domingo, 29 de julio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 28 de julio de 2012

En  mi afición a la montaña hay también cierto componente masoquista, una militancia de sacrificio que imagino tiene sus raíces en mi etapa religiosa, una voluntad indomable a seguir adelante hasta alcanzar la meta por puntillo personal. Claro que todo eso se acentúa cuando el Filósofo Rojo llega al Valle con sus mapas y su brújula.
Llegó días atrás. Charlamos de la revolución pendiente que no veremos alrededor de una botella de frio txacoli. Y programamos una agenda de excursiones. Ambos compartimos una idea parecida de lo que es la montaña y para qué está hecha: para disfrutarla, nunca para enfrentarnos a ella. Así es que, en teoría, damos largos paseos por ella, que no implican más riesgo que el perderse y aparecer en un valle diferente al previsto.
Pero el día pasado fue distinto. Duro. Casi agónico. Quizá porque me falta entrenamiento.
Subimos a Bausén con el cuatro por cuatro y cogimos una pista equivocada que nos llevó por un mar de maleza, que la cubría e indicaba lo poco frecuentada que era, hasta una solitaria casa. Invadimos su prado, alzando la puerta del vallado, y aparcamos el coche bajo la sombra de un enorme castaño. Yo recordaba un camino detrás de la casa y, por intuición, suponía que sería el que nos llevaría a un collado llamado de Vacanera, próximo a unas instalaciones mineras abandonadas. Sobre el mapa íbamos a salvar un desnivel considerable: 1200 metros. Y hacer un buen número de kilómetros por la montaña: 18. Así es que estábamos mentalizados para el sacrificio y dispuestos a sudar las camisetas.
Buscamos ese camino detrás de la casa. Un bosque de helechos, impenetrable, que medían metro y medio, lo había devorado por completo, lo que evidenciaba que los caminos los hacen las personas pasando por ellos y si no, se pierden. Pero nos aventuramos, intuyéndolo más que viéndolo, mientras con las piernas apartábamos las enormes hojas que nos barraban el camino y hacían imposible ver el trazado de la senda. Allí, a poco de iniciada la excursión, caí, me deslicé por la ladera cuando mi pie, a ciegas, se salió del estrecho camino, y coloqué mal la mano izquierda para amortiguar el golpe: el dedo meñique sufrió, pero no oí el crujido de ningún hueso roto, pero sí dolor intenso en la articulación con el resto de la mano. Este fue el primer aviso para que desistiéramos, al menos yo, pero lo desoímos y seguimos, con tozudez.
Seguimos por esa ruta suicida que, en ocasiones, bordeaba un barranco, y, mientras, mi mano se fue hinchando hasta parecer un odre lleno de vino. Cruzamos un par de riachuelos y dejamos, por fin, la pesadilla de ese bosque de helechos que parecía no tener fin y lo cambiamos por uno, interminable, de hayas retorcidas. El camino subía por una resbaladiza alfombra de hojas caídas, zigzagueaba sin tregua, a derecha e izquierda, empinándose cada vez más, pero al menos se veía. De cuando en cuando nos deteníamos para hablar de las incidencias, de lo que nos quedaba, elucubrar por dónde pasaría el camino, cuándo se despejaría, o yo me dedicaba a fotografiar el paisaje, los efectos de la luz pasando a través de las ramas de las hayas, sus caprichosos y atormentados troncos.
Seguimos monte arriba hasta que alcanzamos un arroyo, en un prado estrecho, y allí decidimos que, después de dos horas de marcha ininterrumpida y, puesto que estaba sombreado, era buen lugar para echarse en la hierba diez minutos, dar cuenta del primer bocadillo de la mochila y beber un trago de agua de la cantimplora.
Entonces terminó el bosque y sobre una loma cubierta por pasto apareció una cabaña de pastor restaurada.  Nos sorprendió lo cuidada que estaba, lo limpio del suelo, la cantidad de muebles relativamente nuevos que había en su interior (una mesa de formica y seis sillas en condiciones perfectas), una buena chimenea, tres parrillas para hacer carne, un bidón de agua, algo de aceite y una buena colección de botellas vacías de vino. Seguimos monte arriba, en pendiente siempre, por una zona infestada de brezos y otros matorrales peores, con flores moradas e intenciones aviesas que se enredaban constantemente en los pies y me arañaban los tobillos y piernas. Lamenté, entonces, no llegar pantalones largos como el Filósofo Rojo. Aquella parte de la excursión, bajo un sol abrasador y con poca agua alrededor, se convirtió en una especie de pesadilla. Había que inventar el camino y no siempre la intuición nos guiaba por el lugar adecuado. Veíamos la meta final, el collado, pero estaba siempre arriba, se acercaba pero nunca parecía estar al alcance de la mano. Buscamos, como hacían las vacas por las huellas que dejaban en el terreno, la sombra de un bosquecillo de pinos, para recuperar el aliento y dar cuenta de los últimos tragos de agua. Y seguimos por ese camino plagado de brezos, que se enredaban en nuestros pies, y que alternábamos con zonas inundadas, cubiertas de hierba, en donde nos hundíamos hasta los tobillos.
Miré mis piernas. Eran como las de un flagelante de Semana Santa. Un buen número de heridas y rasguños. Una docena de picotazos de todo tipo de insectos: arañas, tábanos, alguna avispa. Una de las piernas ya se me había hinchado, compitiendo con la mano, y si tocaba la zona afectada comprobaba que era dura.
Seguimos monte arriba, con la boca seca, y llegamos a un prado que nos dio relativo descanso, con un abrevadero para bestias, pero el agua era ferruginosa, porque debía brotar directamente de las abandonadas minas de hierro. Sirvió, al menos, para refrescarnos la cara abrasada. Fuimos zigzagueando, al borde de la resistencia, ya por tozudez, porque el sentido común, una vez que se perdieron las trazas del camino, nos dictaba abandonar, bajar al pueblo y tomarnos una buena jarra de cerveza en una terraza. Pero no, seguimos y seguimos, lentos, ascendiendo, aplastados por el calor, cubiertos de sudor, agónicos, con espíritu de militancia que se recompensa a sí mismo cuando alcanza la meta.
Cuando coronamos Vacanera las piernas me temblaban. No las del Filósofo Rojo que todavía tenía humor para localizar montes en el horizonte. Buscamos las ruinas de la antigua mina, apoyamos la espalda en lo que quedaba de ella y comimos el segundo bocadillo, que no entraba en la garganta por la sequedad de la boca, y una naranja, que esa sí era bienvenida y supo a poco. Mientras, el cielo, a nuestro alrededor, se había poblado de nubes grises que ocultaban la visión del macizo de la Maladeta, uno de los alicientes, precisamente, de la excursión.
Empezó a tronar, como predijo la panadera en su diario parte meteorológico infalible, cuando decidimos regresar por otro camino, tomar una pista que se veía bastante cerca y suponer que nos llevaría de nuevo a la cabaña de la mitad del camino y ahorrarnos la agonía de los brezos y los elegantes matojos de flores lila. Pero no era ésa la pista ansiada. Estábamos en Francia y a vista de pájaro de la elegante Luchón con sus balnearios y terrazas con bebidas frescas. ¡Quién fuera pájaro para descender! Bajaba la niebla. Era el momento de desplegar el mapa y consultar la brújula. Lo hizo el especialista: el Filósofo Rojo que ejerce en esta valle una de sus pasiones ocultas, la de topógrafo.
Una vez ubicados en el mapa emprendimos camino hacia una cercana cadena montañosa. Las Tres Sorores. Acertamos. Una vez que nos asomamos, desde una cima, descubrimos, en miniatura, la cabaña de referencia de la mañana. Desde las alturas trazamos el itinerario más suave para llegar a ella. El descenso duró hora y media. A medida que perdíamos altura subía la temperatura, pero no excesivamente: seguía nublado. Pasamos por los alrededores de una explotación ganadera y un prado en donde las vacas pastaban. Cruzamos un último prado invadido de matojos. Llegamos a la cabaña y agradecimos las sillas de formica que nos prestó. Sentados y contemplando lo que nos quedaba de camino, repusimos fuerzas con un último bocadillo y seguimos.
Aún me tengo que caer otra vez antes de llegar al coche y hacerme un rasguño largo en la pierna, la misma que tengo hinchada por la picadura de docenas de insectos. Sobrevivimos. El Cartógrafo Rojo sin rasguños; yo me los llevé todos.

