EL VIAJE

LA PLAZA DE TODAS LAS PLAZAS
JEMAA EL FNAA
texto y fotos: José Luis Muñoz
Siete y media de la mañana. Hace una hora ha amanecido en Marrakech. Hace frío en la ciudad roja, y no consigo conjurar la temperatura ─ 12 grados ─ con la ropa de verano aprisionada en mi mochila que saco para ponerme. Nadie me dijo que por la mañana temprano la temperatura no sube de los once grados aunque al mediodía alcance los veinticinco.
La avenida Mulay Abdallah, que contemplo desde el balcón del hotel Ryad Mogador, mi alojamiento en la ciudad, ya hierve de gentío que se dirige al trabajo. La gente toma en marcha los ruidosos y humeantes autobuses públicos y hay tipos que tiran de carritos y vocean todo tipo de bollería reconstituyente para empezar la mañana. Otro día en otro mundo, próximo y lejano, familiar y avieso que, al conocerlo, hace que se derrumben multitud de prejuicios. Uno, que Marruecos es barato. Dos, que es sucio y caótico.
No hay sopa harira para desayunar, el reconstituyente potaje marroquí de verduras y lentejas con el que rompen el ayuno del Ramadán, pero sí excelente zumo de naranja ─ quién crea que España es país de naranjas es que no conoce Marruecos ─, pegajosos y empalagosos croissants ─ la herencia del protectorado francés ─, tostadas elaboradas a partir de las baguettes que sobraron del día anterior y una fuente con rizos de mantequilla excelente y distintas mermeladas. Me sirve café el camarero que se peleó a puñetazos, la noche anterior, con un colega durante la cena. Un altercado sin importancia: no hay señales de violencia en su rostro.
Para cruzar la plaza Mouratton, en donde está la estación de autobuses, hay que tener reflejos y cintura, pero llevo entrenamiento de la India, que es mucho peor. Los pasos cebra son meros adornos en el asfalto me advirtió, el día anterior, la bella Fátima, una mora alta y de bonitos ojos con el cabello suelto y vestida con la preceptiva chilaba cuya figura oscilaba al ritmo de los altos tacones de sus botas, una excepción entre mujeres que a lo más que osan es calzarse unos pantalones tejanos y que adoptan, casi mayoritariamente, los pañuelos y los velos. Y ante mí aparecen, entre un mar de bicicletas y gente ociosa que vaga por las amplias aceras de la plaza, los muros rojizos de la muralla que cerca la medina de Marrakech Alhambra, Marrakech La Roja. Entro por Bab Botouil, una de las muchas puertas para transeuntes de esa perfecta muralla de veinticinco kilómetros, e inmediatamente me sumerjo en uno de los zocos de comida que inundan una ciudad que toda, en sí, es un inmenso zoco sin fin.
Es temprano. Pero el dédalo de calles en las que está instalado el mercado ya hierve con el bullicio de los clientes madrugadores que se acercan a hacer las primeras compras, de los ganchos de las carnicerías pende la carne de cordero, los vendedores de pescado vocean el fruto marino que les llega de Agadir y la fruta multicolor regala un ambiente pictórico al conjunto. Los primeros rayos del sol empiezan a romper la neblina matutina que envuelve a la ciudad de Marrakech y empiezo a sentirme cómodo con mi camiseta de manga corta. La calle retorcida, que tan pronto se ensancha como se estrecha, a capricho, adquiere ese aire medieval que guarda la ciudad en sus entrañas, con hombres envueltos en chilabas marrones y grises, que se cubren la cabeza con capuchones de monje que les da una apariencia fantasmal, feces o turbantes, y mujeres cubiertas con pañuelos o cofias, cubriéndose la cara a medias, entera o con la nariz asomando por encima del embozo.
