LA FIRMA INVITADA

BAJO EL SÍNDROME DEL MADROÑO
JOSE LUIS BENITEZ

Recuerdo la primera vez que visité el museo del Prado. Era sobre mediados de los sesenta... del pasado siglo. !Je, je, ha llovido ya! Entonces no era necesario hacer cola, pero sí había que esperar a que se despejase la entrada de tanto oferente de lotería, pobre abuela pedigüeña y los reventa papeletas de graderías y tendidos.
-Pasa, pasa -me ofertó uno medio muletilla, echándose a un lado-. ¡Anda, aquí llegan tres jipis inglesas! A ver si ligo pá esta noche. No veas en la costa -guiñó, tascando un mondadientes.
-Son suecas -le dije.
-¿Suecas? ¿Y tú cómo lo sabes, muchacho?
-¿No has oído que han dicho `esto es el colmo´? -le contesté de chanza-. ¡Pues porque son de Estocolmo!-rematé muerto de risa.
En realidad, se trataba de tres lindas chavas argentinas.
Parecía un encontronazo prematuro, ya en la cuarta fase sciencefiction, con El Bosco: con su ventana abierta al más para allá.
Recuerdo que las salas estaban casi vacías, exceptuando los cuadros. Yo creo que la gente no tenía mucho interés por ver su retrato... ¿Para qué? Los mismos que colgaban allí de las paredes andaban por las calles todavía como fantasmas sin norte. O se parecían que ni calcados al pesado del vecino, chacinero por demás, y que por las noches tocaba el acordeón, entonando la revoltosa.
Sí, es verdad, los turistas venían en masa. Pero esa gente desembarcaba en las playas para tostarse como cangrejos al calor de la paella, del tintorro y del poropopó, ritmo furibundo puesto de moda en la época. Por otra parte (seamos consecuentes), la mayoría no tenía ni la menor idea de quién era Velázquez, Goya, Murillo o Tiziano (que les sonaba a cinZano). Pero tampoco los de esta parte de acá de los piri(neos), por regla general, estábamos muy enterados de las cosas. Teníamos al Quijote -y lo sé de buena tinta- por un personaje histórico y aún no era extraño, si te dabas un garbeo por ahí, escuchar a un buenazo manchego de hogaza -guía de ocasión; siete hijos, una mujer, la madre, la suegra y tres cuñados/castigo, todos colgando de un jamón como el ahorcado del cadalso- asegurar a un grupo de japoneses bajo un sol tórrido nikón en mano que en tal mesón comieron (ñaca, ñaca) amo y escudero y salieron los dos muy satisfechos. O escuchar a un "forofo" (hincha) que Shakespeare era amigo del mítico futbolista Bobby Charlton y que jugaba de delantero en el Manchester United. Y un sinfín de anécdotas parecidas de lo más desternillante y pintorescas. Claro, eran otros tiempos. No existía el erasmo y la ue estaba todavía (huf, huf) más lejos que la Luna.
Por aquel entonces, yo compaginaba insdistintamente las lecturas de Dostoiveski o Faulkner con el producto nacional... a lo bruto. Aparte de creerme Napoléon, César o Alejandro el Magno, según me cogiera el día. O Espronceda, Mme. Stäel, Lord Byron... o Sarah Bernhardt. ¡Oh, pobre osito de mí, iluso de lo foráneo!
Así que merodeaba por los pasillos y estancias del museo más peripuesto que erudito, insuflado de ese olor penetrante de ciprés, a lo lanzas. Incluso fumaba en pipa... a lo tati.
-Oiga, caballero, aquí está prohibido fumar -saltó el vigía.

