LA CONFERENCIA

El pasado 14 de noviembre fui invitado por el ayuntamiento de la localidad granadina de Maracena a impartir una conferencia en el marco de las jornadas sobre literatura de terror que lleva años organizando la corporación. Este es el texto de la conferencia sobre un género literario que me es muy próximo.

LA LITERATURA DE TERROR
José Luis Muñoz
Hay una falsa percepción, una creencia, de que la literatura de terror es un género menor, el pariente pobre de la literatura seria, casi un subgénero, algo que también se hacía extensible al género negro, y del que tiene la culpa el cine gore que lo ha desprestigiado con sus excesos y algunos críticos ortodoxos a los que les repugna la literatura de género. Yo, por el contrario, defiendo la vigencia de los géneros y soy un cultivador de casi todos ellos aunque violando sus leyes.
El miedo es una de las reacciones más violentas e incontroladas del ser humano. El miedo paraliza o activa a la persona, según los casos. Si nos atenemos a la definición que da del miedo la Real Academia de la lengua tenemos que miedo es una perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario y que terror es un miedo muy intenso. Sigmund Freud dijo que lo pavoroso surge de todos los miedos que uno oculta a si mismo y a los demás y el terror surge cuando el individuo se enfrenta a sus propios miedos.
El terror se sustenta, casi siempre, en el miedo a lo desconocido, a la amenaza indeterminada. Ciñéndonos a la rabiosa actualidad nada hay que provoque más terror que un terrorista enmascarado que anuncia sus amenazas y las cumple. El anonimato de esa persona, el no ver su rostro, hace que nuestra imaginación rellene ese vacío y potencie la inquietud que nos provocan sus palabras. Luego, cuando el terrorista es detenido y desenmascarado comprobamos estupefactos que es una persona como nosotros.
Lo que no se conoce, lo que no se ve, lo incomprensible que escapa a nuestro raciocinio, provoca miedo. Y eso ha sido así, desde siempre. Las palabras foráneo, forastero, extraño, extranjero tienen en sí mismas un halo de inquietud y desconfianza con el que se designa quien racial o culturalmente es muy distinto a nosotros. Tendemos a demonizar, desde siempre, a los que están más allá de nuestras fronteras y tienen otras culturas, a los bárbaros, en el caso del Imperio Romano que designaba esa amalgama de pueblos que no estaban romanizados, y fijémonos el poder de inquietud que tiene la palabra Transilvania, literalmente más allá de los bosques en latín, con la que se designa un territorio poblado por seres amenazantes.
Otros mundos, sean reales, o productos de la imaginación, producen inquietud. Los seres mutantes de H.G. Wells, más inquietantes por cuanto podemos vernos todos abocados a ese estado de semisalvajes una vez que los mimbres de la civilización desaparezcan, las leyes de diluyan y el ambiente se haga hostil, que habitan en un mundo subterráneo del que salen para amenazar a los que viven en la superficie, o, ya en el plano real, grupos étnicos con una mala reputación a causa de sus hábitos antropófagos, como los papúas de Nueva Guinea.
Y la muerte, por supuesto, nuestro miedo más atávico. El mundo de los muertos, aunque estos, realmente, resulten inofensivos, ha dado los mejores argumentos a la literatura de terror. La muerte siempre ha generado inquietud a la humanidad, por su incomprensión, por su no aceptación, por su rebeldía a aceptar pasar del ser a no ser en cuestión de segundos, desde las momias de Egipto, sumidas en un sueño de siglos del que despiertan para amenazarnos cuando intrusos invaden sus tumbas, a las momias que se exhiben en algunos cementerios mejicanos, para visión de un pueblo que tiene la muerte en su epicentro cultural desde tiempos de los aztecas. Las novelas con muertos vivientes en sus argumentos, esos seres semiputerfactos que se levantan de sus tumban y nos amenazan con sus manos sarmentosas y las cuencas de sus ojos vaciadas, que quieren atraparnos y arrastrarnos a su tenebroso mundo, tienen una sorprendente efectividad porque no sólo nos horroriza su aspecto desagradable sino que, y eso es lo más escalofriante, nos vemos reflejados en ellos, como en un espejo, porque seremos muertos en un momento u otro y nadie ha regresado del mundo de los muertos para decirnos que es eso, por lo que está abierto a toda clase de especulaciones. Los muertos literarios, los que pueblan los relatos de horror, amenazan a los vivos para hacer de ellos nuevos muertos.
