miércoles, 19 de agosto de 2009

EL LARGO ADIÓS


ÓSCAR PÉREZ
José Luis Muñoz
Los 33 años pueden ser, sin lugar a dudas, la mejor edad de la vida. El 33 me gusta tanto, o el recuerdo lejano de lo que fui a esa edad, que figura, si lo han observado, en mi dirección electrónica y no es casual. A los 33 uno está en una inmejorable plenitud física y, mentalmente, se despega de una juventud que en muchas ocasiones es un lastre. Toda una vida por delante y fuerzas más que suficientes para encararla. Pero para algunos es a esa edad cuando se despiden del mundo. 33 años tenía la última víctima que se ha cobrado la montaña, una mantis feroz que devora a sus amantes.
La de Óscar Pérez, el avezado montañero oscense que, cuando escribo estas líneas, debe de haber volado más alto y habrá dejado su cuerpo en los 6200 metros de una repisa del Latok II que será su nicho, era, parafraseando la novela de Gabriel García Márquez, la crónica de una muerte anunciada. Y un cúmulo de desdichas, más otro tanto de improvisaciones y pésima gestión del operativo de rescate, han hecho imposible lo que, de haberse efectuado con una celeridad máxima, habría sido un milagro: salvarle la vida.
El desenlace de esta tragedia de verano, relegada a las últimas páginas de los diarios, en la sección de deportes de los telediarios ─ ¿debe ser tratado en ese apartado la agonía de un montañero? ─ se hizo evidente desde un principio por su escaso, o nulo, eco mediático. Todos sabemos lo que mueve una primera plana de un diario nacional, o la primera imagen en los informativos televisivos. Nada de eso sucedió. Óscar, para su desgracia, se mantuvo en un discreto quinto plano tapado por el rifirrafe nacional PSOE/PP, y seguramente muchos se habrán enterado de su dramática odisea ahora, que ya no sirve para nada sino para el lamento.
Ni los medios de comunicación han hecho mucho para salvarle la vida, ni los políticos se han esforzado, salvo en descolgar un teléfono tardío, cuando ya, seguramente, y ojalá haya sido así visto el desenlace, Óscar Pérez descansaba para siempre en la montaña que tanto amó y acabo matándole.
En el caso del desafortunado escalador se ha conjugado la mala suerte con la ineficacia más absoluta, y, a la vista de los hechos, cabría preguntarse porqué no existe un protocolo de urgencia para estos casos, un mecanismo automático que funcione y acelere los rescates en la alta montaña.
Durante todos estos días me he estado haciendo siempre las mismas preguntas ¿Por qué el ejército paquistaní tardó tanto en ofrecer un helicóptero y, cuando lo hizo, se equivocó y plantó al equipo de rescate en un lugar muy distante haciendo perder un tiempo precioso? ¿Por qué los directivos del club Peña Guara no actuaron con la máxima celeridad e implicaron al gobierno de la nación desde un primer momento, sabiendo que las horas, y no digamos los letales once días transcurridos desde el accidente al intento frustrado de rescatarle, son vitales? ¿Por qué el gobierno de la nación no se tomó con más interés el caso de Óscar Pérez y sólo reaccionó in extremis, lo que parece evidenciar que ni siquiera leyó las páginas de deportes de los diarios, ósea, que no se enteró ni por la prensa?
El rescate del escalador, de haberse puesto en marcha con la celeridad requerida su operativo, hubiera sido complicado, arriesgado y, probablemente, no lo habría salvado, pero tenía una oportunidad entre mil que la ineficacia y la desidia con que se ha actuado relegó a cero absoluto. El trauma de sus compañeros que no consiguieron llegar hasta él, por agotamiento físico y por falta de aclimatación a la altura, debe de haber sido espantoso, y el dolor de su familia y allegados, pendientes de una falsa esperanza que se derrumbó con el empeoramiento del tiempo, mayúsculo.
Nadie sabe cuándo murió Óscar Pérez, cuántos días aguantó en la soledad de su repisa con el cuerpo roto y congelado, lo que pasó por su cabeza en todo ese tiempo que se le haría eterno, si escuchó el ruido de los rotores de los helicópteros que volaban para que resistiera.
Hoy, mirando la última instantánea de Óscar Pérez en ese Latok II que, los que no somos adictos a la escalada, desconocíamos y que es de una belleza desoladora, he visto claramente la muerte anunciada en su mirada, como se la vi el primer día en que empezó su dramática agonía vertical.

