viernes, 11 de diciembre de 2009

LOS REPORTAJES DE GQ

Una de las secuencias más impactantes del “Drácula” de Ford Coppola nos muestra a Gary Oldman pasándose el filo de un afilado cuchillo ensangrentado por la boca, rozando su lengua. Años antes Polanski se había reservado un pequeño papel en su película “Chinatown” para rajar el orificio de la nariz de Jack Nicholson. Son imágenes impactantes, pero que no llegan a desbancar a la navaja sajando el ojo de la muchacha en “El perro andaluz” de Buñuel, ante la que es difícil mantener el ojo abierto sin sentir un escalofrío, como si el ojo de la pantalla fuera el propio. Ejemplos de la fascinación, y el horror, que nos produce el cuchillo y sus variantes. Pero viene de lejos.
En “El carro de heno” de Hieronymus Bosch destaca una figura que degüella a su víctima caída que nos obliga a contener el aliento. En “El triunfo de la muerte” de Brueghel El Viejo un ejército de esqueletos pasa a cuchillo a los vivos. El pintor romántico Eugene Delacroix nos muestra en “La muerte de Sardanápalo” al monarca asirio contemplando impasible como un esbirro, por orden suya, acuchillo a una de las hermosas mujeres de su harén. El cuchillo presente en la pintura, como elemento cultural de primer orden.
Aunque tienen un uso domestico y los manejamos a diario en cosas tan anodinas como cortar lonchas de jamón, no podemos evitar, cuando los empuñamos, cierta inquietud, como si la mano armada con el cuchillo pudiera jugarnos una mala pasada, y de hecho esos comunes cuchillos de nuestras cocinas han causado no pocas víctimas en trifulcas domésticas.

La prolongación de la mano
Antiguamente pasaban a cuchillo a poblaciones enteras para escarmentarlas. Hoy se sigue haciendo, incluso en guerras modernas, y en Europa, en la muy reciente de la ex-Yugoslavia, y en la cercana Argelia: mujeres, niños, ancianos, pasados a cuchillo. Una de sus variantes, el machete, entre el cuchillo y la espada, especialmente indicado para cortar caña de azúcar o partir cocos, fue el arma empleada para uno de los mayores genocidios de la época actual: Ruanda.
En los campos de batalla el cuchillo ha tenido un papel importante siempre como arma homicida, para rematar lo que la espada había empezado: cortaba gargantas, se hundía en estómagos o buscaba certeramente el corazón de los caídos con una precisión que la espada no lograba, y su uso no desapareció ni cuando llegaron las armas de fuego: la bayoneta es una adaptación a ellas.

El cuchillo como tótem sexual masculino
La afilada arma está presente en el primer largometraje de Roman Polanski en su Polonia natal, “El cuchillo en el agua” que transcurre toda ella a bordo de un velero. El arma, la amenaza, se instaura entre el trío protagonista formado por el profesor, su joven e insatisfecha esposa y el joven trotamundos a quien recogen, y el cuchillo se clava en la cubierta de la embarcación premonitoriamente como lucha por la posesión sexual de la mujer.
Al cuchillo siempre le ha acompañado una connotación fálica. Cuando un hombre mata a una mujer, el arma predilecta suele ser el cuchillo. Jorge Sanz lo usa en la película “Amantes” de Vicente Aranda para asesinar a la desvalida Maribel Verdú en el banco de la plaza mientras nieva. ¿Qué hace la punta de tan cortante arma cuando se hunde en la carne sino penetrar? ¿No es un pene salvaje el cuchillo que se hunde una y otra vez en el cuerpo de una víctima femenina y el arma que utilizan los violadores cuando el cuchillo de carne que tienen entre las piernas les falla? ¿Cuchillo-pene o pene-cuchillo?
Si el cuchillo ha perdido su función de afirmación de la masculinidad en las sociedades occidentales y sólo se utiliza para fines tan inocuos como cortar un filete, no podemos decir lo mismo de sociedades más tradicionales que perviven en nuestros tiempos. Los sij de la India siguen yendo a todas partes con su puñal curvo al cinto, porque así se lo ordena su religión, y el puñal es una ornamentación más de muchos pueblos árabes que miman y ornan sus armas porque son una forma de exteriorizar su masculinidad.

