LITERATURA / EL CORREDOR DE FONDO, DE VV.AA.
Que con la literatura se
hacen muy buenos amigos puedo afirmarlo en voz muy alta después de que me haya
llegado este libro homenaje que me han escrito mis colegas, lleva el nombre de
mi blog (y lema de vida) y esté formado por relatos, fundamentalmente, pero
también poemas y hasta algún ensayo, jugando con los títulos de algunos de mis
libros.
Hay distopia en la
antología. En 2041, Barcelona se ha convertido en un puerto de entrada de
inmigración climática y refugiados de la diáspora africana y de los conflictos
que no cesan en Oriente Medio escribe Marc Muñoz al hilo de Barcelona
negra. Una cacería de humanos distópica, o no tanto, le sirve a Jerónimo
García Tomás para Ciudad en llamas: La retícula de la mira se
desplazó hasta el otro paramilitar…. La madrileña Marisa Pinta echa mano de
la distopía feminista para El sabor de su piel: Volvemos a ser
cuidadoras. Primero de nuestros hijos y marido, después de nuestros padres,
sometidas a un toque de queda que ninguna mujer decente se puede saltar. Xavier
B. Fernández se encomienda a Kafka para La invasión de los fotofóbicos, Gregorio
Samsa incluido: Antes de que el sueño le venciera, pensó que estaría bien
despertar, a la mañana siguiente, convertido en un monstruoso insecto. Pero
sabía que eso era imposible.
No puede faltar el humor. Lo expande Mónica Rouanet ilustrando Bellabestia: La primera vez que vi a Bellabestia fue en el pasillo de Recursos Humanos, justo después de que me despidieran por tercera vez en el mismo trimestre. En Brother / Libertad, Mari Carmen Sinti se hace un Luigi Pirandello y enfrenta a los personajes de esa novela con su autor (yo) para preguntarle cuando saldrá la segunda parte prometida. Los gatos y un humor surrealista inundan el relato de Dolores Fernández El centro del mundo: Andrés lo siguió y, en ese momento, un gato oscuro se cruzó ante él. El hombrecillo le cedió el paso. Tuvo que esforzarse para no quedarse atrás y, al alcanzar el primer rellano, apreció que el trotecillo del bedel seguía una curiosa cadencia: cada tres pasos, aceleraba el ritmo durante un par de segundos y luego daba tres pasos más. Guillermo Orsi se sirve del título Cazadores en la nieve para escribir un relato aeronáutico con un Focker turbohélice, nieve y fino humor: El avión, un Focker turbohélice veterano de varias acciones militares, tocó pista con la suavidad de un bailarín clásico abriéndose de piernas en el escenario de un teatro lírico. El cubano Alfredo Antonio Fernández, afincado en Texas, apela a la novela del siglo de Oro, a El diablo cojuelo, en su relato Llueve sobre La Habana, y juega con el lenguaje: Diablo ausente con preceptor que jalaba el pelo sin osadía la lección. Diablo presente con preceptora que jalaba el pito y brotaba como amapola la cabeza de leona del glande. JAVIER SAGASTIBERRI
Con cinco títulos sobre
ETA, la organización terrorista vasca está presente. Gabriel Monte Vado es muy
fiel a El bosque infinito en su historia de etarras y agentes secretos,
quizá porque lo conoce de primera mano. En Tu corazón, Idoia, Javier
Sagastiberri, el autor de Beltza, habla de la pasión desenfrenada de un pistolero
etarra por esa militante icónica y sanguinaria al mismo tiempo: Soy
realmente un hombre sin corazón, y si es así es porque lo tengo enterrado en
una tumba sin nombre que nunca desde entonces me he atrevido a visitar. Inma
Chacón no traiciona con su relato La caraqueña del Maní la novela original.
ETA en un ambiente caribeño más gotas de realismo mágico: No era la primera
vez que presenciaba cómo se volvían locos los insectos e invadían el suelo y el
aire; ni que las aguas de los pozos subían y bajaban de nivel sin razón; que
todos los perros de la ciudad comenzaban a gemir al mismo tiempo.
