DIARIO DE UN ESCRITOR


Arán, 6 de julio de 2012

Me entrego a un placer solitario: una copa de vino Gewutztreminer, en su justa temperatura, frío de la nevera, y unas rodajas de queso Idiazabal con pan de leña de hace dos días, que está tan tierno hoy como ayer. Antes estuve leyendo buenas noticias en El País. Dos. Al sol. En la terraza de mi octava vida.
Primera. Ese monstruo sin entrañas y de misa diaria, ese torturador infame y secuestrador de niños, a los que califica de escudos humanos de sus madres, ese loco con aspecto quijotesco que entraña lo más abyecto del fascismo, sí, el exgeneral Videla, vergüenza argentina, tumor castrense, malnacido e hijo de puta, suma otra condena de cincuenta años de cárcel por secuestro de bebés de madres que eran arrojadas al vacío en los vuelos de la muerte después del parto. Justicia tardía, fría, pero que llega a los delincuentes que un día creyeron que iban a detentar el poder para siempre. Así es que deseo a ese Videla que se pudra en su encierro, lentamente, que agonice en el mejunje de su maldad, que se vaya directo al infierno, maldito cabrón.
Segunda. El PP inquieto porque esos ministros de Aznar, los señores Rato y Acebes, Rato FMI y Bankia, Rato vicepresidente antaño tocando la campanilla de la salida a bolsa de esa estafa bancaria que todos salvamos con quinientos euros por barba (¿Se acuerdan de esa publicidad bochornosa de Quiero ser banquero en la que picaron los incautos?), y Acebes, el mentiroso del 11M, al que parecía que le sacaban una muela cada vez que las evidencias decantaban la autoría del más salvaje atentado de nuestra democracia a Al Qaeda en vez de a ETA, como recompensa a la entusiasta adhesión del felón Aznar al trío de las Azores, puedan dar con sus huesos en la cárcel, cosa que deseo. Confiaré ciegamente en la justicia cuando el trío, el de las Azores, que, en realidad es un cuarteto, porque el del bisoñé, Durao Barroso, al que nadie ha elegido, sigue cortando el pastel y hablando inglés con ritmo de saudade, den con sus huesos en el TPI, momento en el que podré dejar este mundo medianamente satisfecho.
Me sirvió la copa de cerveza El hombre que leía a Thomas Mann que ahora lee, con entusiasmo, Llueve sobre La Habana, con lo que le quito horas de sueño (como escritor siempre tengo mala conciencia por ese secuestro al lector que se produce cuando se enfrasca en un libro del que soy responsable) y hablamos, un ratito, de Cuba, de esa Cuba con Raúl que yo no conozco y sí la de Fidel, de esa Cuba que sufre a los Castro por doble partida como una muestra del realismo mágico caribeño y maldición, de jineteras que se van a la cama por un bocado, como las de mi novela, de barrenderos licenciados y policías expertos en literatura..
Leyendo al sol, en una terraza sin parasoles, miré al cielo, o a lo que se veía de él por el juego caprichoso de las nubes que se cruzaban e iban unas en dirección contraria de las otras, a causa de esas rachas de viento contrapuestas que yo, en el fondo del valle, no experimentaba. Leía temas celestes: el porqué ese avión francés que partió de Brasil nunca llegó al aeropuerto de Orly y se precipitó a una sima abisal. Recuerdo que cuando se produjo aquel accidente, en el meridiano de mi séptima vida, debía cruzar el charco e intentar llegar a New York, y de cómo ese avión engullido me deparó profunda inquietud que curé con un relato, premiado, que se tituló Vuelo a Orly, el avión que nunca llegó a su destino.
