DIARIO DE UN ESCRITOR

Barcelona, 13 de abril de 2012
Cuando leí Intimidad del anglopaquistaní Hanif Kureishi, y vi luego la versión cinematográfica que de la novela hizo Patrice Chereau, no supe que estaba leyendo, en parte, lo que iba a ser mi octava vida, pero con final, previsiblemente, feliz. Crucemos los dedos, pero vivamos la intensidad de los instantes. La vida te da imprevisibles y generosos regalos que uno, desengañado, no espera.
Hoy fui relativamente feliz paseando por Barcelona. La nota triste y dramática la puso una joven mendiga negra, una muchacha que habrá cruzado África de punta a punta, puede que haya sido robada, violada y maltratada por el camino, ha invertido todo el ahorro familiar para cruzar en una patera el Estrecho jugándose la vida y acaba durmiendo en los portales de una ciudad extraña y lejana: tenía un bebé en sus brazos. Con esa imagen, la de ese bebé de una desheredada y excluida de este mundo, me he encogido. Tentado he estado de darle dinero, aunque ella no lo pedía y arropaba al bebé ante una jornada de lluvia, pero no lo he hecho y he seguido mi camino. Con esa imagen golpeando la conciencia, mis pasos me han llevado al único territorio del que me siento: el land de Gracia. Cuando ese barrio proclame su independencia, yo lucharé a su lado. Uno es, definitivamente, de donde pasó su infancia. Conozco cada rincón, cada plaza, cada callejón de ese pueblo que se integró en la gran ciudad. Seguramente, objetivamente hablando, no sea un barrio muy agraciado, pero tiene personalidad, respira, late en todas sus arterias. Si antes era un barrio de pequeños artesanos (la música de las serrerías la escuchaba cuando, con mi cartera a la espalda y mi pantalón corto, iba al colegio) ahora es multicultural y alternativo.
El sol rompe las nubes y deja de llover cuando me siento a la mesa de una terraza para leer el diario de las negras noticias (España al borde del rescate; el PP planteándose tipificar como resistencia a la autoridad las sentadas; el ministro Wert dando la estocada a nuestro cine) e indignarme. Ahogo mi ira con una cerveza. Un latinoamericano canta con buena voz mientras rasguea su guitarra. Prometo darle un euro si se acerca, sombrero en mano. Pero no lo hace. Por una u otra circunstancia hoy no doy rienda suelta a mi vena solidaria.
Me cito con Anita Pallenberg en la Plaza de la Revolución. Sí, Gracia, como barrio rojo que es de Barcelona, bautiza así sus plazas pese a su alcalde Trias que hará lo que sea para cambiarlo y poner a algún santón del nacionalismo catalán en su lugar. La exnovia de Mike Jagger (o de Keith Richard, tanto da) llega hoy vestida de rojo, con pantalones ceñidos y una chaquetilla negra sin mangas sobre la blusa: mis colores ácratas, me doy cuenta ahora, no entonces. Nos damos dos besos en las mejillas cuando nos vemos. Nos miramos a través de las respectivas gafas de sol que velan nuestros ojos. Con botas de tacón, la intérprete de Performance es más alta que yo. Me susurra, mientras me roza la mano (no acaba de cogérmela) que le parezco muy raro. ¿Por qué? le pregunto. Porque vas vestido. Subimos por la calle Verdi, dejamos atrás los cines y entramos en un restaurante indonesio. Como a mí, a la actriz le pirra la cocina oriental. El restaurante, seis mesas, es diminuto, y la camarera que lo atiende, más. La comida es buena, pero echo en falta el picante de esas lejanas tierras. Hablamos de nuestra mutua fascinación por Asia. De Indonesia y Tailandia, países que conocemos ambos. De la delicadeza de las asiáticas. De la chica de la portada de ni próximo libro. De Wong Kar Wai. Con los postres hablamos de literatura. De los autores que nos hicieron viajar a Oriente antes de pisar aquellas tierras: Pearl S. Buck y Sommerseth Maugham. A Anita Pallenberg, que habla conmigo un fluido español sin apenas acento(ella es de origen alemán e italiano; cabello y ojos, alemanes; vehemencia latina) le gusta Coetzee (le golpeó, como a mí, La edad del hierro, novela que regalé a una fotógrafa, y Thomas Bernard (me regala uno de sus pocos libros que no he leído: El aliento , y ese detalle me emociona). En un momento de la comida, cuando ella ha dado cuenta del arroz con vegetales y yo, de mis fideos con salsa de soja y ternera, y estamos con los postres, tapioca con leche de coco, cojo su mano. Es la primera vez que como con Anita Pallenberg, en una relación que hemos empezado por el final del común de las historias, y el hecho de compartir mesa con ella en un restaurante indonesio del barrio de Gracia, mi país, mi tierra, me emociona.
Podría decir que, después de comer, la acompañé al aeropuerto en donde cogió un vuelo para Londres o Nueva York, París, Berlín o Roma, pero no fue así. Recogidos en la habitación de un hotel seguimos hablando de literatura, de filosofía, del arte de vivir y gozar el instante, ella, con su español fluido y yo, excusándome de mi poca pericia con el inglés. Entre cigarrillo y cigarrillo (Anita Pallenberg es compulsiva, hasta fumando) se interesó por el estado de mi pierna (la he recuperado, por suerte) y me prohibió hacer cualquier tipo de ejercicio. Y yo fui, a medias, obediente. Nos emocionamos cuando ambos afirmamos que una de las mejores novelas que habíamos leído era La montaña mágica de Thomas Mann. Coincidimos ambos en que Muerte en Venecia, al hilo de Mann, es una de las obras maestras del cine. Le prometí, en el caso hipotético, más bien imposible, como el camello y la aguja, de que suba al Valle (Anita Pallenberg es chica de asfalto, tiendas de ropa y ajetreo urbano, y no la veo plan zen en las montañas entre vacas y caballos) con un ciclo Kubrick, zumo de naranja, sobaos pasiegos, rosquillas y su cabeza en mi hombro.
Volví al mismo escenario de la mañana y mediodía por la noche: a la calle Verdi. Pero sin Anita Pallenberg, sustituida por El Destilador Cultural. Invité a ver al instruido y profundo cinéfilo Las malas hierbas, de Alain Resnais. El otrora genio de la nouvelle vague juega, con descaro, a reírse del espectador. El resultado, inclasificable, con deserciones entre el público de la sala durante su proyección, provoca alguna sonrisa cada veinte minutos. Pero esa tomadura de pelo cinematográfica nos da pie para bajar la calle Verdi, cuando salimos, carcajeándonos de nuestra estupidez como espectadores de Las malas hierbas y descubrir un exquisito, y barato, restaurante francés en la Plaza de la Revolución tras desistir, por overbocking (cola en la calle) de entrar en el indonesio en el que estuve con Anita Pallenberg al mediodía. Comimos divinamente, bebimos una botella entera de verdejo Verdeo (fácil de recordar), reímos a costa de la deplorable situación de nuestro mundo saqueado por bucaneros de toda estofa, para no llorar, y lloramos, eso sí, de felicidad absoluta, con el postre, un fondant de chocolate blanco con salsa de coco que no se puede describir lo que nos hizo segregar: cada vez que la cucharita entraba en la boca era un estallido de placer. Con las copas de vino estuve a punto de hablarle de mi relación platónica con Anita Pallenberg, a la que seguramente conocería porque él es muy instruido. Aquella cena fue el extraordinario colofón a un día completo al que sólo le faltó, puestos a pedir la perfección, algo de sexo. Pero no se puede tener todo.

