DIARIO DE UN ESCRITOR

Arán, 10 de octubre de 2011

Con resaca de Toulouse me levanto. Ya no estoy en el hotel Jeanne de Arc sino en mi dormitorio abuhardillado. Y no encontraré a Guillermo Orsi, con el que me he reído mucho, que conste, ni a Estella, en el desayuno, sino a Ana Pastor en la tele, la periodista que me obliga a levantarme antes de las 9 de la mañana para no perderme Los desayunos de TVE1. Quizá la permanencia de esa periodista, de ese programa, de esa forma ecuánime e independiente de hacer televisión, podrían justificar el voto a Rubalcaba. Pero ni eso. El PSOE necesita una larga travesía por el desierto y refundarse desde la derrota.
La mañana viene, como siempre, con malos datos económicos. Los mandamases de lo que queda de Europa antes de que nos bajemos todos y sea una cáscara de nuez sin contenido, es decir, Sarkozy y la Merkel, deciden que hay que inyectar, todavía más, dinero a la pobre banca. Me pregunto qué hago yo, y usted, y usted, y usted, dando subsidios a esos miserables banqueros que luego no se sabe en qué lo gastan. Con los miles de millones de euros que estamos dando a los bancos impediríamos los desahucios, crearíamos empresas, paliaríamos el hambre en el mundo...mil cosas. Pero no, siempre a la banca el dinero, como un mantra, a su lugar natural, dinero que no es de ida y vuelta, que se volatiza, que se pierde en algún recoveco de algún paraíso fiscal o acaba en el bolsillo de algún consejero con sueldo, despido y pensión blindada.
Fui a leer mi diario a la plaza, aunque hoy no estaba ese camarero que me habla de Thomas Mann, me senté en la terraza, tomé la cerveza y, mientras, me extasié una vez más con el cambiante color de los bosques de las montañas de enfrente, el decorado de mis lecturas del periódico. El otoño entre suavemente entre los árboles, con discreción, como el sol, que no quema, que es más oblicuo.
Recibí un mensaje, y una foto, de una peregrina del camino de Santiago mientras cerraba los pormenores de mi viaje a Miami y rellenaba el exhaustivo y anticuado formulario para entrar en USA, por el que se paga 17 USD. Los de la Border Patrol virtual me preguntaron (porque lo han modernizado y ya saben que no hay comunistas, y los pocos que hay caben todos en una isla) si era terrorista, si tenía alguna enfermedad infecciosa y si iba a introducir en el país alguna peligrosa hortaliza. No a todo. Con esos entretenimientos se me hizo la hora de la comida y eché de menos esas colas con el pirata Salem y el jefe Taibo para hacerse con una ensalada de cuscus, unos garbanzos picantes o una tarta de limón en los comedores de la sede del PCF que albergaban a los escritores negrocriminales invitados a Toulouse por el amigo Claude Mesplede. Eché de menos a Rosalyne, la enérgica muchacha de la Librerie Renaissance que promete venir a verme un día de estos a mi rincón de montaña. Y a Ignacio del Valle, el ganador este año del premio Violeta Negra, que me dejó sin habla cuando me dijo que Muerte en Venecia de Visconti era una mierda. Claro que es devoto de La caida de los dioses, Luis II de Baviera o El Gatopardo.
No comí. No tenía ganas. Picoteé foiegras de Samatan, del que compré tres tarros, una para Mademoiselle Bonnaire, que Dios sabe cuándo veré para entregárselo como compensación a las clases de francés que tiene que darme, y un vaso de un zumo vegetal a base de licuar tres zanahorias, tres tomates y dos brazos de apio. Me eché en la cama, la que recibe el sol a las 15:30 de lleno en su colcha, pero no me dormí porque estaba tenso y el corazón, taquicárdico. Me hacía falta sesión de bicicleta y airearme. Y me fui al Portillón por la tortuosa carretera, en segunda y primera, contemplando las tonalidades de los árboles que entran en el otoño. Un ciervo, astado, corrió ladera abajo, hasta confundirse en el bosque. Ya no tropecé con babosas, ni las hube de sortear, claro, a pesar de que el asfalto estaba húmedo. Aunque de cuando en cuando algún insecto gordo impactaba contra los quitamiedos de la carretera mientras subía. Me metí por la senda del Coth de Baretges, sabiendo que no llegaría al final del camino por la hora y que se me haría pronto de noche. No estaba cansado, ni tenía frío a pesar de que iba con la lycra corta y una camiseta sin mangas y agujereada.
Habían estado trabajando días atrás los leñadores porque en los bordes de la pista forestal se amontonaban troncos perfectamente cortados con sierras eléctricas. Ascendí más allá del Prat de les Bruixes y descendí luego.
Por el camino perdí, una vez más, mis gafas de ciclista. Suerte que a esa hora de la tarde, rayana con la noche, los insectos se fueron a dormir y no había posibilidad de que impactaran contra mis ojos desprotegidos y me produjeran desprendimiento de retina.
El descenso hasta el pueblo fue de noche cerrada. No acabo de calcular bien la longitud de los días. Con las luces de posición de mi bici evité ser arrollado por tres coches que bajaban del Portillón en dirección al pueblo y se abrieron generosamente por mi izquierda cuando me adelantaron entre tinieblas. El aire, a esa hora, era gélido, y mientras tomaba las curvas a 40 kilómetros por hora y frenaba en los pronunciados descensos que una hora antes había subido fatigosamente, pensaba en esa sopa caliente y esa tortilla de patata que me iba a tomar en cuanto llegara a casa.
Después de cenar lo que pensaba mientras bajaba en la bici al pueblo, cuadro en el ordenador las próximas visitas con un planning improvisado para evitar solapamientos. Una amiga de toda la vida que se dejará caer este viernes, con o sin su hija. Unos invitados muy especiales que me llenarán todas las habitaciones de la casa el día de Todos los Santos y traerán un cachorrito. Un amigo de Granada que me subirá Calvente, después de mi regreso de Miami, para que, bebiéndolo, recuerde el bar de la calle San Matías, regentado por el fotofóbico bigotudo, y con él en la garganta, el vino, no el fotofóbico bigotudo, tenga un flash de mi séptima vida de la que hoy me he acordado con nostalgia, y no sin cierta acidez, en varios momentos del día, uno por culpa de esa triste melodía del normando Erik Satie que ponen día sí y día también en cualquier programa de televisión.
Ya dejaron de bramar los ciervos. Se ve que tienen un período de celo breve. Algo químico que aparece y desaparece. Como el amor.

