DIARIO DE UN ESCRITOR



Arán, 1 de septiembre de 2011
Cambia el mes. Con disciplina prusiana me levanto a las siete, me tomo la pastilla y regreso a la cama. Pero no me duermo. Leo un poco. Terminé la inclasificable novela del tangerino Domingo-Luis Hernández y me sumerjo en el Haití del vudú de la mano de Miguel Ruiz Montañez. Desayuno a las diez, ese bizcocho que me salió bueno. Y decido, tras intercambiar impresiones en FB con una burgalesa que va en bici con tacones y falda y una pueblana que llora la muerte de un ser querido, coger mi bici. Casco amarillo, mallas negras, una camiseta mexicana y sandalias con los pies protegidos por calcetines de lana: no quiero más rozaduras por las que Alien me invada.
Tomo un camino que, bordeando el Garona, desemboca en Les, pero no me acuerdo que tiene un tramo pendiente, lleno de rocas, imposible de superar en mis malas condiciones físicas, y caigo sobre un campo de ortigas. Descafeinadas: no me ocurre nada. No me fío mucho de mi pericia física, después de tantos días enclaustrado, y bajo a pie una pendiente. Voy a ser muy prudente a partir de ahora.
Cruzo Les. Atravieso un enorme prado que nace donde acaba el pueblo. Un tractor ara su terreno. Un toro semental, que ya conozco de otras excursiones, está sentado plácidamente (nunca lo vi de pie) junto a su compañera y dos terneritos que acaba de alumbrar. Un grupo de caballos de montar pastan no muy lejos. Sigo con mi idea de comprarme uno.
Desemboco en una carretera que lleva a Bausén, uno de los escasos pueblos de Arán que ha resistido el empuje del turismo y se mantiene virgen, como Caneján, sin nuevas construcciones. Mientras más lejos estén de las pistas de esquí más auténticos son. Las cuestas, por la carretera que conduce a él, son terribles. Mucho más que las que llevan a Caneján, población que dejo debajo en uno de los formidables repechos.
Una amiga, de una vida anterior, me aconsejaba que aunque estuviera cansado debía seguir. Y eso hago, hasta el borde del infarto. Subo en segunda esa cuesta infernal y larga por una carretera sinuosa y poco concurrida. Pienso en Javier García Sánchez, otro escritor y ciclista, autor al que admiro mucho y con el que coincidí en una cena de Planeta. Él es mucho más duro que yo, un profesional que subió al Alpe de Huez con su máquina, su corazón y sus piernas y dejó constancia de su hazaña en una novela. Mi máxima hazaña es haber subido a Sierra Nevada desde Granada, 36 kilómetros de cuestas y 2500 metros de desnivel. Una locura.
El día está nublado, pero tengo calor. Y Bausén no se ve, no lo veré hasta que casi esté llegando. Dos curvas más, dos subidas más, y por fin entro en el pueblo que parece muerto, silencioso, o quizá es que la gente no se haya levantado aún. El cementerio y la iglesia es lo primero que veo. Cruzo Bausén de este a oeste. Un grupo de turistas franceses que desayunan en el jardín de un alojamiento rural me saludan con un Bon jour, monsieur. Y me llega un mensaje de móvil, mil kilómetros al norte, de alguien que pasea al lado del mar y ve faros batidos por las rocas.
El pueblo se acaba y sigo por un camino de carro. Dos trabajadores del municipio dejan de cortar la hierba de los arcenes para que pase. Chico y chica. Ligan por lo que oigo de sus conversaciones. Ella le pregunta a él porqué no vino ayer. Me saludan. No escucho la respuesta. Me quedo sin saber porqué se rajó el muchacho. La chica está bien.
No sé adonde me lleva ese camino que he cogido, no hay ningún letrero que lo señale, pero me gustan estas sendas que no te llevan a ninguna parte. El viaje es el camino, y pienso en uno de los mejores textos de Cortázar que escribió a cuatro manos con su amante Carol Dunlop: Los autonautas de la cosmopista. Llego a una bifurcación, junto a un río, y sigue sin haber letreros indicadores. Cojo el que tiene más pendiente. Pasó, en riguroso silencio, por un prado lleno de colmenas. Las cuento visualmente con un escalofrío: cincuenta. De aquí sale la maravillosa miel que desayuno cuando se me acaba el bizcocho.
Las once de la mañana. Desde un prado lleno de flores blancas, en donde hierve la vida en forma de insectos, llamo a Paula. La niña duerme y me dicen que ha ganado peso. A ver si va a ser una gorda.
Regreso a Bausén y desciendo por la carretera que una hora antes he subido y es entonces, en esa bajada de vértigo, frenando antes de cada curva para no embalarme demasiado y salir volando, cuando me doy cuenta de todo lo que he subido. Ya en la carretera del fondo del Valle pedaleo hasta Les, y sigo hasta llegar al pueblo.