domingo, 22 de julio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 22 de julio de 2012


Tocan a difuntos. Son campanadas largas y espaciadas. Suenan durante cinco minutos. Interrumpen mi sorbo a la copa de cerveza, que queda congelado en el tiempo, las malas noticias de la prensa, que me dejan sin aliento. Cesan las campanadas. Bebo. Sigo leyendo. País en quiebra. No me extraña. Policías y bomberos indignados. ¿Cuándo los antidisturbios arrojarán sus porras y se fundirán en un abrazo con los manifestantes? Ya no tendré a Ana Pastor que me despierte a las nueve de la mañana. País cainita que arrasa con todo el que sobresale. 22% de IVA al cine. Arrasan con la cultura. ¿Cuándo arderá Madrid? Quizá en otoño. ¡Qué paradoja que sus señorías, los supuestos representantes de la voluntad del pueblo, tengan que ser protegidos de éste por vallas!
Me invitan a comer los vecinos. Buena gente. Sacan una mesa a la calle y hacen una barbacoa de chuletas de cerdo, longaniza y chorizo. Yo aporto paté y queso Idiazabal. Hablamos del difunto del día. Creo que es la cuarta persona que fallece en el pueblo desde que estoy en él. Setenta años. Joven. Todo es relativo. Joven para mí que sólo tenía diez años más que yo. Quizá lo conociera. Lis lo vio haciendo su paseo matutino esta mañana. A las once estaba vivo. A la una se sentó en una silla de su casa y ya no se movió. Las campanas sonaron quince minutos después.

Estamos indignados en el Valle, aunque la indignación se atempera con el paisaje idílico. Bebemos un buen rioja. Tenemos para comer. Fumamos un par de cigarrillos. Repasamos la crisis sin fondo. El país sin remedio. Alzamos los chupitos de whisky al sol. Brindamos por nosotros, los presentes. Cuatro foráneos entre montes verdes. Resistiremos. Sobrevivimos, al menos.
Duermo mucho, últimamente. Quizá para huir del mundo. Me quedo dormido en el sofá, en la cama. Me duermo con las noticias, pese a que son una película gore. Me paso el dvd de Carmina o revienta, que daban hoy con El País. Una vulgaridad. Una reivindicación de los peor de nosotros mismos, de nuestra incultura, mala educación, picaresca.

Dudo. Dudo si afeitarme la barba. Me cansa mi aspecto. Ando últimamente cansado de mí mismo. Hoy ni paseo por el monte como sí hice ayer, o anteayer. Ni cojo la bicicleta. Barro, eso sí. Papeles caídos al suelo.  Y miro por la ventana abierta al mundo ese incendio voraz que devora el alto Ampurdán azuzado por la Tramontana.
Escribo. Poco. Reescribo por cuarta vez Ciudad en llamas. Parece premonitoria. Lo fue, en parte, Barcelona negra. Novela extraña en la que regreso a Barcelona en el año 2070. Tendría entonces cerca de 120 años. Estaría más cansado que ahora. De todo. No podría subir las escaleras. Ni dar paseos por el monte. Cuarenta años antes habrán tocado a difuntos las campanas de la iglesia. Por mí. Si aún estoy aquí. Tengo ganas de huir. 

miércoles, 18 de julio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 17 de julio de 2012

