CINE / EL AGENTE SECRETO, DE KLEBER MENDONÇA FILHO
No,
no es la película que Alfred Hitchcoock rodara en 1936, ni la de Christopher
Hampton de 1996 con Gerard Depardieu, Bob Hopskins y Christian Bale sobre el
relato de Joseph Conrad, ni hay un agente secreto en esta película brasileña
que se postula a los Oscar. La referencia, gratuita y aleatoria, es a una
película protagonizada por Jean Paul Belmondo que en Brasil se tituló El
agente secreto y se proyecta en un cine.
Porque
hay cines de barrio en donde se proyectan, entre otras películas, Tiburón
(y un tiburón de verdad que se ha comido una pierna humana); una rigurosa
reconstrucción del Brasil cutre de los 70 con policías tan corruptos y poco
profesionales que parecen de chiste; militares expulsados del ejército que
asesinan por encargo y tiran cuerpos a un pantano; agentes que intercambian una
pierna de jamón por una humana que sacaron de las fauces de un tiburón cazado y
un fugitivo llamado Marcelo (Wagner Moura), un profesor que se pide un trabajo
en el registro civil de Recife para buscar la ficha de su madre, al que un empresario y su hijo tonto quieren
matar y el espectador no sabe bien por qué. Hay un niño, Fernando, sin madre, el
de Marcelo, muy mono y que cuidan sus abuelos; un suegro proyeccionista de cine
(aparte de Tiburón proyectan La profecía, pero en la platea de
ese cine las prostitutas hacen sus trabajos a espectadores poco interesados por
lo que se proyecta en la pantalla); sicarios que subcontratan, no se sabe bien
por qué, a otro sicario más chapucero todavía que ellos; policías realmente guarros,
como Torrente, que circulan en coches patrulla destartalados; unos cuantos
cadáveres sanguinolentos, alguno putrefacto (al inicio, tapado por cartones y
acechado por perros en una gasolinera), en lo que quiere ser un retrato de la
época dictatorial de Brasil, pero sin que se haga especial mención a la
represión, y queda en esperpento. Lo grotesco se come lo social en el film de
Kleber Mendonça Filho.
Todo
es muy cutre en una película que se alarga lo indecible, en la que los
personajes sudan mucho y se lavan poco y van en chanclas, los cuerpos vierten
sangre por todos sus poros, hasta la periodista del final que se entrevista con
el hijo del fugitivo protagonista, Fernando, el niño convertido en doctor, al
que ha estado escuchando en unas cintas (como en La vida de los otros) y
previamente a la entrevista dona sangre, la que se desperdicia en las aceras
con los tiroteos. Y luego está la secuencia de esa pierna seccionada, saltando
por un parque, puro realismo mágico se dirá, interrumpiendo felaciones mercenarias
y otras ceremonias sexuales en un parque, pegando patadas en la entrepierna, la
pierna peluda de la que hablan los diarios de Recife, un fenómeno paranormal y
que el espectador se queda sin saber a quién pertenece ni qué pinta en la
historia.
No
sé si hay guion. No quiero saber quién lo firma: el director. El agente
secreto es tropicalismo sucio, o caos tropical, película sin pies y menos
cabeza, más de dos horas para decirnos muy pocas cosas de un periodo terrible
que merecería más seriedad y no tantos bandazos. La película es un lucimiento especial
para Wager Moura, el actor brasileño más internacional del momento, que la
produce y se arroga el papel del joven padre, con melenas y barba, el padre
adulto, con pelo corto y bigote, y el del hijo Fernando ya crecido, con pelo
corto y sin barba ni bigote. No es el Wagner Moura de Tropa de élite de
José Padilha o el de la distópica, que ya no lo es, Civil War.
Se
me olvidaba, o ya lo he dicho. El agente secreto es una de las
finalistas de los premios Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Y
todos los actores, todos sin excepción, menos Wagner Moura, son muy feos,
además de sucios y sudados, ellos y ellas, como en la película de Ettore Scola
que se llamó Brutos, sucios y malos. Eso sí, a ritmo de samba, casi lo
mejor de la película que, curiosamente, se ve bien, quizá por esa fotografía
quemada y la música, aunque, insisto, no tenga pies, o pierna, y menos
cabeza.
Una
anécdota para cinéfilos. Es la última película del actor alemán Udo Kier, en el
papel grotesco de soldado alemán de la Wehrmacht de origen judío. Murió al
terminar el rodaje. Deja tras sí una larga carrera como villano en producciones
de tercera, secundario en películas americanas y actor fetiche de Lars von
Trier que lo resucitó para una de sus extravagancias.
God Brother, cuando se
tuerce, es Dog Brother. Ese padre alcohólico, anarquista trasnochado, vendedor
de poesías pornográficas y pastor de la iglesia de las Cuatro Esquinas hasta
que fue expulsado por conducta licenciosa, bautizó a los dos hijos que tuvo con
Keyla, una modelo que compartía su caravana hasta que lo abandonó, con los
nombres de Caín y Abel. Caín Brother sale de la penitenciaria de San Diego tras
cumplir una condena de diez años por un crimen que no cometió. Abel se olvida
de pasar a recogerle, pero lo aloja en su modesta casa de Paradise Hill, que
comparte con su pareja, la sensual Eva Blondie. En sus noches insomnes, y
atormentado por los recuerdos de presidio, Caín Brother planea una doble
venganza. Está a punto de empezar un viaje sin retorno al helado norte de
Estados Unidos, adonde sospecha que huyó su madre Keyla.
Con Una epopeya americana, Libertad, la antítesis del sueño americano, el inicio de una trilogía épica sobre las sombras de Estados Unidos que se ciernen sobre la América profunda, José Luis Muñoz emprende su proyecto más ambicioso: una novela negra, que también es un moderno western, protagonizado por dos hermanos que un día se quisieron y ahora se odian.
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