PAISANAJE

NEOYORQUINOS 4
textos y fotos: José Luis Muñoz

Los miembros de la comunidad musulmana no son muy visibles desde el 11 S. Se ven contadas mujeres con la cabeza cubierta por el yihab y muy pocos varones con sus barbas características. Este ciudadano negro, sin embargo, sí se atreve a vestir a la usanza musulmana. Quizá pertenezca a la asociación de los Musulmanes Negros.

El viandante oriental, pertrechado con mochila, y que se refleja en el escaparate de Tiffanys, una de las tiendas más exclusivas de Nueva York, quizá no haya visto Desayuno con diamantes, la maravillosa comedia de Blake Edwards que inmortalizaron Audrey Hepburn y George Peppard con guión de Truman Capote, el más perfecto anuncio de la joyería más famosa del mundo.
Esta graciosa niña negra con trencitas se suelta de la mano de su madre mientras pasea por una de las calles de Harlem. Hay algo que concita su atención, y no sé qué es.
Puede que los chinos sean los mayores fumadores del mundo una vez que se desató la cruzada contra el tabaco, y a los chinos de Nueva York también les toca purgar su vicio. Este cocinero de Chinatown da una calada en la puerta de servicio del restaurante y yo le sorprendo con el humo en la boca.
Sin pretenderlo, llego a una plaza de Chinatown, instantes antes de que caiga un potente aguacero. Unos cuantos chinos hacen tai chi, otros practican artes marciales; hay quienes bailan. Pero este oriental, americanizado con su gorra, aunque sea de una farmacia china en donde debe comprar hierbas para el lumbago, el hígado y la calvicie, con aspecto de apacible jubilado, está entretenido en una partida de cartas en un parque y parece señalar con el dedo a un colega que ha tenido mejor baza que él.
Seguimos en el parque, y seguimos con chinos con gorra de visera y rostro imperturbable como éste que acaricia su vaso de té en envase de parafina ─ no existe país tan devoto a ese material ─ mientras observa atentamente el tablero y decide cuál será su próxima jugada. Al lado, un estómago protuberante envasado en una camisa a rayas cuyo último botón no llega a cerrarse. Ignoro a quién pertenece el otro vaso de té.
Una mamá negra con su retoño femenino en brazos, primorosamente vestido, hasta un poquito cursi. La mujer parece tan abducida por sus pensamientos que no repara que la niña está jugando con lo que parece su billetero.
Correr escuchando música por el Ipod es una actitud que pertenece a nuestro mundo globalizado. Esta chica quema energías ante el lago Reservor de Central Park en una mañana nublada.
La mirada de este muchacho oriental con el pelo al dos llama la atención. Hace el gesto de pasar la calle después de cruzarse con un tipo tatuado que lleva el botellín de agua en su mochila. De espaldas, un sujeto con aspecto de hippie que se aleja. El tronco de un árbol y una mujer indefinida.
Por su atuendo es musulmán, y se diría que no hace mucho llegó de África huyendo de la pesadilla para abrazar su sueño americano. Tiene una cabeza poderosa en la que destacan sus labios gruesos y una barba escasa y blanquecina. Camina por Harlem seguido por un tipo todavía más corpulento que él. Por mucho que busque con la mirada no ve los árboles de su selva perdida a la que nunca regresará.
El cantante oriental con el pelo de pincho tiene maneras de rockero y, como tal, se come el micrófono en una plaza cívica de Chinatown en el que cada uno se divierte como puede. Dentro de dos minutos va a empezar a llover a cántaros.
Esta adolescente oriental está sentada en la hierba, con las piernas cruzadas, escuchando a sus cantantes favoritos que han olvidado el chino y cantan en inglés. Cuando empiece a llover se mantendrá sentada y cubrirá su cabeza con un chubasquero de plástico. Cuando la lluvia arrecie y empiece a mojarse, se levantará e irá a su casa en donde le espera un canario, al que sacará a pasear en cuanto amaine, y un abuelo.
Los andares de esta elegante y bella oriental de pantalones ceñidos son los de una maniquí de alta costura. Su brazo derecho se mantiene en paralelo con la pierna diestra y la otra mano aferra un misterioso papel que, no sé por qué, no mete en el bolso que lleva colgado delante, lo que indica que alguna vez se lo intentaron robar. Me gusta su bufanda rayada y la pulsera negra y dorada que luce en la muñeca izquierda.
Esta chica algo gordita acaba de comprar en Zara, se ha alisado su pelo rizado, escucha la voz de su móvil y se ha ajustado el cinturón demasiado arriba, con lo que afea el suéter calado que luce. De su cabeza destaca una amplia frente abombada y la retrato, exactamente, en el mismo escenario que la anterior, ante el coche negro, que sigue detenido ante el semáforo rojo, y la máquina expendedora de prensa.
Dos rubias algo desgarbadas y extrañamente familiares a pesar de que una luzca un maxivestido con cinturón caído con reminiscencias hippies y la otra un mini negro. Se parecen en el color de pelo, en las gafas de sol, en su delgadez extrema y en sus sandalias. ¿Simple coincidencia o van juntas?
Esta mujer de porte atractivo y elegante me mira irritada porque le saco una fotografía mientras pasea por Central Park. En la mano sujeta un pañuelo. El teleobjetivo de paparazzi de mi cámara asusta y me da un aire de fotógrafo profesional que no coincide con la realidad.
Este músico pone los acordes de su guitarra a una soporífera canción de una ópera china que cantan dos artistas de la tercera edad. Mira atento la partitura porque cree que se ha perdido.
Este caballero de Harlem con sombrero panamá espera a la puerta de la iglesia mientras mira a lo alto. La religión es una constante en la sociedad norteamericana y el actual inquilino de la Casa Blanca hubo de retratarse saliendo de un oficio cuando estalló un maledicente comentario sobre su falta de religiosidad. Bush rezaba mucho, y mataba más.
No siempre los conductores de los rickshaw son orientales, como pueden ver. Este medio de transporte, limpio y ecológico, se está extendiendo por la capital del mundo. Para conducirlo se necesitan buenas piernas y no tener miedo al tráfico. Al fondo, los primeros árboles de Central Park y un rosario de banderas americanas.