¿QUÉ FUE DE?


Kathleen Turner?
autor:
Marc Muñoz
Kathleen Turner es el exponente paradigmático de la actriz que sobrepasa la cuarentena (ahora ya la cincuentena) y su carrerea se hunde. Especialmente significativo y dramático es el caso de esta actriz nacida en Springfield, Missouri, que pasó de ser un mito erótico en los 80’s con películas como Fuego en el Cuerpo, a pasar desapercibida en filmes televisivos o series de TV.
Doblemente duro ha sido para la norteamericana ver cómo el físico que en su día llenaba de erotismo las pantallas de medio mundo, ahora resulta ser un espejismo doloroso de su pasado, que le ha provocado que se le cerrasen aún más puertas en su carrera. Porque si ya es duro para una actriz de cincuenta y tantos hacerse con un papel (ver
Debra Winger, Jessica Lange), más le debe resultar a una Turner irreconocible y algo obesa. La confirmación está en que la actriz de La Joya del Nilo puede resumir su andadura por esta década con sus trabajos televisivos en las series Nip/Tuck, Friends y Ley y Orden, o por participar en un par de filmes mediocres que pasaron desapercibidos (si es que llegaron a pasar) como Beatiful o El Príncipe de Central Park. Lo más relevante de su carrera artística en los 2000’s ha sido prestar su voz en Monster House y su pequeño papel en Una pareja de tres con Jennifer Aniston y Owen Wilson.
Sin duda, una situación dramática para una actriz que pobló la década de los 80’s con sus papeles en la ya citada Fuego en el cuerpo, Tras el corazón verde, La Joya del Nilo, El honor de los Prizzi, Peggie Sue se casó, El Turista Accidental o la desternillante La Guerra de los Rose.
De su paso por los 90’s hay varios filmes rescatables, pero que no lograron evitar su actual situación de actriz olvidada por el gran público. De los 90’s destacaría su actuación para John Waters en Los Asesinatos de Mama, o su papel de madre en Las Vírgenes Suicidas.

LA PELÍCULA

Enemigos públicos
Michael Mann

Puede que sea Michael Mann, junto a Ridley Scott, el mejor director de cine comercial que hay hoy en día en USA, una clasificación un tanto discutible que convierte a Scorsese, Paul Thomas Anderson, Jim Jarmush o Arenosky, automáticamente, en autores. Y la solvencia de este realizador de Chicago, una vez revisada su ya larga filmografía, es incuestionable. Desde El último mohicano (1992), la película con la que se dio a conocer, hasta Corrupción en Miami (2006), de la que, curiosamente, también dirigió algunos de sus capítulos televisivos, hay una larga lista de films excelentes como Heat (1995), una de las películas de atracos mejor filmadas, El dilema (1999), la valiente denuncia contra las tabaqueras protagonizada por Russel Crowe, Alí (2002), el extraordinario biopic sobre Cassius Clay y Collateral (2004), un film modélico dentro del género negro en el que Tom Cruise daba lo mejor de si mismo. Con estos antecedentes, y la historia de uno de los gánsteres más famosos de la depresión en sus manos, parecía cantado el acierto del último film de Michael Mann, pero no es así
Nadie puede decir que Enemigos públicos sea una mala película porque su guión no tiene fisuras, la ambientación raya la perfección, las escenas de acción ─léase los atracos a bancos que jalonaron la vida de este sanguinario Robin Hood, un delincuente atípico e individualista que robaba a las instituciones pero no a los particulares y resultaba tan incómodo para el sindicato del crimen como para el FBI que echaba a andar ─ han sido rodadas de forma milimétrica, la textura de sus imágenes en video digital son irreprochables, tiene una bonita historia de amor de fondo y las dosis de violencia son soportables, pero cuando acaba la proyección uno se queda frío y frustrado, con ganas de haber visto algo más que lo que Michael Mann ofrece.
Se echa en falta en este biopic de Dillinger una mayor profundización en la época, más apuntes sobre la depresión norteamericana ─ cuya única referencia visual en la película se circunscribe a esa mujer desesperada con su hijo en brazos de la granja en la que se refugian los salteadores, que quiere escapar con ellos─, y limar algunas frivolidades del personaje principal que se presenta a su chica, en un restaurante, diciendo Soy Dillinger y asalto bancos. No acaba de encajar Johnny Depp ─ estaba previsto que fuera Leonardo di Caprio, pero se echó atrás ─ en su personaje, y éste es el principal hándicap del film, que el actor de Eduardo Manostijeras, que funciona siempre muy bien a las órdenes de Tim Burton, anda bastante perdido en su papel de gánster al que no consigue darle credibilidad, algo que sí imprime, en cambio, Christian Bale, soberbio como el agente del FBI Melvin Purvis que se encarga de darle capturarlo, a pesar de las simpatía que le inspira el delincuente, y es presentado al espectador en una potente escena de cacería humana entre manzanos.