Una de dos: o me he vuelto invisible o me mimetizo tanto con la naturaleza que no me distinguen.
Así es que subo monte arriba, con el sol agónico pasando por entre los troncos de los pinos espigados que buscan el cielo, a esa hora en que el ruido de los moscones (y las abejas, avispas, escarabajos y toda clase de bichos voladores) es un coro, tras dejar el coche junto al refugio misterioso que hay abajo, en donde la pista forestal se empina y ya no oso arriesgarme con el cuatro por cuatro (máximo desnivel, terreno pedregoso, imposibilidad de dar la vuelta en caso de camino inviable), misterioso el refugio porque siempre lo vi cerrado y la puerta ni tiene cerradura ni pomo alguno, por lo que parece estar cerrada por dentro, con lo absurdo e inquietante que es eso, cerrada por dentro por alguien que estuvo en su interior y quizá es ya simple esqueleto, pero subo, armado con la vara de avellano, que me es muy útil, con la resaca de la Semana Negra, con el destello visual de aquella camarera rubia y todo curvas para el que fui el Hombre Invisible (me complace saber que no fui el único escritor prendado de esa chica que dispensaba tiernos churros e infame café con leche, infame, sí, porque encontrar un café bueno es una tarea tan difícil como encontrar un tomate apetitoso al que hincar el diente), y subo, bosque arriba, por ese camino que ya conozco a ciegas pero que no es muy empinado para un bípedo, sí para un coche, hasta que corono ese puerto tras muchas revueltas a derecha e izquierda, salgo a otro valle, otra panorámica de montañas, azules en la lejanía, por la hora del día, y me abro paso entre vacas, que pastan, que me miran mal, a mí, que siempre me miraron con buenos ojos las vacas, quizá porque no están acostumbradas a la presencia de humanos, y subo hasta el pequeño refugio, éste sí, con puerta, con tirador para abrir y espacio apenas para un saco y encender el fuego de la chimenea, y me siento en un pequeño banco de piedra, apoyando la espalda en la pared, para disfrutar del entorno, del silencio roto por las campanas y los mugidos de las vacas, de esa luz que mengua por detrás de una columna de abetos que coronan una suave loma, y así estoy, leyendo y levantando los ojos del libro, continuamente, para no perderme la gradación de la luz, los efectos sobre los árboles, sobre los pastos que devoran esas vacas ansiosas que me miran de reojo y con desconfianza, que no están cómodas conmigo-lo sé, y una me embiste luego, camino de vuelta, y suerte que con la vara en alta soy lo suficientemente convincente como para que frene en seco-, cuando viene al galope, los oigo antes que los veo, un grupo de caballos, diez o doce, casi todos adultos salvo dos potrillos, relinchando, pisoteando la yerba, retumbando sus cascos en el suelo, crines al viento, crines heridas por esa luz menguante que consigue destellos mágicos de la salvaje y larga pelambrera blanca que les crece de la cabeza, y se acercan, mucho, demasiado, por lo que no soy invisible a ellos, y se acercan tanto que me tengo que levantar, no vayan a verme demasiado pequeño y patearme, y son tan amistosos, excesivamente amistosos, que uno se pone a olisquear mi cuello y noto sus resoplidos que levantan mi melena, por lo que le tengo que llamar la atención, demasiadas confianzas, con dos cachetitos en su enorme cabezota partida por una amplia mancha blanca que le va del hocico a la frente. Y es entonces, cuando ya casi son las nueve de la tarde que no noche, pero hay luz, el verano es así y yo me muevo a impulsos de la luz, me levanto cuando el sol me da en los ojos, me acuesto cuando el sol se acuesta, llegan los ciervos, un grupo de tres, que salen de un cercano bosque, que se adentran en el prado, despacio, mirándome y acercándose sin miedo, hasta situarse a apenas cincuenta metros de donde yo estoy, y me pregunto si es que soy invisible para ellos, como lo fui para la exuberante camarera asturiana rubia del bar que servía café con leche y churros, o es que me he mimetizado tanto con el entorno que ya me confundo con la naturaleza y parezco una bestezuela más en ese prado maravilloso.

lunes, 16 de julio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Gijón, 15 de julio de 2012


Esta Semana Negra ha tenido un epílogo doblemente emotivo. El primero, el discurso de Paco Ignacio Taibo clausurando el festival y hablando de esos veinticinco años de lucha por mantener el evento negrocriminal más importante del planeta. Sin Paco Ignacio Taibo, y su espíritu combativo, la Semana no existiría. Sus enemigos, los de la Semana Negra, que son muchos, le acusan de falta de diplomacia, egocentrismo, despilfarro y un sinfín de injustas maldades. Hasta de no ser asturiano y sólo mexicano. Somos un país de cainitas y tendemos a crucificar a los que tienen éxito. PIT, que ha puesto su cabeza para que el festival siga adelante, que ha dejado de ser director para asumir, según propias palabras, el papel de auxiliar de redacción de A quemarropa, hizo un discurso emotivo jurando su irrenunciable vinculación al festival al que seguirá acudiendo, aunque sea en silla de ruedas. Puestos en pie, los escritores le aplaudimos durante una eternidad y lo abrazamos, uno a uno, transmitiéndole nuestra solidaridad y fuerza. Se le quebró la voz. Se le saltaron las lágrimas.
En Moreda de Aller, en plena cuenca de la minería asturiana, se produjo el segundo epílogo emotivo. Después de una opípara y contundente comida, a la que nos invitó el alcalde, fuimos a la mina de Hunosa. De una de las torres colgaba, ahorcado, un fantoche con la cara de Mariano Rajoy. Por teléfono hablamos con los cuatro mineros que llevan casi cincuenta días encerrados en protesta por la política del gobierno hacia el sector. Un picador nos explicó la situación e hizo un símil esclarecedor. Del mismo modo que hay diamantes de sangre, hay carbón de sangre. El carbón que importa España es más barato que el que producen nuestras cuencas mineras, pero su extracción se produce sin un mínimo de medidas de seguridad, con unas jornadas agotadoras de trabajo y sueldos de miseria. ¿Qué queremos? ¿Que nuestros mineros trabajen hasta el agotamiento, que pierdan brazos y piernas, que revienten por las explosiones de grisú? Los mineros marcan el sentido de la lucha, son de nuevo nuestra vanguardia. La marcha sobre Madrid fue un éxito. ¿Qué pasaría, me pregunto, si los millones de funcionarios afectados por las últimas medidas de este gobierno intervenido marcharan, con sus familiares, a Madrid y ocuparan la ciudad? Nos despedimos puño en alto y cantando una canción minera.

Ya se produjeron escenas emotivas en las espontáneas manifestaciones de funcionarios indignados. Hubo policías, además de bomberos, entre los manifestantes, y los policías que deberían disolverlos se quitaron los cascos en un gesto de complicidad que se aplaudió. ¿Qué pasaría si todos nos rebeláramos? ¿Qué haría el gobierno ante una insumisión generalizada? Algunos colectivos ya han empezado a desobedecer: los médicos que atenderán a los sin papeles, por ejemplo.
Y regresé a Arán, a la normalidad, tras los abrazos de despedida de rigor. ¿Habrá Semana Negra el año que viene? Todos nos los preguntamos porque ésta tuvo un aire fúnebre de fin de época. Crucé Asturias, Cantabria, el País Vasco. Seis horas y media conduciendo. La mitad del trayecto, por autopistas francesas. Cuando entré en Francia sintonicé una buena emisora de música. Escuche las Cantigas de Santa María versionadas por Jordi Savall. Luego, un recital de jazz. Duró la sintonía hasta que entré de nuevo en España. A la una de la madrugada, casi llegando, un ciervo cruzó la carretera. Pude evitarlo. Ya estaba en casa.

domingo, 15 de julio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Gijón, 14 de julio de 2012


Esto se acaba. La Semana Negra. El mundo, tal como lo conocimos. La noche, después del murmullo de esos miles de jóvenes que se narcotizaron en la calle con alcoholes diversos para no ver el futuro que no existe, y los graznidos incesantes de las gaviotas que me despiertan antes de que la luz del sol entre en la habitación ciento cinco del pequeño hotel Miramar.
Desayuno. Café con leche y churros. Como ayer. Como ayer, me lo sirve una camarera bonita, rubia, asturiana, cuyo cuerpo es un sinuoso compendio de formas femeninas. La miro. La miro cómo va del mostrador a las mesas con los pantalones ceñidos que se amoldan a nalgas de ensueño, caderas perfectas, mientras hundo los churros en el humeante café con leche. Pero yo soy invisible, claro.