LUIS ALEIXANDRE GIMÉNEZ
Los que más abundan son
los relatos negros. Un jab directo al rostro. Esquivó el primer barrido del
filo. Otro jab. Volvió a eludir el segundo ataque de la faca y aprovechó la
inercia del atacante para lanzarle un crochet a la cabeza que lo dejó aturdido
y de rodillas escribe Luis Aleixandre Giménez al hilo de El cadáver bajo
el jardín. La poetisa malagueña Isabel Torné se estrena con un relato muy
negro para La bahía humeante que sitúa en la Costa del Sol: El cuerpo
sin vida de Fede es una caricatura cincelada a capricho por un artista: un dedo
cortado aquí, una bala en esta rodilla, otra en aquel codo con unos cuantos
dientes sobre la mesa junto a unas tenazas…Paco Gómez Escribano lleva a su
territorio La frontera sur: El Metralleta se acercó un poco más al
bloque de los Vargas. Las mujeres lloraban. Algunas se arrancaban mechones de
pelo de la cabeza. Los hombres se partían las camisas y juraban venganza. En
El viaje infinito, Fernando Ugeda me convierte en personaje siniestro: José
Luis se bajó la cremallera de la cazadora y extrajo la pistola que llevaba
embutida en la cintura. El navarro Miguel Izu toma Los infiernos para
escribir un relato entre el terror abismal y el policial: Boca de los Infiernos,
o los Infiernos, es cómo han llamado siempre en el pueblo a la sima profunda,
muy profunda; nadie baja allí nunca. Susana Hernández coge mi novela thompsoniana
Mala hierba para escribir, a su vez, un relato ambientado en la América
profunda: Hace muchos años, sucedieron cosas terribles, y desde entonces se
decía que Arkaham era donde crecía la mala hierba. Empar Fernández toma el
título del libro de relatos Malditos amores para hablar de los tóxicos y
nocivos: Entraron por la fuerza en la habitación y la encontraron tendida en
un rincón sobre el suelo de baldosas. Ni muebles, ni lámparas. ni tan siquiera
un jergón. Nada. La autora de teatro y novelista Angela Martín del Burgo
construye en Marea de sangre un relato entre el terror y la fantasía
cercano a Poe: Notaba que me desmayaba. Los gritos del hombre de traje negro
seguían oyéndose. A partir de ahí, la sensación que tuve es que estaba dentro
de un ataúd, vivo dentro de un ataúd. El relato de José María García
Sánchez Marero es rabiosa actualidad, 7 de octubre, cuando empezó este
nuevo capítulo de horror y muerte que no cesa: un palestino, carcelero, y una israelita,
prisionera, enfrentados por una guerra secular, luchan contra su destino: Daba
igual, yo ya estaba muerto. De asco, de pena, de horror. Alfons Cervera va
al espíritu conradiano que flota en mi novela Monrovia: En un
claro del bosque lo abatieron. Silbaron las balas emboscadas entre los árboles
y el silencio cómplice de pájaros hambrientos. Ahora está tumbado, a todo lo largo, en una
mesa rústica que recibe una luz amarillenta, como la que surgía del horizonte a
bordo del Nostromo… La argentina Susana Villafañe se va a Tailandia con Patpong
Road, quizá porque conoce el ambiente, y construye una historia muy negra y
dura en ese barrio caliente de Bangkok: La cara estaba destrozada a golpes
con el cuerpo amoratado y deforme y todos los orificios de su anatomía estaban
atravesados por ramas de árbol. El cubano Rigoberto Menéndez Paredes elige Último
caso del inspector Rodríguez Pachón para urdir una historia policial en la
que está involucrada una femme fatal a la que llaman Raquel Welch: La
cabellera rubia acentuaba su sensualidad, y ese rasgo, mezclado con unos
somníferos ojos de felina y sonrisa fácil, la convertían en la presa de los que
deseábamos las carnes con lo comprensible voracidad de los iniciados. El
vasco Juan Infante aprovecha el título de La colina del Telégrafo para
hablar de un sicario que debe liquidar a un corrupto: Darle matarile,
teniendo una tarjeta que le permitía abrir cualquier habitación del hotel, no
era difícil. La clave estaba en escapar bien, sabiendo que iba a dejar muchas
pistas por el camino.
Carlos Manzano es fiel al
argumento de la novela que elige para su homenaje, El mal absoluto: No
le resultó fácil encontrar un sitio donde aceptaran tatuarle una cruz gamada.
En los estudios más próximos hasta le dijeron que no hacían ese equipo de
trabajos, incluso en uno de ellos lo miraron con desprecio, como si fuera un sádico
o un criminal. Carlos Salem elige otra novela sobre nazis, El rastro del
lobo, para situar su relato en Melilla con David Friedman como protagonista
y el telón de fondo de las barbaridades que cometieron los militares de la Junta
Militar Argentina: El siglo XXI apenas ha cumplido cinco años y parece viejo;
el propio Friedman se siente viejo, a sus cuarenta y dos, quizás porque la
segunda mitad de su vida lo ha cubierto de cicatrices por dentro y por fuera.