Hay, no obstante, instantes brillantes, y algún destello de gran cine en Enemigos públicos. Uno, cuando Dillinger (Johnny Depp), gran aficionado al cinematógrafo ─ fue acribillado saliendo del Biograph Theatre tras ver a su admirado Clark Gable en El enemigo público número 1(1934) de W. S. Van Dyke, toda una premonición ─ es observado por sus compañeros de fila que miran a derecha e izquierda, siguiendo las instrucciones de la policía que emanan de pantalla, para descubrirlo entre los espectadores del cine, y nadie lo reconoce, o quiere reconocerlo. Dos, cuando Dillinger, haciendo acopio de sangre fría, quizá intuyendo su final, se pasea por las estancias policiales de la brigada especial que tiene que darle caza, mira las fotos de sus compinches colgadas de la pared y tachadas, porque ya han sido eliminados, y la suya, que pronto también será tachada, y eso lo intuye, y hasta se permite interesarse por el resultado de un partido que están viendo unos policías que serán los que le cacen al día siguiente. Y, por último, la frase final que Dillinger, moribundo, susurra al oído del policía que le ha disparado, un mensaje de despedida que se encargará de trasladar a su novia Billie Frechette, interpretada con convicción por la oscareada, por La vie en rose, francesa Marion Cotillard: Hasta luego, mirlo blanco.

Viendo Enemigos públicos a uno le vienen a la cabeza las películas de cine negro de los años cincuenta sobre esos mitificados bandidos, que solían tener como protagonista a un enloquecido James Cagney, Bonnie and Clyde, en la que Arthur Penn, además de retratar a los forajidos protagonistas con una aureola romántica, dibujaba perfectamente la época, o Los intocables de Elliot Ness de Brian de Palma, que narraba la épica de la lucha del bien contra el mal, sin olvidar la versión más realista que filmara sobre el bandido cinéfilo el denostado, por sus ideas fascistas, John Millius, director de Connan el bárbaro, guionista de Apocalipse now y director de la exitosa serie televisiva Roma, y protagonizada por Warrem Oates.
Enemigos públicos es un elegante y dinámico thriller que no consigue transmitir emociones y no está a la altura de otras películas de Michael Mann.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL LIBRO