Hoy me apetece pasear, a pesar de que el día está desapacible. Así es que, digiriendo los churros, tomo camino de Cimadevilla, ese barrio pobre de antiguos pescadores con las casas pintadas de colores apagados que me recuerdan al paisaje urbano de las ciudades irlandesas. En una de las cuestas, bajo el vuelo rasante de las gaviotas que forman parte del paisaje de Gijón, un cartel sobre la fachada de una casa me llama poderosamente la atención: Cuidado con la perra que lame. La busco. No la encuentro.
En lo alto del promontorio el viento barre la hierba cerca de la escultura arquitectónica de Chillida. Me siento en un banco de madera y escribo una carta con mi ordenador portátil. La envío mientras mi vista se pierde por ese mar azul cobalto, infinito, que reproduce el color de las nubes. Y bajo a la ciudad, cuando el viento me hace insostenible permanecer más tiempo allí arriba.
En la calle de Los Moros hay un café al que siempre acudo cuando recalo en Gijón. Café del Rey Moro, se llama; una establecimiento antiguo y cuidado presidido por una enorme e historiada vidriera policroma que cuelga del techo. Hoy no pido rosquillas, como es habitual (por culpa de los churros que me sirvió la voluptuosa rubia de la cafetería) sino café solo que me sirven con un vaso de agua. Llamo a Julio, que pasea por la playa (hoy fue el día de paseo de ambos) y le doy las coordenadas del establecimiento. Lo tengo en quince minutos. Se toma una cerveza con unos pinchos y ambos coincidimos en alabar las evidentes virtudes corporales de nuestra camarera de los desayunos. Y luego, para variar nuestra dieta de patatas fritas con huevos, buscamos una pizzería italiana y damos cuenta de unas pizzas y unos cañones de cerveza mientras hablamos de amores, pasiones, sentimientos, emociones, vidas cuarta, quinta, sexta, séptima y octava...

Nada hay más gratificante que una siesta. Aunque sea a solas y te abraces tí mismo. Así es que durante hora y media yo me echo sobre la cama de la habitación 105 y duermo plácidamente y Julio, que no lleva despertador, lee en la suya. A las seis vamos hacia la Semana Negra, dando un paseo y saboreando esos escasos rayos del sol que alumbran entre nubes y, como no nos interesa la charla de la Carpa de Encuentros, traspasamos la lona que la cierra y tomamos al asalto una mesa de plástico con sendos vasos de cerveza. Meli y José Manuel, nuestro club de lectores de lujo, no tardan en acompañarnos. Y allí disfrutamos de esos ratos de sol que resultan excepcionales en esta Semana Negra mientras Carlos Salem, el pirata del género, se añade a nosotros y se interesa por la carga sexual de mi última novela. Sexo explícito no, me corrige Meli, pornográfica. Pues bueno, pornográfica. Les confieso que hasta yo mismo me censuré antes de enviar el texto a imprenta.

De una charla en varias lenguas (italiano, inglés y algo de alemán) entre Paco Ignacio Taibo y el desmesurado Peter Berling, especialista en griales y actor ocasional en Fitzcarraldo de Herzog (el director de la ópera) y en El nombre de la rosa (uno de los malvados monjes) de Jean Jacques Annaud, me saca un sms de la joven inspiradora de mi relato Mi relación con el Pippermint. Fiel a su promesa dada vino a la Semana Negra, aunque fuera el penúltimo día. La localizo al final de la carpa. Viste de azul, lleva sandalias de romana y peinado renacentista. Siguiendo el guion prefijado vamos a tomar mojitos y caipirinhas a un chiringuito de cubanos.  Aguados y diuréticos. Hablamos de sus estudios, de sus relatos que envía a concursos y que yo he leído (uno al menos y realmente bueno), de mi promesa incumplida, que subsano esta misma noche, de enviarle Mi relación con el Pippermint, de la marcha de mineros... Le pregunto si ya vio Barry Lindon, me intereso sobre su fascinante novio, sus cultivos de ajos, coles y berenjenas, los peces de su alberca, su sobrinito que le muerde, su abuela beata... Yo, fundamentalmente, la escucho, fascinado por esa piel tan blanca que tiene, nacarada, la cicatriz que luce en el pecho (cuando bebé me abrieron para operarme el corazón, puntualiza) y la mirada turbia de sus ojos vampíricos.
Se va a la playa, con su misterioso novio y un picnic, y yo vuelvo a la Carpa de Encuentros en busca de Julio, al que no encuentro, valga la redundancia, y de Meli y José Manuel, que ya se fueron, así es que regreso al hotel y me añado para cenar a un grupo de extrema izquierda integrado por Juan Madrid, Cristina Fallarás, Sebastián Rutés, Raúl Argemí y Guillermo Saccomano en La Iglesiona, que ya no es lo que era, que nunca tiene arroz con leche. La crema de marisco es un agua harinosa, para afeitarse, que a Juan le recuerda su etapa de pensiones cutres en Madrid, cuando malvivía vendiendo habanos de contrabando que le proporcionaba un boxeados cubano, y a Raúl la pitanza carcelaria que tragó durante diez años. Hablamos, cuando se añade al grupo Julio Murillo, que peleó con dos señoras por hacerse con mi Rufo y el libro de la Semana Negra, de indignación, de fascismo que ya galopa sin antifaz, de políticos de mierda, que merecen ser arrojados por las ventanas del Parlamento, de la falta de músculo revolucionario por culpa de la pasividad de los sindicatos, y calculamos lo que tardará todo esto en estallar en mil pedazos, cuando se producirá el hartazgo catártico.  Yo sigo abogando por mil marchas sobre Madrid y que los indignados dejen de mover sus manitas y empiecen a cerrar el puño: el buenismo no conduce a ninguna parte. Ningún cambio se ha hecho por las buenas.

viernes, 13 de julio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Gijón, 13 de julio 2012

Viernes. 13. Hoy día importante en la Semana Negra. Se fallaron sus premios. A mí me tocó leer el acta del Rodolfo Walsh, ex aequo a dos libros excelentes y diferentes. El galardón a no ficción, que lleva el nombre del represaliado argentino, recayó en el compatriota Guillermo Sacomano por Un maestro, impecable muestra de literatura memorialista que sigue la vida de un docente torturado por los milicos argentinos que termina dando clases a los indios mapuches de la Patagonia, y mexicana Sanjuana Martínez por ese escalofriante y valiente libro de investigación periodística sobre su convulso país arrasado por la guerra contra el narco que es La frontera del narco. Sanjuana no estuvo, pero si Guillermo, a quien ya conocía, literariamente hablando, por una novela extraordinaria titulada El oficinista, y con él brindé en la terraza del Don Manuel, el cuartel de las mesnadas de la Semana Negra.
Gocé, durante una hora, entre las 12 y las 13, de la compañía de dos viejos amigos, Juan Madrid y Andreu Martin, con los que formo el trío de veteranos de la Semana Negra. Hablé con Juan, en sintonía, de lo mal que se lleva ser ya el más veterano en la Semana Negra, en el autobús que uno coge, en un sala de cine o en un restaurante. Más mayores que el presidente del gobierno. Menos que José Luis Sampedro. Y del devenir de las cosas, de la contrarreforma de Rajoy y compañía, de la prensa amordazada, del 15M bondadoso que alza las manos cuando debería cerrar el puño, de nuestro futuro de viejos guerrilleros tal como las cosas se están poniendo.