GUSTAVO ABREVAYA
El amor campa por muchas
de las historias. Andreu Martín traza, a partir de El Barroco, un relato
nostálgico de noches de farras alcohólicas cruzadas con sentimientos en un
lugar de la costa catalana. José María Barasorda utiliza El corazón de Yacaré
para escribir un relato romántico y funerario: Ahora no había consuelo
posible: el cuerpo de Ángel surgía el fondo del depósito en una cama metálica,
con la lividez marmórea de la muerte en su rostro y una cicatriz terrible en el
pecho. Alex Oviedo se sirve del título El final feliz para escribir
una historia de amores frustrados y reflexionar sobre los no correspondidos: Que
los amores no correspondidos son los que dejan una huella más profunda. De
desamor va el relato de Águeda Rubio Viajeros de sí mismos: Quiero
que esto se termine porque no deseo tener tu cuerpo a medias, ni tú, ni tan
siquiera tu respiración, ni quiero tenerte dándome la espalda, ni dentro de mi
ducha. De amores entre occidental y oriental va el relato de Lluna Vicens Una
historia china: Tenía setenta y cuatro años. El cabello blanco, las
manos temblorosas, el cuerpo cansado. Sin embargo, su corazón seguía anclado en
un recuerdo que nunca había logrado borrar: el de una joven china llamada Li Mei,
su primer amor, su amor perdido, la promesa que la guerra le había arrebatado.
Nerea Riesco no solo hace
metaliteratura con La diosa de hielo —Tenía los dedos manchados de
tinta negra, porque los hundía en el tintero casi hasta la primera falange
cuando se entusiasmaba con las palabras— sino que escribe el relato más
sensual de la antología: Recorrió sus pezones oscuros con la pluma y, en un
instante, se endurecieron, cambiando de aspecto, haciendo estallar las ansias
de él mientras su sexo se apretaba más contra el pantalón. El periodista de
sucesos Pedro Avilés escoge Muerte por muerte para escribir sobre el
deseo enloquecido: Pero acabamos con los últimos espasmos en el suelo de la
cocina, junto al barreño de la ropa, después de que me hubiese ceñido la
cintura con sus fuertes muslos de atleta, aupada sobre la encimera, donde la
penetré con una pasión que hacía años creía perdida. Tanta, que sentí miedo.
Erótico y exquisito es el relato de Sandra Martínez Raguso que toma el nombre
de Te arrastrarás sobre tu vientre: Todas mis noches eran suyas y
nuestros cuerpos se enredaban en un solo ser hecho de piel, sudor y arena. Como
las olas del mar.
La sombra de Bukowski es
alargada. Solo mi brazo derecho muestra señales de vida, alargándose
indolente hasta la botella de vino que descansa en el suelo. En La doble
vida, Eva Molina echa mano a mi original: Lo mismo que para Arturo O’Keefe,
el protagonista de “La doble vida”, la luz para mí ha comenzado a apagarse. Urbano
Colmenero ubica su relato La manzana helada en Central Park, con un
vagabundo dipsómano que busca a su chica mientras se ahoga en alcohol: Me he
convertido en un desecho y ya no te busco. Se que no voy a encontrarte en esta
ciudad inmensa en la que todos los lugares son demasiado grandes para buscar a
alguien.
Hay un relato histórico y
dos reflexiones sobre la historia. El argentino Gustavo Abrevaya toma la novela
sobre Vlad Drakul El hijo del diablo como referencia narrativa: Crueles,
feroces, temidos, luchaban como demonios con espadas y arquería, jamás
retrocedían en combate y fueron capaces de tomar por asalto la fortaleza de Bram
a un atroz costo de pérdidas de vidas, sin vacilaciones, para facilitar el paso
de Vlad y sus hombres que venían a reconquistar su castillo por una vía secreta,
según cuenta Muñoz en una escena que calienta la sangre. El mexicano Fritz
Glockner, en sus reflexiones, es muy fiel al espíritu de El fuerte Navidad:
¿Qué traen en el cuerpo estos hombres con pelo similar al del sol? ¿Cómo
pueden transportarse en esas construcciones gigantescas? ¿Por qué no se les
entiende el habla? ¿Qué empeño disimulan detrás de sus miradas? Alejandro
M. Gallo construye un pequeño ensayo al hilo de La pérdida del paraíso,
Guanahaní, y lo extiende desde la época pretérita a la actual hablando de
política (Ucrania, Pedro Sánchez, Donald Trump) y filosofía (George Steiner,
Ludwig Wittgenstein, Platón, Parménides).