De instrumento de sacrificio a arma del delito
No siempre los cuchillos han sido de acero, pero han existido incluso en aquellas sociedades primitivas que no conocían los metales. Sólo hay que remontarse al México azteca para corroborar la aseveración. Los sacerdotes, en sus bárbaros sacrificios humanos, utilizaban el pedernal para abrir los pechos de sus víctimas y arrancarles el corazón.
El cuchillo ha sido de siempre un arma querida por los delincuentes por cuanto es fácil esconderlo dado su reducido tamaño. Julio César sufrió la muerte a manos de los senadores que ocultaban sus dagas bajo sus ropajes y acribillaron su cuerpo. La emperatriz Sissi fue asesinada en Suiza por un anarquista a puñaladas. Dos muestras de su uso como arma política. Y el cuchillo lo han utilizado los sicarios para liquidar silenciosamente a sus víctimas o los miembros de la mafia para sus rituales ajustes de cuentas como una forma más sacralizada de proporcionar la muerte que la fría e impersonal del disparo.
De hecho es el arma favorita de los psico-killers por cuanto éstos necesitan de forma imperiosa el contacto con la sangre de su víctima que no se lo proporciona el arma de fuego, la muerte a distancia y mecánica, y sí el cuchillo y algunas de sus variantes, como el cuchillo eléctrico o la motosierra, por ejemplo, que resultan más aterradores que los cuchillos convencionales por cuanto aportan el furor incontrolado de la técnica en su función de sajar carne en lugar de troncos de árbol o embutidos como muy gráficamente lo filmó Tobe Hooper en “la matanza de Texas”, uno de los títulos claves del cine gore.

La aportación hispana: la navaja
España ha aportado al mundo su especial versión del cuchillo en forma de navaja, arma popular que utilizaron los patriotas madrileños en su levantamiento contra el invasor francés en el Dos de Mayo y como arma complementaria del trabuco con que asaltaban los bandidos de Sierra Morena a las diligencias. Navajas las hay de muchísimos tamaños, desde las que caben en los bolsillos hasta las que parecen casi espadas, y hasta no hace mucho eran utilizadas por los peluqueros para afeitar los gaznates de sus clientes que no podían reprimir un escalofrío de inquietud cuando la hoja afilada resbalaba por sus pescuezos. En una escena de una película sobre la mafia, el peluquero es sustituido por un sicario que rebana el cuello del infeliz hombre que se estaba afeitando. Una navaja barbera era la que utilizaba la bella Catherine Deneuve para asesinar al casero que trata de insinuársele en “Repulsión” de Polanski, sobre el que cae una lluvia de tajos.

Cosa de machos
A puñaladas dirimían Capuletos y Montescos sus diferencias en “Romeo y Julieta” de William Shakespeare y lo mismo hicieron en el West End neoyorquino las pandillas enfrentadas por el territorio mucho siglos después El cuchillo es un arma tabernaria, de pelea, cuando los matones, con tanto alcohol en las venas como para ensombrecer sus pensamientos, se desafían airadamente y su brillo pone una nota dramática a reyertas que empiezan por motivos anodinos. Arma portuaria, arrabalera, como el tango argentino, o gitana. Arma del pobre, del apasionado de sangre caliente, su capacidad letal depende de la habilidad de la muñeca que lo maneje y la lucha a cuchillo tiene aires de ballet. Cuchillos de hoja automática, que expelen su mortífera hoja con sólo apretar un botón y se amagan tras dispensar heridas de muerte. Rectos, de uno o de dos filos, romos, de aguda punta, de rica empuñadura, simples sirlas, puñales, punzones que actúan como cuchillos en las reyertas carcelarias, su esencia es la capacidad por cortar, por hacer daño. Los colmillos que la naturaleza nos negó.


Cuchilladas famosas

Julio César apuñalado en el senado romano por, entre otros, su propio hijo Brutus
Normas Bates, transformado en su madre, rasgando la cortina de la ducha en donde la bella Janeth Leight se asea en la película “Psicosis” de Alfred Hitchcoock.
La gheisa protagonista de “El imperio de los sentidos” rebanando el pene de su amante.
Las cuchilladas entre católicos y protestantes que ensangrientan la pantalla en la película “La reina Margot” durante la noche de San Lorenzo en París.
Shelley Duval amenazando a su loco marido Jack Nicolson en “El resplandor” con un cuchillo de cocina que de poco le sirve.
Catherine Deneuve matando a navajazos al casero en “Repulsión” de Roman Polanski.
Marat cortándose las venas
El escritor Mishima suicidándose siguiendo el ritual del harakiri
La tenista Monica Selles sufriendo una agresión dorsal al final de un partido.
Robert Redford peleando a cuchillo con un piel roja en “Las aventuras de Jeremiah Jhonson”
La navaja de Buñuel cortando el ojo de la mujer en Un perro andaluz.