Si nos fijamos, el terror ha estado siempre muy presente en nuestras vidas, desde la infancia, la edad en que uno es más proclive a ese tipo de estremecimientos de pavor. No sé qué harán ahora los padres con sus hijos, a la hora de llevarlos a la cama, pero antes, padres y abuelos solían contar a sus hijos y nietos historias pavorosas, y si nos fijamos, una buena parte de los cuentos llamados infantiles están repletos de brujas, seres infernales, ogros que devoran niños, lobos que aúllan, bosques en donde se pierden los infantes. No hacían otra cosa los autores de esos cuentos, los Grimm, Perrault, Andersen, que poner en negro sobre blanco las tradiciones orales que corrían por entonces y que pasaban de generación a generación, relatos inquietantes que se gestaban en época de hambrunas en las que el canibalismo se convertía casi en una necesidad. Y los niños, sobrecogidos de espanto, se metían en el territorio de esos cuentos que luego los tenían sumidos en noches de insomnio en las que imaginaban, entre las sombras, toda clase de fantasmas que podían llevarlos a un mundo tenebroso y desconocido, algo muy parecido a lo que ocurría en, por ejemplo, las primeras películas de la factoría Walt Disney, las mejores, que eran relatos de horror que mantenían a los niños clavados en la butaca de los cines, de las que no se levantaban paralizados por el horror que les causaban los efectivos dibujos.
Realmente es un misterio explicar esa extraña fascinación que existe hacia el terror, por qué leemos un relato de terror, o nos encerramos en un cine para ser asustados y gritar. Es toda una paradoja que debiera ser objeto de estudio psicológico. Imagino que es algo muy parecido a esas sensaciones extremas que se experimenta al ir a un parque de atracciones y sentir el vértigo extremo, la sensación física de suicidio, cuando caes al vacío desde las alturas, pero sin consecuencias reales. Con la literatura de terror, con el cine de terror, se experimentan esas sensaciones extremas que nos apartan de la rutina diaria.
En realidad la literatura de terror, y el cine, el otro gran arte narrativo, ha sabido plasmar nuestros miedos más ancestrales. El miedo a abandonar el útero materno en donde nos sentimos tan protegidos, el miedo de nuestros antepasados a abandonar la cueva refugio en donde el fuego era una garantía y el bosque cerrado una amenaza, el miedo a salir de nuestra habitación por la noche y aventurarnos por el pasillo en donde nuestra imaginación recrea sombras, un cúmulo de sensaciones que provoca un aceleramiento cardiaco y respiratorio, que es lo que busca ese tipo de lector.
Y, como en todo tipo de géneros, hay autores que se decantan por lo explícito, con toda clase de detalles macabros en sus descripciones, para provocarnos el horror más absoluto, y hay otros que se decantan por lo sugerido, que para mí es mucho más efectivo,
La literatura de terror nos permite hollar caminos peligrosos sin riesgos reales. Lo peligroso es lo real, cruzar una calle, conducir por una carretera. El peligro real vendrá siempre de un hombre vivo, no de un hombre muerto.
Los orígenes de la literatura de terror los encontramos en los clásicos, en el mismísimo Homero, en La Odisea. ¿Acaso no es una delirante escena de terror el enfrentamiento de Ulises y los suyos con el gigante de único ojo Polifemo que devora a los marinos antes de ser cegado y vencido? También en Petronio hay menciones al hombre lobo y, como apunta Lovecraft, las sagas escandinavas retumban de horror cósmico.
Pero la gran eclosión de la novela de terror, con una serie de normas más o menos establecidas, se produce en el siglo XVIII y XIX, en pleno romanticismo, con el objetivo literario, plenamente conseguido, de provocar pavor e inquietud en el lector. Estamos hablando de la novela gótica, en reacción al racionalismo, que explica el mundo a través de la razón, para el que hay una serie de zonas oscuras, incomprensibles, tenebrosas, que decide explorar. Esta novela gótica, que nace en Inglaterra y luego se extiende por Europa y por Estados Unidos, tiene unas características muy especiales que la hermanan con el movimiento romántico. Hay en esas novelas, en esos relatos de horror, amor más allá de la muerte, ambientes tenebrosos, castillos y criptas, iglesias, paisajes dominados por la niebla, tempestades, bosques infinitos habitados por lobos, brujas y hechiceros. Hay toda una ambientación, plenamente conseguida por los seguidores de esa corriente, que se mueve en un determinado marco arquitectónico, el gótico, de ahí su nombre, y explota la decadencia, los ambientes malsanos, se regodea en lo enfermizo, en la muerte, en los cementerios, hace poesía de lo inexplicable. Hay, en esa literatura, un eterno combate entre el Bien y el Mal, y, dentro del mal, una serie de seres sobrenaturales y fantásticos, monstruos, vampiros, locos, hombres lobo, brujas, muertos vivientes, demonios.
La literatura gótica ha tenido extraordinarios cultivadores, grandes maestros literarios como Jane Austen y La abadía de Northanger, Charlote Bronte y su Jane Eyre, Emile Bronte y sus Cumbres borrascosas, Henry James en Otra vuelta de tuerca.