Me pierdo por la medina, deliberadamente. Me dejo guiar por el instinto, me desvío a derecha e izquierda, aleatoriamente, dejándome llevar por los sentidos, sin rumbo fijo. Vista, oído y, sobre todo, olfato. A veces avanzo, entre motos y bicicletas que me sortean al grito de Attention, Monsieur!, por calles estrechas en las que la luz se filtra a través de la urdimbre de cáñamo que las protege del rigor del sol y tamiza su luz, creando maravillosos efectos ópticos. Huele el ambiente a pan de los panaderos recién horneado, a té a la menta, la verdadera bebida nacional en un país en donde la cerveza escasea y no es muy buena, e, inopinadamente, desemboco en la plaza de un mercado, uno más, en donde dos mujeres, encarándose, vociferan bajo los pañuelos que cubren sus rostros seguramente por cuestiones de territorio, porque una invadió, con sus mercancías, el puesto de la otra.
Después de media hora vagando, aunque en Marrakech no hay tiempo, ni más relojes que los muecines que marcan las horas desde los minaretes de las mezquitas, empiezo a sentir el aguijón del hambre que se despierta ante tanta comida. ¿Muecines? Otra desilusión de esa modernidad que invade las tradiciones musulmanes. Las llamadas a la oración están grabadas, se repiten, idénticas, como un soniquete, cinco veces al día, a las cinco, a las doce, a las cinco de la tarde, al ponerse el sol, aproximadamente, sin ningún rigor, pero no hay muecín que escale el minarete y llame a la oración, sino que es un sonido grabado que repiten cada una de las mezquitas de la ciudad sin sincronía, por los altavoces, y cuando esto se produce el ritmo frenético de la ciudad no se detiene y sólo algunos fieles acuden a rezar a las mezquitas dejando sus zapatos a la entrada.
Ese repentino ataque de hambre lo soluciono en una pastelería marroquí, una sin moscas ni abejas revoloteando por encima de las dulzainas, indicando al dependiente, que se calza un guante de plástico muy higiénico, qué pasteles deseo: el de coco, el de pistacho, el de almendra con huevo, el de cacahuete con miel…Sencillamente deliciosos, tanto o más que los mazapanes de Toledo, que los turrones de Alicante, nuestra golosa herencia musulmana. Somos lo mismo, país de aceite y olivos, de dulces elaborados con miel y almendra. Mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Así éramos nosotros cincuenta años atrás, sin chilaba, eso si.
Las calles de la medina están muy compartidas. Por ellas circulan los lugareños, que llevan cosas de un lado a otro, que transportan mercancías tirando de una carretilla; luego, los turistas, viajeros y extranjeros, que se van deteniendo en cada esquina, embobados por lo que ven, por el ambiente exótico y el caos aparente; y, por último, por los burros. Nunca vi país con tantos burros, ni burros tan pequeños, ni tan explotados, tirando de carromatos cargados que se abren paso por las estrechas calles al grito de ¡Baraj, baraj! pronunciado por el arriero.
Si tuviera que desandar lo andado, no sabría. Si quisiera llegar de nuevo, por ejemplo, a la pastelería exquisita, tampoco lo conseguiría. Me he perdido, pero salí esta mañana del hotel con esa intención: perderme en la medina. Y eso es fácil en cuanto no se tienen referencias.
Para quien se pierda por la ciudad, el minarete de la Qoutubia, la librería, en árabe, porque por sus aledaños estaba una de las más grandes librerías de la ciudad, es un buen indicador para orientarse. Pero en ese dédalo de calles en el que me he metido, ninguna recta, todas torcidas, todas parecidas, callejones que se estrechan como embudos, formando un interminable zoco, el minarete, icono de la ciudad de Marrakech como pueda serlo los jardines de Almenara y su estanque con el fondo de las montañas nevadas del Atlas, se hace invisible.
Pero no nos llevemos a engaños, el zoco de Marrakech, en su caos, resulta perfectamente ordenado y lógico, compartimentado por gremios, como lo estaban las viejas calles de nuestras ciudades mediavales de las que sólo queda la huella de sus placas. Paso por la zona de los fabricantes de alfombras, cuyo colorido es espectacular; abarrotan las tiendas, que son pequeñas, cuelgan de las paredes interiores y exteriores, y sus vendedores, cabizbajos, cigarrillo en mano, me hacen un gesto indolente con la mano, para que entre en su tienda, sabiendo que un hombre solo no compra alfombras.
─No, merçi.
