EL VIAJE

¿UNA ARCADIA RURAL?
texto y fotos: José Luis Muñoz

El 80 por ciento de la población de Myanmar vive en el ámbito rural. Buena parte de ella en aldeas perdidas adonde no llega el agua corriente y a duras penas la luz cuya carestía padece todo el país con continuos cortes de suministro.
El viajero que se pierda por las tierras interiores de Myanmar realizará un viaje al pasado; al de sus padres o abuelos los más jóvenes. El agro no está mecanizado ni parece que vaya a estarlo alguna vez. La penuria del trabajo de los campesinos de Myanmar, su bucólico primitivismo, redunda en encanto para el visitante que experimenta sentimientos antitéticos ante semejante precariedad de todo.
Se pueden contar con los dedos de una mano el número de tractores. ¿El tractor de Myanmar? Las famélicas vacas blancas con giba que pacen o encuentra uno en procesión por las destartaladas carreteras del interior, dejadas en herencia por los ingleses y desde entonces no reparadas, o los musculosos búfalos de agua que se refrescan en los ríos y los lagos en sus momentos de asueto y demuestran, ante el asombro de foráneos que sólo conocen de ellos la mozarella, que son unos formidables nadadores.
Una de esas vacas da vueltas de sol a sol a un infernal círculo de un par de metros de radio para moler cacahuete y de él obtener el aceite con que fríen los birmanos. Esa vaca se alimentará de la pasta endurecida de los cacahuetes, una especie de turrón seco que tiene el aspecto de una cáscara de coco. Todo se aprovecha en esta economía de subsistencia que es la birmana.
Quizá el ejemplo más meridiano de ello, y el que más asombre al extranjero en estas tierras, sea la industria de la palmera que nada tiene que ver con la mediterránea que da dátiles ni, por supuesto, con el cocotero. Un trabajador puede estar al cuidado de diez palmeras dispuestas en fila. Cada mañana se encarama hasta su copa, aparentemente sin esfuerzo, y retira el cazo lleno con la resina que brota de un corte que ha hecho con su machete. De esa resina se obtiene un azúcar exquisito y de ella, por destilación, una especie de orujo que nada tiene que envidiar a los gallegos. Con el azúcar se elaboran unos exquisitos pasteles del tamaño de una yema de huevo, muy dulces. De la pulpa de los frutos redondos, que se abren por la mitad, se obtiene una gelatina alimenticia de más agradable textura que gusto. Si dejamos fermentar esa gelatina se obtiene una variante de cerveza. De la cáscara dura del futo se obtienen durísimas virutas aptas par cualquier tipo de conglomerado. Del tronco de la palmera se pueden hacer planchas para construir una casa. Y, por último, con sus ramas secas se arma una techumbre. Diez palmeras permiten que viva un hombre. Y en todo ese proceso limpio, de verdadera economía sostenible, no se gasta ni un átomo de energía que no sea la muscular.

Un anciano que se cubre con un sombrero cónico conduce el arado del que tira la vaca. Aquí todo se hace a mano. Cualquier actividad requiere el esfuerzo físico y la habilidad del hombre que es capaz de subsistir con lo que le da la naturaleza y saca el máximo provecho de ella sin esquilmarla. Se siembra y se recolecta como siempre se hizo antes de que irrumpieran en los campos las ruidosas máquinas que hacen el trabajo de diez hombres. Se separa con golpes secos el arroz de la mata golpeándola contra una roca. El campo, increíblemente productivo, porque las tierras de Birmania sumergidas durante el monzón son ricas en toda clase de fertilizantes naturales, abastece de comida a los birmanos por lo que es casi imposible ver un mendigo, impensable el que alguien pueda pasar hambre en un país que rebosa comida por todas partes y es despensa de Asia. Arroz, cacahuete, aguacate, tomate, pepino, melón, sandía, naranjas, mandarinas, pomelos, patatas, yuca, remolacha, nabos, durián, judías verdes, boniatos, plátanos, cocos, bananas, piñas, pomelos, fresas, girasoles…más una interminable relación de especies piscícolas comestibles que habitan en sus ríos, cerdos, cabras y pollos. Tienen todas nuestras frutas, todas nuestras hortalizas, y más, muchísimas más de las que podamos imaginar, y con ellas elaboran una comida exquisita y suculenta cuya base es el arroz sobre el que colocan verduras al dente fritas en aceite de cacahuete, carne de pollo o cerdo, y pescado, aderezado con los más diversos currys, que van de los extraordinariamente picantes no aptos para paladares occidentales, a los suaves que ellos destinan a los extranjeros con una sonrisa burlona y de conmiseración hacia nuestros delicados estómagos.

Ese ochenta por ciento de la población campesina vive en aldeas, por llamarlas de algún modo a esas modestas chozas que se confunden con el paisaje porque están hechas de él, en casas de bambú, los más pudientes de madera de teca, siempre a unos palmos del suelo, con techos de hoja de palma, redes antimosquitos en vez de cristales en las ventanas, un tipo de vivienda precario para cuando llega el monzón o un tifón asola la zona cobrándose su tributo en vidas humanas, trescientas mil en el último desastre de esa naturaleza que tanto te da la vida como te la quita en un soplo.

¿El retrete? La jungla. ¿La bañera? Las lagunas de aguas turbias o los ríos cenagosos en donde hombres y mujeres se zambullen vestidos, se frotan ropa, piel y cabello con jabón, bucean para aclararse y luego, pudorosamente, cambian las ropas mojadas por secas y lavan y aclaran aquellas en las aguas de ríos y lagos.

Quien viaje por las fascinantes tierras del interior de Birmania tiene la sensación de hacerlo a un país cuyo tiempo se ha detenido y se llevará imágenes de ensueño.

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