PAPELES INESPERADOS
Julio Cortázar
Alfaguara (2009)
486 págs.
***

Siempre que se edita el libro póstumo de un autor se hace el lector dos preguntas inevitables. Primera, ¿hubiera querido el autor, de estar vivo, haber publicado su obra? Segunda, ¿es realmente interesante esa obra inesperada y arroja luz sobre el resto?
Las dos dudas quedan respondidas cuando se acaba de leer Papeles inesperados que rescata Alfaguara, editorial que, por otra parte, creo ha editado toda la obra de Cortázar con excepción, quizá, de La vuelta al día en 80 mundos, por su peculiar formato. Si Cortázar no destruyó, quemó o troceó ─ ahora con el ordenador es escalofriantemente fácil: basta con mandarlo todo a la papelera y se acabó ─ los escritos que se recogen en este libro póstumo, es que tenía intención de darlos de alguna manera o en algún momento. Y la segunda pregunta se contesta sola: Cortázar es uno de los autores decisivos del pasado siglo y todo lo que ilumine, como hacen estos Papeles inesperados, su obra, bienvenido sea.
Cuando Aurora Bernárdez, la viuda de Cortázar y albacea literario, descubrió una gran cantidad de manuscritos de su marido, en diversos baúles y cajones, y lo puso en conocimiento de Carles Álvarez Garriga, crítico y estudioso del escritor argentino, hizo un enorme favor a los cortazarianos que en el mundo hemos sido, los cronopios que empezamos a escribir contagiados por su pasión creativa y su fantasía y que sentimos como propia su muerte.
Papeles inesperados, testamento literario de Cortázar, es una miscelánea de escritos diversos recopilados y editados con rigor por Bernárdez y Garriga. Hay una serie de relatos inéditos, algunos buenos, otros muy flojos, como La daga y el lis. Notas para un memorial, con el que precisamente se inicia el volumen; historias divertidas de cronopios y famas; algún capítulo desgajado de El libro de Manuel; prólogos, discursos, autoentrevistas, Entrevistas ante el espejo, en donde Cortázar se sincera con respecto a la literatura y la política enfrentándose a unos divertidos entrevistadores imaginarios ─ es mucho más izquierdista y revolucionario de lo que se podía pensar─, artículos publicados en prensa, de cariz muy político ─ carga, una vez, y otra también, contra el imperialismo norteamericano de la época y su implicación en toda clase de golpes de estado en América, y se muestra, a su vez, demasiado indulgente con los primeros desmanes del castrismo, concretamente con los cometidos contra los homosexuales ─, epístolas, reflexiones sobre la adaptación que hizo Antonioni de uno de sus relatos, poemas…, todo escrupulosamente datado, un material que puede interesar más o menos, gustar o hasta disgustar, pero que, sin duda, completa el corpus literario del autor de Rayuela y lo hace más comprensible y coherente.
No esperen los que se aproximen al último libro del genio argentino tropezar con alguna prosa excelsa, que ya publicó sobradamente en vida, pero sí destellos de genialidad y bonhomía en casi todo lo que se publica en estos Papeles inesperados. A mí, particularmente, me ha conmovido una breve referencia de media página a Carol Dunlop, su último amor, con la que escribió a cuatro manos un libro de viajes maravilloso titulado Los autonautas de la cosmopista, en El lento desplazarse de las constelaciones por tu piel: “Cuánto quisiera que escribiésemos de nuevo juntos muchas páginas, Osita. Creo que lo haremos, quiero que lo hagamos. Estaremos de nuevo tan juntos, Osita”.

Argumento
Materiales de muy diversos géneros narrativos ─ cuentos, sentencias, apuntes ─, ensayos, discursos, escritos políticos, entrevistas y autoentrevistas, más algunas pinceladas líricas, componen este voluminoso libro póstumo que llega a nosotros gracias a Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, un material que ilumina el Cortázar creador literario y luchador político, aunque esto último sea desde un exilio parisino libremente elegido.

Julio Cortázar (Bruselas, 1914─París, 1984) Autor argentino cuya vida transcurrió, prácticamente, fuera de su país sin que hiciera apostasía de su argentinidad, sino todo lo contrario, siendo el escritor más argentino del país de la Pampa y el tango. Revolucionó el panorama literario del siglo pasado con sus libros de relatos, género que dominaba a la perfección como ningún otro, salvo su antónimo y compatriota Borges, y en los que el elemento fantástico, tamizado con el humor, estaba casi siempre presente ─ Las babas del diablo, El perseguidor, Queremos tanto a Glenda, etc ─ y una novela, Rayuela, que acompañó con unas instrucciones de lectura con la que anticipó la interactuación del lector. Provocativo e imaginativo, Cortázar es una referencia indiscutible de la literatura escrita en castellano y una forma de entender la literatura como juego.