Toulouse, 8 de octubre de 2011


Llegué a Toulouse después de comprar tres latas de foie en Samatan. No me perdí. Me perdí las dos veces anteriores que fui a la capital de Occitania. Recordaba esas dos noches de angustia recorriendo las estrechas calles de la ciudad cuando llegué de mañana, haciendo tranquilamente los 45 kilómetros que la separan de Samatan, aparqué en la Place du Capitol y me fui derecho al hotel con mis maletas.
La librairie de la Renaissance está en el extrarradio de la ciudad. En la sede del PCF. Un cuadro con una hoz y un martillo te lo recuerda por si no te has enterado. Llego tras un largo viaje en un suburbano especialmente estrecho y rápido. Recojo mi acreditación y me encuentro con unos cuantos colegas. El escritor, de oficio muy solitario, celebra esos eventos que nos permiten vemos las caras. A casi todos hace un año que no los veo, pero es como si hubiera estado con ellos ayer. Saludo primero a Guillermo Orsi, el caballero argentino de quijotesca y elegante figura, un tipo magnífico al margen de su calidad como escritor. A su esposa Estella, que siempre le acompaña. Luego aparece Raúl Argemí, sin Cristina Fallarás, que se quedó cuidando la niña, con su maravilloso acento porteño, melena rubia y frondoso bigote. Y más tarde aparecen en escena el torrencial Carlos Salem, el pirata, y Paco Ignacio Taibo II que detuvo su tiempo, no sé si a base de coca-colas, mientras todos nos vamos haciendo mayores. Los cuatro latinos intervienen en el primer coloquio de la jornada: ¿Existe una novela negra latinoamericana? Ellos solos, con la ayuda de Sebastián Rutes, montan un quilombo. Se preguntan si existe Latinoamérica. Se cuestionan el realismo mágico: es la pura realidad, dice Argemí. Alguien del público pregunta que por qué todos son machos. Cierto. Orsi y Salem hacen profesión de feminismo, pero se enzarzan en un animado debate. PITII pone chistes y anécdotas de por medio; y abandona la sala porque se quiere fumar un pitillo después de verter su lata de coca-cola por la mesa. Hablan tan bien como escriben esos colegas. Y mira que tienen un verbo ágil, y sabio. Vuelve PITII al ruedo, ya fumado. Y se acaba la mesa redonda entre aplausos.
Los escritores montamos guardia, luego, en una gran carpa blanca que hay en el exterior del edificio y que el viento frío de la tarde agita y mete sus dedos entre costuras. Maldigo no haberme traído ropa de abrigo porque bajó la temperatura muchos grados y se fue ese verano que teníamos a destiempo. Cada autor se sienta detrás de la barricada formada por sus libros y espera que el desprevenido lector se acerque a su territorio para cazarlo. Pero las piezas vienen sin subterfugios. Son muy amables los franceses; son muy amables y emotivos los hijos del exilio que se acercan con lágrimas en los ojos para pedirte un libro, un autógrafo y hablarte de esa diáspora que mantienen en su memoria. Me doy cuenta, viéndolos, del dolor de ese cruce de la frontera para no regresar a su país en cuarenta años de feroz dictadura. Lamento no haber mandado al infierno a Franco mucho antes de su muerte en la cama. Vienen lectores de mi vecina Luchon, que está a tiro de piedra de mi pueblo. Les hablo, como no, del Coth de Baretges. Lo conocen. Firmo libros en castellano y en francés, bastantes más de los que me imaginaba. Y me arrepiento de mi escaso conocimiento del idioma del país vecino que pienso solucionar con clases intensivas a cargo de Mademoiselle Bonnaire a cambio de platos de sopa. Con una chica que habla en occitano me entiendo en catalán. No hay barreras si hay deseo de comunicación. Me doy cuenta de que no hay fronteras.
La cena, con unas cuantas copas de vino, en un piso de la enorme librería y sede del PCF, transcurre marcada por la política, por la indignación. Comparto mesa y plato con Rosalyne, de la librería, Guillermo y su esposa. Hablamos de Argentina, Francia y España. El combate es el mismo. Los recortes que aplican en España son los que sufre Francia. La misma receta del FMI para extender el capitalismo y devorar el estado de bienestar. Hay que impedirlo. No basta con indignarse. Pero...¿cómo?
De regreso al hotel me presentan a la escritora turca Mine G. Kirkkanat con la que debatiré el domingo por la mañana sobre Viajes en el negro europeo. Es una muchacha jovial y alegre de Estambul cuya obra aún no ha sido traducida al castellano. Le hablo de su maravillosa ciudad a caballo de Oriente y Occidente, una de las más excitantes del mundo, de sus cisternas que tanto me impresionaron, de su gastronomía extraordinaria. Y ella, para mi sorpresa, me habla del Valle de Arán, que dice conocer.
Habitualmente, treinta años atrás, los escritores trasnochábamos hasta altas horas de la noche con sendos vasos de whisky en las manos, cerrábamos los bares para desesperación de los camareros y nos tomábamos el café del desayuno antes de meternos en la cama con las primeras luces del alba. Hoy, cada uno de nosotros se va directo a la habitación, a dormir. Estamos todos muy mayores. Falta Juan Madrid para despertar nuestro lado canalla. Aunque creo que se habría ido solo de parranda, cabreado con todos nosotros por no seguirle.
Samatan, 6 de octubre de 2011


Samatan, a pocos kilómetros de Toulouse, hoy en mi diario. Llegué ayer por la tarde, después de perderme en St. Gaudins. Di un centenar de vueltas a la ciudad antes de encontrar una carretera que iba a Boloña y preguntar en mi pésimo francés a un montón de conductores. Fui a parar a un hotel en donde estuve un año, precisamente, también perdido, y venía de Santander para entrar en Arán. Las cosas se repiten. Y yo me pierdo más de la cuenta. Claro que voy sin GPS, sin mapas, sin nada. Lo difícil es no perderse. Pero llegué a tiempo para cenar delicioso foie (aquí hay más patos que personas, 2500) y compartir mesa con agradables y simpáticas profesoras y empleadas de la Mediateque.
Sigue existiendo ese abismo cultural entre Francia y España. La Mediateque, hermosa, luminosa, enorme, llena de libros, con un cine/teatro en la segunda planta que es muy activo, es una muestra de ello. Un centro cultural así no lo encuentras al otro lado de la frontera ni en ciudades de 250.000 habitantes.
Tuve por la mañana un par de charlas sobre novela negra, el género en España y, finalmente, sobre mi obra, con dos grupos de alumnos de 14 años del Instituto Público. Los chavales estuvieron atentos en todo momento, mostraron interés y, sobre todo, eran educados y respetuosos. Eso no se encuentra en mi país. Habían colgado en la clase algunas de mis máximas. El escritor es un adulto que no quiere dejar de ser niño. El escritor escribe para formar un mundo mejor. Fue todo simpático y emotivo. Fui feliz en esos momentos por el reconocimiento. Un niño puso en la puerta de la clase una referencia al corredor de fondo que escribe solo, en silencio, sin fumar y sin whisky. Bueno, tengo una botella de whisky Ballantine's, pero bebo poco. Ahora sé que entran franceses en mi blog. Chicos de catorce años. De Samatan, una población pequeña y entrañable, amable y simpática, que conozco gracias a la literatura, otro premio que le debo a la escritura. Ese grupo de niños que seguro serán buenos y responsables adultos, muchachos que lucharán por un mundo mejor. Les aleccioné cómo escribir una novela policial. Espero que la terminen. Luego hicieron cola para pedirme un autógrafo. Me sentí como una pequeña estrella de rock. Desde que soy abuelo todas estas cosas me enternecen. Y no me voy a quitar de la cabeza a los niños de Samatan. Ni el foie de ayer por la noche. Ni a las simpáticas profesoras de español, ni a los tres trabajadores de la Mediateque, ni a la directora del instituto que habla inglés y alemán y quiere bailar como Cyd Charise.