Más tarde Julio y yo, porque Juan Bas tomó su autobús hacia Bilbao, nos dejamos secuestrar amablemente por nuestros amigos asturianos Meli y José Manuel. Tomar sidrinas (sin ñ, Meli, que ya me has corregido) en su compañía y disfrutar de su conversación fue un premio extra de esta Semana Negra que no esperábamos. Meli y José Manuel (que me hizo una foto maravillosa que ha sustituido a la que tenía en mi perfil) son una pareja atípica. Gente del pueblo, en la mejor acepción de la palabra, extraordinariamente cultos, lectores apasionados, solidarios y concienciados, llevan más de treinta años de feliz matrimonio y seguramente morirán el uno en brazos del otro porque se lo merecen y se adoran. Meli, pequeña, vivaracha, hiperactiva, habla, gesticula, se mueve. José Manuel, alto y corpulento, amplio bigote y delgada perilla, habla de forma pausada con un marcado acento gallego poniendo el pronombre tras el verbo (levánteme, comíme, bebíme..) y es un tipo que destila nobleza y bonhomía; he de agradecerle que hiciera un alto en su lectura del Ulises de James Joyce para abordar Patpong Road. Seguro que lo disfrutará más.
Tras cinco botellas de sidrina bien bebida y acompañada de pinchos de tortilla y de jamón (beber de un solo trago, sin respirar, dejando un culín para “lavar” el vaso), nos invitaron a comer a un restaurante del centro. Ensalada, pescado acompañado de un exquisito puré de patata y una refinada tarta de naranja. La conversación, con la ayuda de un tinto, deriva del mundo del lujo hacia el sexo, de Romy Schneider e Ives Saint Laurent al punto G, los orgasmos vaginales y clitóricos y las extraños comportamientos sexuales de los japoneses. De camino hacia la Semana Negra, por un Gijón removido por el viento y con el cielo encapotado, Meli y yo nos centramos en la muerte, en el suicidio asistido cuando la mente diga que la vida ya no merece vivirse. Un puñado de somníferos, me dice ella. Recostarse contra un árbol en un paisaje nevado, sugiero.

Actúa Cristina Fallarás. La escritora de la melena pelirroja, que unió su vida al pibe Raúl Argemí, está eufórica tras el premio Hammeth ganado con Las niñas perdidas. Sentados a una mesa de la carpa de encuentros, los cuatros damos cuenta de unas cervezas. El viento que agita la lona se añade al rumor de la feria exterior. Después de que Agustín Fernández Mallo presente su libro Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus, título que debería recibir un premio, y nos explique cómo le impactó la imagen de Carolina de Mónaco acudiendo sola a la boda del príncipe mientras Ernesto de Hannover daba cuenta del contenido del mueble bar del hotel, nos alzamos y nos separamos: los amigos asturianos van a su casa, no muy lejos de esos viejos y destartalados astilleros del puerto de Gijón en donde acampa la Semana Negra con sus libros y feriantes; nosotros a La Iglesiona, a por nuestra ración de huevos fritos.

Sentados en la terraza del restaurante seguimos hablando de muerte. Yo de los muertitos de México, de la sangre que me quedó entre los dedos después de pasar las páginas del libro de Sanjuana Martínez La frontera del narco, de esas granjas en donde los hombres y mujeres, cazados en la frontera, como meros animales, esperan a ser descuartizados para surtir de vísceras frescas a las clínicas sin escrúpulos del otro lado: pasarán troceados, pero nunca enteros, a ese paraíso ficticio que es USA. Julio de esos tipos que, supuestamente, pagan una cifra millonaria para satisfacer su deseo insano de asesinar con sus propias manos a una víctima inocente que previamente las mafias secuestran en Rumanía, argumento que recoge una película titulada Hostel. Con mis natillas con galleta (no hay manera de comerse un arroz con leche este año) y su yogur, entre cucharadas y el salero del gaditano Rafael Marín, que quiere dejar el cielo nublado del norte y sudar en el sur de su Habana sin negritos, filosofamos sobre la bestia humana, esa que es capaz de llevarse por delante a media humanidad si Se puede, como apuntó ayer Andreu Martin intentado analizar la saña de los cárteles mexicanos; de los talibanes, de los iluminados jemeres rojos de Pol Pot, de las purgas estalinistas, de Adolfo Hitler cuyo Meim Kamp se reedita con éxito, de las matanzas de la exYugoslavia, del millón de muertos de nuestra guerra. Estamos en la Semana Negra y esto sigue.
Ya en la cama del pequeño hotel Miramar, me llega el murmullo continuo de la calle, el coro de esos miles de noctámbulos, jóvenes en su mayoría, sin trabajo, que se lanzan al ocio desbocado porque el viernes toca, mientras puedan sus padres y abuelos pagarles las copas. ¿Cuándo empezarán a arder las ciudades?