La corta vida del norteamericano Edgar Alan Poe, que vivió 40 años, fue tan fructífera como atormentada. Es en sus relatos en donde el horror explota con más intensidad. Con un cierto gusto por lo macabro, por el mundo de la muerte y de la corrupción, por la simbología de ciertos animales, por la tortura, envuelto en una prosa truculenta y efectiva. Poe, bajo la influencia del alcohol, nos ha dejado obras extraordinarias como Ligeia, El pozo y el péndulo, El gato negro, El barril de amontillado, La caída de la Casa Usher, Los crímenes de la calle Morgue, uno de los precedentes de la novela negra, con las que se confirma como el gran maestro del género y además muy adaptable al cine. Algunas de las mejores películas de la factoria de Roger Corman, un cine B que ahora sería A, son recreaciones de sus espeluznantes relatos.
Con posterioridad, pero también con una vida breve a causa de su enfermedad pulmonar ─vivió escasamente 44 años─ el escocés Robert Louis Stvenson, incansable viajero a pesar de su precario estado de salud, además de sus novelas de aventuras como La isla del Tesoro, nos legó su extraordinaria novela de terror El extraño caso del Dr. Jekyll y mr. Hyde, considerada también como precursora de la novela negra, en donde analiza un caso de esquizofrenia criminal.
Lo monstruoso, por anomalía, física y mental, cautivó a la romántica Mary Shelley que, en una noche de tormenta, empezó a escribir Frankenstein, uno de los clásicos de la literatura gótica de horror, que es mucho más que un libro de género, que es casi un tratado filosófico y moral sobre la imposibilidad de que el hombre sea Dios y cree vida a través de un ser monstruoso compuesto por trozos de cadáveres cosidos que se rebela contra su médico creador. En Frankenstein se dan la mano el género de terror con el fantástico en una narración de extraordinaria calidad literaria.
Contempóraneo de Shelley, conocido de esta, Polidori escribió El Vampiro, la primera novela sobre ese ser fantástico que vuela de noche en busca de sangre para perpetuarse, pero es el irlandés Bram Stoker, que moriría a consecuencia de la sífilis en una penosa pensión de Londres a los 64 años, con Drácula, otro de los grandes clásicos de la literatura gótica, quien hace la novela definitiva sobre el Vampiro por excelencia, ese nosferatu, no muerto, que cada noche sale de su tumba para morder cuellos y sorber la sangre desde su castillo de los Cárpatos, una escenografía gótica por excelencia, principalmente de doncellas, de las que obtiene su sustento y su pasaporte a la eternidad, una historia en donde se funde el terror, lo fantástico y un erotismo que coquetea con la muerte, novela de la que tanto Werner Herzog con Nosferatu, interpretado por Klaus Kinski, versión a su vez del clásico del cine mudo del mismo nombre obra de Murnau, como Ford Coppola hizo una maravillosa versión y la productora inglesa Hammer explotó hasta la saciedad encumbrando a Christopher Lee tras haber sido encarnado el personaje por Bela Lugosi, el actor que murió creyéndose que era el vampiro. En realidad la versión de Drácula, de Stoker, no es más que una dulcificada versión de las andanzas de Vlad Drakul, alias el Empalador, el rey de Rumania, héroe nacional, terror de los turcos, caracterizado por su crueldad, inventor del terrorismo de estado.
Walter Scott, en 1820, publica Escritos de demonios y brujas, uno de los más completos compendios de la actividad brujeril en Europa. El prusiano ETA Hofman escribe Hombres de arena. Washington Irving publica La leyenda del jinete sin cabeza, llevada al cine por Tim Burton. Edward Bulwer Lytton, celebre por su novela Los últimos días de Pompeya, escribió La casa de los espíritus, uno de los mejores relatos sobre casas encantadas, y Zenoni, una novela repleta de horror cósmico.
Otro autor que se acerca al género, pero pasándolo por el tamiz de la novela de aventuras, en este caso marítimas, es Herman Melville en Moby Dick, la ballena blanca, el relato de esa cacería que obsesiona al capitán Acab hasta el punto de hundirse con el cetáceo cazado en las profundidades del Océano, una lucha sorda entre dos inteligencias, una humana y otra animal, de la que John Huston hizo una extraordinaria versión cinematográfica encarnando Gregory Peck al capitán Acab y posteriormente retomó el tema el astuto Steven Spielberg transmutando la ballena blanca por el temible tiburón blanco en las sucesivas ediciones de Tiburón.
En Francia el normando Guy de Maupassant, un autor realista coetáneo del naturalismo de Emile Zola, se acerca al género con diversas obras como El Horla, que narra el deterioro progresivo de su protagonista acosado por algo indefinido, El miedo, La Vendetta, El albergue. Un género al que también se acercó circunstancialmente Leon Tolstoi con su relato de vampiros Los Vurdalak que fue llevado al cine por Mario Bava en su película Las tres caras del miedo. De terroríficas pueden clasificarse las novelas del Marqués de Sade en donde se detallan los más horrendos suplicios y vejaciones de los verdugos a sus víctimas. Y desde un prisma humorístico, el elegante Oscar Wilde escribió una parodia del género en El fantasma de Canterville.
