LA CRÍTICA

Publicado en Siglo XXI

‘El mal absoluto’ de José Luis Muñoz, novela mestiza, novela real, novela dura
Herme Cerezo

Con ‘El mal absoluto’, José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) se ha alzado con el XI Premio de Novela Ciudad de Badajoz. ‘El mal absoluto’ es una obra espeluznante, en la que los remordimientos, la mala conciencia y el deseo de venganza envuelven a todos sus protagonistas, fundamentalmente a Günter Meissner y a Yehuda Weis, y, en menor medida, a Eva Steiger, que se convertirá, involuntariamente, en nexo de unión y desencadenante de los hechos. Sin embargo, tanto los remordimientos como la mala conciencia se contagian también al lector imperceptiblemente, hasta tal punto que, para enfrentarse a este mal realmente absoluto, necesita establecer un parapeto, una especie de cristal protector imaginario, que le facilite acercarse a la novela con un cierto distanciamiento, cierto e imprescindible. ‘El mal absoluto’, evidentemente, no es novela para lectores excesivamente sensibles. Entre otras razones, porque lo que en sus páginas se cuenta, bajo la apariencia de ficción, es absolutamente posible y, lo que es mucho más duro, cierto.
Novela de difícil adscripción a ningún género (no es solamente novela histórica, no es solamente novela negra, no es solamente ‘trhiller’, no es solamente reportaje o entrevista), podríamos etiquetarla – siguiendo esa costumbre absurda aunque útil de hacerlo – como periodismo novelado o novela periodística. En todo caso, siempre se trataría de una obra mestiza, porque José Luis Muñoz utiliza recursos periodísticos para contar la primera parte de su historia y técnicas plenamente literarias para la segunda. Eva Steiger, reportera de la cadena ZDF, entrevista por un lado a Meissner, un acaudalado alemán, que formó parte de las juventudes hitlerianas y fue asignado como guardián en el campo de prisioneros de Auschwitz. En sus declaraciones, el antiguo oficial de las SS manifestará no sentir ningún remordimiento por lo que hizo entonces. Se referirá al ascenso de Hitler al poder en términos de una borrachera colectiva que embargó al pueblo alemán y comparará las atrocidades germanas con las que, actualmente, practican los judíos contra los palestinos. Aunque se justifica afirmando que él y los de su generación fueron víctimas de las circunstancias para obrar como lo hicieron, en todo momento se muestra orgulloso de haber prestado servicio a su patria durante la II Guerra Mundial. Steiger, para completar la visión del problema, efectuará una segunda entrevista a un judío superviviente del mismo campo de exterminio citado anteriormente. Weis hablará del horror que le ha acompañado siempre desde entonces. El judío siente una mezcla de vergüenza, remordimientos y exculpación. Detesta a los nazis, por lo que le obligaron a hacer contra sus propios compatriotas judíos, aunque comprende que ésa era la única manera de sobrevivir en aquella fábrica de horrores continuos llamada Auschwitz. Sus declaraciones no son sino un sumario de horrores (violaciones, inesperadas y crueles muertes por disparo, gaseamientos masivos, incineración de cadáveres en hornos y un largo etcétera) para los que resulta imprescindible utilizar la protección transparente a la que aludía anteriormente. Auschwitz, bajo la apariencia oficial de complejo industrial, no fue sino una fábrica de exterminio, de cremación, de torturas. Sin olvidar otros "daños colaterales": desnutrición, horarios excesivos de trabajo, insalubridad de las instalaciones, carencia total y absoluta de medicinas, camastros infectos y otro etcétera aún más largo que el anterior. La deshumanización fue tan absoluta que, refiriéndose a los cadáveres para el crematorio, Weis llegará a afirmar que "... nos llegaba materia prima de todos los rincones de Europa, porque al final, a los hombres, mujeres y niños uno trataba de verlos como eso, como materia prima". Una duda persiste en la mente del judío: le gustaría saber por qué su carcelero de entonces, al que apodaban "Cara de Ángel" le salvó en varias ocasiones la vida, condenándole a la tortura mental eterna por las atrocidades que conoció y que él mismo se vio obligado a cometer. Weis se lamenta profundamente de seguir vivo y también de no haber tenido el valor suficiente para negarse a realizar ciertas cosas porque, en el fondo, actuó como lo hizo espoleado por el puro instinto de supervivencia, sin más sensibilidad y conciencia. Con relación a las entrevistas, hay una clara diferencia entre la primera y la segunda. Mientras las declaraciones del millonario Meissner suenan plenamente convincentes y creíbles, ajustadas a su elevada extracción social, propias de un hombre de negocios dotado de facilidad oratoria, las de Yehuda Weis no lo parecen tanto. El judío se expresa, en algunos momentos, con una claridad conceptual excesiva a mi juicio. El antiguo prisionero procedía de un pequeño pueblo alemán y sus conocimientos culturales, por desgracia, debían ser reducidos. Sin embargo, en sus respuestas maneja con enorme facilidad una notable cantidad de conceptos que requieren cierta especialización, especialmente cuando habla de enfermedades que cataloga con rigurosidad propia de galeno experto. Y eso llama un poco la atención.Aunque el autor de ‘El mar absoluto’ trata de mantenerse al margen, uno de sus personajes, Eva Steiger no se puede hacerlo. Todo lo contrario: le hierven las triplas, le queman los sueños, le sublevan los horrores que descubre. Mujer sensible, apasionada por la causa de los débiles, de las víctimas, resulta visiblemente afectada por las declaraciones de ambos personajes, especialmente por las de Meissner. La entrevistadora llegará sentir asco de sí misma, de sus propios padres y de sus compatriotas alemanes que, mediante democrática votación en urna, permitieron o propiciaron la ascensión de Adolf Hitler a la cancillería alemana del Reich y consintieron más tarde la barbarie cometida contra los judíos en los campos de exterminio, donde la vida humana dependía de lo que pasara por las cabezas de un grupo de salvajes sin escrúpulos, prepotentes, de gatillo fácil y menos descerebrados de lo que cabría pensar.Todo lo comentado hasta aquí cambia radicalmente a partir del capítulo 10. El estilo periodístico desaparece, ya no hay declaraciones, comienza la acción. La narración se convierte ahora en un ‘thriller’ convencional y asistimos a las consecuencias de lo que Eva Steiger ha sacado a la luz pública del pasado de Günter Meissner y Yehuda Weis. Los hechos y las situaciones se suceden, los planteamientos cambian con rapidez, y todo camina hacia el desenlace final de la historia. Y ahora comprendemos, que el escritor salmantino ha conjugado con mano diestra la lentitud de los primeros nueve capítulos – quizá sin esa lentitud no se pudiera abordar con éxito la lectura de todo lo allí se narra – con una rapidez más que notable en los restantes. ‘El mal absoluto’ es como una suite sinfónica en dos movimientos, dos tempos: un adagio ‘lento e maestoso’ y un ‘presto molto vivace’. De ese contraste, de esa contraposición, entre el primer y segundo movimientos brota el universo real de la novela y la carpintería interior, ese entramado literario que, aparentemente, no vemos, se completa, se cierra y cobra sentido.El desenlace final que José Luis Muñoz ha diseñado para los pacientes lectores que hayan consumido la primera parte de la novela, colmará plenamente sus aspiraciones y sin duda constituirá una buena recompensa por su esfuerzo. Muy buena, ya lo creo.____________________

‘El mal absoluto’, de José Luis Muñoz. Ed. Algaida, 2008. 309 páginas, 20 euros.

Comentarios

Palbo ha dicho que…
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