-Está apagada.
-De todas formas sople ud. para otro sitio. ¿No se ha fijado en el cartel del ingreso? Pues se anuncia bien claro y con letras bien gordas, y debajo pone escupir.
Pocas veces identificaba al cuadro con el pintor. Y de Goya sólo conocía La maja desnuda, que, por cierto, ignoraba que era suya (lo único eroticoide, icono del país, con alguna que otra casta venus de peinado pubis y orondo trasero). Y un momento creí verla saltando del cuadro muy pudorosa (¡huy, huy, que me guipan!) y salir corriendo para cambiarse en el de enfrente, ya vestida. Era arte de birlibirloque lo mío.
Por mi lado cruzaba de tarde en tarde un grupito de colegialas con uniforme, más atentas a los visitantes y al bocata de chorizo medio envuelto en papel de estraza pringoso que a las explicaciones de la profe chicherone. Y seguramente enamoradas en secreto del protagonista del eterno serial el Fugitivo, inocente/culpable del asesinato de su esposa, que al final resultó ser -vaya si es curioso- descendiente de Erik el Vikingo.
Tiernas pulcelas, por las noches suspirantes:
En la torre medieval/
aguardo anhelando en vano./
Ya sabéis lindo Manrique,/
doncel de abultado taco,/
que si la escala rompiese,/
os la cascáis a dos manos.
¡Ah, qué tiempos de exaltación, románticos a más no poder! De seguro, no volverán...
También me acuerdo que, un poco aburrido, para dármelas de... algo, me acerqué a una pintora musesy (antes se decía "güena", a lo cazurro) que se andaba por allí vestida de existencialista trasnochada copiando Las Meninas, con su caballete y sus pinceles, concentrada en el vacío. No estaban los trazos aún bien delineados. El cuadro, en principio, podía representar cualquier otra escenificación, quizás los fusilamientos del 3 de Mayo, por aclarar. Y a mí se me ocurrió importunarla y le pregunté, más atrevido que conocedor del tema -¡hay que fijarse en la valentía de uno!-, si ella pensaba que conseguiría trasladar la luminosidad y la magia del original a su tela. Estábamos parloteando del barroco, no faltaba más. La mujer me miró sorprendida (yo también me sorprendí de que se sorprendiera y me sorprendí a mí mismo por lo que, sorprendentemente, acababa de afirmar para mi sorpresa totalmente sorprendido... Lo cual, en el lapsus que se creó con la confusión, se me había borrado de la memoria lo que antes dijese... El esfuerzo fue inmenso, agotador.). La artista parpadeó, se retiró un paso hacia atrás -casi a lo novilla/hemingway, capeando- y me atajó un poquito severa:
-¿Es ud. periodista?
-¡No!
-Pues entonces no tengo nada que comentar.

Me quedé más tieso que el convidado de piedra. Y me alejé convencido, super corrido esta vez, de que la señora sabía mucho más que yo... En aquella época, por supuesto, no sabía lo que sé hoy sobre el Arte. Que... ¿qué sé? ¡Eh? Pues que la pintura es alquimia: que todo arte es transmutación. Para prevenir la anticipación de los cambios futuros, diría Groucho Marx.
Así que la próxima vez que visitemos un museo -por ejemplo, el museo Picasso- guardemos atención, silencio, reverencia... porque es seguro que el maestro estará contemplándonos a través de sus obras.
Merci, mes amis.


JOSÉ LUIS BENÍTEZ SÁNCHEZ nació el 14 de septiembre de 1951 en Cuevas de San Marcos, Málaga (España).
A finales de 1965 se asienta en Madrid, obedeciendo al traslado de sus padres a la capital. En tiempos arduos -entre trabajo, lecturas y estudios-, se licencia en Antropología (Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, Universidad Complutense).
Antes de concluir la década de los sesenta se aventura a viajar por Europa, siguiendo la moda de la juventud de entonces, y realizando esporádicos trabajos en las etapas. Por estas fechas también frecuentaba las tertulias literarias del Madrid de la época, en donde la influencia del pasado artístico se mezclaba sabiamente con los representantes de las nuevas tendencias. Asímismo, recorría salas y "pubs" en donde se representaban recitales poéticos -y participando en ellos-, lo cual le supuso una experiencia de un valor incalculable para su aprendizaje de las Letras.
Ha publicado algunas novelas y libros de poesía, de los que aquí se ofrecen como muestra algunos extractos y párrafos.
Es miembro de ACE (Asociación Colegial de Escritores de España).
http://www.joseluisbenitez.com

Comentarios

NURYA ha dicho que…
UN RELATO SARCÁSTICO, IRONICO...CON VERDADES....VERDADERAS.SENCILLO DE LEER Y CUANDO TERMINAS, HAS APRENDIDO ALGO NUEVO.
JOSE LUIS ADEMÁS DE BUEN ESCRITOR, COMO SE COMPRUEBA, ES BUENA GENTE.

- NURYA -