CINE / LA CENA, DE MANUEL GÓMEZ PEREIRA
No todo el mundo está
capacitado para convertir un drama en una comedia. Un drama, la caída de Madrid
en manos de las tropas franquistas; una comedida, esa cena que se celebra en el
Hotel Palace con cocineros sacados de un pelotón de fusilamiento para agasajar
a Franco, Carmen Polo y los generalotes golpistas. Hay que tener el talento
innato de un Luis García Berlanga en La vaquilla, por ejemplo, o la
maestría de Carlos Suara en ¡Ay Carmela! para salir bien librado.
Gómez Pereira, el
maestro de ceremonias de esta cena descacharrante, es un director bien dotado
para la comedia (Boca a boca, Entre las piernas, El amor
perjudica seriamente la salud) y eso se nota en los primeros tres cuartos
de hora de la película, en la preparación de esa cena precipitada que el
teniente franquista Medina (Mario Casas)
le exige al maître del Hotel Palace Juan (un excelente Alberto Sanjuan),
homosexual discreto de derechas que acaba asumiendo que no tiene cabida en esa
nueva España, pero decae precisamente en su momento álgido, la cena servida
cuando el Caudillo, su mujer y la corte de generales golpistas se sientan a las
mesas a disfrutar de ese ágape cocinado por la anarquista Juana (Elvira
Minguez), su hijo Ángel (Óscar Lasarte) y un elenco de cocineros comunistas que
se plantean envenenar la comida con matarratas. La comicidad decae en ese
último tramo de un film que, hasta entonces, parecía bien engrasado gracias a
sus intérpretes, entre ellos un Asier Etxendía en el papel del falangista
Alonso, que se peina como José Antonio y echa los tejos a toda hembra que se
menee a su alrededor, entre ellas Luchi (Eva Ugarte), la mujer del teniente, y un
Antonio Resines, que tiene un corto papel como el cocinero Antón al que le
pierde no tener la boca cerrada.
Manuel Gómez Pereira no
es Luis García Berlanga, aunque lo intenta en esta comedia irregular que tiene
como escenario los fastuosos salones del Hotel Palace madrileño y se deja ver
pero falla al no tener un guion más chispeante que solo consigue sonrisas, pero
no carcajadas.
God Brother, cuando se tuerce, es Dog Brother. Ese padre alcohólico, anarquista trasnochado, vendedor de poesías pornográficas y pastor de la iglesia de las Cuatro Esquinas hasta que fue expulsado por conducta licenciosa, bautizó a los dos hijos que tuvo con Keyla, una modelo que compartía su caravana hasta que lo abandonó, con los nombres de Caín y Abel. Caín Brother sale de la penitenciaria de San Diego tras cumplir una condena de diez años por un crimen que no cometió. Abel se olvida de pasar a recogerle, pero lo aloja en su modesta casa de Paradise Hill, que comparte con su pareja, la sensual Eva Blondie. En sus noches insomnes, y atormentado por los recuerdos de presidio, Caín Brother planea una doble venganza. Está a punto de empezar un viaje sin retorno al helado norte de Estados Unidos, adonde sospecha que huyó su madre Keyla.
Con Una epopeya americana, Libertad, la antítesis del sueño americano,
el inicio de una trilogía épica sobre las sombras de Estados Unidos que se
ciernen sobre la América profunda, José Luis Muñoz emprende su proyecto más
ambicioso: una novela negra, que también es un moderno western, protagonizado
por dos hermanos que un día se quisieron y ahora se odian.
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