El cuchillo y sus derivados

Cuchillo: instrumento formado por una hoja de hierro acerado y de un corte solo, con mango de metal, madera u otra cosa
Cuchilla: instrumento compuesto por una hoja muy ancha de hierro acerado, de un solo corte, con su mango para manejarlo
Punzón: Instrumento de hierro que remata en punta
Puñal: Arma ofensiva de acero, de dos o tres decímetros de largo, que sólo hiere de punta.
Navaja: cuchillo cuya hoja puede doblarse sobre el mango para que el mango quede guardado entre dos cachas o una hendedura a propósito.
Faca: cuchillo corvo
Daga: Arma blanca antigua, de hoja corta y, a semejanza de la espada, con guarnición para cubrir el puño
Bayoneta: Arma blanca que usan los soldados de infanteria, complementaria del fusil cuyo cañón se adapta exteriormente junto a lo boca.
Machete: Arma más corta que la espada; es ancha, de mucho peso y de un solo filo.
Este reportaje fue publicado en la revista GQ número 53 de febrero 2001

LA FIRMA INVITADA

La Jornada, México D.F., 20.3.2005
MANERAS DE RECORDAR A SUSAN SONTAG

por Ricardo Bada


Tuvimos en Colonia a fines del 2004, en el Museo Ludwig, una exposición de sesenta cuadros de Edward Hopper que me dejó boquiabierto: ¿cómo es posible llegar a ser un tan gran artista sin pintar otra cosa que lo que veía? Pero la reflexión inmediata no era otra sino ésta: ¿De qué otro modo pintaron Velázquez, Goya, Rembrandt, Vermeer, Durero, Renoir?

El hecho de sobrevivir en Colonia y que la exposición Hopper fuese aquí, y que vinieran tantos amigos desde tantos lugares tan distintos y tan sólo para verla, se tradujo en que nolens volens también yo la gozase. Con harta suerte, porque la verdad es que acudí allí acompañando a una amiga argentina, tan sólo para dejarla en la cola, pero al darme cuenta de que excepcionalmente no había cola (¡éso es lo que llamo harta suerte!), entré con ella al sancta sanctorum.

Y fue bueno que así fuese porque me llamó la atención un hecho que nunca había percibido
a pesar de conocer bien la obra de Hopper, aunque sólo en reproducciones. Recién acá, en el Museo Ludwig, enfrentado a los originales, fue donde me saltó a la vista. En toda la obra de Hopper hay un único varón que está leyendo, y lo hace por motivos profesionales, pues se trata de un contable, en una oficina. A cambio son muchas las mujeres que aparecen leyendo en sus cuadros, y todas, todas, todas, sin excepción, lo hacen por gusto, por placer, porque les da la real y republicana gana de hacerlo. Y en el momento de descubrirlo (puede que se trate de un mediterráneo, de la pólvora, puede que lo hayan descubierto antes que yo muchos críticos y analistas de la obra de Hopper, pero no me importa, porque yo lo hice por mis propios medios visuales y sin tener ninguna infraestructura informativa al respecto), en ese momento, les digo, se lo crean o no, pensé en Susan Sontag: “Seguro que ella ya lo descubrió”. No podía saber que estaba muriéndose, y de hecho murió pocos días después de que yo hiciera esa observación.

Una sola vez en mi vida la vi a Susan Sontag, y fue cuando la presentación de la traducción al español de su novela En América, que congruentemente se llevó a cabo en la Casa de América, en Madrid. Si la memoria no me falla, en abril o mayo del 2003. Y aquella presentación se hizo en forma de un diálogo que mantuvo con José Luis Cebrián, académico de la Española y primer director que fue del diario El País. Y lo que recuerdo de aquella paupérrrima performance, que era como si un peso pesado se batiese (con una mano atada a la espalda) contra un peso mosca,
es que en un momento determinado el peso pesado interrumpió lo que estaba contando y le preguntó a su interlocutor que cuándo fue que las mujeres habían conseguido el derecho al voto en España. A lo que el señor Cebrián contestó que después de la muerte de Franco. Y lo peor
del caso es que sólo fuimos tres o cuatro las personas que protestamos diciendo en voz alta:
“No, no, no, en 1931, con la República”. Pero como siempre sucede en estos eventos oficiales, a menos que quieras armar un escándalo, nuestras voces pasaron desapercibidas.