NEWS

NEWS
Dick Cheney, el inasequible ex vicepresidente de los Estados Unidos que es tan extremista que Bush junior le parece un moderado ─ imaginemos lo que debe decir, en la intimidad, del actual inquilino de la Casa Blanca─ publicará sus memorias y gente habrá que las compre, como en nuestro casa sucede con los libros de Aznar. A mi Cheney me parece un personaje encantador de novela negra, el tipo con el que estás comiendo y puede, en un momento de furia, sacar la pistola y dejar tus sesos desparramados por el mantel. Su lenguaje, cuando no insulta con niveles de carretero homofóbico, entra dentro de los parámetros del género más negro. Lean esta perla que salió de su boca: Que no se proteja a un empleado y se sacrifique al tipo al que se le pidió que pusiera su cabeza en la trituradora de carne por la incompetencia de otro me parece inadmisible. Cheney da tanto miedo como el Pesci enloquecido de las películas de Scorsese. Que le tiren a Garzón, ya.
Stieg Larsson es patológicamente malo, afirma, sin el más leve pestañeo, Donna Leon, la dama del crimen que vive exiliada en Venecia. ¿Envidia o convicción? No seré yo quien le lleve la contraria, o la reafirme, entre otras cosas porque debo de ser de los pocos seres humanos que no se ha dejado seducir por la serie Millenium, aunque sé que sucumbiré a sus cantos de sirena en cuanto abra la primera página, pero me resisto porque la vida es breve.
Malcom Lowry tendría cien años de no haberse ahogado en mezcal y tequila. Crearse un infierno para luego escribirlo es la definición de la vida de Malcom en México, escribe el mexicano Fabrizio Mejía Madrid con acierto. En la larga lista de escritores dipsómanos ─ Poe, Faulkner, Proust, Lord Byron, Hemingway, etc. ─ Lowry se lleva el oro. Suelen decir que mucho alcohol nubla el entendimiento. Pues Lowry fue un rara avis como lo es Keith Richards con las drogas. Nadie sabe si debemos agradecer al alcohol que empapaba su cerebro la genialidad de BAJO EL VOLCÁN, quizá la novela que más me haya impactado de todas las que he leído.
Uno mismo. La revista de las letras hispanoamericanas, que dirige el escritor cubano y amigo Amir Valle, me publica el relato EL MUCHACHO INGLÉS, uno de los que integran mi VIAJEROS DE SI MISMOS (Brosquil, 2006) Premio Ciutat de Benicassim. Una historia de género negro muy sutil, al menos eso es lo que me parece. Lean y opinen. Lo pueden pinchar en la sección fija MIS RELATOS EN LA RED
William Golding intentó violar en su juventud a una niña de 15 años, según una biografía que se publicará próximamente. El propio Golding (1911-1993) reconoció ese incidente en una confesión inédita que escribió para que la leyera su esposa y en la que trató de explicar la evolución de su "monstruoso" carácter, ha informado el diario 'The Daily Telegraph'. Siempre digo que lo importante de un escritor, lo que interesa es su obra. Si después resulta que el autor es alguien encantador, miel sobre hojuelas. Golding escribió una novela que no olvido: El señor de las moscas.
La biografía, de la que es autor el conocido crítico literario británico John Carey, cuenta que Golding, que tenía a la sazón dieciocho años, intentó violar a la niña, llamada Dora, con la que había coincidido en clase de música.

PAISANAJE

NEOYORQUINOS 4
textos y fotos: José Luis Muñoz

Los miembros de la comunidad musulmana no son muy visibles desde el 11 S. Se ven contadas mujeres con la cabeza cubierta por el yihab y muy pocos varones con sus barbas características. Este ciudadano negro, sin embargo, sí se atreve a vestir a la usanza musulmana. Quizá pertenezca a la asociación de los Musulmanes Negros.