Las aportaciones hispanas al género terrorífico fueron más bien escasas en este período. Podríamos citar a Gustavo Adolfo Becquer, José Antonio Zorrilla, Pedro Antonio de Alarcón quienes con sus relatos o poesías se adscribieron, desde el romanticismo, al género.
En el siglo XX nos encontramos con un autor muy representativo del género, en el que ha insistido una y otra vez, me refiero al norteamericano H.P. Lovecraft, cuyo apellido ya parece un sinónimo del horror. A través de una serie de narraciones, englobadas en Los mitos de Cthulu, este heredero de Poe y de ideología profundamente racista ─ en sus escritos y sus obras los negros eran infrahombres ─ introduciría en la literatura de terror elementos del género fantástico y de ciencia─ficción, inspirador directo de obras maestras del género cinematográfico de terror como Alien, el octavo pasajero de Ridley Scott, basada, a su vez, en Terror en el espacio de Mario Bava. Dentro del círculo de seguidores y admiradores de Lovecraft encontramos a Robert Bloch, el autor de Psicosis, libro del que Hitchcook hizo una de sus obras maestras.
A caballo entre los dos siglos, el norteamericano Ambrose Bierce, escritor y periodista que desapareció en Méjico, durante la revolución mejicana y es autor de una preclara frase: La guerra es el camino que Dios ha elegido para enseñarnos geografía, cultivó el género en Un terror sagrado, La ventana cegada y La casa maldita.
Los autores contemporaneos del género son legión en Estados Unidos, un país muy proclive a asustarse, que celebra como pocos la noche de Halloween. Ira Levin, con La semilla del diablo, que puso en imágenes Roman Polanski, cineasta fascinado por el género y golpeado por el horror ─ perdió a su familia en los campos de exterminio y a su esposa a manos de la secta satanica de Charles Manson ─ y Anna Rice, una superventas norteamericana que ha resucitado el género vampírico con éxito con sus crónicas vampíricas en las que figuran Entrevista con el vampiro y Lescat, el vampiro, entre otras.
Pero el gran maestre de este género, con tanta raigambre en Estados Unidos, es Stephen King de cuya mente han salido algunas de las peores pesadillas jamás imaginadas como Carrie, La danza de la muerte, Misery o El resplandor, que Kubrick tradujo en imágenes escalofriantes en una película rompedora dentro del género en donde la principal amenaza provenía de dentro de la familia, del padre enloquecido que quiere acabar con los suyos poseído por el fantasma de ese antepasado que vive en el hotel aislado. Si las características del cine de terror eran las tormentas, la oscuridad, los pasadizos angostos, los espacios pequeños, Kubrick subvierte todas las normas y se atreve a narrar su historia con una perfecta luminosidad y espacios abiertos y amplios en los que los protagonistas de esa pesadilla se ven siempre vulnerables. Las novelas de Stephen King se han beneficiado, casi siempre, de muy buenas versiones cinematográficas.
De la frontera con el género negro, y con la crítica social, surge la sangrienta American Psycho de Bret Easton Ellis, que sigue la peripecia vital del brooker Patick Bateman.
La literatura de terror, en la actualidad, se nutre de la ciencia ficción, o de la realidad, que siempre superar en la ficción, describiendo, por ejemplo, la actividad letal de los serial killers, esos asesinos que se consideran lobos entre ovejas y matan por el placer de matar, como simple juego, convirtiendo la muerte en una frivolidad y causan pánico por lo imprevisible de su conducta.

Pero no nos engañemos. El verdadero horror no está en el cine, ni en la literatura, que son horrores de los que podemos escapar cuando terminamos el libro o la película, o cuando los abandonamos si se nos hace insoportable. El horror está en el mundo real, en la televisión y en la prensa. El horror está en ese hombre que se cita por internet con otro para devorarle, en ese padre que tiene en su sotano a su hija para violarla sistemáticamente, en esos narcos mejicanos que cortan las cabezas de sus adversarios para arrojarlas en las pistas de baile, en el feminicidio de Ciudad Juarez impune, en las matanzas entre hutus y tutsis de Ruanda, en las guerras de la ex Yugoslavia, en la atrocidad del Holocausto nazi, el horror de los horrores sobre el que he escrito mi novela más espeluznante, EL MAL ABSOLUTO. El otro horror, el de las novelas y las películas, es un juego de niños.

Comentarios

Felisa Moreno ha dicho que…
Muy interesante la conferencia, y estoy de acuerdo contigo, la vida real supera con creces a la ficción.
Saludos