Desde ese día tuve la convicción de que Susan Sontag vivía con un montón de ideas inexactas acerca de la historia de España, y –por extensión– no sólo de ella. Pero el patriarca de las letras chicanas, el gran narrador Rolando Hinojosa, a quien se lo conté cuando ella murió, me replica por e-mail desde Austin/Texas que no, y me arguye por qué:

“Lo de Cebrián me hizo recordar lo que escribió Nicolás de Cusa en su trabajo On Learned Ignorance, es decir, Ignorancia aprendida. Cita, entre otros (Pitágoras, Sócrates, Salomón), a Aristóteles, que nos dice que debemos saber que somos ignorantes. También cabe decir que aunque ella no haya dicho nada, también puede ser que haya oído las tres protestas. ¿Por qué? Porque eran una minoría y ella era una campeona de los que no sólo no tienen voz, sino que tampoco tienen público. Lo más lógico era que ella ya sabía la respuesta y que cuando Cebrián metió la pata, pensó: Si se debate con un ignorante, mejor es no meneallo. Para mí que no hizo la pregunta porque no sabía. Era una oportunidad de abrir más el diálogo. Cuando Cebrián lo cerró, y la mayoría, ella hizo lo que hace cualquier huésped invitado. No se puede decir que no habló por cobardía, y el que lo piense es que no la conocía a fondo. Cuando este país metía la pata, fuera quien fuera, ella era una de las primeras voces, y muchas veces la primera y desgraciadamente– la única hasta que otros veían cómo iba la corriente y se trepaban al tren”.

Me parece que Rolando tiene razón y que es más gentil recordarla así, por su coraje y su valor personales, por sus méritos incuestionables. Sobre todo porque la veo como alguien que leía por gusto, por placer, en un Hopper. Por cierto, también la veo como protagonista de uno de los relatos menos conocidos de Julio Cortázar, Fantomas contra los vampiros multinacionales, publicado en México el año 1975: es un relato que incluye varias ilustraciones tipo cómic,
y en una de ellas se ve a Susan Sontag en una clínica de Los Ángeles, con las dos piernas escayoladas, hablando al teléfono con el narrador (en el que reconocemos al propio padre de
los cronopios), a quien una vez increpa como “dromedario argentino” y otra como “gaucho insípido”. En la última viñeta del cómic Susan pregunta: “Fantomas... ¿vendrás a verme?”.

Es mucho lo que he leído acerca de ella con motivo de su muerte. Pero al pensar en lo que fue su vida, en lo que fue su lucha contra el establecimiento estadounidense, inevitablemente se me vienen a la memoria unos versos de T.S. Eliot que ella con toda seguridad también suscribiría:
“En un mundo de fugitivos, / el que marcha en dirección contraria / parece que huye”.


RICARDO BADA Nació en Huelva en 1939. Escritor y periodista, reside en Alemania desde 1963.
Obra publicada: "La generación del 39", (cuentos). Nueva York, 1972 "Lorelei-Express", (radioteatro). Hilversum, 1978 "GBZ contra E", (radioteatro). Colonia, 1979 "Jakob y el otro", (radioteatro sobre un cuento de Juan Carlos Onetti). Colonia, 1981 "Kabarett para tiempos de krisis", (espectáculo teatral). Madrid, 1984 "Basura cuidadosamente seleccionada" (poesía). Huelva, 1994 "Amos y perros" (cuento). Huelva, 1997 "Me queda la palabra" (conferencias). Huelva, 1998 "Los mejores fandangos de la lengua castellana" (parodias). Madrid, 2000.
"La serenata de Altisidora", (libreto de ópera, música de David Graham). Camagüey, 2000.
"Cuaderno de Bitácora", (diario de un viaje). Madrid, 2003.
Tiene en su haber dos antologías de literatura española contemporánea, realizadas en colaboración con Felipe Boso y ambas publicadas en Alemania, y ha traducido por placer gratuito a grandes poetas de esa lengua: Goethe, Theodor Fontane, Else Lasker-Schüler, Gottfried Benn, Bertolt Brecht, Erich Fried, Hans Magnus Enzensberger, etc.
Ha cuidado en Alemania la selección y edición de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela; en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú, y en Bolivia de la única antología integral en castellano de Heinrich Böll ("Don Enrique" , La Paz, 1995).

