DIARIO DE UN ESCRITOR


Gijón, 14 de julio de 2012


Esto se acaba. La Semana Negra. El mundo, tal como lo conocimos. La noche, después del murmullo de esos miles de jóvenes que se narcotizaron en la calle con alcoholes diversos para no ver el futuro que no existe, y los graznidos incesantes de las gaviotas que me despiertan antes de que la luz del sol entre en la habitación ciento cinco del pequeño hotel Miramar.
Desayuno. Café con leche y churros. Como ayer. Como ayer, me lo sirve una camarera bonita, rubia, asturiana, cuyo cuerpo es un sinuoso compendio de formas femeninas. La miro. La miro cómo va del mostrador a las mesas con los pantalones ceñidos que se amoldan a nalgas de ensueño, caderas perfectas, mientras hundo los churros en el humeante café con leche. Pero yo soy invisible, claro.

Hoy me apetece pasear, a pesar de que el día está desapacible. Así es que, digiriendo los churros, tomo camino de Cimadevilla, ese barrio pobre de antiguos pescadores con las casas pintadas de colores apagados que me recuerdan al paisaje urbano de las ciudades irlandesas. En una de las cuestas, bajo el vuelo rasante de las gaviotas que forman parte del paisaje de Gijón, un cartel sobre la fachada de una casa me llama poderosamente la atención: Cuidado con la perra que lame. La busco. No la encuentro.
En lo alto del promontorio el viento barre la hierba cerca de la escultura arquitectónica de Chillida. Me siento en un banco de madera y escribo una carta con mi ordenador portátil. La envío mientras mi vista se pierde por ese mar azul cobalto, infinito, que reproduce el color de las nubes. Y bajo a la ciudad, cuando el viento me hace insostenible permanecer más tiempo allí arriba.
En la calle de Los Moros hay un café al que siempre acudo cuando recalo en Gijón. Café del Rey Moro, se llama; una establecimiento antiguo y cuidado presidido por una enorme e historiada vidriera policroma que cuelga del techo. Hoy no pido rosquillas, como es habitual (por culpa de los churros que me sirvió la voluptuosa rubia de la cafetería) sino café solo que me sirven con un vaso de agua. Llamo a Julio, que pasea por la playa (hoy fue el día de paseo de ambos) y le doy las coordenadas del establecimiento. Lo tengo en quince minutos. Se toma una cerveza con unos pinchos y ambos coincidimos en alabar las evidentes virtudes corporales de nuestra camarera de los desayunos. Y luego, para variar nuestra dieta de patatas fritas con huevos, buscamos una pizzería italiana y damos cuenta de unas pizzas y unos cañones de cerveza mientras hablamos de amores, pasiones, sentimientos, emociones, vidas cuarta, quinta, sexta, séptima y octava...

Nada hay más gratificante que una siesta. Aunque sea a solas y te abraces tí mismo. Así es que durante hora y media yo me echo sobre la cama de la habitación 105 y duermo plácidamente y Julio, que no lleva despertador, lee en la suya. A las seis vamos hacia la Semana Negra, dando un paseo y saboreando esos escasos rayos del sol que alumbran entre nubes y, como no nos interesa la charla de la Carpa de Encuentros, traspasamos la lona que la cierra y tomamos al asalto una mesa de plástico con sendos vasos de cerveza. Meli y José Manuel, nuestro club de lectores de lujo, no tardan en acompañarnos. Y allí disfrutamos de esos ratos de sol que resultan excepcionales en esta Semana Negra mientras Carlos Salem, el pirata del género, se añade a nosotros y se interesa por la carga sexual de mi última novela. Sexo explícito no, me corrige Meli, pornográfica. Pues bueno, pornográfica. Les confieso que hasta yo mismo me censuré antes de enviar el texto a imprenta.

De una charla en varias lenguas (italiano, inglés y algo de alemán) entre Paco Ignacio Taibo y el desmesurado Peter Berling, especialista en griales y actor ocasional en Fitzcarraldo de Herzog (el director de la ópera) y en El nombre de la rosa (uno de los malvados monjes) de Jean Jacques Annaud, me saca un sms de la joven inspiradora de mi relato Mi relación con el Pippermint. Fiel a su promesa dada vino a la Semana Negra, aunque fuera el penúltimo día. La localizo al final de la carpa. Viste de azul, lleva sandalias de romana y peinado renacentista. Siguiendo el guion prefijado vamos a tomar mojitos y caipirinhas a un chiringuito de cubanos.  Aguados y diuréticos. Hablamos de sus estudios, de sus relatos que envía a concursos y que yo he leído (uno al menos y realmente bueno), de mi promesa incumplida, que subsano esta misma noche, de enviarle Mi relación con el Pippermint, de la marcha de mineros... Le pregunto si ya vio Barry Lindon, me intereso sobre su fascinante novio, sus cultivos de ajos, coles y berenjenas, los peces de su alberca, su sobrinito que le muerde, su abuela beata... Yo, fundamentalmente, la escucho, fascinado por esa piel tan blanca que tiene, nacarada, la cicatriz que luce en el pecho (cuando bebé me abrieron para operarme el corazón, puntualiza) y la mirada turbia de sus ojos vampíricos.
Se va a la playa, con su misterioso novio y un picnic, y yo vuelvo a la Carpa de Encuentros en busca de Julio, al que no encuentro, valga la redundancia, y de Meli y José Manuel, que ya se fueron, así es que regreso al hotel y me añado para cenar a un grupo de extrema izquierda integrado por Juan Madrid, Cristina Fallarás, Sebastián Rutés, Raúl Argemí y Guillermo Saccomano en La Iglesiona, que ya no es lo que era, que nunca tiene arroz con leche. La crema de marisco es un agua harinosa, para afeitarse, que a Juan le recuerda su etapa de pensiones cutres en Madrid, cuando malvivía vendiendo habanos de contrabando que le proporcionaba un boxeados cubano, y a Raúl la pitanza carcelaria que tragó durante diez años. Hablamos, cuando se añade al grupo Julio Murillo, que peleó con dos señoras por hacerse con mi Rufo y el libro de la Semana Negra, de indignación, de fascismo que ya galopa sin antifaz, de políticos de mierda, que merecen ser arrojados por las ventanas del Parlamento, de la falta de músculo revolucionario por culpa de la pasividad de los sindicatos, y calculamos lo que tardará todo esto en estallar en mil pedazos, cuando se producirá el hartazgo catártico.  Yo sigo abogando por mil marchas sobre Madrid y que los indignados dejen de mover sus manitas y empiecen a cerrar el puño: el buenismo no conduce a ninguna parte. Ningún cambio se ha hecho por las buenas.

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