CINE / EL HILO INVISIBLE, DE PAUL THOMAS ANDERSON


El hilo invisible
Paul Thomas Anderson


Errática la carrera de Paul Thomas Anderson, uno de los más brillantes directores de su generación tras su espectacular despegue con Magnolia, la, para la opinión de quien esto escribe, su mejor película junto a la turbadora The master. El director de Boogie Nights,  demoledora visión sobre la industria del porno, desbarraba en Puro vicio, quizá por su intento de ser demasiado fiel al texto literario de Thomas Pynchon, y demolía con un final abrupto el pulso magistral que sostenía en Pozos de ambición, esa relectura en clave negra de Gigante.


De nuevo cuenta Paul Thomas Anderson con la presencia, la última según el propio actor que se retira del cine tras haber ganado todos los galardones posibles, de Daniel Day Lewis para interpretar a Reynolds Woodcock, un legendario diseñador de moda británico, tan riguroso como excéntrico que hace de la perfección una adicción. Se recrea Paul Thomas Anderson en la forma (es aquí director de fotografía además de guionista y realizador) y parece seducido por la liturgia de esa moda elitista de la década de los años cincuenta en Londres que vestía a la realeza y estaba tan lejos del pret a porter. El director norteamericano se inspiró libremente en el modisto Balenciaga para ese Reynolds Woodcock turbador, maniático y egocéntrico que seduce a las mujeres vistiéndolas con modelos exclusivos, dibuja constantemente y se mantiene soltero por convicción creadora, porque no entra en su cabeza que ninguna mujer le turbe.


El hilo invisible es una película para lucimiento de su histriónico protagonista, desarrolla su vertiente neurótica, hace hincapié en su extraña relación con su hermana hierática Ciryl Woodcock (Leslye Menville) y vira hacia el dramatismo con la irrupción de Alma Elson (Vicky Krieps), la modesta camarera encumbrada a musa de la firma, amante y finalmente esposa del soltero diseñador, que distorsiona con su presencia el encorsetamiento y la flema británica que imperan en la firma; las setas que cocina con amor a Reynolds son el revulsivo que humaniza al personaje, lo hace feble, humano, necesitado de ella.


Quizá el momento cumbre de la película de Paul Thomas Anderson, en la que la banda sonora minimalista de Jonny Greenwood es una presencia constante que acompaña cada secuencia y se filma con aceleración de imágenes los exteriores en coche, sea esa tortilla de setas que Alma sirve a su amante y cómo éste come el primer trozo. En esa escena y en el cruce de miradas hay genialidad; en el resto artificio, morosidad, pretenciosidad, ausencia de tensión dramática e impostura. Hay algún guiño de humor  que se agradece (Reynolds asesinando con la mirada a su amante por el ruido que hace ésta al comer una tostada; Reynolds preguntando indignado a su hermana qué mierda quiere decir chic cuando pierde a una clienta de la realeza; Reynolds indignado, como todo creador entregado a su arte, con una interrupción).


Hace años que Paul Thomas Anderson no hace una película mala, pero tampoco redonda. El hilo invisible, con sus guiños a Max Ophuls, Douglas Sirk o Alfred Hitchcock y una cámara que literalmente baila entre sus personajes y telas de organdí, no es mala, hay detrás un trabajo de filigrana que se corresponde precisamente con el que hacen las cosedoras infatigables que trabajan para esa firma mítica y se agradece, pero le sobra metraje y le falta tensión dramática a un film que se mueve entre el biopic excéntrico, la comedia, el gótico y el thriller. Paul Thomas Anderson, y quizá esa sea una de sus grandes virtudes, perturba con su forma de hacer cine y no es poco.


La novela negra sobre el apartheid que muerde y desgarra, una mezcla de policial y terror gore, una historia thompsoniana en la Sudáfrica de Pier Botha. ¿Te atreves?



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