PAISAJES

ESPEJOS Y COCOTEROS,
CIVILIZACIÓN Y SELVA.

José Luis Muñoz (texto y fotos)


Amanece en el Dowtown, el centro financiero de la ciudad, en donde los rascacielos de los hoteles compiten en belleza y altura con los de los bancos que aguantaron el embate de la crisis. Ya, a esa hora, el cromatismo del cielo resulta espectacular con esos tonos pastel que recupera, de nuevo, al atardecer. Silencioso, el bus monorraíl, emprende el rito de sus viajes periódicos por su entramado de puentes que surcan la ciudad y se entrecruzan con las numerosas autopistas.
Si tuviéramos que contabilizar los rascacielos de Miami nunca acabaríamos. Ni tampoco si nos dedicáramos a la tarea ingente de contar los cocoteros que invaden la ciudad. No digamos llevar un censo de multimillonarios en base a las elegantes villas o los espectaculares yates. Las hojas de palma se fusionan maravillosamente con las superficies espejeantes de los rascacielos. La naturaleza, en la ciudad, convive en armonía con la civilización que, inteligentemente, la tiene como una de sus divisas.
Las superficies de los rascacielos de cristal son espejos, pero también lienzos en donde la luz se bifurca, en donde la paleta de los colores va del verde de la hierba y las arboledas al azul del mar omnipresente que se refleja en ellos. Existe una paleta de azules y verdes, más suaves bermellones, que hacen de Miami paraíso del cromatismo urbano. Los rascacielos son cuadros cambiantes de un colorido extraordinario.
Miami no es un desordenado conglomerado de monstruos de cincuenta pisos o más. Miami no es la barbaridad urbanística que rige en nuestro Levante, sin ir más lejos, en donde la jungla del asfalto ha destrozado la naturaleza y ha convertido nuestro paisaje costero en un erial irrecuperable. Los rascacielos de la ciudad más populosa de Florida armonizan, unos con otros, se prestan sus superficies, para multiplicarse hasta el infinito, y ofrecen sus terrazas a la naturaleza que planta en ellas los omnipresentes cocoteros.
El bus monorraíl pasa entre dos rascacielos y salva el río Miami que desemboca en el Dowtown. A lo lejos, enmarcado entre cocoteros, un avión se dispone a aterrizar en el céntrico aeropuerto. En la ciudad los aviones, que surcan permanentemente el cielo, ya forman parte del paisaje y es difícil tomar una fotografía sin que esos impresionantes pájaros de acero no se cuelen en la instantánea.
El monorraíl es una apuesta decidida de la ciudad para no contaminar. La atmósfera de la ciudad está siempre limpia. Hay escasos atascos y los coches circulan a una velocidad moderada. El respeto de estos hacia el peatón o el ciclista es máxima. Nadie toca el claxon, ningún coche expele por su tubo de escape el humo contaminante que reina en otras muchas grandes urbes del mundo.
El río Miami, navegable, serpentea por buena parte de la ciudad hasta su desembocadura. En su curso amarran los yates de lujo, auténticas viviendas flotantes de dos, tres, cuatro pisos. El tráfico fluvial es continúo por esa autopista de agua en la que se besa el mar con el río.



A veces las superficies de los rascacielos ofrecen una versión deformada de lo que reflejan, transforman la realidad y la hacen suya en su cambiante lienzo en donde siempre hay la imagen estilizada de un cocotero.

