posterior, cuando batería y exdirector de orquesta se encuentran, el primero a punto de dejar el jazz por el trato vejatorio recibido del segundo, y éste expulsado del conservatorio en donde daba clases precisamente por la denuncia anónima del primero, en el que amigablemente, ante un vaso de cerveza, el maestro justifica sus métodos pedagógicos extremos en aras de descubrir a un nuevo Charlie Parker, y quizá el joven y maltratado Neiman lo sea, porque de músicos anodinos y grises el mundo está lleno, resulta un final feliz algo forzado de un film que tiene la tensión y fuerza suficientes como para mantener al espectador pegado a la butaca durante sus 106 minutos.

Va de jazz esta película que de principio a fin es un duelo actoral entre sus protagonistas (los secundarios son irrelevantes), pero podría ir de boxeo o de gimnasia rítmica también, porque el sistema es el mismo: todo y por encima de todos para ser el mejor.   

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