Otro elegante ciudadano negro con panamá esperando que empiece el oficio. Como el anterior, lleva bigote cano y es algo grueso. Va perfectamente trajeado y se sorprende de que lo retrate.
Aquí tenemos al grupo musical al completo. Los sonidos que salen de sus instrumentos de cuerda me parecen horrísonos, pero aplaudo cortésmente cuando acaban. Juraría que es un grupo de desafinadores profesionales y que no se entusiasman mucho por lo que hacen.


Este es el cantante. Un jubilado con sombrerito de paja que, harto de cantar en su cuarto de baño, baja a conquistar la calle. Lleva la letra de la canción en el cuadernillo, y no sé como puede leerla si cierra los ojos. Es de los que besan el micrófono, lo que distorsiana su aguda voz. Y, ahora que me fijo, yo tenía una corbata exactamente igual a ésta.
No va ni a una boda, ni a un bautizo, ni a una recepción en la Casa Blanca, sino a la iglesia de su barrio. Las mujeres negras se engalanan los domingos cuando acuden a los servicios religiosos y sacan de sus armarios los más vistosos trajes y sombreros. Los forasteros parecemos pordioseros a su lado.
Esta muchacha rubia, guapa, fibrosa y cabello al viento está en plena forma a juzgar por sus brazos y piernas perfectamente musculados, y corre a buen ritmo por la calzada de Central Park reservada a ciclistas. La capto en el momento en que ninguno de sus pies tocan suelo. Cuando se cruce con algún ciclista la va a abroncar por utilizar una calzada que es exclusiva para ellos. En Nueva York se respetan las normas con una cierta pasión, porque se consideran los mejores ciudadanos del mundo.

Comentarios

Felisa Moreno ha dicho que…
Me gustan tus fotos y las palabras que las acompañan, ya sabes.

Besos
José Luis Muñoz ha dicho que…
Veo que te gustan los pies de foto. Es un género con el que disfruto. Juan José Millás hace comentarios geniales en El País Semanal. No sé si lo sigues. El instante congelado puede llegar a decir muchísimas cosas. Me fascina analizar gestos, miradas, que traslucen el interior de los retratados y, reconstruir, a través de ellos instantes de sus vidas, o invertarlos. Creo que te comenté que edite un libro, EL CORAZÓN DE ÁFRICA, con fotos de Alicia Núñez y pies de fotos de casi cincuenta autores. Fue una experiencia preciosa que no descarto repetir en un futuro
Felisa Moreno ha dicho que…
Antes de ser madre todos los fines de semana compraba unos cuantos periódicos y me pesaba las horas leyendo dominicales. Reconozco que ya no lo hago, desistí hace tiempo. Leo cosas por internet en ratos perdidos y los libros, esos sí, procuro tener siempre alguno empezado.
Supongo que cuando mis hijos crezcan un poco volveré a retomar mis viejas costumbres. No leo a Millás en El Pais, pero sigo tu blog, algo es algo ¿no?

Besos
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues me honra mucho que me leas con tanto cariño, Felisa, de verdad.
Y espero leerte muy pronto porque tu ópera prima fue una gozada. Por cierto, ¿se agotó?
Llevo días de creatividad compulsiva, lo que no está mal para ser verano.
¿Cómo va el calor por Jaén?
Un beso