Arán, 3 de octubre de 2011

Vuelta a la normalidad después de tres días de cerveza (litro por día), charlas políticas y largos paseos por la capital del reino en compañía del Filósofo Rojo. Empezábamos en Sol y terminábamos en O’Donnell, en el hotel Convención. Me atiborré de ensaladilla rusa en esas jornadas madrileñas. De hecho soñaba con la ensaladilla rusa de Madrid antes de llegar. Creo que en el kilómetro cero, y alrededores, es donde se hace mejor. Y comí ensaladilla rusa la noche de llegada, en una cervecería de la atiborrada Plaza Santa Ana, no en la terraza que estaba de bote en bote sino en su interior, bajo las aspas de un ventilador (sigue haciendo calor en este otoño que prolonga el verano) y ensaladilla rusa también el mediodía de salida, en un restaurante gallego de la calle Lope de Vega, en el Barrio de las Letras.
Viajé a Granada, con Joaquín Sorolla. Para entrar en su casa museo hay que cruzar un jardín con claras reminiscencias de los jardines del Generalife. Me trajeron recuerdos de tres vidas anteriores los estanques, parterres y fuentes, todos dolorosos puesto que son pasado irrecuperable. Era la tercera vez que visitaba la casa museo de Sorolla y no sé por qué razón pensé en la casa museo de Cezanne en Normandía, tres días antes de tomar una decisión tres años y medio atrás. Bueno, tres años y ocho meses ya, porque el tiempo corre y la distancia se alarga y todo se difumina.
Están muy acertados esos museos ubicados en donde el pintor trabajaba, permite imaginarlo con su bata tintada de los colores de la paleta que esgrime con una mano mientras con la otra alardea de pincel. Tenía el aspecto Joaquín Sorolla de adinerado, lo era, y bon vivant. Hay retratos del rey Alfonso XIII, suelos de mármol, amplios salones de techos altos que son lucernarios. La luz y Sorolla. Me encantan sus cuadros de playa, los de la etapa luminiscente, con ese sol que reverbera en la arena y en el agua, con esas mujeres distinguidas y bellas, de estrechas cinturas y amplias hombreras, que pasean por la orilla acompañadas por sus carabinas, vestidas con entallados trajes blancos que les cubren los tobillos y tocadas con pamelas enormes de velos transparentes, muy viscontianas, muy Muerte en Venecia. Pero mi vista se decantó, esta vez, hacia un cuadro insólito por su título: Trata de blancas. Con ese enunciado uno espera ver señoras provocativas en paños menores luciendo sus encantos en un burdel, pero Sorolla se ciñe al tema con el rigor de un crítico social ante esa explotación femenina. Pinta un vagón de un tren cochambroso y lúgubre, sin su sempiterna luz mediterránea que aquí no entra, de esos trenes que tardaban días en recorrer la piel de toro. Seis mujeres, casi niñas, pálidas, inocentes, duermen unas sobre otras con sus largos vestidos y sus pañuelos anudados a la barbilla bajo la mirada atenta de la madame, una vieja alcahueta de expresión siniestra, quizá bizca, que no duerme vigilando el ganado que transporta en su gira. Puede uno imaginarse la llegada de esas chicas a la ciudad, su comercio carnal con hombres hambrientos, y un nuevo tren que las lleva a otro lugar, y a otro, de norte a sur, de este a oeste, en una gira infame, mientras la bolsa de la celestina engorda. Puede uno imaginar las enfermedades venéreas que contraerán todas ellas con hombres sucios, lo pálidas y lastradas que irán quedando tras ir pasando de unos brazos a otros, la lenta degradación de sus cuerpos jóvenes a marchitos en esa tournée indigna en la que no son más que ganado que será abandonado a su suerte en cuanto les cuelgue las pieles. Es un cuadro literario. Es un cuadro que no había atraído mi atención hasta ayer, en Madrid. Atípico en la trayectoria del pintor luminoso por excelencia esa visión tan oscura de la vida, de algunas vidas que nacieron estrelladas.
Hoy paseé por Bretaña estando en el Valle de Arán. Lo hice de la mano de Audrey Tatou, la Amelie, en Larga tarde de noviazgo. De nuevo esos paisajes de ensueño, esos faros en medio del mar, esa luz negra de esa parte del Atlántico, esos pueblos como Karnack que son tan cinematográficos que en ellos rodó Polanski Tess. Bretaña es uno de los lugares más hermosos del mundo, tiene una magia especial. Huele a mar, en Saint Malo, junto a las murallas, en los restaurantes en donde abundan las ostras, y huele a ese delicioso pastel bretón relleno de manzana que uno puede tomar en los pueblos del interior de donde Gauguin salió rumbo a los Mares del Sur. Recuerdo sus ríos navegables, sus puertos fluviales con sus veleros amarrados, esos paisajes de lienzo antiguo con el tiempo detenido, los días inusualmente cortos, las mañanas tardías desayunando a oscuras en los hoteles. Ganas de Bretaña, y de Normandía. Ganas de Toulouse adonde iré de aquí a muy pocos días.
Siguen bramando los ciervos mientras me paseo por la web de esos vagabundos cachondos que en Callao pedían dinero ayer por la noche para vino, cerveza y otras bebidas con un descaro simpático. El Filósofo Rojo soltó un óvolo en el sombrero destinado a cerveza y ellos nos dieron una tarjeta de papel con su portal electrónico. www.LazyBeggers.com. Existe y además están también en Facebook. Se vago, se feliz, se tú, dicen en la página principal, tras beberse las tildes. ¿Vagancia es sinónimo de felicidad? Pues que infeliz que debo ser.
No hice gran cosa hoy, salvo sufrir con el sufrimiento ajeno que uno hace suyo. Y dudar entre desbaratar esa tela que, en mi ausencia de tres días, una araña tejió en una de las ventanas de la buhardilla. La descubrí al trasluz de la mañana mientras atendía una llamada que me hicieron desde un instituto de Samatan, núcleo rural de 2500 habitantes próximo a la frontera, para dar un par de charlas a sus alumnos de 14 años y darles pie para que escriban una novela policial. Vi a su arquitecto agazapado en una esquina, pequeño y exhausto tras su trabajo de hilandero. Opté por no malbaratar su obra de tres días: alguna de las pesadas moscas que pululan por mi estudios caerá en su red.
Abrí luego el buzón y recogí un aviso de paquete que me sonó a regalo, a bobadita. La literatura provoca extrañas transacciones: tapas gratis y cerveza barata en el bar del pueblo; conocer a gente interesante; concitar afectos verdaderos. Juan Madrid siempre dice que escribe para que le quieran. En mí ése es un efecto colateral de la escritura que no desprecio en absoluto, que valoro.
Y a media tarde cogí la bicicleta, pedaleé por la N125, subí la cuesta de Es Bordès y tomé el Cami Reiau de regreso a mi casa, bordeando el Garona, sus prados con terneros de pelambre blanca y canela, y atravesé Era Bordeta, un villorrio de cuatro casas abandonadas por el que campan los gatos pero nunca vi seres humanos. Una ruta breve y estimulante, hora y media de trayecto para mantener el cuerpo en forma sin castigarlo en exceso.
Anochece pronto. Pero no es tiempo, todavía, de encender la chimenea a pesar de la leña y papeles de diario que llevo acumulados. Dos horas atrás la luna se situó justo en el centro de mi ventana antes de seguir su camino. Miro la botella de Ballantine’s y el frasco de Luxe Caviar. Prefiero el jamón, el veteado que nos servían en la plaza de Santa Ana al Filósofo Rojo y a mí. Bostezo. Creo que no voy a tardar en irme a dormir. Braman los ciervos, cercanos, como todas las noches. Uno nunca está solo.
Madrid, 1 de octubre de 2011

Visita relámpago a la capital del reino para asistir a las primeras jornadas de las Mesas para la Convergencia Democrática y la Acción. Soy un poco el convidado de piedra. Escucho las ponencias. La mayor parte de ellas las suscribo. Aunque me gustaría un mayor radicalismo, más propuestas concretas de acción. Vivimos en un mundo mediático y la sociedad quiere circo. Hay que darles circo. Ocupando las bolsas como hacen los indignados neoyorquinos con Wall Street. Boicoteando a la banca. Nueva inyección a la banca. Para qué demonios, me pregunto. Si doy dinero a los bancos, porque yo se lo doy, como usted, usted y usted, exijamos su inmediata nacionalización y que fluya el crédito. Cada vez hay más víctimas de esa situación insostenible. Siempre creo que para tomar el pulso a la magnitud de una tragedia hay que recurrir a la estadística. Pues bien, 200 familias son arrancadas cada día de sus hogares para dormir en la calle. Son doscientas dramas diarios que se producen. Un millón trescientos mil trabajadores agotarán su prestación y, entonces, ¿qué? Les queda el recurso de asaltar los bancos, recuperar lo que esas instituciones se han llevado de nuestro patrimonio particular. Y los medianos y pequeños empresarios se suicidad con cierta frecuencia.
Poco a poco viene el fascismo. UN fiscal pide seis años para unos indignados que se sentaron en la calle. ¡Seis años! Una bestialidad. En Jerez de la Frontera la policía reprime a un grupo de indignados contra los desahucios de Afectados por las Hipotecas. Las cosas pueden empeorar, mucho, cuando el PSOE ceda el poder al PP. Espero que el PSOE aprenda la lección que le va a dar el pueblo e inicie un proceso constituyente. Y que sus votantes vayan a otras formaciones de izquierda. Pero la izquierda se presenta atomizada, como siempre, mientras la derecha lo hace unida.
Hoy la comida es infame, un rancho carcelario que me hace echar de menos lo que comía en la mili. Es malo de solemnidad y está el servicio a la altura de la comida: pagamos la mitad. Lo único decente las cervezas. Con sed de cervezas, el Filósofo Rojo y yo vamos a la plaza Santa Ana y pedimos dos jarras, ensaladilla rusa, ración de ibéricos y manchego para resarcirnos de la basura del mediodía. Vuelan sms de ida y vuelta. Hablamos de lo divino y de lo humano FR y yo. Decidimos, en un momento ir al cine. La película de Coronado. No habrá paz para los malvados. Mientras, cruzamos un Madrid infestado por quillos con el pelo erizado y engominado, chonis que exhiben sus nalgas bajo pantalones cortos de un dedo, negros, estatuas callejeras, policías y vagabundos cachondos que piden dinero directamente para una cerveza. Les damos un euro y ellos nos dan su tarjeta de la página web que tienen. Si, página web los sin techo. Antes del cine nos tomamos una copa en el Café Larios. Un mojito yo y un dry martín mi amigo en el local que está cerca de Callao y Gran Vía. Me agobia tanta gente, tanto ruido, tanta luz, tanto coche. Echo de menos Arán. Y la película es Coronado de principio a fin. Me habría gustado que aparte de esa interpretación magnífica del galán español convertido en corrupto policía llamado Santos Trinidad (un homenaje del director al espagueti western) la película tuviera un guión comprensible, que no lo tiene, pero Coronado se sale.
Arán, 23 de septiembre

