SOCIEDAD / ASESINOS AL VOLANTE

ASESINOS AL VOLANTE

La frecuencia de las tragedias consigue un efecto inmunizante hasta que hay una que te roza y la ves con ojos diferentes. La fría estadística se hace drama personal cuando atañe a una persona próxima. Mi percepción sobre esos accidentes, que devienen en buena parte en homicidios (la frágil carrocería humana nada puede contra la metálica de un coche de cuatro ruedas), adquiere mucho más dramatismo cuando quien sufre esa locura homicida es un ser muy querido. Estoy hablando de la estadística, casi siempre letal, de ciclistas arrollados por automovilistas.
Hace años que parece haberse abierto una veda contra los ciclistas en las carreras de España y un buen número de deportistas que se esfuerzan sobre sus máquinas de dos ruedas sufren las embestidas mortales de irresponsables al volante que debieran pasar un test psicotécnico antes de subirse a conducir un vehículo de cuatro ruedas. Esos homicidas seguramente no tienen intención de matar, pero matan. El reguero de ciclistas muertos en las carreteras de España no tiene fin y cada vez que veo sus cuerpos desmadejados sobre el asfalto, envueltos en sangre, un escalofrío me recorre la columna vertebral porque yo también soy ciclista, cada vez más temeroso y prudente según avanzan los años y empeoran los reflejos. Esos asesinos inconscientes suelen venir de una noche de juerga con alcohol y drogas o bien son auténticos psicópatas a los que no les importa la vida ajena.  
Una amiga mía que es guía de montaña, escaladora, corredora infatigable y ciclista disciplinada, interlocutora de muchas charlas humedecidas con cervezas, fue arrollada en una carretera francesa próxima a la Val d’Aran, entre Arlos y Saint Beat, cuando practicaba ciclismo con un colega y amigo. Él tuvo reflejos para esquivar la embestida de un turismo que circulaba a unos 60 kilómetros hora y adelantaba a un tractor en una recta con absoluta visibilidad; ella, que iba detrás, no tuvo esa suerte y voló por los aires antes de quedar tendida en el suelo, con los huesos rotos, desangrándose.
La imagen de esos ciclistas que arrollan casi a diario en las carreteras en los noticiarios es ahora diferente. La fría estadística adquiere visos de drama personal cuando las heridas en un cuerpo maltrecho y machacado duelen en el alma.  
Yo escribo contra la muerte de la misma forma que tú pedaleabas contra ella. Vivir es un milagro y uno lo recuerda en estas circunstancias.


*Sara Díaz y Martín Inurritegui volvieron a nacer el día 8 de junio de 2017.

EL RASTRO DEL LOBO (Traspiés Ediciones, 2017)
Aribert Ferdinand Heim, conocido como el Carnicero de Mauthausen o Doctor Muerte, fue uno de los mayores criminales de guerra nazis, que, como su colega el doctor Mengele, burló la acción de la justicia. Joachim Schoöck, un policía de Stuttgart, dedica casi toda su vida a seguir el rastro de ese lobo solitario, implacable y de una crueldad extrema (la obsesión de Heim era establecer los límites del dolor físico) que dejó falsas pistas por medio mundo, murió muchas veces, y renació otras tantas, y tuvo una infinidad de identidades ayudado por los miembros de Odessa.






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