DIARIO DE UN ESCRITOR


Barcelona, 23 de abril de 2012

Koczinsky entró en el restaurante porque tenía hambre y no había comido nada en todo el día. Servidumbre de las firmas del día de Sant Jordi cuando uno es escritor, se dijo para justificar su ayuno prolongado. Podría haberse tomado una cerveza y un bocadillo en cualquier sitio, pero optó por entrar en ese pequeño local, porque le pareció luminoso y limpio, después de descartar un chino que ofrecía menús a buen precio a partir de cuatro personas. Desventajas de ir a cenar solo. Se dio cuenta, al entrar, que el color blanco de sus paredes, sobre las que destacaban algunos cuadros con motivos marinos (peces multicolores) era lo que daba al local ese aspecto de limpieza y luminosidad; y la sensación de asepsia que llevaba implícito el blanco era, precisamente, lo que le había invitado a entrar en aquel lugar, más que la carta que había en el exterior, en la que abundaban pescados y pastas. El restaurante estaba vacío, era el único cliente.
¿Para cenar?
Si.
¿Solo?
Solo.
Quien le atendió, presumiblemente el dueño del restaurante, era un viejo conocido. A Koczinsky difícilmente se le olvidaba una cara. Quien parecía ostentar la propiedad de aquel local y le acompañaba hasta una de las doce mesas, a la que se sentaba después de dejar el periódico sobre ella, era el maître de Memorias de Asia, un restaurante oriental famoso por su bogavante a la sal, insuperable. El chino, algo regordete, con el pelo muy corto que parecía un cepillo, y ademanes corteses, como la mayoría de sus compatriotas, no le reconoció. Cuando puso la carta en sus manos y Koczinsky leyó los platos que ofrecían, se extrañó de que ninguno de ellos fuera oriental dado que el dueño del establecimiento sí lo era. Finalmente el escritor pidió unos espaguetis con queso y nueces, exquisitos, y unos huevos estrellados cuyas patatas, cortadas muy finas, estaban en su justo punto de crujientes. 
Mientras comía, de espaldas a una pantalla de plasma que reproducía una película de artes marciales (el dueño había tenido el detalle de bajar el volumen, con lo que los golpes de kárate y los gritos de los luchadores llegaban difuminados), entró un nuevo cliente, un extranjero con un libro en la mano que se sentó a la barra, pidió un sándwich y una cerveza. Koczinsky, que aquella tarde había firmado algunos pocos libros (los posibles compradores se acercaban al puesto, hojeaban sus novelas y terminaban dejándolas) pensó que la crisis golpeaba por igual a todos, a él, que últimamente estaba vendiendo poco, y al chino de Memorias de Asia, que quizá estuviera arrepintiéndose de haberse marchado de ese restaurante y esa noche perdía dinero con su único comensal.
A la hora del postre, el escritor, tras escrutar la carta, se decidió por un sorbete de mango y mandarina. Mientras lo saboreaba con lentitud (la combinación de las dos frutas era una conjunción perfecta y exquisita; la textura del helado, suave, acariciaba el paladar, después de enfriarlo) pensó, sin saber por qué, en el pequeño empresario que en ese momento se estaba suicidando en Italia, pegándose un tiro en la sien si tenía pistola a mano, en el trabajador que se quitaba también la vida, incapaz de soportar la mísera situación a la que le había llevado el tsunami de la crisis global, tirándose al vacío desde la azotea de su casa. No pidió café, pagó la cuenta con un billete de veinte euros y se marchó mientras el extranjero seguía enfrascado en su novela (no pudo leer el título ni el autor).
Subiendo por la avenida Josep Tarradellas, que a las once y media de la noche estaba bastante desierta, (algún ciclista bajaba por el carril bici con las luces prendidas y algún autobús urbano trasladaba a algunos pocos pasajeros absortos y somnolientos) y mientras se dirigía adónde tenía aparcado su coche, sabía lo que haría al día siguiente, porque lo tenía todo extraordinariamente planificado, pero no podía intuir la extrañeza absoluta que le produciría escuchar una voz antaño muy familiar, al otro lado del teléfono, cuando a las 22:00 llamara a una persona para felicitarla en su aniversario. Tampoco estaba seguro Koczinsky de hacerlo, llamar a esa persona, u olvidar ese aniversario definitivamente. La voz que escucharía al día siguiente Koczinsky sería la de una desconocida y tendría la intuición de que la suya, seca y distante, causaría en la interlocutora idéntica sensación. Quizá es que siempre lo fue, una desconocida, se diría al día siguiente, a las 22:15, después de colgar y permanecer diez minutos concentrado en sus pensamientos, en silencio y desasosegado. Aquella voz, reflexionaría Koczinsky veinticuatro horas más tarde de acceder a su coche, tumbado en la cama de su hotel, había perdido su antaño característico tono musical, carecía de vitalidad y alegría, ya no era cantarina sino opaca.  
¿Y de qué se extrañaría Koczinsky si no se conoce ni a sí mismo?
Estamos al día siguiente y Koczinsky está tumbado en la cama, ante un cuadro abstracto que cuelga de la pared de la habitación (esos cuadros que se pintan al por mayor para las habitaciones de los hoteles, que ni siquiera llevan firma porque seguramente los fabrica una máquina), mira su maleta, que al día siguiente cogerá, y la cámara de fotos, con la que se retratará. Se ve más Hopper que nunca, más desde que esa tarde un personaje le ha dicho que ya no quiere serlo y se le ha rebelado dentro de su narración.  

Comentarios

Poma ha dicho que…
Es una auténtica delicia, si, el Bogavante a la sal del Memorias..

Peder la esperanza , es mucho pero que perder el empleo o el capital, de ahí los suicidios

Las voces del pasado con tiempo y algo de buena voluntad pueden volver a ser cantarinas, aunque nunca nada es lo mismo.

En fin , es lo que tiene.... cuando los personajes adquieren vida propia, se rebelan.Mano dura con ellos ¡¡
José Luis Muñoz ha dicho que…
Coincidimos en ese bogavante a la sal, en efecto, del que me apiado cuando me lo presentan pero me lo como luego. Somos contradictorios. No sé cómo tratarla, Poma, si como mujer, hombre o hermafrodita. O fruta. Unos dan la cara y otros/as ponen una manzana. ¿Cantarinas? Hay voces del sur que cantan con tonos altos y bajos. Curioso. Tanto en la ficción como en la realidad me ocurre lo mismo: todo se descontrola a mi alrededor. Quizá ésa sea la gracia de la ficción, y de la realidad. Gracias, sea quien sea, por sus comentarios,
Poma ha dicho que…
Vamos José Luis, a estas alturas y aún no sabe usted como tratar a una, (femenino singular) Poma.
Aysss, ser sincera en versión fruta 2.0 es preferible a la falsedad, por mucha cara que den algunos/as.
Gracias a usted por sus libros, los difrutaré.