Lejos del Filósofo Rojo, que me acogió en su casa de Vic; de la gata Espurna, que durmió conmigo estas noches pasadas sin arañarme; de mi querida Pulguita, cuyos movimientos y ruiditos resultan tan femeninos y tiernos; del Director del Bosque y El destilador Cultural, con quienes vi la El árbol de la vida, una película que es, sobre todo, una sensación; de La Arquitecta, con la que cené tres días atrás; y de La madre de Paula, a la que la maternidad le ha regalado dulzura y más belleza. Lejos, de nuevo, del mundanal ruido en Arán para comprobar, por ejemplo, lo difícil que es ser leñador y decir, por esa razón. adiós a mi sueño de vivir un tiempo en Alaska. No sirvo.
Compré el hacha en ese establecimiento en el que nunca pregunto el precio y me sorprendo, luego, por lo caro que es (28 euros), un instrumento pequeño y manejable, porque no quiero un hacha de cortador de árboles vasco y voy a limitarme a hacer astillas de los árboles caídos. Pero antes tomé una cerveza, en la plaza del pueblo, que la están levantando toda con un ruido de mil demonios, seguramente para sustituir el empedrado, que me gusta, por el asfalto, que no me gusta, y me la sirvió el camarero que conoce mi faceta de escritor. Hacemos un trueque. Él me invita a esa cerveza y yo le regalo los tres ejemplares de La pérdida del Paraíso dedicados a Martín, nombre que se parece a Marín de Urtubia, el protagonista de la que es mi novela más larga. Pero a quien realmente se parece este camarero calvo y culto, buen lector de novelas históricas, al que deseo disfrute con la trilogía, es a un colega escritor y mosso de esquadra: Eduard Pascual, en Arán tienes tu doble.
Mossos de esquadra los que me encontré en la rotonda de salida. El de hoy era un control serio. Debían estar buscando etarras ahora que se disuelven. Yo iba en el coche, con el hacha a mano, comiendo frutos secos. Había dos enormes furgonetas, cuatro mossos armados con escopetas y dos enmascarados con pasamontañas que eran los que interrogaban a los conductores. Me inquietaron, por no verles las caras. Me dejaron pasar cuando les dije que iba al Coth de Baretges y acababa de salir del pueblo.
Pues decía, y lo mantengo, que lo mío no es cortar árboles, y mira que se ve fácil en Siete novias para siete hermanos. Un par de delgadas ramas se me dieron relativamente bien, pero cuando tomé entre mis manos un tronco pequeño, abandonado en el principio de la pista forestal que de la carretera a Luchón sube al Coth de Baretges, la cosa se complicó mucho. El tronco, del grosor de una olla sopera, se resistía a ser partido por muchos hachazos que le diera. Recordé las sabías instrucciones que me diera días atrás La Dama del Fuego cuando le expliqué que iría a recolectar leña para mi no estrenada estufa: los pies bien separados, para evitar un hachazo fortuito en ellos, y gafas de sol en los ojos, para protegerlos del salto de alguna astilla. Apoyé el tronco en otro mayor y le fui dando hachazos inmisericordes. A medida que clavaba su filo lo removía a derecha e izquierda para agrandar el tajo. A los quince minutos me dolía el brazo derecho, que era el que trabajaba, ya que con el otro sostenía el tronco. A cada hachazo que daba veía dedos o la mano entera cortadas. Si estuviera en Estados Unidos no me los coserían en caso de accidente; aquí, sí. Me detuve un rato cuando comprobé que mis manos estaban despellejadas, en carne viva.
Siempre fui un pésimo trabajador manual. Toda mi vida. En mi época, días, de trabajador de la construcción, subiendo vigas sobre el hombro, como Jesús subía su cruz por el Gólgota, en casas viejas en donde hacía chapuzas; y como obrero en una cadena de producción de zumos de fruta en la que duré tres meses justos antes de que me echaran. Como leñador tampoco me contrataba. Olvidé comprarme los guantes y mis manos, en carne viva, despellejadas por el roce del mango del hacha, se acuerdan de mí. Pero soy terriblemente obcecado, lo consigo todo, cuando me lo propongo, o casi todo, porque hay cosas importantes que no conseguí y me tienen el alma encogida. A la media hora parto el reacio tronco tras dejarme las manos en ello. Una pésima marca.
Irritado conmigo mismo, y a pesar de mensajes de aliento que recibo desde dos países, de sendas damas de esos dos territorios fronterizos por donde me estoy moviendo, subo en el coche al Coth de Baretges. El día está espléndido y hay fauna variada paciendo sobre ese enorme prado verde y mirador: ovejas, que están allí excepcionalmente, caballos y las vacas francesas, las blancas de largos cuernos, que están rumiando pacíficamente en el prado, frente al escenario de la Maladeta, mientras el semental enorme y negro me mira como masculino adversario, pero no se levanta, no me embiste, ni me considera. ¿Cómo va a hacerlo con 900 kilos frente a mis escuálidos 80?
Tomo una senda trazada por las vacas y camino por crestas de suaves montes con visión panorámica hasta una cabaña francesa. Camino por el cielo y estoy vivo. El lugar es ideal para echarse a dormitar una siesta. Con El país de los espíritus como almohada, que luego leo, me tumbo sobre ese colchón de hierba después de echar un vistazo al interior de la cabaña que tiene cocina de gas butano, una alacena con una botella empezada de Ricard, una mesa para comer y dos somieres. Y me duermo al sol.
Ningún ruido turba mi sueño salvo el aleteo de un pájaro que pasa cuatro veces por encima de mi cabeza. No sé el tiempo que duermo. Lo subvierto, el tiempo. Dejo que pase la hora de la comida. Leo cuando me despierto. Reflexiono. Me amargo con mis reflexiones que me llevan de nuevo a la frustración que me produce pasar del estatus de lo imprescindible a lo prescindible y sustituible, y de cómo encarar ese proceso degradante. Me animan un par de mensajes de aliento que entran en mi móvil junto a unas imágenes simpáticas. Y regreso, muy lentamente, dando un paseo, porque lo de este mediodía y tarde (ya son las cinco y media y empecé a las doce y media) no es una excursión sino un pacífico paseo por la montaña. Y sigo esa senda trazada por las vacas, despacio, mirando el paisaje, con los ojos y con la cámara, fijándose en las nubes que coronan las crestas de la Maladeta; las laderas de los montes cubiertas de árboles de los que emana, misterioso, el bramido de los ciervos; el hielo perpetúo del glaciar del Aneto que brilla, a esa hora, tocado por el sol; los lejanos pastos en los que las vacas blancas y marrones son meros puntos en el verde.
Y regreso al punto de partida, en donde dejé el coche, me doy cuenta, con esa misma lentitud triste que me embargaba cada noche, cuando, con el ordenador colgado del hombro, volvía a mi casa de la Granada que fue el núcleo de mi séptima vida, paseando por sus calles como ahora paseo por esos prados altos y silenciosos, con idéntica sensación de soledad, con más experiencia y más amargura.
Vic, 20 de septiembre de 2011

De nuevo Vic, la ciudad de la Catalunya profunda más multiétnica, la cuna del partido racista liderado por Josep Anglada que se llama Plataforma por Catalunya cuyo lema es: Primero los de aquí. ¿Y quiénes son los de aquí? Para mí los de aquí son los que llegan y están entre nosotros, esos niños de todos los colores y credos, negros, orientales, latinos, con o sin pañuelo, que vi saliendo hermanados ayer, de un colegio de Vic. Una imagen hermosa, en verdad, de entendimiento intercultural.
Baja la temperatura. Empezó a bajar desde hace un par de días, después de una accidentada comida en la Barceloneta con un cielo turbio, lluvia racheada y traidora y viento endemoniado que me hizo salir del restaurante paraguas en mano para rescatar a mi princesa y que no se mojara. Fue una de las paellas más accidentadas que recuerdo. Buena, como todas las que hacen, con maestría, en La Ría de Vigo, local en el que suelo recalar después de visitar la librería Negra y Criminal, charlar con Paco Camarasa, el librero negrocriminal por antonomasia y platicar, nunca mejor empleado ese verbo, con una querida amiga argentina que hace muy buenos retratos.
Regreso al día 18, dos días atrás, y luego de esa manifestación que agrupó a veinticinco mil indignados, yo uno más de ellos, que marchamos por Pau Claris protestando por esa crisis global que es un vulgar eufemismo de estafa pura y dura.
Duermo estos días que preceden al otoño en la casa del Filósofo Rojo que siempre me acoge con cariño y una hospitalidad extrema. El guión siempre es parecido. Charlamos alrededor de una botella de buen vino, después de las cenas, sobre lo divino y lo humano, sobre lo que está cayendo y cómo podemos detenerlo (llevamos haciéndolo desde hace más de 40 años y somos ajenos al desaliento) y después salimos a dar un paseo por las calles de esta ciudad agradable y tranquila que es Vic y recalamos en alguna cervecería a tomarnos una pinta y charlar con un profesor de griego que revive en mí el deseo de volver a leer las tragedias de Sófocles, Esquilo y Eurípides. En la biblioteca de la cuarta casa de mi sexta vida creo que las tengo todas recogidas en una edición de piel y papel cebolla de Edaf. Miraré. También hablamos del Quijote, de En busca del tiempo perdido, que quedó sobre una de las mesillas de noche de la cuarta casa de mi sexta vida y ahí seguirá, acumulando polvo, del Ulises de Joyce que leí hace muchos años. Conocí a ese profesor de griego que nos ilustra a ambos con su sabiduría mientras saboreamos sendas cervezas belgas (no hay bretonas, mademoiselle Bonaire, con lo que me gustan) cuando era un bebé que jugueteaba con la madre de Paula, otro bebé entonces. Ahora es un sabio que traduce a Esquilo al catalán y lo hará en verso. Mi amigo, el Filósofo Rojo, es su orgulloso padre. Y yo soy un escritor de novela negra que ando, últimamente, muy entretenido con La chica de la bicicleta cruzando misiva tras misiva.
Me ducho, mordisqueo un croissant mediocre y escucho la entrevista que Ana Pastor, la que me cae bien y es una chica tan inteligente como hermosa, y mira que es hermosa, a Ana Pastor, la que me cae rematadamente mal. Y, mientras, pienso en ese lejano 20 de septiembre, de hace muchos años, en el que entró en mi vida La Arquitecta de mi Sexta Vida y en la cena que, a la salud de ese par de jóvenes llenos de ilusiones y sueños que fuimos y cumplieron casi todos, nos regalaremos esta noche. Somos Dos en la carretera, la película con la que siempre nos identificamos.

