SOCIEDAD / CRIMEN Y CASTIGO
No, no voy a hablar de la
extraordinaria novela de Dostoievsky, pero sí de esos dos conceptos que estaban
en esa obra cumbre de la literatura universal y formaban parte de su título. Crimen
y castigo. O, más bien, crimen sin castigo.
Hace muchos años, en una
Semana Negra de Gijón, entre charla y charla, le pregunté a Sébastien Rutés, un
profesor francés de literatura española muy versado en novela negra, si sabría
decirme la razón por la que los narcos mexicanos actuaban con total impunidad y
extrema crueldad. Acababa de publicar La frontera sur y el argumento de
la novela tenía que ver con el tema. Eran los tiempos (no es que en el México
actual las cosas vayan mejor) en que las diferencias entre clanes se saldaban
colgando cadáveres descuartizados de los puentes, para que fueran vistos por
los transeúntes y conductores; los pozaleros disolvían en sosa caustica los
cuerpos desmembrados de sus enemigos y se arrojaban las cabezas de los
adversarios en las discotecas, un léxico del terror muy parecido al que después
adoptó el DAESH y lo magnificó con sus truculentas snuff movie. La
respuesta que me dio Sebastién Rutés fue muy simple: porque pueden. La misma
cuestión, porque me obsesionaba ese comportamiento extremo de violencia que se
asociaba a países africanos, se la planteé años después a Andreu Martín. La
respuesta fue idéntica: porque pueden.
Hace unos días, el
escritor argentino Ernesto Mallo presentó, dentro del festival cultural Black
Mountain, su novela Kuklinski (se me ha adelantado y seguramente deje
postergado para siempre mi idea de escribir sobre ese siniestro personaje), un
relato inspirado en la vida de uno de los mayores asesinos en serie de la
historia criminal norteamericana. Kuklinski, de origen polaco, que era todo un
profesional en eso de asesinar al prójimo, se ganó la vida como sicario de la
mafia y, según propia confesión, asesinó a nada menos que doscientos individuos
que, según él, no merecían vivir. Se jactaba, eso sí, de no haber asesinado
nunca a ninguna mujer ni niño. Si finalmente no lo hubieran detenido, y
condenado a cadena perpetua, habría seguido asesinando porque era un psicópata
de manual.
En la actuación de los
narcos mexicanos, y en la de Kuklinski, el asesino del hielo (congelaba los
cadáveres para que los forenses no supieran la fecha del óbito), esa sucesión
de crímenes espantosos se había producido porque no había castigo y los que lo
cometían se sentían impunes al delinquir.
Me creo a medias la
utopía roussoniana de que el hombre es un ser angelical en sí mismo (que se
pasee el filósofo francés por las islas Pitcairn y hable con los descendientes
del motín de la Bounty que se mataban entre sí en esa paradisiaca isla de la
Polinesia) y me inclino más por Thomas Hobbes y su locución latina Homo
homini lupus que tan bien cuadra con la novela negra. No dudo de que en el
mundo hay gente como Vicente Ferrer, Oscar Camps o Francesca Albanese, pero
abundan más los tipos como Donald Trump, Benjamín Netanyahu, Milei o Santiago
Abascal, o, por lo menos, tienen mucha más fuerza y una inmensa capacidad para
hacer daño que dejan a Kuklinski como un mero aprendiz del mal.
Las leyes se hicieron
precisamente para hacer frente a los desmanes de los cainitas de este mundo,
para regular las relaciones sociales internas de los países y de los propios
países entre ellos. El miedo al castigo hace que en nuestra sociedad no haya
muchos más crímenes de los que ya hay, aunque el que los comete suele pensar
que no le atraparán y cree actuar con total impunidad. José Carlos Somoza, en
una de las interesantes charlas del festival aranés que acaba de concluir,
planteaba qué sucedería si no se castigara el asesinato y no digamos si se
premiara.
Hay un estado, el de
Israel, que lleva décadas actuando con la más absoluta impunidad, violando
todas las leyes internacionales y derechos humanos, sin que nadie le coarte, y
lo hace desde su misma fundación. Un estado que ha normalizado el abuso y el
crimen porque no recibe ni un solo castigo por ello de la comunidad
internacional. El analista político Jesús Núñez lo define a la perfección lo
que es el estado sionista: un niño malcriado desde su infancia y con 78 años ya
no va a cambiar. El régimen de apartheid de Israel dura más que el de
Sudáfrica, más que la Rusia de Stalin, la Alemania hitleriana o la España
franquista, y va a peor. Y, a lo largo de su existencia, el estado sionista se
ha vuelto cada vez más violento y perverso.
La última hazaña de
Israel, ante la pasividad internacional, ha sido el exterminio sistemático de
la población de Gaza que sigue a pesar de la tregua impuesta (dos mil
palestinos asesinados desde entonces). Israel hace tiempo que dejó de ser una
democracia para convertirse en un estado paria despreciado por la gente de bien.
Benjamín Netanyahu, que esgrime la ira del Antiguo Testamento y emplea una
retórica arcaica, pasará a la historia como el político sionista que consiguió
convertir a Israel en el estado más odioso del mundo. Se habla,
extraoficialmente, porque jamás sabremos el grado de aniquilación humana
perpetrado por las FDI, las Waffen SS del sionismo, sobre la población civil de
Gaza, de hasta 680.000 asesinados, muchos de ellos bajo las ruinas de sus
casas, otros sencillamente evaporados por las bombas térmicas. Se encuentran
cadáveres de adolescentes maniatados con bridas y con un tiro en la cabeza. Se
han asesinado a conciencia niños (los futuros terroristas), mediante tiro al
blanco, y mujeres (las fábricas de esos futuros terroristas) según la lógica
enloquecida de la sociedad israelita que ha perdido toda conciencia humana. La
última hazaña de ese estado fascista y pirata es el abordaje de la segunda
flotilla de ayuda humanitaria en aguas internacionales y el secuestro y
encarcelamiento de dos activistas, uno de ellos hispano palestino, a los que
han maltratado física y psicológicamente. Porque pueden. Así de simple.
Las bandas de narcos
mexicanos siguen masacrándose entre ellas en el México actual que pide cuentas
sobre las atrocidades del pasado colonial pero no consigue terminar con ese
estado dentro del estado que imponen los clanes mafiosos. Kuklinski, de estar
vivo y en libertad, hubiera seguido matando hasta el fin de sus días. El
comportamiento de Israel responde exactamente al de un asesino en serie que
actúa con la más absoluta impunidad sin recibir la más mínima sanción por su
conducta execrable. Un país delincuente que debería ser aislado de la comunidad
internacional y expulsado de todos los foros si estuviéramos en un mundo
civilizado y no en uno selvático que se rige por la razón de la fuerza y no la
fuerza de la razón. A eso lleva los crímenes sin castigo: a la barbarie
absoluta.
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