El viandante oriental, pertrechado con mochila, y que se refleja en el escaparate de Tiffanys, una de las tiendas más exclusivas de Nueva York, quizá no haya visto Desayuno con diamantes, la maravillosa comedia de Blake Edwards que inmortalizaron Audrey Hepburn y George Peppard con guión de Truman Capote, el más perfecto anuncio de la joyería más famosa del mundo.
Esta graciosa niña negra con trencitas se suelta de la mano de su madre mientras pasea por una de las calles de Harlem. Hay algo que concita su atención, y no sé qué es.
Puede que los chinos sean los mayores fumadores del mundo una vez que se desató la cruzada contra el tabaco, y a los chinos de Nueva York también les toca purgar su vicio. Este cocinero de Chinatown da una calada en la puerta de servicio del restaurante y yo le sorprendo con el humo en la boca.
Sin pretenderlo, llego a una plaza de Chinatown, instantes antes de que caiga un potente aguacero. Unos cuantos chinos hacen tai chi, otros practican artes marciales; hay quienes bailan. Pero este oriental, americanizado con su gorra, aunque sea de una farmacia china en donde debe comprar hierbas para el lumbago, el hígado y la calvicie, con aspecto de apacible jubilado, está entretenido en una partida de cartas en un parque y parece señalar con el dedo a un colega que ha tenido mejor baza que él.
Seguimos en el parque, y seguimos con chinos con gorra de visera y rostro imperturbable como éste que acaricia su vaso de té en envase de parafina ─ no existe país tan devoto a ese material ─ mientras observa atentamente el tablero y decide cuál será su próxima jugada. Al lado, un estómago protuberante envasado en una camisa a rayas cuyo último botón no llega a cerrarse. Ignoro a quién pertenece el otro vaso de té.
Una mamá negra con su retoño femenino en brazos, primorosamente vestido, hasta un poquito cursi. La mujer parece tan abducida por sus pensamientos que no repara que la niña está jugando con lo que parece su billetero.
Correr escuchando música por el Ipod es una actitud que pertenece a nuestro mundo globalizado. Esta chica quema energías ante el lago Reservor de Central Park en una mañana nublada.
La mirada de este muchacho oriental con el pelo al dos llama la atención. Hace el gesto de pasar la calle después de cruzarse con un tipo tatuado que lleva el botellín de agua en su mochila. De espaldas, un sujeto con aspecto de hippie que se aleja. El tronco de un árbol y una mujer indefinida.
Por su atuendo es musulmán, y se diría que no hace mucho llegó de África huyendo de la pesadilla para abrazar su sueño americano. Tiene una cabeza poderosa en la que destacan sus labios gruesos y una barba escasa y blanquecina. Camina por Harlem seguido por un tipo todavía más corpulento que él. Por mucho que busque con la mirada no ve los árboles de su selva perdida a la que nunca regresará.
El cantante oriental con el pelo de pincho tiene maneras de rockero y, como tal, se come el micrófono en una plaza cívica de Chinatown en el que cada uno se divierte como puede. Dentro de dos minutos va a empezar a llover a cántaros.
Esta adolescente oriental está sentada en la hierba, con las piernas cruzadas, escuchando a sus cantantes favoritos que han olvidado el chino y cantan en inglés. Cuando empiece a llover se mantendrá sentada y cubrirá su cabeza con un chubasquero de plástico. Cuando la lluvia arrecie y empiece a mojarse, se levantará e irá a su casa en donde le espera un canario, al que sacará a pasear en cuanto amaine, y un abuelo.
Los andares de esta elegante y bella oriental de pantalones ceñidos son los de una maniquí de alta costura. Su brazo derecho se mantiene en paralelo con la pierna diestra y la otra mano aferra un misterioso papel que, no sé por qué, no mete en el bolso que lleva colgado delante, lo que indica que alguna vez se lo intentaron robar. Me gusta su bufanda rayada y la pulsera negra y dorada que luce en la muñeca izquierda.
Esta chica algo gordita acaba de comprar en Zara, se ha alisado su pelo rizado, escucha la voz de su móvil y se ha ajustado el cinturón demasiado arriba, con lo que afea el suéter calado que luce. De su cabeza destaca una amplia frente abombada y la retrato, exactamente, en el mismo escenario que la anterior, ante el coche negro, que sigue detenido ante el semáforo rojo, y la máquina expendedora de prensa.
Dos rubias algo desgarbadas y extrañamente familiares a pesar de que una luzca un maxivestido con cinturón caído con reminiscencias hippies y la otra un mini negro. Se parecen en el color de pelo, en las gafas de sol, en su delgadez extrema y en sus sandalias. ¿Simple coincidencia o van juntas?
Esta mujer de porte atractivo y elegante me mira irritada porque le saco una fotografía mientras pasea por Central Park. En la mano sujeta un pañuelo. El teleobjetivo de paparazzi de mi cámara asusta y me da un aire de fotógrafo profesional que no coincide con la realidad.
Este músico pone los acordes de su guitarra a una soporífera canción de una ópera china que cantan dos artistas de la tercera edad. Mira atento la partitura porque cree que se ha perdido.
Este caballero de Harlem con sombrero panamá espera a la puerta de la iglesia mientras mira a lo alto. La religión es una constante en la sociedad norteamericana y el actual inquilino de la Casa Blanca hubo de retratarse saliendo de un oficio cuando estalló un maledicente comentario sobre su falta de religiosidad. Bush rezaba mucho, y mataba más.
No siempre los conductores de los rickshaw son orientales, como pueden ver. Este medio de transporte, limpio y ecológico, se está extendiendo por la capital del mundo. Para conducirlo se necesitan buenas piernas y no tener miedo al tráfico. Al fondo, los primeros árboles de Central Park y un rosario de banderas americanas.