Barcelona, 16 de septiembre de 2011











Las cuatro horas bajando de Arán a Barcelona se convierten en un soplo. La relatividad del tiempo. Pienso. Existo. Mientras conduzco la mente no para, como sucede cuando voy en bicicleta. Repaso todas mis vidas. Las inmediatamente anteriores. Me hago muchos reproches. Hago reproches. Sueño con Miami, también. Y con sirenas de interior que se me escurren de las manos. No me doy cuenta y el paisaje verde de Arán se vuelve árido, seco, cálido, en el Plá de Lleida para ser húmedo y polucionado cuando arribo a Barcelona. De nuevo en la gran y bulliciosa urbe, en el caos de sus calles congestionadas de las que deseo huir no bien arribo.







Quedo con dos queridos cinéfilos en un libanés del barrio de Gracia, mi barrio, por donde yo correteé en pantalón corto hace ya una eternidad, por donde paseaba imaginando lo que sería de mayor, en cuyas plazas me detenía por las noches, de mano de mi padre, para ver cruzar el firmamento un ridículo satélite artificial, un lápiz o una pelota, no sé, que los norteamericanos habían lanzado al espacio al principio de la carrera espacial. La comida es contundente y no muy diferente, en su concepto, a un McDonalds. Hablamos de cine, de estrenos, de lo que vamos a ver, de El Bosque, de la próxima película que vendrá a continuación. Entramos en el cine después de comer esos diminutos pasteles hojaldrados rellenos de almendra y grasientos.
Es difícil reinventar el cine. Es casi imposible decir nuevas cosas a través de ese medio artístico. Terrence Malick lo hace. El árbol de la vida no es una película, es una experiencia mística y por eso la sala permanece muda durante toda su proyección, no se escucha ni el más mínimo comentario en sus dos horas y cuarto que dura. ¿De qué va? De la vida, de la vida en su sentido más concreto, la de una familia de clase media de los años cincuenta con un padre rígido, a la vida en su sentido más amplio, la del universo eterno. El hombre en su integración con la naturaleza que siempre está presente en plantas que se mueven. Las miradas llenas de complejidad de la infancia que no entiende el mundo de los adultos como ellos tampoco los entienden a ellos. La muerte prematura...No hay guión, no hace falta. No hay, a veces, más conexión ante el aluvión de hermosas imágenes, silenciosas, contrapunteadas por la voz interior de los personajes, que ese movimiento circular constante de la cámara de Terrence Malick que orbita alrededor de los actores como los planetas lo hacen alrededor del sol. Lo más grande y lo más chico. El hombre como grano de arena en la playa del universo. Dios Naturaleza. Filosofía y religiosidad. No es una película, es una sinfonía de sensaciones. No hay que intentar comprenderla, sino sentirla. Uff, nos decimos los tres, saliendo, habrá que verla de nuevo, una, dos, tres, quince veces.








Vamos luego a ver a mi chica, a La chica, a la más hermosa, delicada, bonita y tierna del planeta, a Paula bendita, mi muñequita que pasa de unos brazos a otros y nos mira fijando sus ojos azules en cada uno de nosotros. La tumbo sobre mis piernas. Le rozo los mofletes, la papadita, le hago cosquillas en los pies que mueve como una ranita, dejo que su pequeña mano coja uno de mis dedos y le digo un sinfín de tonterías hipnotizado por su perfección e inocencia. La vida.
Arán, 16 de septiembre de 2011
Hoy no sé bien cómo cayeron en mis manos dos fotos de Esther Williams, de la que por cierto ignoro si vive o ha muerto. En las fotos que tengo, desde luego, está viva. En una hace el pino y en la otra agita los brazos en medio de la piscina. Puede que sean planos de un musical acuático de Busby Berkeley. Hoy ando bien de memoria, ya me lo han dicho: escribo bien, y sin mirar la Wikipedia, el nombre del cineasta. Las fotos son simpáticas. Y me recuerdan lo que me gustan las nadadoras. Casi todas. Me gustan sus números musicales, la natación sincronizada, las piernas pataleando dentro del agua. Quizá vea sirenas y sueñe. Como cuando fui, siendo muy niño, a Copenhague y pasé minutos ante su sirenita esperando que me dijera algo o saltara. El agua moldea los cuerpos, afina los tobillos, ensancha las espaldas de las nadadoras. Por eso es fácil descubrirlas. Yo, nadando, soy bastante desastroso. Creo que nado como los perros. Si meto la cabeza dentro del agua y contengo la respiración me deslizo a bastante velocidad por el fondo de la piscina. Pero si braceo no lo hago ni con ritmo ni con gracia. Eso sí, aguanto, floto, se puede hundir ese Titanic que es Europa en el mar profundo de la crisis y creo que sobreviviría al naufragio. Escribiendo.
Trabajé mucho hoy, como ayer, y no cogí la bici ni las botas de montaña. Me enteré de que en Toulousse voy a verme con colegas que son todos amigos (Guillermo Orsi, Raúl Argemí, Carlos Salem, Paco Ignacio Taibo II) y ya me han invitado a que presente en la Miami Book Fire Llueve sobre la Habana, lo que me hace una enorme ilusión, por el marco en el que será presentada la novela, la ciudad con más cubanos del mundo después de La Habana, y porque Miami es una ciudad que me encanta y a la que me iría a vivir con los ojos cerrados. Daré vueltas por los cayos, en bicicleta, me bañaré en sus playas de arena blanca y me tomaré un daiquiri mientras se pone el sol. Ya disfruto ahora.








Escribí sobre Jim Thompson, que tendría 10 5 años. Escribí nuevos párrafos a esa novela de terror que tiene que ir creciendo. Comí en la mejor compañía, la de mademoiselle Bonnaire, un exquisito magret de pato con salsa de foie en Artiés, en donde nació el único conquistador catalán del que se tiene noticia: Gaspar de Portolá. Y luego me fui a casa, perseguido por una nube de lluvia, en donde me eché una siesta breve, hablé con mi amigo El Filósofo Rojo al despertar y le prometí asistir a la próxima manifestación de indignados que partirá de la Plaza de Catalunya el próximo domingo a las 7 de la tarde para decirles a los payasos que no mandan que estamos cabreados, para variar.








Y por la noche, de nuevo, mirando esas fotos de Esther Williams, como un idiota, soñando con el pasado y con el futuro.