Algo debe de haber cambiado en la mentalidad de los marroquíes, de esos feroces vendedores que te asediaban, hasta el agotamiento, cuando entrabas en sus tiendas, que te tomaban del brazo, que no te soltaban la mano o te maldecían sí osabas salir sin haber comprado algo. Quizá les hayan enseñado que con la contención, que dejando que el cliente respire en sus tiendas, el resultado es mucho mejor. Nadie me agobia en mi paseo. Ni a los turistas y viajeros perdidos por esas calles caóticas de la Medina en donde reinan los buenos olores de las tiendas de especias, ante las que enloquecen los fotógrafos. Los especieros. Los sacos abarrotados de pimentón, de cúrcuma, de cilantro, la variedad de hierbas que cura toda clase de enfermedades, los jabones y aceite de argán que se utiliza para comer y para masajear cuerpos. Y los malos olores, claro, los de las pollerías, sobre todo, esos recintos pequeños y lúgubres, pestilentes, en los que las aves se apiñan en sus jaulas esperando ser compradas. Carne de pollo fresca, sin ninguna duda. Una mujer con chilaba y el rostro cubierto señala una de esas aves hermosas de corral, todo cresta y pezuñas, presa entre los barrotes de su jaula, al pollero que la saca por el cuello y se convierte en su matarife en un instante; un tajo en el cuello, para que brote la sangre y recogerla, un golpe con el filo de una afilada hacha y la cabeza cae en un capazo con el animal agitando patas y alas. Luego, con la bestia todavía agonizante, aunque la cabeza esté en un sitio y el cuerpo en otro, el desplume, el descuartizamiento con cuchillo y hacha, y la mujer, a los dos minutos, marcha con el pollo troceado metido en una bolsa negra de basura, a su casa, todavía palpitante. Pollo fresco, sin duda, aunque yo sería vegetariano de vivir aquí.
Me dejo guiar por los olores. Huyo de la zona de los polleros, de ese espectáculo dantesco de jaulas que van quedando vacías. Y de los carniceros, con trozos de carne sangrante alrededor de la que revolotean las moscas. Tropiezo, en uno de mis virajes, con la cabeza cercenada de un dromedario que cuelga de un gancho y es mudo anuncio de que en ese puesto se vende su carne. Y paso a la zona de los perfumistas, para evadirme de ese olor a mierda y a muerte que también es vida.
Me pregunto cómo pueden subsistir tantas miles de comerciantes, con sus negocios pegados el uno al otro, cómo es posible vivir entre tantísima competencia, qué hacen con el género que no consiguen vender.
Y al fin la Qoutubia, la gemela de la Giralda, que aparece en una explanada junto a los jardines de la princesa Laila Hasna a la que voy a desembocar no sé cómo, tras haber callejeado dos horas por el dédalo de la medina. Y doscientos pasos más y la plaza. Sí, la plaza a secas, la plaza por antonomasia.
Si preguntas a un marrakechí por la plaza, inmediantamente sabrá que estás preguntando por Jamaa Al Fnaa, por la plaza de todas las plazas, el centro neurálgico de Marrakech, el corazón que, desde el centro exacto de la medina, bombea a sus miles de habitantes que pasan por ella en uno u otro momento del día.
Luce un sol espléndido. Ya no tengo frío. Voy con mi camiseta de algodón negra de manga corta y mis bombachos ligeros. Los puestos de jugos de naranjas son los que dan mas color a la plaza, junto con los de frutos secos, con esa variedad de dátiles, higos, almendras y nueces, perfectamente dispuestos, como un cuadro, para ser fotografiados. Y en el suelo, bajo sombrillas y paraguas, los inconfundibles tuaregs de rostros negros, envueltos en túnicas azules elegantes, con sus turbantes en la cabeza, vendiendo piedras del desierto, hierbas, instrumentos musicales, que han dispuesto sobre alfombrillas.
