CINE / CRONOS, DE FERNANDO GONZÁLEZ MOLINA
Thriller muy canónico que
gira en torno al atentado yihadista de las Ramblas de Barcelona y, sobre todo,
a la respuesta de los mossos d’esquadra que abatieron a seis de los terroristas
implicados (cinco en Cambrils y uno en los viñedos de Vilafranca del Penedés).
Fernando González Molina (Pamplona, 1975) pone en pie una reconstrucción
rigurosa, basada en investigaciones reales, y con tres escenarios: la ciudad de
Barcelona, que recibe ese golpe terrorífico; la población de Ripoll de donde
salieron esos chicos radicalizados que cometieron la masacre y esa rotonda de
Cambrils en donde murieron la mayor parte de los terroristas por disparos de un
policía novato que quedó traumatizado. Esa estructura coral no le acaba de
funcionar al director, porque la historia se dispersa. No se profundiza en, por
ejemplo, como unos jóvenes aparentemente integrados en su entorno se
radicalizan porque el punto de vista del film de Fernando González Molina es
siempre desde la investigación policial que se centra en detener a los
responsables antes de que vuelvan a cometer otro atentado. Falta esa pata.
No hay secuencias
memorables, porque todo está muy medido en el film. Tampoco se recrea en la
matanza, que no se muestra sino las consecuencias (plano cenital de las Ramblas
con los cuerpos envueltos en mantas térmicas, revistas por los suelos y la
furgoneta asesina con las puertas abiertas y su última víctima bajo las
ruedas). Y se pasa de puntillas por el tenso momento político que vivía
Cataluña, previo al procés, con dos administraciones claramente
enfrentadas hasta para afrontar ese acto terrorista por cuestiones competenciales.
Podría haberse hecho una
película más vibrante, y no se ha hecho quizás por la cercanía del suceso y por
no herir sensibilidades, pero Cronos como thriller funciona aunque Enric
Auquer como jefe del dispositivo antiterrorista no sea muy creíble, como
tampoco Diana Gómez como Daniela, la responsable de prensa de la policía
autonómica, y se compense con Pablo
Derqui como el mayor Trapero o Mónica López como la desolada jefe de los mossos
d’esquadra de Ripoll que no acaba de asimilar que el chico amable que ayudaba a
sus vecinos mayores a llevar la compra a sus casas se haya convertido en un
yihadista fanático.
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“Esta novela empezó a andar casi veinte años atrás en la
isla de Fuerteventura, en un escenario hotelero parecido al descrito, mientras
el mundo, a mi alrededor, estallaba en pedazos. Es, como la pintura de Edvard
Munch, un grito”


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