Arán, 14 de septiembre de 2011
Días sin pisar este diario. Y hoy sin pisar la calle. El campo. El monte. La calle solo para comprar Público a mi amiga paraguaya que me consiguió el Qué Leer que no leo, valga la redundancia, en la terraza del bar habitual. Hoy cerró. Espero que mañana abran y no hayan cogido vacaciones. Me senté en otra terraza del pueblo, en una de sus calles comerciales, y como en cinco minutos no apareciera el camarero me levanté y fui a casa, tras comprar el pan, a leer Público con un vaso de Coto y unas almendras saladas.
Europa es un barco que se hunde, un Titanic. La crisis está escenificando el fracaso de los gobernantes, pero también de los gobernados. La ingente cantidad de millones de euros inyectados a los bancos de nada ha servido. Como los sucesivos rescates de Grecia que está en la bancarrota total y quizá tenga que vender una parte de sus islas o el Partenón a sus acreedores. Si toda esa millonada que ha salido de nuestros bolsillos ha sido inútil bien podríamos haberlo empleado en otra cosa: mitigar la hambruna en el Cuerno de África, por ejemplo, de la que ya ha dejado de hablarse.
Paso a Qué Leer. Me gusta el artículo de mi amigo Juan Bas que abre la revista y habla del festival La Risa de Bilbao (por la Ría de Bilbao) que dirige por segunda vez después del éxito de la primera. Bas es, sin duda, el mejor autor de literatura de humor que hay en este país, un heredero de Enrique Jardiel Poncela y Wenceslao Fernández Flórez. Bueno, me gusta mucho más él. Los que le conocen, literariamente hablando, los que han leído Alacranes en su tinta, Voracidad u Ostras para Dimitri ya saben de su causticidad y fina ironía, pero también circula por el lado salvaje del humor, ese toque bilbaino un tanto bruto. El humor de Bas no es light, pero es eficaz. Su forma de escribir es sencillamente desternillante, y es feroz en su crítica. Bas no es un hombre que se esconda (también lo tendría difícil por su tamaño) sino que da la cara en los momentos difíciles en el País Vasco, cosa que le honra y por la que la admiro. Y además es un caballero, seductor y extremadamente culto. Y cuando se pone más serio ( y no es que sus libros de humor no lo sean), y ahí está la novela sobre Urtain La cuenta atrás, acierta de pleno, nos estremece. Y padece una psicopatía que también padezco yo, la cinefilia, lo que nos hace repasar la historia del Séptimo Arte cada vez que coincidimos. Así es que ya lo saben, vayan a La Risa del Bilbao, que tiene lugar entre el 28 de septiembre y el 2 de octubre y no se van a arrepentir de ello. Incluso puede que se rían con lo que está cayendo, que tiene muy poca gracia.
Además, Bas, es un buen conocedor de anécdotas, Ahí va una que recoge su artículo en Qué Leer.
Una dama del Partido Laborista le espetó al primer ministro Churchill:
—Sir Winston, si usted fuera mi marido, le echaría cianuro en el té.
A lo que Churchill respondió sin pensar un segundo.
—Señora, si usted fuera mi esposa, probablemente me lo tomaría.
Otra buena noticia literaria. Huellebecq publica novela, El mapa y el territorio, y según Antonio Iturbe, del que me fío, es de lo mejor que ha escrito. Soy lector de Huellebecq desde el principio, es un autor con el que comparto ideas sobre el mundo, el ser humano y la literatura, así es que me haré con su última novela como ya me hice con las anteriores y haré un hueco en mi agenda, cada vez más llena, para leerla.
Hoy, por eso, por agenda llena, no hay bici, no hay película de la Sexta que valga (por suerte la programación de hoy, salvo Gandhi, tampoco vale nada) y compenso con ocho horas escribiendo y leyendo sin parar el tiempo que invertí, que no tiré, porque con las buenas películas de Scorsese nunca se dilapidan las horas, en ver hace un par de días, una vez más, la maravillosa La edad de la inocencia, un Scorsese puntilloso que parecía James Ivory y jugaba con dos interpretaciones fabulosas de Daniel Day-Lewis y Michelle Pffeifer. Y apenas me levanto para comer algo, no mucho. Y merendar un café con leche con alguna galleta, para superar la tentación fuerte de la siesta a media tarde, que venzo con la cafeína.
Escribo mientras pienso en el regalo que amablemente me hizo mademoiselle Bonnaire, una francesa de la vecina población de Foz a la que conocí casualmente, hace un par de días, en la terraza del bar que hoy cerró, por vacaciones o día festivo (vino a mi mesa porque todas estaban ocupadas y nació entre ambos una amistad franca, no por francesa): un jersey de lana gris de cremallera, que estoy ansioso por estrenar cuando llegue ese frío que se retrasa tras este otoño que no llega, a cambio de un ejemplar dedicado de Babylone Vegas (Actes Sud, 2010). Me doy cuenta con ese trueque, por el que salgo ganando, de que la literatura sirve para algo.
Cuando llegue el invierno huiré a Camboya y California. Con mis exiguas provisiones de leña (más exiguas cuando las comparo con las toneladas de madera que está almacenando mi vecino, como si previera un invierno duro y largo) tengo para tres días, por lo que tendré que ir muchas veces a la montaña a seguir cargando madera. Y comprarme un hacha con la que espero no cortarme ese maldito pie, Dama del Fuego.

Arán, 11 S

De nuevo solo, después de estar bien acompañados estos tres últimos días. Los vi partir en su coche, a media tarde, y me sentí muy extraño de regreso a mi casa que volvió a tener a su único habitante como huésped.

Tenía cosas que hacer, pero no las hice. Ir a por leña, como hacen mis previsores vecinos que se han traído un bosque. No lo hice. Las agujetas del día anterior no me animan a hacer muchos movimientos. Leí un poco El País, una larga entrevista a Rubalcaba en la que dice que hará ahora lo que no hizo en cuatro años en el gobierno. ¿A qué juega? Que va a restablecer el impuesto del patrimonio (ya lo han hecho para que Mariano Rajoy lo quite en meses), que va a subir los impuestos a los ricos y perseguir el fraude fiscal. Les costó escuchar el clamor de la calle y ahora esa caída del caballo suena a oportunismo. Nuestros gobernantes se han ganado a pulso su falta de credibilidad.

Descargo de la cámara al ordenador las fotos que hice en estos días pasados. Caballos, cimas de montañas y cascadas. Y en medio de ellos, los dos que marcharon hace unas horas en su coche. Las fotos de los caballos, tomadas en el Coth de Baretges y desde las crestas de las montañas que son un mirador espectacular tanto del Valle como del macizo de la Maladeta, tienen el tamiz mágico de la luz del atardecer. Me gusta esa luz que agoniza. Hay un caballo cuya crin ondea al viento. Hay otro al que el sol, sus último rayos, tiñen de un halo dorado. Me gustan cómo quedan las montañas recortadas contra un cielo rasgado por nubes. La sensación de grandeza que otorgan al paisaje esos dos caminantes que me acompañaron. Fue una excursión larga, de atardecida, de subida penosa hasta la primera cima de la cordillera y luego más suave cuando recorrimos toda la cresta montañosa, pero terrible de bajada cuando, al margen de caminos, tiramos monte abajo echando el freno, lo que se ha traducido en un fuerte dolor en los muslos hoy. Se nos hizo de noche, pero encontramos fácilmente el camino gracias a la luna llena que lo iluminó, y regresamos al punto de inicio de la excursión circular, a ese mágico enclave del Coth de Baretges, al mismo tiempo que un grupo de vacas fantasmales subían a él con su música de campanas. Luego, de regreso, en la carretera, la imagen de un cervatillo, aturdido ante las luces largas del coche antes de correr ladera abajo, fue el último tributo de la naturaleza a nuestro día.

En El País Semanal el pie de foto de Juan José Millás es antológico, uno de los mejores que recuerdo. Ilustra una alocución de David Cameron, el premier británico, amenazando a esos delincuentes que arramblaron con todo lo que encontraron. Millás ironiza creyendo que Cameron se está dirigiendo a todos esos delincuentes que se han quedado con nuestra pasta, especulan, hunden los países, manipulan las agencias de calificación, demonizan el nombre de mercado, y no a ese grupo de vándalos, mucho menos que los financieros, más inofensivos, que durante unos cuantos días tomaron las calles de Londres.

Bajo más fotos de mi cámara. Agua, podría llamarla. Agua y vacas. Las que he hecho esta misma mañana en La Artiga de Lin que estaba tan concurrida como un merendero de Las Planas por grupos de gente asando carne en las parrillas de las zonas de picnic. Bajamos a Oeuls de Jueu, ese torrente que baja desbocado y nace del glaciar del Aneto, y nos aproximamos luego a una hermosa cascada. Estuvimos unos cuantos minutos, en estado de éxtasis, mirando cómo el agua se precipitaba al vacío desde una pared de roca de diez metros. Ese agua que no cesa fascinó al Destilador Cultural. Y sólo nos movió de allí el hambre, la promesa de esos tres entrecots de carne de ternera exquisita que compré de buena mañana a mi carnicera Teresita, la encantadora octogenaria, para freírla al mediodía.

11 S. No se nota en el Valle. No hay celebraciones ni manifestaciones patrióticas. Ni siquiera flamean las senyeras sino las banderas con la cruz de Occitania con el escudo de las cuatro barras y la llave en su interior. Esto es Arán, que no es España, ni Francia, ni siquiera Catalunya.

El diario del domingo es una extensa monografía de otro 11 S, del que se cumplen diez años. Hay muertos que tienen nombres y apellidos, los casi tres mil que fallecieron cuando, en la más audaz y terrorífica operación de terrorismo que se recuerda, la obra maestra del mal, dos aviones impactaron en las Torres Gemelas, otro lo hizo en el Pentágono y el cuarto se estrelló en Pensilvana Se les llora y sus nombres aparecen escritos en bajorrelieve en el memorial que se inaugura hoy en la Zona Cero neoyorquina. Son nuestros muertos, cuyo kilo de carne vale mucho más que la de los quinientos mil o millón de víctimas que ha causado la llamada Guerra contra el terrorismo, porque esos muertos, esos hombres, mujeres y niños que han sido borrados de la faz de la tierra en Irak, Afganistán y Pakistán, no tienen nombre ni rostro. El que causó esa horrenda catástrofe, la de Nueva York, me refiero, o la ola de atentados que sacudió Europa (Londres y Madrid), Nairobi, Balí, Marrakech, Casablanca...fue asesinado sin juicio previo por los muchachos de la SEAL cumpliendo órdenes de su comandante en jefe, el galardonado con el premio Nobel de la paz Barack (cada vez con menos baraka) Obama que es Osama con solo cambiar la B por la S. Yo no pido una ejecución tan drástica para el Trío de las Azores, causantes directos e indirectos de esos 500.000 o millón de muertos, pero sí una orden de captura y que sean llevados ante el Tribunal de La Haya junto al dictador Gadafi, por ejemplo, que hasta hace dos días era su amigo.