Leía, reflexionaba, bebía mi cerveza a pequeños sorbos, con esa fidelidad que da beberla en ese lugar aunque la temperatura externa sea de 18 grados negativos en el lejano invierno que ya veo, de nuevo, a la vuelta de la esquina, en cuanto agonice el verano con sus últimas tormentas. Bebía y me indignaba, por ejemplo, por cómo nos tratan, por el mal servicio que solemos recibir, sin pestañear, no en el bar de El camarero que lee a Thomas Mann, que es una excepción gloriosa, un ejemplo modélico de servicio: me siento y, sin cruzar palabra, ya tengo mi copa de cerveza fría ante mis ojos. Un ejemplo de este mundo que es una perpetúa estafa. Se estropeó mi portátil, estalló la pantalla, se desparramó por ella un líquido rosado, la sangre del plasma, imagino, que me impide ver cualquier documento y operar con él. Bien. Hoy, tras muchas dudas, y más escepticismo, de meses, porque suponía sencillamente lo que sucedió, llamé al servicio técnico, un 902. Me indicó el robot que se suele poner, con su voz neutra, que pulsara uno, dos, tres, cuatro o cinco en las teclas de mi teléfono mientras se agotaba mi saldo. Me estuvo mareando más de un minuto hasta que un tipo, seguramente en la cordillera de los Andes, se puso al otro lado del teléfono y me preguntó el nombre. No pedí por el suyo. Antes que nada, después de decirme que se grababa mi conversación (para qué carajo, me pregunto, ni que fuera un agenta de la CIA en misión secreta en Kabul) me informó que debía abrirme una cuenta con ellos y depositar…60 euros, y me preguntó si estaba conforme. Qué remedio, le dije, pero ¿no tienen ustedes una oficina en donde dejar el ordenador para que lo reparen, sin tanto cuento? No, no tenemos, se lo recogemos por mensajería. ¿Y esos 60 euros? Se los descontamos de la reparación. Bien. Me piden el número de serie que figura al dorso del aparato. Lo doy. No es el suyo un Acer sino un Emachine. Ah, ¿y no son la misma cosa? Si y no.  Me da otro número de teléfono, el de otro servicio, es un decir, técnico, es otro decir. Más de lo mismo. Marque uno, dos, tres, cuatro, cinco. Hable con un tipo de Senegambia, Tombouctú o Singapur que así hace prácticas de español. Desisto. Cuelgo. Tiraré el ordenador dañado por la ventana. Y reflexiono sobre esta gran estafa que es el mundo moderno en el que nos venden como comodidades lo que son dificultades, nos dicen que nos salvan el estado de bienestar cargándoselo y nos perdonan la vida matándonos. El ahorro en sueldos de trabajadores repercute en los pésimos servicios que recibimos como consumidores. ¡Lo bien que iban aquellos tiempos en que llamabas por teléfono y se ponía una persona de tu ciudad y te decía exactamente los pasos que debías dar para solucionar tu problema! Eso, hoy día, es ciencia ficción. Días atrás, por poner otro ejemplo, me pasé hora y media en una entidad bancaria para recoger mil dólares, una operación que se solventa en tres minutos. Había un solo empleado en la oficina, no daba abasto, debía atender visitas en el despacho, se aguantaba las ganas de orinar tocándose la bragueta y cruzándose de piernas, tenía cara de estar hambriento de tomar un bocado y estaba estresado porque la dirección del banco lo había dejado solo en su oficina. Puto mal servicio para los cuatro clientes que nos eternizamos en el patio de operaciones de esa agencia para realizar operaciones muy simples pero que requerían de un empleado. Como cuando repostamos gasolina en una estación y hacemos de trabajadores sin monos de trabajo, manchándonos las manos de líquido inflamable, permaneciendo a la intemperie los minutos que tardamos en rellenar el depósito de nuestros coches mientras sopla el viento, nos cae la lluvia y la temperatura ronda los cero grados. ¿Quién nos paga por trabajar tres minutos en la gasolinera? Como cuando pagamos un peaje de una autopista rápida…por hacer cola en la cabina de pago. Estafa constante esta vida moderna.
El otro día, un colega escritor, un buen amigo, me dijo que no se alzaba la barrera de un parking en un subterráneo de Barcelona, que no podía retroceder, puesto que se había formado una cola de coches a sus espaldas; como no venía nadie a solucionar el problema, a pesar de los bocinazos que resonaban por el parking, de su coche y de los que, como él, esperaban para entrar en el subterráneo, porque seguramente, para ahorrarse personal, aquel parking era tan inteligente que funcionaba sin empleados de carne y hueso ¿qué hizo? Pues destrozar la barrera a golpes, sencillamente. Embestirla como un toro mihura con el morro de su coche y mandarla al carajo. Entrar en el parking a lo bruto.
Acabé el queso. Sigo con la copa de exquisito Gewutztreminer. De momento bajaré a la cocina y cortaré algo más de ese maravilloso Idiazabal. Pero no, bajando por la retorcida escalera de madera, cogido a la barandilla, porque no me fío de mi mismo, al final fue exquisito paté artesano, contundente, del que se mastica y no se unta en el pan, de mi amiga septuagenaria Teresita, mi amable carnicera que, el otro día, mientras convertía a filetes una pechuga de pollo, me confesó que nunca en su vida había cogido vacaciones ni había salido del pueblo. Aixó es que l’agrada molt treballar. No la entiendo, pero la respeto. Y hasta la envidio. Hay gente que tiene bastante con ver cada día de su vida las paredes de su casa y no siente ni la más mínima curiosidad por el mundo exterior. Yo, si no me muevo, reviento.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Mi amigo "pata caliente" José Luis Muñoz deleita contándonos sus viajes, sus ideas, sus cuentos, sus novelas, sus posiciones políticas y dándose el trabajo de enviarnos tanta delicia a través de su blog en internet, gracias escritor es lo único que podemos decir los que nos quedamos en tierra oxidados pero contentos de ser lo que somos.