DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 23 de junio de 2012


Solsticio de verano. El día más largo. La noche más corta. Llevo todo el día encerrado, casi sin bajar de la buhardilla herida por el sol. Leyendo en la pantalla del ordenador mientras revolotean a mi alrededor las moscas que entran y salen por las ventanas abiertas de la casa. Ese es uno de los hándicaps de ser miembro de un jurado, no las moscas sino leer por obligación. Cincuenta relatos seleccionados de los que apenas un 5% tiene algún interés y de ésos, un 1% llegan a ser notables. Pero, ¿quién soy yo para juzgar a alguien?
Al mediodía, fiel a mis rituales, fui a comprar el diario. No estaba mi amiga paraguaya, impedida por un malestar repentino, pero si su compañero. Mientras me llevo El País bajo el brazo me acuerdo de la anécdota del cigarrillo en el microondas, un relato desternillante contado alrededor de una parrillada de carne y en buena compañía, que seguro incluiré en una próxima novela, aunque tenga que meterla con calzador.
Los franceses de fin de semana han ocupado mi mesa de mi bar, así es que, tras comprar dos clases de coca, de llardons y de crema, a la panadera del parte meteorológico, que hoy no me lo da porque es obvio, buen tiempo en cuarenta y ocho horas, subo a casa, corto unas rodajas de fuet, las acompaño con vino granadino Mencal que, por llevar varios días la botella abierta, no está en su punto, se ha acidulado, y me relajo leyendo las noticias del día: que la prima de riesgo se ha suavizado; que los intereses de nuestra deuda, de la mía, aunque yo no me haya endeudado nada, mejoran sustancialmente; y la bolsa, aunque yo no tenga media acción en ella, ha subido ligeramente.
Por la tarde, después de comer ligero (ensalada con manzana ácida fileteada y maíz; huevo frito sin más; cerezas que me regaló una buena amiga que anduvo por aquí), hacer algo de siesta y leer, decido echarme al monte. Así es que cojo el cuatro por cuatro, desciendo hacia Les, tomo la serpenteante carretera que va a Sant Joan de Torán y sigo por ella, monte arriba, dejando abajo el Bosque de los Ciervos, para adentrarme por una pista solitaria y dejar el coche en una despejada explanada con el freno de mano puesto y la primera marcha.
Mis pasos me guían hacia una cabaña perdida en el bosque, en medio de un pequeño prado despejado en donde pastan pacíficamente medio centenar de vacas y terneros, un solitario y gigantesco macho y un toro adolescente negro, nervioso, que me muge de forma constante, para asustarme, y escarba en el suelo con cabeza y patas delanteras levantando trozos de pasto como si fuera un jabalí, un comportamiento inusual que no he visto en ningún rumiante desde que llegué al Valle. No me inmuto. No me asusto ni cuando se acerca a mí con mirada furiosa de toro bravo. Es un adolescente travieso y seguro que, como a todos ellos, les hierve la sangre. Y, además, por si acaso, llevo en la mano una dura vara de avellano para disuadirle si franquea mi barrera de seguridad de medio metro. No lo hace. Sigue mugiendo y se reúne con el resto del rebaño.
La cabaña de pastor tiene, en su lateral, un ancho banco de piedra. En él me siento y, luego, me estiro, para leer en el silencio, sólo turbado por las esquilas del ganado vacuno que pasta a mi alrededor, un nuevo capítulo de la novela Ronda de Madrid de José Manuel Benítez Ariza y, cuando lo termino, sigo senda arriba, un camino que se abre paso entre bosques de abetos y pinos alpinos, que serpentea zonas despejadas cubiertas de hierba alta en donde comen, esta vez, grupos de caballos, más sociables que las vacas, quizás hasta en exceso, que bajan al galope para saludarme u observarme de cerca sin que yo les inspire ningún temor ni ellos me lo inspiren a mi.
Ayudado con esa vara de avellano, que me sirve de arma disuasoria (no sé si será efectiva en el caso, improbable, de que tropiece con uno de los veintitantos osos que andan sueltos por estas montañas) y de cayado, culmino el monte y desemboco en un brumoso cuello de montaña en el que asoman las siluetas de los enormes abetos que rodean ese hermoso pastizal elevado y las fantasmales de un grupo de caballos y sus nerviosos potrillos.
Hay un refugio pequeño, en un alto, y a él me dirijo mientras la niebla se disuelve con la misma rapidez  con que se formó. Lo que parece un ternero joven y muy delgado, come a escasos cinco metros de donde estoy, y tan concentrado está en su manjar de hierba que no me oye llegar.  Cuando levanta la cabeza me doy cuenta de mi despiste, y él se da cuenta del suyo. Sí, los animales, a veces bajamos la guardia y no nos damos cuenta de posibles depredadores hasta que ya es muy tarde. De llevar una escopeta en bandolera esta cierva sorprendida, que da un salto hacia atrás, ampliando su distancia de seguridad, y me mira fijamente, con las orejas altas y paralizada esperando a que haga un nuevo movimiento para fundirse en el bosque, sería una segura víctima. Pero yo sólo disparo mi cámara y cuando aventuro un paso hacia adelante el animal, que estalla en rotundos bramidos, baja a la carrera el prado para perderse definitivamente en el bosque y desde él se sigue quejando de la presencia de ese intruso que estuvo a punto de tocarla.