Arán, 9 de septiembre de 2011

Hace exactamente 10 minutos que soy algo más mayor. Una convención, claro, porque siento el peso de los años exactamente igual ahora que hace diez minutos, o un día atrás y no creo que empeore en las próximas semanas, que se multipliquen las canas o las arrugas. Me hago mayor, casi ningún desconocido me tutea – salvo dos autoestopistas muy jóvenes que cogí el otro día, a las que les mareé con mis excursiones por estos valles mientras ellas hablaban de las hazañas de sus padres escalando el Mauberne o el Montardo – y la edad me hace ser más reflexivo que impulsivo. Hace ya muchos años, en un día como hoy, en la ciudad de Salamanca, en la calle de Alonso de Ojeda, un conquistador, por lo que parecía predestinado a novelar esas gestas, vine a este mundo sin saber por qué, como todos, de una forma aleatoria. No lo pedí, pero me invitaron a la vida y aquí sigo, un año más.

Cuando uno tiene más pasado que futuro y echa la vista atrás y mira esa novela acelerada que es su existencia siente que no se ha dado cuenta de haberla vivido, que todo ha ido demasiado deprisa, como fue demasiado lento, exasperadamente lento, llegar a los dieciocho años. Nunca nos conformamos. Bien, la vida es, parafraseando una película cursi, Sonrisas y lágrimas, porque si sólo fueran sonrisas sería insoportablemente aburrida, y sí solo fueran lágrimas no podría resistirse. Hoy toca sonrisas, y si hay que forzarlas con una copa de cava, se descorcha la botella y se brinda. Y hay que vivirla, mientras se puedan ver los amaneceres. Necesito cien años más con todo lo que me queda por escribir y viajar. No hay tiendas de tiempo. No creo ni en vampiros ni en Mefistófeles con los que hacer pactos. Así es que tendré que acostumbrarme a la mortalidad a la vuelta de la esquina, pero que se demore, por favor, porque quiero dar mucha guerra todavía.

¿Adivina cómo lo he celebrado en esos primeros minutos de mis muchos años?, le pregunto a mi otro yo. Eres poco original: viendo La soledad del corredor de fondo, y ha sido como si la vieras por primera vez (la segunda, la anterior fue por el año 69) la película de Tony Richardson, uno de los directores puntales del Free Cinema, marido de Vannesa Redgrave, interpretada por su padre, el elegante y distinguido sir Michael Redgrave y Tom Courtenay. Acertaste.

El tiempo si pasa por uno, pero no por determinadas películas. La adaptación cinematográfica de la novela de Allan Sillitoe, una ilustración de las penurias en que vive la clase obrera británica, es también un canto a la rebeldía de los marginales El momento antológico se produce al final del film, cuando Tom Courtenay, el chico malo encerrado en el reformatorio por un robo a una panadería, corre esa carrera, la gana y se deja adelantar en el último instante por un corredor mucho más lento de un equipo rival de un colegio de niños bien, ante la desesperación de Michael Redgrave, el director del centro de reclusión que ha puesto todas sus esperanzas deportivas en él. Esa mirada de desafío del desencajado y sudoroso Tom Courtenay, el proletario marginal y rebelde, mirando al crispado Michael Redgrave, que no entiende porqué se detiene a metros de la meta, es uno de esos momentos cumbres que regala el buen cine.

Rebobinemos. De mañana llamó el cartero a mi puerta, dos veces, como la novela de James Cain. Bajé descalzo, porque no encontraba las sandalias del Coronel Tapioca por ninguna parte. El cartero era mujer y me extendió un certificado. El primer regalo del cumpleaños. Lo envía La Dama del Fuego, una mujer harto generosa, a la que aprecio, y se apiadó cuando perdí mi Microsoft Oficce del ordenador: dos disckettes con el programa completo van en el sobre que rasgo. Un regalo maravilloso que trataré de corresponder como se merece. La Dama del Fuego se llama así, la llamo yo, porque me da consejos para utilizar la chimenea, más que consejos un detallado tratado, algo que agradezco como torpe urbanita desembarcado recientemente en la montaña y sin tener idea de nada y que puede incendiar la casa con su ignorancia.

Poma, ese no es un nombre mío, sino suyo, me envía un regalo en forma de mensaje FB a horas de mi cumpleaños con la indicaciòn de que no lo abra hasta que no llegue el día nueve del nueve. Bien, ya estamos en esa fecha. Voy a abrirlo, con el corazón en la boca. Me gustan las sorpresas, los regalos originales. Soy un poco niño. Veamos. Lo leo. Estupendo. La sinceridad es algo que aprecio.

Antes, por la tarde, estuve fregando el garaje. Lo inundé, más bien, con una manguera que compré en mi ferretería habitual, además de una nueva sartén. El ferretero, un señor calvo y alto que tiene un huerto enfrente (deja de arrancar una col cuando ve que entra un cliente en su tienda ) tiene que estar contento conmigo porque le voy comprando cosas sin mirar nunca el precio: el otro día un colador metálico por 20 euros. ¿No es mucho? Creo que sí. Me dijo que me iba a durar toda la vida. Lo supongo, con ese precio. Además un colador no es algo que se rompa. Ni en la cabeza de alguien. Me puse a echar agua en el garaje, un manguerazo a presión, y después vi que no había desagüe por ninguna parte y había formado un pequeño lago. Una hora recogiendo la inundación con la fregona y el mocho. Quedó más o menos limpio, pero el cubo y el mocho (¡vaya nombre que tienen algunas cosas!) hechos un asco. Mañana vuelta al ferretero a por otro cubo y otro mocho. Previamente retiré el cadáver de una araña a escobazos. Me faltan tres más que no sé adónde fueron a morir.

Después tomé la bici, ya al atardecer, pero no me fui lejos, a ningún lago como el otro día, ni al Coth de Baretges, sino a Les. Me gusta pasear por un prado enorme que nace en donde muere el pueblo. Es un trecho llano y despejado, muy verde, con unos cuantos árboles, enmarcado por montañas boscosas. Paso por un picadero de caballos en donde, habitualmente, además de los equinos hay un toro semental que nunca se alza del suelo. Hoy ni caballos, ni toro semental, ni su pareja, una vaca joven, ni el retoño de ambos, una ternerito, ni el enorme perro mastín blanco que siempre me ladra al pasar y afortunadamente está atado. Temo a los mastines. Tengo poderosas razones para ello.

De regreso, anocheció. Y circulé por el arcén, con la bicicleta debidamente iluminada y pensando en Muerte de un ciclista de Juan Antonio Bardem.

Al mediodía me senté a ver la oferta de la Sexta 3 mientras tomaba un café con leche y esas adictivas galletas bretonas que me trajo Madamme Vannes en una bonita cajita metálica con las fotos de unos cuantos faros de su país batidos por las olas. ¿Que ocurrió entre tu padre y mi madre? del gran Billy Wilder, aunque ésta sea una película menor pero simpática. Uno suele decir que no ve nunca la misma película, porque hacemos una visión subjetiva de la misma según nuestro estado de ánimo, edad mental, atención, etcétera, pero en este caso puedo hablar de objetividad de la expresión, porque me doy cuenta que las anteriores veces que vi esa película se me escamotearon unas cuantas secuencias que me ofrece la Sexta 3 en VO con subtítulos. Desnudos, claro. De Juliet Mills, hija de John Mills, otro sir, y hermana de Halley Mills, que pasa por la película como chica gorda (bien nutrida, pero en absoluto gorda, o gorda subjetiva para una época cuyo icono era Twiggy, la delgadez hecha mujer), que imagino odiaría al guionista y saldría del film traumatizada porque constantemente la estuvieran llamando gorda, y de Jack Lemmon que tiene un trasero plano. Viendo esas escenas, ahora, te das cuenta de lo ridícula y patética que era nuestra censura.

Antes, por la mañana, nada más levantarme, estuve leyendo las misivas de La chica de la bici que se están convirtiendo en una rutina adictiva y agradable, más todavía cuando vienen ilustradas. Si no me llega carta de ella, el día no es completo. Por suerte, de momento, no falla. Además, el día de cumpleaños, incluyó un video delicioso en el que me canta un bolero mientras pedalea por su ciudad. No se puede pedir más. Esta Chica de la bici, que además me llamó para que gozara de su voz, es un verdadero sol. Le estoy cogiendo un enorme aprecio y el siguiente paso será tomar una cerveza con ella. Hay que desplazarse ochocientos kilómetros, ésa es la pega.

Y mucho antes, el día anterior, por la tarde, dos editoriales me contrataban sendos libros muy diferentes entre si, novelas, que saldrán en 2012. No son negras. Una es de horror fantástico, una novedad relativa en mi producción La otra es muy especial y personal, una reflexión en voz alta sobre la vida y la muerte, sobre el deseo y el amor, en Tailandia.