Otro elegante ciudadano negro con panamá esperando que empiece el oficio. Como el anterior, lleva bigote cano y es algo grueso. Va perfectamente trajeado y se sorprende de que lo retrate.
Aquí tenemos al grupo musical al completo. Los sonidos que salen de sus instrumentos de cuerda me parecen horrísonos, pero aplaudo cortésmente cuando acaban. Juraría que es un grupo de desafinadores profesionales y que no se entusiasman mucho por lo que hacen.


Este es el cantante. Un jubilado con sombrerito de paja que, harto de cantar en su cuarto de baño, baja a conquistar la calle. Lleva la letra de la canción en el cuadernillo, y no sé como puede leerla si cierra los ojos. Es de los que besan el micrófono, lo que distorsiana su aguda voz. Y, ahora que me fijo, yo tenía una corbata exactamente igual a ésta.
No va ni a una boda, ni a un bautizo, ni a una recepción en la Casa Blanca, sino a la iglesia de su barrio. Las mujeres negras se engalanan los domingos cuando acuden a los servicios religiosos y sacan de sus armarios los más vistosos trajes y sombreros. Los forasteros parecemos pordioseros a su lado.
Esta muchacha rubia, guapa, fibrosa y cabello al viento está en plena forma a juzgar por sus brazos y piernas perfectamente musculados, y corre a buen ritmo por la calzada de Central Park reservada a ciclistas. La capto en el momento en que ninguno de sus pies tocan suelo. Cuando se cruce con algún ciclista la va a abroncar por utilizar una calzada que es exclusiva para ellos. En Nueva York se respetan las normas con una cierta pasión, porque se consideran los mejores ciudadanos del mundo.

LA FIRMA INVITADA

Este artículo fue publicado en la web del escritor Paco Gómez Escribano y cedido para este blog, lo que agradezco desde aquí.