jueves, 12 de julio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR

Gijón, 12 de julio de 2012

Cada vez estoy más convencido de que mi literatura es premonitoria. Me asusto. De que René Lodosa era un setenta por ciento yo, lo sabía. Ser maldito queda bien en literatura. Serlo en la esfera real es difícilmente asumible sin una dosis de humor. O relativizando. Se puede relativizar  todo, menos la muerte de un ser querido. Se puede relativizar hasta tu propia muerte: adiós, perro mundo al que he venido. Llevo años pensando que ficción y realidad son lo mismo. Y eso sucede con este libro torcido que he publicado últimamente.  Si la de Barcelona fue una presentación con público y sin libros, la de Gijón, en la Semana Negra, lo fue con libros y sin público. Miento. Dos entrañables amigos de Gijón, Meli y José, a los que aprecio por su fidelidad de militantes. Dos abuelas despistadas. que debieron quedar horrorizadas por el contenido sexual de la novela y huyeron persignándose.  Un amigo de toda la vida llamado Juan Bas. Una chica que hasta compró mi libro y se lo dediqué. Y un perro que se mantuvo silencioso y atento. De la presentación nadie se enteró. Yo, tampoco, puesto que creía que era mañana, y estaba en la carpa de A Quemarropa por casualidad, porque pasaba por allí. Se cambió fecha y hora. No salió en el programa de hoy. Así es que mi amigo Julio habló al aire de Patpong Road y yo hice lo mismo en esta insólita presentación que se adelantó un día. ¿Cabrearse? Se me pasó la edad. Además no tengo licencia para tener armas de fuego. Así es que lo mejor del día vino luego, por la noche, después de la muy concurrida presentación de mi amigo Julio y El club de los filósofos asesinos, que se lo merecía, de la cena en La Iglesiona, vacía por la crisis y sin arroz con leche, alrededor de esas copas (vasos enormes) de gin tónic con los que ahogamos las penas y reímos de las salvajes ocurrencias del siempre hilarante Juan Bas. Luego brindamos por la defunción de nuestra profesión: la de escritor. Con el humo de los cigarrillos, en la terraza del Don Manuel, elucubramos sobre el no futuro nuestro y las posibilidades de reciclarnos. ¿Bailarín de ballet clásico? Me sobran kilos y años. Quizá agricultor en Arán. En una mesa vecina Paco Ignacio Taibo cantaba. ¿Se reciclaba? La sociedad se hunde, y nosotros con ella. Ganas de hacer huelga de palabras. De enmudecer para siempre.

sábado, 7 de julio de 2012

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 6 de julio de 2012

Me entrego a un placer solitario: una copa de vino Gewutztreminer, en su justa temperatura, frío de la nevera, y unas rodajas de queso Idiazabal con pan de leña de hace dos días, que está tan tierno hoy como ayer. Antes estuve leyendo buenas noticias en El País. Dos. Al sol. En la terraza de mi octava vida.
Primera. Ese monstruo sin entrañas y de misa diaria, ese torturador infame y secuestrador de niños, a los que califica de escudos humanos de sus madres, ese loco con aspecto quijotesco que entraña lo más abyecto del fascismo, sí, el exgeneral Videla, vergüenza argentina, tumor castrense, malnacido e hijo de puta, suma otra condena de cincuenta años de cárcel por secuestro de bebés de madres que eran arrojadas al vacío en los vuelos de la muerte después del parto. Justicia tardía, fría, pero que llega a los delincuentes que un día creyeron que iban a detentar el poder para siempre. Así es que deseo a ese Videla que se pudra en su encierro, lentamente, que agonice en el mejunje de su maldad, que se vaya directo al infierno, maldito cabrón.
Segunda. El PP inquieto porque esos ministros de Aznar, los señores Rato y Acebes, Rato FMI y Bankia, Rato vicepresidente antaño tocando la campanilla de la salida a bolsa de esa estafa bancaria que todos salvamos con quinientos euros por barba (¿Se acuerdan de esa publicidad bochornosa de Quiero ser banquero en la que picaron los incautos?), y Acebes, el mentiroso del 11M, al que parecía que le sacaban una muela cada vez que las evidencias decantaban la autoría del más salvaje atentado de nuestra democracia a Al Qaeda en vez de a ETA, como recompensa a la entusiasta adhesión del felón Aznar al trío de las Azores, puedan dar con sus huesos en la cárcel, cosa que deseo. Confiaré ciegamente en la justicia cuando el trío, el de las Azores, que, en realidad es un cuarteto, porque el del bisoñé, Durao Barroso, al que nadie ha elegido, sigue cortando el pastel y hablando inglés con ritmo de saudade, den con sus huesos en el TPI, momento en el que podré dejar este mundo medianamente satisfecho.
Me sirvió la copa de cerveza El hombre que leía a Thomas Mann que ahora lee, con entusiasmo, Llueve sobre La Habana, con lo que le quito horas de sueño (como escritor siempre tengo mala conciencia por ese secuestro al lector que se produce cuando se enfrasca en un libro del que soy responsable) y hablamos, un ratito, de Cuba, de esa Cuba con Raúl que yo no conozco y sí la de Fidel, de esa Cuba que sufre a los Castro por doble partida como una muestra del realismo mágico caribeño y maldición, de jineteras que se van a la cama por un bocado, como las de mi novela, de barrenderos licenciados y policías expertos en literatura..
Leyendo al sol, en una terraza sin parasoles, miré al cielo, o a lo que se veía de él por el juego caprichoso de las nubes que se cruzaban e iban unas en dirección contraria de las otras, a causa de esas rachas de viento contrapuestas que yo, en el fondo del valle, no experimentaba. Leía temas celestes: el porqué ese avión francés que partió de Brasil nunca llegó al aeropuerto de Orly y se precipitó a una sima abisal. Recuerdo que cuando se produjo aquel accidente, en el meridiano de mi séptima vida, debía cruzar el charco e intentar llegar a New York, y de cómo ese avión engullido me deparó profunda inquietud que curé con un relato, premiado, que se tituló Vuelo a Orly, el avión que nunca llegó a su destino.