La edificación comercial de la ciudad, aunque lejos de la espectacularidad de Nueva York o Chicago, es de una belleza sin paliativos.
Un enorme vacío circular une estos dos bloques de viviendas que, sin ese artificio ornamental, carecería de todo encanto. Ese techado inútil conforma una gigantesca puerta con lucernario que enmarca el siempre azul cielo de la ciudad. En cualquier lugar del Dowtown la naturaleza está presente. Los parques se alternan con las zonas edificadas. La selva es pródiga y resistente. No por casualidad estamos en el estado de Florida que indica que todo fruto que cae a tierra florece y fructifica. Hasta la faz de los bancos, generalmente antipáticos en otras urbes, se hace más humana en la ciudad. Unos rascacielos tiemblan y se retuercen en la piel de vidrio de uno de los edificios financieros de la ciudad que, a su vez, se reflejará en el siguiente espéculo urbano, y así, hasta el infinito, esa sucesión de civilización y naturaleza hermanadas.
Las aves son los otros habitantes de la ciudad. Las hay de todas clases y tamaños. Cuervos marinos, enormes buitres, águilas, gaviotas, palomas. ..Por las alturas de los rascacielos es frecuente verlos volar, ojo avizor, a la busca de alguna presa o alguna carroña. En el edificio azul marino se refleja un halcón.
Los puentes son una constante de la ciudad. Salvan los ríos y los brazos de mar que la rodean. Casi todos son levadizos, como este del Brickel Bridge que se alza para dejar pasar a un velero y detiene, por unos minutos, el tráfico sin que ningún conductor se desespere.
Ornando el Brickel Bridge hay una escultura que homenajea a la etnia que pobló estas zonas pantanosas antes de que las invadiera el hombre blanco: los indios seminolas. El arquero dispara su flecha mientras la mujer protege entre sus brazos a su hijo.
No abundan, y llama la atención, las banderas de barras y estrellas en la ciudad, como si lo hacen en otros lugares del país. Esta, sobre un mástil marino, flamea con la brisa que le llega del Océano frente al Banco de América.
El color de los rascacielos de Brickel Key, una pequeña isla residencial en la desembocadura del río Miami unida a tierra firme por una serie de puentes, armoniza con el mar tranquilo que moja sus cimientos y el cielo que tocan con sus extremos.
En el Dowtown, la torre de uno de los escasos edificios históricos de la ciudad, contrasta con la modernidad que le circunda. Por los alrededores, filas de cocoteros perfectamente alineadas forman una empalizada blanca y la escultura que homenajea a Juan Ponce de León, el primer occidental que llegó a estas costas, refleja la dureza de esos aventureros que se toparon con una naturaleza indómita y lograron sobrevivir y escribir páginas en la historia.

Desde el Venetian Causeway, uno de los largos puentes que une Miami Beach con tierra firme, con Miami City, se tiene una visión privilegiada del puerto de la ciudad, de sus grúas y tinglados, de las lanchas motoras que pasan por debajo de sus arcos, camino del mar abierto. A medida que cae el sol, los tonos pastel inundan el mar y el cielo y una luz extraordinaria y mágica se refleja en la cara del skylane de la ciudad. Las nubes, siempre presentes, embellecen el cielo, lo cuartean y favorecen el juego de luces que se produce al atardecer. El sol, antes de morir, dispara su último reflejo entre el angosto paso que se abre entre dos rascacielos, una última llamarada antes de hundirse en el horizonte.
Cuando cae la noche en la ciudad reina la oscuridad más absoluta y andar por las aceras sólo es posible por la luz de los faros de los coches que las iluminan. Los peatones, escasos, se convierten en figuras espectrales que caminan por las anchas aceras. En algunos locales exclusivos del Dowtown, a las seis y media de la tarde, cuando se apaga la luz, ya sirven las cenas, como en éste que luce con una pecera al fondo mientras los comensales disfrutan de los frutos que da el mar. Las bodas son un acontecimiento social de una importancia extrema en la ciudad. El pueblo norteamericano las celebra siempre con entusiasmo y eso que las uniones no suelen durar mucho. Al hotel llegan los novios a bordo de la enorme limusina blanca que refleja luces. Y la novia desciende del coche con su vestido de raso blanco y auxiliada por sus damas que velan para que no lo ensucie y levantan su cola. Para las bodas los habitantes de Miami, como los de todo Estados Unidos, sacan de sus armarios sus mejores galas, sus vestidos excesivos, sus zapatos de tacón más fino, ellas, para concitar la atención de los invitados, y ellos cubren los tatuajes de sus brazos con finas camisas blancas en cuyos cuellos lucen pajaritas. Ese día se olvidan de la crisis, de la hipotecas basura y de los hermanos que mueren en Irak y en Afganistán.
Franjas de neones, anaranjadas y verdes, circundan la silueta de este banco de la ciudad que se alza junto al hotel Hyatt Regency. En la oscuridad que reina por la noche, el banco se convierte en un faro útil para navegantes que hayan perdido su rumbo por las amplias avenidas. Eso es, un faro, que me permite encontrar el camino de regreso al hotel.