EL ESPLENDOR DE
LA NOVELA NEGRA
Paco Gómez Escribano

Vivimos fechas en las que los títulos pertenecientes al género negro inundan las estanterías de grandes almacenes y librerías. Dicen los expertos que se debe a la depresión y que esto ya ocurrió en los años veinte, pero a saber. En mi opinión, buenos novelistas policíacos y detectivescos los ha habido siempre e, invariablemente, cabe la duda de si ahora el público demanda más novela negra o si son las editoriales las que, en un acuerdo tácito, han optado por inundar el mercado relevando, aunque no del todo, la reciente y no agotada tendencia de leer Novela Histórica. O quizá es una mezcla de las dos cosas que se realimentan a sí mismas. El fenómeno, en cualquier caso, ahí está, y si sirve para que el siempre beneficioso hábito de la lectura se instaure en la gente, bienvenido sea.
El género no es nuevo y tiene sus pioneros y sus maestros, véanse Chandler, con su duro y genuino detective Marlowe; Agata Christie, con su concienzudo Poirot; o Conan Doyle y su entrañable Sherlock, el detective por antonomasia. Pero no sólo hay autores extranjeros entre los maestros. En España contamos con el Plinio, de García Pavón; Toni Romano, del prolífico Juan Madrid; o con Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán. Seguro que todos ellos, nacionales y extranjeros, han sido lecturas claves de los actuales autores que han elevado la novela negra a género de culto y de moda.


Comentario aparte merece el fenómeno Larsson, que ha conseguido que, por ejemplo, este verano todo el mundo lleve en el Metro de Madrid el mismo libro entre sus manos, el último de la trilogía “Millenium”, suceso que se ha repetido en todas las ciudades del mundo. Lo de los suecos es para resaltar: Mankell, Camila Läckberg, Assa Larsson, Jens Lapidus..., cada uno con sus personajes fetiche, herederos de los pioneros Maj Sjöwall y Per Wahlöö.
Pero si los suecos copan el mercado, bien es cierto que no son los únicos, y la culpa la tienen escritores de la talla de Sue Grafton, Donna Leon o Patricia Cornwell, sin olvidar a los españoles Lorenzo Silva, José Luis Muñoz o dos de los más recientes: David Torres y Domingo Villar.
Y no todo se reduce a novelas o escritores, sino a eventos que, van surgiendo o que se potencian. En España, increíble es la que se monta todos los veranos en Gijón con su Semana Negra. También en Getafe y Barcelona. O las librerías temáticas del género que además están en Internet con sus páginas web y sus blogs y organizando actos y firmas de libros. Véase Estudio en Escarlata en Madrid y Negra y Criminal en Barcelona.
No puedo terminar sin mencionar los Premios Literarios, unos nuevos y otros que, si bien ya existían, ahora se ven potenciados. Valgan como ejemplos el Premio RBA de Novela Negra, suculentamente dotado, u otro que, si bien es más modesto, no deja de ser prestigioso, me refiero al Premio de Novela Negra Ciudad de Carmona.
Asistimos al esplendor de un género, el negro, que algunos críticos califican como menor. Pero de lo que no cabe duda es de que en la actualidad es el culpable de que muchos lectores vuelvan a leer y de que otros, los más jóvenes, empiecen a ser receptores del “virus” de la lectura.


Paco Gómez Escribano (Madrid, 1.966) Estudia Formación Profesional en la rama de Electrónica Industrial. Más tarde, realiza estudios de Ingeniería Técnica en Electrónica Industrial en la Facultad de Alcalá de Henares. Ha trabajado seis años en el sector comunicaciones e industrial y, durante quince, ha sido profesor de Sistemas Electrónicos en la Función Pública. Actualmente es Jefe de Estudios del I.E.S. Ventura Morón de Algeciras. Ha impartido diversos cursos de formación continua y ocupacional en empresas y en otras entidades privadas en materia de domótica, informática, electrónica y electricidad.
En el plano literario ganó el 2º premio de Novela corta en el Certamen Internacional de Novela Corta "Lola Peche", del casino de Algeciras. Edición 2006 y ha sido finalista en diversos certámenes de narrativa breve. Tiene varios relatos publicados en libros de recopilaciones de relatos cortos.
Coordina cada año la organización del Certamen de narrativa breve
"Revista Digital I.E.S. Ventura Morón".