La terraza del bar Alhambra ─ que no hace referencia a la de Granada sino a Marrakech, la roja ─, en uno de los extremos de la plaza, es un buen lugar de observación. Pido té a la menta. La menta, dentro del vaso de cristal decorado, tiene casi el tamaño de un kelper. Y una tarta de manzana, pequeña pero exquisita. Y dejo pasar sencillamente el tiempo y que mis ojos sigan a los miles de personajes, buscavidas en la más amplia acepción, casi todos, que se cruzan en mi campo de mira, personajes de lo más variopintos, que me recuerdan cuando, en mi juventud, para matar el tiempo, me sentaba en una silla de las ramblas de Barcelona con el mismo fin: espiar la vida ajena, imaginar historias a través de las caras de los transeuntes. Eso hago, pasar el tiempo, observar a la gente, ver cómo andan, cómo se paran a hablar unos con otros, mientras acoplo el teleobjetivo a la cámara de fotos, apunto y disparo, seguro de que cada instantánea va a recoger a un personaje o momento interesante.
El bar Alhambra es un gueto para turistas, con precios adecuados a sus bolsillos. Té a la menta: 20 dirhans. Tarta de manzana con bola de helado de vainilla: 30 dirhans. Pero amortizo mi consumición con esas dos horas pegado a la silla, oteando el horizonte con mi cámara.
La plaza cambia a lo largo de la jornada. No el paisaje. Aunque sí, también el paisaje que, bañado por la luz atlántica, la luz blanca, varía según sea la hora del día. Y empieza a atardecer, con lo que el paisanaje que ha tomado la plaza se renueva, no los turistas que circulan por ella, inconfundibles con sus atuendos, empuñando las cámaras de fotos y las filmadoras. Han desaparecido algunos personajes que ya tenía clasificados. La vendedora de sombreros para el sol, por ejemplo. Y la vendedora de capazos. También se han ido los distintos tuaregs que han permanecido horas, bajo la sombra de las sombrillas, hartos del sol del Sahara, embutidos en sus túnicas azules, con las mercaderías expuestas sobre una alfombrilla. Siguen los vendedores de jugos, los de frutos secos, los viejos que venden aceite de argan en botellas de litro, a mejores precios que los de las farmacias tradicionales, los limpiabotas desesperados en cuanto comprueban que calzo sandalias, los aguadores de pega - vestimenta roja, cazos colgando de la pechera y sombrero cónico: inconfundibles -que cobran derecho de imagen en cuanto ven que alguien los fotografía, los mendigos que se acercan con la mano extendida pidiendo Argent, Monsieur con un soniquete educado.
Miro hacia el centro de la plaza. El encantador de serpientes, que exhibe un reptil delgaducho con el que intenta captar a algún cliente, sin éxito, lleva horas tocando la mareante trompeta, sin cesar. Nadie parece interesado por su oficio ni por hacerse una foto con el reptil colgado del cuello. Algo parecido le sucede al adiestrador de monos que los ofrece para ser retratados y advierte que sus animales son dóciles y no muerden. Nadie se anima. Hay crisis, y los buscavidas de la plaza Jemaa El Fna también la notan. Nadie bebe zumo de naranja, pese a que es buenísimo, ni compra dátiles. Sólo pasean, malditos turistas, y toman fotos, roban fotos, una actitud que a mucho lugareños les indigna y provoca gestos despectivos, gritos, que se cubran el rostro hasta las mujeres que ya van con el rostro cubierto y a las que es imposible ver ni los ojos.
Llegan, en procesión, tirando de sus carros, a veces empujados por tres o cuatro muchachos, a veces es sólo uno el que tira de ellos, el grupo de los restaurantes ambulantes, con sus mesas, cazuelas, depósitos de agua, carne, pescado, fogones, picas de lavabo, y en uno de sus extremos de la plaza ─ yo he cambiado mi puesto de observación al bar Argan ─ empiezan a montar sus tenderetes, como todas las noches, a conectar las lucecitas, colocar las mesas comunales, los manteles blancos de hule, para que puedan ofrecer cenas baratas a los turistas a partir de las seis.