La vecina paraguaya no me reconoce ataviado de ciclista hasta que no me quito el casco amarillo y las gafas. Fiel a mis principios compro Público, tomo asiento en la terraza y me pido la cerveza de euro veinte.
Me irritan algunos titulares. USA dilapidó 60 millones de euros con los contratistas en la guerra de Irak. Bueno, es que de eso iba esa guerra, entre otras cosas, además de arramblar con el petróleo. Occidente teme la islamización de la nueva Libia. Es que estamos aplaudiendo todos los levantamientos del norte de África y puede que muchos de ellos sean regresivos. El gobierno no tiene previsto subir los impuestos a las grandes fortunas. Claro, no sea que se enfaden. Y no se convoca el referendo porque no hay tiempo. Vaya excusa.
Paso por la panadería, compro pan y regreso a casa en donde me doy una buena ducha para sacarme el sudor del cuerpo y saludo a la araña, viuda o viudo, que me guarda el garaje y vivirá mientras no cruce la frontera de mi casa. Y luego como una ensaladilla rusa, un huevo frito y un zumo de naranja, tras lo que caigo en coma en el sofá, me quedó durmiendo lo que duran las dos películas que dan por la Sexta3 que esta vez soy incapaz de ver.
Love story no la vi nunca, tampoco ahora, que tengo sueño y además es de una cursilería insufrible. Escrito en el cielo de John Ford la veo a medias. El maestro norteamericano era incapaz de hacer una mala película. Esta, que pertenece al ciclo de sus cintas patrióticas, tiene como protagonistas a John Wayne y Maureen O`Hara. La bellísima pelirroja vive según Google. 91 años. El eterno cowboy se fue hace un montón de años. Fuma en cada una de los planos del film. Y está siempre bebiendo whisky, hasta cuando permanece en la cama de un hospital. Han cambiado mucho las costumbres de esos tiempos a los nuestros. Fuman los médicos hasta cuando están operando a Wayne de una lesión en la columna que le produce una grave parálisis. Pero hay más curiosidades para ser un film tan patriótico y correcto. Maureen O'Hara abandona a su marido a su suerte en cuanto sabe que sus posibilidades de recuperación son casi nulas. Regresa cuando se recupera milagrosamente. ¡Qué encanto de esposa!
Escribo un buen rato. Repasando una novela negra que transcurre en Barcelona y en la costa. El protagonista es un burdo sicario que se reinventa a si mismo como hombre de negocios por el amor a una mujer. Siempre mujeres en el centro y nosotros bailando a su alrededor.
Ceno un plato de sopa. Algo de fuet con pan de leña. Un zumo de naranja. Miro, sin entusiasmo, W, la cinta de Oliver Stone sobre el presidente más mediocre y nocivo que tuvo su país, el amigo de Aznar, al que Josh Brolin ofrece un retrato mucho menos chusco que el original. Debía haberlo contratado a él para que interpretara su propio papel. No me convence la cinta de Stone un director que entró en decadencia hace muchos años. La encuentro plana, televisiva. No me creo a Dick Cheney al que Richard Dreyfuss clona bastante bien el lo físico (el ex vicepresidente de Bush era mucho más salvaje y maleducado), tampoco a Powel ni a Condoleza Rice (una irreconocible Thandie Newton, la chica de Asediada de Bertolucci) y Scott Glenn no se parece en nada a Donald Rumsfield. Si está bien James Cronwell como Bush padre y Ellen Burstyn como Bárbara Bush con sus clásicos modelitos azules espantosos. Descubro a un inflado Stacey Keach como predicador que lleva por la senda del bien, o del mal, a W.
Si ese borracho hubiera seguido bebiendo y no hubiera entrado en la Casa Blanca cuanta gente estaría viva ahora, pienso.

Comentarios

M. Deveriá ha dicho que…
Qué bien debes de sentirte trotando de nuevo por esos valles y montañas. Hay unos calcetines especiales para evitar ampollas y rozaduras al andar por el monte. Tal vez te vendrían bien.
Poma ha dicho que…
"No sé adonde me lleva ese camino que he cogido, no hay ningún letrero que lo señale, pero me gustan estas sendas que no te llevan a ninguna parte. El viaje es el camino,..."

Si es que suelta cada una entre sus rituales cotidianos , que pá que. ... Maestro ¡¡¡


PD; Le confieso , que yo con las botas y la capelina no me basto para ir al monte. Si he de llevar la compañía adecuada, vaga haciendo sitio, en los estantes del baño y el armario ropero.
Y no le temo a usted, me temo yo.
:)
José Luis Muñoz ha dicho que…
Y yo a usted con ese fondo de armario con el que viaja. Uff. Quemaré mi ropa para hacerle sitio.