Es éste un paraje nuevo, una ruta que nunca había hecho, un lugar sin duda hermoso al que voy a ir con toda la frecuencia que pueda. Cuando la niebla se disuelve por completo, aparecen ante mis ojos un espectáculo de altas montañas próximas, de cumbres desnudas, y lejanas cadenas que parecen suspendidas sobre un manto de nubes. Apoyo mi espalda en la pared del pequeño refugio (una chimenea cubierta de grafitis, un suelo algo desaliñado y no muy cómodo justo para estirar un saco de dormir) y contemplo la magia del sol crepuscular disolviendo, tras cruzarla con sus rayos, una mancha de bruma que envuelve un grupo de árboles que coronan una  redondeada loma. Me emociono mientras intento captar con la cámara la belleza de ese instante irrepetible y pienso que la música adecuada a esa secuencia mágica sería Wagner, Tanhauser. Luego bordeo una pequeña charca, que no llega a la categoría de ibón, y emprendo descenso hacia el coche cuando ya son las nueve y media, entre el sonido de las esquirlas de las vacas y caballos sueltos por estas montañas y los bramidos de los ciervos que alertan de mi presencia emboscados tras los árboles, protegidos por esa empalizada natural tras la que se confunden.
Cuando llego al coche oigo un par de estampidos. Un cazador aprovecha las últimas horas de luz para cobrarse sus venados. Espero que no lo consiga. Y desciendo, en silencio, recogido, hacia Les, atento al paisaje, a los grupos de árboles, a la luz moribunda que se filtra entre sus ramas y pone el foco, aleatoriamente, sobre rocas y troncos de la ladera, dorándolos con su luz prodigiosa.
Llego a tiempo, después de no haber visto a nadie durante esas dos horas de paseo por el bosque, de fundirme con la multitud que en la plaza mayor del pueblo, junto a la iglesia, espera que arda ese enorme tronco, eth haro, siguiendo una tradición ancestral de los habitantes de las montañas. Viene gente de todas partes, lugareños de los pueblos del valle, de la vecina Francia, turistas de fin de semana, habitantes de viviendas de segunda residencia que suben al Valle para respirar su aire. Los mozos de la fiesta ancestral se cubren sus cabezas con txapelas; ellas llevan unos largos trajes de campesina hasta los pies y el cabello oculto bajo enormes pañolones blancos que siguen el contorno de sus cabezas. Una orquesta formada por dos guitarras y un bandoneon toca una melodía de resonancias montañesas. Un cura latinoamericano exhorta a los presentes a disfrutar de la fiesta mientras, en dos enormes peroles al fuego, hierbe un cremat. Y a los once y media, se apagan todas las luces del pueblo, se hace el silencio entre la multitud que rodea ese enorme tronco plantado en la plaza del pueblo y le prenden fuego.
Mi primera verbena en Arán y no tengo mano que apretar más que en mi imaginación. Pido un deseo con la vista fija en esa enorme llamarada que devora el tronco. Contemplo el baile rojizo de las chispas alrededor de esa llama central. Me retiro, abriéndome paso entre la multitud.
Regreso a casa. Ceno un poco. Miro una película, Up in the air de Jason Reitman, y me fijo en una escena en la que aparece un desnudo dorsal de la espectacular Vera Farmiga mientras George Clooney, el solitario liquidador de empleados de empresas en crisis, el que dora la píldora de cianuro a los que pierden su empleo  y seguramente no encontraron otro, el hombre que vive más tiempo en el aire, cruzando el país de un extremo a otro en aviones y acumulando millas para recibir esa tarjeta exclusiva con la que sueña, viviendo en hoteles, comiendo siempre en restaurantes y siendo un experto en aeropuertos, yace en el suelo, al lado de la cama, después de, se supone, una maratoniana sesión de sexo con su amiga rubia. Me fijo en sus perfectas nalgas, en el escorzo de uno de sus pechos, que quizá ni pertenezcan a Vera Farmiga sino a una de esas dobles de cuerpo perfecto que insertan en las películas porque sus culos, pechos o piernas son obras de arte hechas carne. Y con esa imagen, a eso de la 1 y media de la madrugada, me meto entre las sábanas, sí, sábanas, porque ayer consideré que era el día que debía quitar la manta, y duermo  esta solitaria noche de San Juan.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
"Hay quien cruza el bosque y no ve leña para el fuego"
(León Tolstoi)

Fdo Vikinga
José Luis Muñoz ha dicho que…
Hay quien busca perderse en ese bosque.