Comentarios

Jon Elías ha dicho que…
Dicen que el chocolate genera las mismas endorfinas que el sexo así que el destino que siempre nos obliga a elegir entre la bici o el patinete porque "todo-no-puede-ser-hijo", te la jugó. Elegiste mal, Slagherty Muchacho..,o tal vez no que corre mucho sexo desnatado por ahí que no merece ni el esfuerzo de ponerse.

Gracias por tu delicioso texto!
Anita Noire ha dicho que…
Hace algún tiempo me impresionó eso de las ocho vidas. En este momento, puedo asegurarle que si llegar al llegar a la octava uno se siente como ud. relata pues como podría saltarme alguna por el camino.

Pd: La comida especiada tiene ese aquel que no sabría decirle. Deliciosa y envolvente.
Anónimo ha dicho que…
Amonimo dijo:

Si no fuera por que te conozco, Jose Luis, estaría deseando conocer a ese personaje, mezcla de héroe y poeta, que habita en tu vida. Como ocurre con todos los milagros, por mas que uno lo vea en directo no dá crédito a sus ojos...
José Luis Muñoz ha dicho que…
Seguro, querida fotógrafa, que llegará a esa octava y le dará agradables sorpresas como a mí. De Oriente me gusta absolutamente todo, hasta perderme.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Te aseguro Elias que ese postre de chocolate blanco era...orgásmico. Si vas por Barcelona ya te indico el restaurante.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Héroe y poeta...me gusta, anónimo o anónima comunicante. Gracias.
Nostalgia ha dicho que…
Delicioso...

Gracias