Lo metaliterario está muy
presente. María V. Embid se centra en la segunda persona, el recurso literario
que utilizo en La muerte del impostor, para su relato: La utilización
de la segunda persona en cualquier texto siempre fue un desafío, una apuesta
muy arriesgada, un diálogo contigo mismo, un monólogo interior vociferado a la
conciencia… Y, claro, se sirve de ella para su relato. Víctor Claudín se
fija en el aspecto más sórdido de la metaliteraria La soledad de Hans Teodore
Mankel, para hablar de realidad y mentira utilizando los personajes de la propia
novela: Para mí, matar es una liberación, es jugar a Dios; al menos eso
experimento cada vez que quito la vida a alguien… José Carlos Somoza juega
con lo metaliterario con Yakutat: Soy yo. El protagonista de tu puto libro
sobre Islandia. No me lo podía creer cuando lo leí. Soy. Yo. Yo. Todos los
detalles, todos, salvo mi nombre ¿Quién eres? ¿Eres el autor?
JOSÉ CARLOS SOMOZA
Y luego están los poemas.
El maestro de la novela histórica Fernando Martínez Laínez se decanta por la
lítica en La casa del sueño: Y el hosco pelear / en sus calles y
plazas / deja surcos de muerte/ arañando el asfalto. Mariano Sánchez Soler
recurre a la poesía para La lanzadora de cuchillos: En una atmósfera
de fermentos y sangre, / en un pequeño local de barrio antiguo / actúa la mujer
que lanza los cuchillos. Patricia Crespo convierte en poema Lluvia de níquel:
Afuera viento y esa lluvia de níquel / en la concavidad del misterio / para
honrar lo que va volviéndose / revelación. Esther Abellán en Los ojos
ajenos: Mapa de incertidumbre, viaje intenso, / ojos ajenos deslizándose
/ en la desnudez abstracta de mi cuerpo.
Hay espacio hasta para la
literatura infantil. José Vaccaro se decanta por ella en su cuento de Cuentos
para Paula, la historia de un yayo, una nieta y un oso bueno en el Valle de
Arán.
¿Qué les puedo decir de
estos cuarenta y ocho textos literarios escritos con tanto amor, devoción y
talento? Pues que me han conmovido, por supuesto, y que todos, absolutamente
todos, con temáticas y estilos muy diferentes, son un canto a la creación
literaria. Lluna Vicens, como editora de los textos e impulsora de este
proyecto único, es la culpable de El corredor de fondo, una antología
magnífica que harán muy bien en leer.
De que con la literatura se hacen muy buenos amigos, este
libro es una muestra. Más de cincuenta escritores de primera división de
España, México, Argentina y Estados Unidos me rinden un homenaje literario
jugando con el título de algunos de mis libros. Afilados, inteligentes,
emotivos, sensuales, juguetones, sesudos o gamberros, textos escritos con un
extraordinario talento literario que hacen de este libro una auténtica joya.
Una iniciativa de Lluna Vicens que ha encontrado la complicidad de Marc Muñoz,
Mónica Rouanet, Mari Carmen Sinti, Guillermo Orsi, Jerónimo García Tomás, José
Vaccaro Ruiz, Andreu Martín, Gabriel Monte Vado, Luis Aleixandre Giménez,
Dolors Fernández, Juan Mari Barasroda, Álex Oviedo, Fritz Glockner, Guastavo E.
Abrevaya, Carlos Manzano, Carlos Salem, Fernando Ugeda, Marisa Pinta, Alejandro
M. Gallo, Isabel Torné, Inma Chacón, Juan Infante, Nerea Riesco, Eva Molina,
Fernando Martínez Laínez, Paco Gómez Escribano, Xavier B. Fernández, Mariano
Sánchez Soler, Urbano Colmenero, María V. Embid, Víctor Claudín, Alfredo
Antonio Hernández, Patricia Crespo, Miguel Izu, Esther Abellán, Susana
Hernández, Empar Fernández, Ángela Martín del Burgo, José María García Sánchez,
Alfons Cervera, Pedro Avilés, Susana Sosa Villafañe, Sandra Martínez-Raguso,
Javier Sagastiberri, Rigoberto Menéndez Paredes, Águeda Rubio y José Carlos
Somoza.
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