CINE: EN EL CORAZÓN DE LA BESTIA, DE DAVID AYER
Película con perro que
habría espantado a Alfred Hitchcock que los detestaba, a nivel de rodaje, como
a los niños o a Charles Laughton. Podría haber sido En el corazón de la
bestia una película sobre un relato de Jack London, y seguramente habría salido
mejor. David Ayer (Champaign, 1968) construye una película de supervivencia de
la que son protagonistas un exsargento de las Fuerzas Especiales de Estados
Unidos —sus hazañas bélicas en alguno de los países invadidos por la gran
potencia militar aparecen en flash backs recurrentes a lo largo del metraje en
colores saturados como indicadores del síndrome postraumático que padece—
llamado John Belmont (Brad Pitt), y su perro de combate Odin, al que le falta
una pata debido a una explosión, en las inhóspitas tierras de Alaska tras
sufrir un accidente en la avioneta.
Contra todo pronóstico,
el realizador no sabe sacar partido del espectacular paisaje de la conocida
como la última frontera (rodada en invierno hubiera sido mucho más impactante)
y nos ofrece una película muy física en la que el astro americano, que la
produce junto a Damian Chazelle, ha de bucear por lagos (sin que se le mojen
las cerillas con las que, a continuación, abre un buen fuego), se pasa una
semana sin comer, sobrevive a una caída en aguas bravas cuando cruza un puente
de troncos, pelea contra lobos, consigue esquivar el ataque de un oso no
mirándolo a los ojos y se mete en un barrizal.
Como película de
aventuras, entretiene sin más —este espectador no hacía otra cosa que pensar en
El renacido mientras la veía—, pero el perro le roba muchos planos a
Brad Pitt, y al encuentro en el lago con ese otro solitario, Watkins (el
alaskeño J.K. Simmons, el profesor psicópata de Whiplash) con el que el
desconfiado James Belmont se limita a cruzar unas cuantas frases para decir que
se cargó a los tipos que le amputaron la pata a su perro, le saca el realizador
poco partido. Puro entretenimiento sin más pretensiones. Que el perro es mucho
más inteligente, empático y generoso que muchos seres humanos, pues es evidente
y ya lo sabíamos.
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Yakutak
es una población aislada de origen ruso en la Alaska profunda a la que llega de
vez en cuando un barco que la comunica con el mundo civilizado. De su pasado
quedan las ruinas de una industria conservera, una oficina con los cristales
rotos y papeles por el suelo, un puñado de casas destartaladas y el fuselaje de
un avión japonés que se estrelló durante la Segunda Guerra Mundial. En ese
paraje inhóspito, duro y gélido se refugia con Shiva, una husky malamute, Ben
Ferguson, un tipo solitario que parece estar huyendo de sí mismo y no se lleva
muy bien con el escaso vecindario. Cuando en el mundo se produce una pandemia
extraña que siembra la muerte por doquier, las relaciones entre los habitantes
de esa población agónica se tensan y se desata la violencia larvada durante
muchos años.
Con Yakutak José Luis Muñoz, uno de los referentes de la novela negra española, ahonda en esa literatura del frío que inició con La manzana helada, ambientada en un invierno en Nueva York, siguió con Cazadores en la nieve, un western aranés, La bahía humeante, un ajuste de cuentas literario en Islandia, y La soledad de Hans Teodore Mankel en Múnich. Con una técnica literaria muy elaborada el autor consigue meter al lector en esta historia claustrofóbica y desasosegante que transcurre en uno de los lugares más bellos e inhóspitos del mundo.




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