Porque a la seis es cuando anochece, o un poco antes, coincidiendo con la llamada a la oración de las mezquitas. Y a esa hora el bullicio es ya general. Un grupo de bailarines oscuros, casi negros, llega a Jemma El Fna en sus bicicletas, se embuten en sus túnicas azules, se encasquetan sus bonetes, toman sus instrumentos y empiezan a cantar y a bailar al son de una música hipnótica punteada por el tambor, más atentos a quién les hace una foto ─ correrán hacia él, lo cercarán, le pedirán argent por la instantánea, y el fotógrafo furtivo les dará un dirhan para que le dejen en paz o dirá, con cinismo, que estaba fotografiando la torre de una de las mezquitas de la plaza ─ que a quien les escucha, al que no le pedirán dinero. Llegan los cuentacuentos, ancianos, también ancianas, que tras sentar sus reales, acotar su territorio, algunos hasta con sillas de tijera, empezarán su relato teatralizado a la luz de la lámpara que enchufan a la bombona de butano, magníficos actores que transmiten las tradiciones orales ancestrales del pueblo que coexisten con el teléfono móvil e internet. Hay saltimbanquis que recorren la plaza dando volteretas en el aire, equilibristas que construyen torres humanas, tragasables, mendigos, curanderos, charlatanes, luchadores, locos que echan espuma por la boca y gritan a quien se detiene a mirarlos. Y policías, de uniforme y paisano, que recorren la plaza de un extremo a otro, a pie o en sus vehículos blancos de la Sureté Nacional. Brillan, en la oscuridad, fogatas que concitan los corros, ante los que nace la música espontánea, las canciones de voces roncas, el baile tosco de mujeres cubiertas de pies a cabeza ─ ¿o serán hombres? ─ que mueven las caderas de sus cuerpos invisibles sin un átomo de sensualidad. Circulan por el centro de la plaza las motos, las bicicletas, los coches, abriéndose paso en la oscuridad con el foco de sus faros. Y empiezan a humear el ambiente los asadores de carnes, pescados y caracoles que crean una atmosfera densa y aromática que abre el apetito.
Ya están todos los restaurantes a punto, con sus luces de verbena silueteándolos que iluminan cocinas y comedores, y ya se sientan en esas largas mesas turistas y locales, sin mezclarse, a devorar carne de cordero, sardinas fritas, caracoles en salsa. Paseo por la zona y soy abordado por los reclamos, vestidos de blanco, que esgrimen cartas, que gritan precios, que sonríen haciendo un gesto con el brazo para dirigirme a las mesas cubiertas con hule blanco.
─Merçi, ya he comido.
─¿Español? ¿Catalán? Muy delgado. Comer más.
La plaza se llena de humo, de ruido, de griterío. Suenan, desde los extremos al centro, los tambores africanos cuyo sonido se mezcla con las estridentes trompetas, el sonido de las palmas y cánticos roncos. Brillan las luces de los flash entre el gentío por el que, con dificultad, me abro camino. El minarete de la Qoutubia es un faro para sacarme de allí, de la gente, de los olores, del ruido, del mundo. Porque eso es Jemaa El Fna: el mundo en una plaza, la vida en una larga secuencia que dura 24 horas y empieza con la salida del sol y termina cuando la luna está ya cansada de permanecer en el firmamento. Y mañana será otro día, marcado por la sístole y la diástole de esa plaza única cuyo espectáculo fascina al que se deja caer por ella, en la que parece que el tiempo se detuvo hace cientos de años. Mi estancia en Marruecos es la culpable del retraso en las actualizaciones de este blog que se confecciona en otra ciudad del Magreb, la bellísima Essaouira, la antigua Mogador portuguesa, enclave marítimo que pasó de unas manos a otras, incluidos ingleses y españoles, hasta volver a manos marroquíes, pero no voy a pedir perdón por ello. La vida de este corredor de fondo se ha convertido en un viaje continuo, pero es que eso es la esencia de la vida. ¿O no?

Comentarios

Hola,

Te he conocido gracias a Felisa, y aquí estoy,

Me ha encantado el texto que has escrito, no sé si es por la fascinación que siento por la cultura del magreb, o por otra cosa, pero me has tenido atrapado en tu lectura, incluso releyendo algunas frases por temor a perderme algo.
Te felicito por el viaje, y gracias por compartirlo de esta forma tan bella.