Leía, reflexionaba, bebía mi cerveza a pequeños sorbos, con esa fidelidad que da beberla en ese lugar aunque la temperatura externa sea de 18 grados negativos en el lejano invierno que ya veo, de nuevo, a la vuelta de la esquina, en cuanto agonice el verano con sus últimas tormentas. Bebía y me indignaba, por ejemplo, por cómo nos tratan, por el mal servicio que solemos recibir, sin pestañear, no en el bar de El camarero que lee a Thomas Mann, que es una excepción gloriosa, un ejemplo modélico de servicio: me siento y, sin cruzar palabra, ya tengo mi copa de cerveza fría ante mis ojos. Un ejemplo de este mundo que es una perpetúa estafa. Se estropeó mi portátil, estalló la pantalla, se desparramó por ella un líquido rosado, la sangre del plasma, imagino, que me impide ver cualquier documento y operar con él. Bien. Hoy, tras muchas dudas, y más escepticismo, de meses, porque suponía sencillamente lo que sucedió, llamé al servicio técnico, un 902. Me indicó el robot que se suele poner, con su voz neutra, que pulsara uno, dos, tres, cuatro o cinco en las teclas de mi teléfono mientras se agotaba mi saldo. Me estuvo mareando más de un minuto hasta que un tipo, seguramente en la cordillera de los Andes, se puso al otro lado del teléfono y me preguntó el nombre. No pedí por el suyo. Antes que nada, después de decirme que se grababa mi conversación (para qué carajo, me pregunto, ni que fuera un agenta de la CIA en misión secreta en Kabul) me informó que debía abrirme una cuenta con ellos y depositar…60 euros, y me preguntó si estaba conforme. Qué remedio, le dije, pero ¿no tienen ustedes una oficina en donde dejar el ordenador para que lo reparen, sin tanto cuento? No, no tenemos, se lo recogemos por mensajería. ¿Y esos 60 euros? Se los descontamos de la reparación. Bien. Me piden el número de serie que figura al dorso del aparato. Lo doy. No es el suyo un Acer sino un Emachine. Ah, ¿y no son la misma cosa? Si y no.  Me da otro número de teléfono, el de otro servicio, es un decir, técnico, es otro decir. Más de lo mismo. Marque uno, dos, tres, cuatro, cinco. Hable con un tipo de Senegambia, Tombouctú o Singapur que así hace prácticas de español. Desisto. Cuelgo. Tiraré el ordenador dañado por la ventana. Y reflexiono sobre esta gran estafa que es el mundo moderno en el que nos venden como comodidades lo que son dificultades, nos dicen que nos salvan el estado de bienestar cargándoselo y nos perdonan la vida matándonos. El ahorro en sueldos de trabajadores repercute en los pésimos servicios que recibimos como consumidores. ¡Lo bien que iban aquellos tiempos en que llamabas por teléfono y se ponía una persona de tu ciudad y te decía exactamente los pasos que debías dar para solucionar tu problema! Eso, hoy día, es ciencia ficción. Días atrás, por poner otro ejemplo, me pasé hora y media en una entidad bancaria para recoger mil dólares, una operación que se solventa en tres minutos. Había un solo empleado en la oficina, no daba abasto, debía atender visitas en el despacho, se aguantaba las ganas de orinar tocándose la bragueta y cruzándose de piernas, tenía cara de estar hambriento de tomar un bocado y estaba estresado porque la dirección del banco lo había dejado solo en su oficina. Puto mal servicio para los cuatro clientes que nos eternizamos en el patio de operaciones de esa agencia para realizar operaciones muy simples pero que requerían de un empleado. Como cuando repostamos gasolina en una estación y hacemos de trabajadores sin monos de trabajo, manchándonos las manos de líquido inflamable, permaneciendo a la intemperie los minutos que tardamos en rellenar el depósito de nuestros coches mientras sopla el viento, nos cae la lluvia y la temperatura ronda los cero grados. ¿Quién nos paga por trabajar tres minutos en la gasolinera? Como cuando pagamos un peaje de una autopista rápida…por hacer cola en la cabina de pago. Estafa constante esta vida moderna.
El otro día, un colega escritor, un buen amigo, me dijo que no se alzaba la barrera de un parking en un subterráneo de Barcelona, que no podía retroceder, puesto que se había formado una cola de coches a sus espaldas; como no venía nadie a solucionar el problema, a pesar de los bocinazos que resonaban por el parking, de su coche y de los que, como él, esperaban para entrar en el subterráneo, porque seguramente, para ahorrarse personal, aquel parking era tan inteligente que funcionaba sin empleados de carne y hueso ¿qué hizo? Pues destrozar la barrera a golpes, sencillamente. Embestirla como un toro mihura con el morro de su coche y mandarla al carajo. Entrar en el parking a lo bruto.
Acabé el queso. Sigo con la copa de exquisito Gewutztreminer. De momento bajaré a la cocina y cortaré algo más de ese maravilloso Idiazabal. Pero no, bajando por la retorcida escalera de madera, cogido a la barandilla, porque no me fío de mi mismo, al final fue exquisito paté artesano, contundente, del que se mastica y no se unta en el pan, de mi amiga septuagenaria Teresita, mi amable carnicera que, el otro día, mientras convertía a filetes una pechuga de pollo, me confesó que nunca en su vida había cogido vacaciones ni había salido del pueblo. Aixó es que l’agrada molt treballar. No la entiendo, pero la respeto. Y hasta la envidio. Hay gente que tiene bastante con ver cada día de su vida las paredes de su casa y no siente ni la más mínima curiosidad por el mundo exterior. Yo, si no me muevo, reviento.

DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 23 de junio de 2012


Solsticio de verano. El día más largo. La noche más corta. Llevo todo el día encerrado, casi sin bajar de la buhardilla herida por el sol. Leyendo en la pantalla del ordenador mientras revolotean a mi alrededor las moscas que entran y salen por las ventanas abiertas de la casa. Ese es uno de los hándicaps de ser miembro de un jurado, no las moscas sino leer por obligación. Cincuenta relatos seleccionados de los que apenas un 5% tiene algún interés y de ésos, un 1% llegan a ser notables. Pero, ¿quién soy yo para juzgar a alguien?
Al mediodía, fiel a mis rituales, fui a comprar el diario. No estaba mi amiga paraguaya, impedida por un malestar repentino, pero si su compañero. Mientras me llevo El País bajo el brazo me acuerdo de la anécdota del cigarrillo en el microondas, un relato desternillante contado alrededor de una parrillada de carne y en buena compañía, que seguro incluiré en una próxima novela, aunque tenga que meterla con calzador.
Los franceses de fin de semana han ocupado mi mesa de mi bar, así es que, tras comprar dos clases de coca, de llardons y de crema, a la panadera del parte meteorológico, que hoy no me lo da porque es obvio, buen tiempo en cuarenta y ocho horas, subo a casa, corto unas rodajas de fuet, las acompaño con vino granadino Mencal que, por llevar varios días la botella abierta, no está en su punto, se ha acidulado, y me relajo leyendo las noticias del día: que la prima de riesgo se ha suavizado; que los intereses de nuestra deuda, de la mía, aunque yo no me haya endeudado nada, mejoran sustancialmente; y la bolsa, aunque yo no tenga media acción en ella, ha subido ligeramente.
Por la tarde, después de comer ligero (ensalada con manzana ácida fileteada y maíz; huevo frito sin más; cerezas que me regaló una buena amiga que anduvo por aquí), hacer algo de siesta y leer, decido echarme al monte. Así es que cojo el cuatro por cuatro, desciendo hacia Les, tomo la serpenteante carretera que va a Sant Joan de Torán y sigo por ella, monte arriba, dejando abajo el Bosque de los Ciervos, para adentrarme por una pista solitaria y dejar el coche en una despejada explanada con el freno de mano puesto y la primera marcha.
Mis pasos me guían hacia una cabaña perdida en el bosque, en medio de un pequeño prado despejado en donde pastan pacíficamente medio centenar de vacas y terneros, un solitario y gigantesco macho y un toro adolescente negro, nervioso, que me muge de forma constante, para asustarme, y escarba en el suelo con cabeza y patas delanteras levantando trozos de pasto como si fuera un jabalí, un comportamiento inusual que no he visto en ningún rumiante desde que llegué al Valle. No me inmuto. No me asusto ni cuando se acerca a mí con mirada furiosa de toro bravo. Es un adolescente travieso y seguro que, como a todos ellos, les hierve la sangre. Y, además, por si acaso, llevo en la mano una dura vara de avellano para disuadirle si franquea mi barrera de seguridad de medio metro. No lo hace. Sigue mugiendo y se reúne con el resto del rebaño.
La cabaña de pastor tiene, en su lateral, un ancho banco de piedra. En él me siento y, luego, me estiro, para leer en el silencio, sólo turbado por las esquilas del ganado vacuno que pasta a mi alrededor, un nuevo capítulo de la novela Ronda de Madrid de José Manuel Benítez Ariza y, cuando lo termino, sigo senda arriba, un camino que se abre paso entre bosques de abetos y pinos alpinos, que serpentea zonas despejadas cubiertas de hierba alta en donde comen, esta vez, grupos de caballos, más sociables que las vacas, quizás hasta en exceso, que bajan al galope para saludarme u observarme de cerca sin que yo les inspire ningún temor ni ellos me lo inspiren a mi.
Ayudado con esa vara de avellano, que me sirve de arma disuasoria (no sé si será efectiva en el caso, improbable, de que tropiece con uno de los veintitantos osos que andan sueltos por estas montañas) y de cayado, culmino el monte y desemboco en un brumoso cuello de montaña en el que asoman las siluetas de los enormes abetos que rodean ese hermoso pastizal elevado y las fantasmales de un grupo de caballos y sus nerviosos potrillos.
Hay un refugio pequeño, en un alto, y a él me dirijo mientras la niebla se disuelve con la misma rapidez  con que se formó. Lo que parece un ternero joven y muy delgado, come a escasos cinco metros de donde estoy, y tan concentrado está en su manjar de hierba que no me oye llegar.  Cuando levanta la cabeza me doy cuenta de mi despiste, y él se da cuenta del suyo. Sí, los animales, a veces bajamos la guardia y no nos damos cuenta de posibles depredadores hasta que ya es muy tarde. De llevar una escopeta en bandolera esta cierva sorprendida, que da un salto hacia atrás, ampliando su distancia de seguridad, y me mira fijamente, con las orejas altas y paralizada esperando a que haga un nuevo movimiento para fundirse en el bosque, sería una segura víctima. Pero yo sólo disparo mi cámara y cuando aventuro un paso hacia adelante el animal, que estalla en rotundos bramidos, baja a la carrera el prado para perderse definitivamente en el bosque y desde él se sigue quejando de la presencia de ese intruso que estuvo a punto de tocarla.
Es éste un paraje nuevo, una ruta que nunca había hecho, un lugar sin duda hermoso al que voy a ir con toda la frecuencia que pueda. Cuando la niebla se disuelve por completo, aparecen ante mis ojos un espectáculo de altas montañas próximas, de cumbres desnudas, y lejanas cadenas que parecen suspendidas sobre un manto de nubes. Apoyo mi espalda en la pared del pequeño refugio (una chimenea cubierta de grafitis, un suelo algo desaliñado y no muy cómodo justo para estirar un saco de dormir) y contemplo la magia del sol crepuscular disolviendo, tras cruzarla con sus rayos, una mancha de bruma que envuelve un grupo de árboles que coronan una  redondeada loma. Me emociono mientras intento captar con la cámara la belleza de ese instante irrepetible y pienso que la música adecuada a esa secuencia mágica sería Wagner, Tanhauser. Luego bordeo una pequeña charca, que no llega a la categoría de ibón, y emprendo descenso hacia el coche cuando ya son las nueve y media, entre el sonido de las esquirlas de las vacas y caballos sueltos por estas montañas y los bramidos de los ciervos que alertan de mi presencia emboscados tras los árboles, protegidos por esa empalizada natural tras la que se confunden.
Cuando llego al coche oigo un par de estampidos. Un cazador aprovecha las últimas horas de luz para cobrarse sus venados. Espero que no lo consiga. Y desciendo, en silencio, recogido, hacia Les, atento al paisaje, a los grupos de árboles, a la luz moribunda que se filtra entre sus ramas y pone el foco, aleatoriamente, sobre rocas y troncos de la ladera, dorándolos con su luz prodigiosa.
Llego a tiempo, después de no haber visto a nadie durante esas dos horas de paseo por el bosque, de fundirme con la multitud que en la plaza mayor del pueblo, junto a la iglesia, espera que arda ese enorme tronco, eth haro, siguiendo una tradición ancestral de los habitantes de las montañas. Viene gente de todas partes, lugareños de los pueblos del valle, de la vecina Francia, turistas de fin de semana, habitantes de viviendas de segunda residencia que suben al Valle para respirar su aire. Los mozos de la fiesta ancestral se cubren sus cabezas con txapelas; ellas llevan unos largos trajes de campesina hasta los pies y el cabello oculto bajo enormes pañolones blancos que siguen el contorno de sus cabezas. Una orquesta formada por dos guitarras y un bandoneon toca una melodía de resonancias montañesas. Un cura latinoamericano exhorta a los presentes a disfrutar de la fiesta mientras, en dos enormes peroles al fuego, hierbe un cremat. Y a los once y media, se apagan todas las luces del pueblo, se hace el silencio entre la multitud que rodea ese enorme tronco plantado en la plaza del pueblo y le prenden fuego.
Mi primera verbena en Arán y no tengo mano que apretar más que en mi imaginación. Pido un deseo con la vista fija en esa enorme llamarada que devora el tronco. Contemplo el baile rojizo de las chispas alrededor de esa llama central. Me retiro, abriéndome paso entre la multitud.
Regreso a casa. Ceno un poco. Miro una película, Up in the air de Jason Reitman, y me fijo en una escena en la que aparece un desnudo dorsal de la espectacular Vera Farmiga mientras George Clooney, el solitario liquidador de empleados de empresas en crisis, el que dora la píldora de cianuro a los que pierden su empleo  y seguramente no encontraron otro, el hombre que vive más tiempo en el aire, cruzando el país de un extremo a otro en aviones y acumulando millas para recibir esa tarjeta exclusiva con la que sueña, viviendo en hoteles, comiendo siempre en restaurantes y siendo un experto en aeropuertos, yace en el suelo, al lado de la cama, después de, se supone, una maratoniana sesión de sexo con su amiga rubia. Me fijo en sus perfectas nalgas, en el escorzo de uno de sus pechos, que quizá ni pertenezcan a Vera Farmiga sino a una de esas dobles de cuerpo perfecto que insertan en las películas porque sus culos, pechos o piernas son obras de arte hechas carne. Y con esa imagen, a eso de la 1 y media de la madrugada, me meto entre las sábanas, sí, sábanas, porque ayer consideré que era el día que debía quitar la manta, y duermo  esta solitaria noche de San Juan.