Anteayer vino a comer Madamme Vannes, seducida por el cocinero que hay en mí. No repetí menú. Crema de verduras, en vez de la mítica sopa; tortilla de patatas, un punto cruda sabe mucho mejor que muy hecha; y unas torrijas. Hablamos de cosas tan curiosa como la OAS, esa organización paramilitar francesa de nostálgicos de la Argelia colonial que a punto estuvo de dar un golpe de estado contra el general De Gaulle, y de los pied noir. Pienso en Nicole Cantó, la editora pied noir a quien le dediqué Marea de sangre y lo ignora.

Y ya no puedo ir más atrás, porque ya no me acuerdo. Aunque creo que ayer por la tarde, después de la siesta, estuve en Montgarri, en donde empezó mi séptima vida, adonde llegué en mi bici desde el Pla de Beret. Ese hermoso valle estaba lleno de vacas y la música de sus cencerros era una sinfonía perpetúa. Y desde el refugio, junto a las aguas del Noguera Pallaresa, hablé con Paula. No la voy a conocer. Esa chica come a dos carrillos. Y con la eufórica madre de Paula, mi chica, la que daba de comer a las palomas con una boina de lana y una bufanda enrollada al cuello. Ah, el tiempo.

Pero hablemos del día de autos, y de sus regalos. Uno muy especial me llegó vía teléfono, en forma de canción de cumpleaños cantada en inglés. Por un momento creí que era la mismísima Marilyn Monroe que me la cantaba desde la tumba. No, fue mejor. La cantarina voz de La sonrisa etrusca. Por inesperado me emocionó. Me estuve riendo con ella, aunque le dije que me hubiera gustado que me la cantara en persona y no a mil kilómetros. Quizá el próximo año. No hay que desesperar.

La sola presencia de El destilador cultural y El director de El Bosque ya fueron un regalo para mí. Llegaron tarde, a la hora de la cena, y con más regalos. Dos temporadas de Mad Men, serie a la que soy adicto. La versión definitiva de El bosque, faltaría más. La última novela de James Ellroy, para no olvidar que soy un escritor de serie negra. Un enorme tazón maoista en el que cabe un litro de café con leche, por lo menos. Un maravilloso libro de cocina que me envía La arquitecta de mi sexta vida, con la que estuve hablando a media tarde de lo hermosa que es Paula.

La cena, en tan agradable compañía, fue de pecado. Rufus, en Gessa, tiene el mejor restaurante del Valle. Es el escalador reciclado en restaurador que se parece a Ed Harris. Un virtuoso de la cocina. Yo me decanté por el foie después de unos boletos salteados. Mis invitados por una olla aranesa y medallones de ciervo con salsa de miel y ensalada con fondo de salmón y un solomillo de cuatro dedos con patata al horno y salsa de frambuesas, respectivamente. Todo regado con un maravilloso Viña del Vero Gewutztreminer, bien frío, y agua del Garona. ¿Los postres: biscuit de turrón y sopa de frutos rojos con bolas de helado de vainilla. Sobrevivimos a la cena pantagruélica.

No me olvido, no podría, de otro de los grandes y multitudinarios regalos del día: las felicitaciones que recibí por FB. No fueron una, una docena, una centena... sino miles. Bueno, uno podría justificarlo que si se tienen 5.000 amigos en FB pues no es tan raro que te feliciten unos cuantos. ¿Pero tantos? Pasé del anonadamiento a la emoción, de agradecerles uno a uno el gesto a sencillamente rendirme, por falta de tiempo, y escribir un agradecimiento colectivo en mi muro. De nuevo, a todos y a todas, que se acordaron que hace muchos años llegó al mundo este corredor de fondo de modestas marcas atléticas: gracias gracias, gracias. Como tampoco puedo olvidarme de mis amigos de Casa Estampa, el hotel en el que, desde los treinta y tantos años, solía alojarme cuando El Director de El Bosque iba con pantalón corto y El Destilador Cultural poco más de un bebé, que tampoco se olvidaron de uno de sus fieles y agradecidos clientes en este día. Gracias.


Arán, 6 de septiembre de 2011



Hoy tengo invitado a comer. Invitada. Madame Vannes. Se presenta con un botellín de cerveza extraña que beberé en cuanto lleguen El Destilador Cultural y El Director de El Bosque a mi casa. Alaba mi sopa. No es una sopa cualquiera. Nunca tiene el mismo sabor. Le voy echando cosas desde hace casi dos meses y depende de lo que le lleve sabe mejor o peor, así es que no hay receta. Lo último que cayó dentro del puchero fue un hueso de ternera con bastante carne y unos garbanzos. El caldo subió muchos enteros con esas adiciones. Tiene un color rojizo porque lleva, en su esencia, chorizo, tomate y zanahoria. Siempre sabe bien. A veces está más sabroso o más soso. Tengo caldo hasta que me muera. Madame Vannes también aprecia la carne que compré a Teresita, mi octogenaria carnicera de ojos azules de la esquina, una mujer encantadora y llena de vitalidad con la que congenio, y las patatas fritas de la guarnición, palabra muy militar, las que le compro a la Tendera Tímida.

Madame Vannes me habla de París, en donde ha estado recientemente. Le digo, y no porque ella esté presente, que es, junto con Londres y New York, una de las tres ciudades más extraordinarias del mundo. Me gustaría vivir en París, le digo, mientras apuro una copa de vino blanco Marques de Riscal, en la Place de Vosgues, donde nació, creo recordar, Víctor Hugo.

Antes, por la mañana, después de comprar Público a una chica que sustituía a La Paraguaya y desayunar una exquisita ensaimada de mi horno (terminé el bizcocho y me dio pereza freír churros) estuve atento a la tertulia de Ana Pastor mientras me tomaba el café con leche en un enorme tazón de BCNegra. Me di cuenta entonces de que llevaba puesta la camiseta de la Semana Negra. Y la tertulia también tenía algo de fronterizo con el género: el pánico en las Bolsas que se traduce en el pánico de los ciudadanos en ese largo e interminable camino hacia la catástrofe.

Después de que desapareciera Ana Pastor de la pantalla de mi televisor de sobremesa crucé mi carta diaria con La Chica de la Bici. La que acude al trabajo en bicicleta, falda y zapatos de tacón. Creo que debe de ser muy difícil pedalear de esa guisa, no por la falda sino por los tacones de los zapatos. Yo no podría. Mi correspondencia con La Chica de la Bici es tan intensa que ya es casi como si nos conociéramos de toda la vida. Curioso ese fenómeno de los íntimos que se convierten en extraños y de los extraños que devienen íntimos. Hablamos mucho de cine. Nos gusta a ambos. De Louis Malle, por ejemplo, y de una película que siempre me conmocionó: Herida. Le recuerdo la escena en la que Jeremy Irons se separa de Juliette Binoche, con quien está haciendo el amor, y baja desnudo las escaleras para abrazar el cuerpo de su hijo muerto que ha caído al vacío al ver a su padre con su novia Es de los más terrible que he visto en el cine.

Hoy el cartero estrenó buzón y no llamó dos veces. Había recibido libros, pero por mensajería, en mi nuevo domicilio. Esta vez ha sido el cartero, o la cartera, el que ha depositado una carta en su interior. Viene de Francia. El estado de ventas de Babylone Vegas durante el 2010, que es como bautizaron a Lluvia de níquel en el país que está a 8 kilómetros de la puerta de mi casa. Resulta sorprendente que venda siete veces más en el extranjero que en España en donde soy algo conocido. Eso tiene dos respuestas posibles. Uno, los franceses leen más, sobre todo polar, que es como denominan ellos a la novela negra. Dos, los editores franceses son más serios y no engañan en las ventas de los libros que publican. Me quedo con las dos respuestas.

Me levanto de la siesta cuando el sol que entra por la ventana abierta me acaricia el estómago. Madame Vannes hace rato que marchó. Meriendo. Acompaño unas deliciosas galletas de mantequilla con un café con leche. Luego me voy al Coth de Baretges con el todoterreno. Y lo cargo con leñá en cuanto llego a la pista forestal. Cojo de todo: ramas pequeñas, cortezas, una par de troncos de anchura considerable. Hay gran cantidad de leña desperdiciada en esa pista forestal, la resultante de una gran hecatombe que se produjo años atrás, cuando vientos huracanados de cien kilómetros por hora arrasaron esa zona y arrancaron de raíz los gigantescos pinos y abetos. Tendré que comprarme un hacha y trocear toda esa madera que he cogido en el garaje porque me dan pánico todo tipo de motosierras desde que vi La matanza de Texas, una de cuyas versiones pasan hoy por la Sexta 3 y no veo. Echaré músculo en los brazos en mi oficio de leñador. También puedo amputarme un pie. Obsesionado con mis extremidades en esta casa con tantas escaleras.

Una vez cargado el coche, hasta los topes de leña (tendré para seis chimeneas, calculo) subo hasta arriba de la pista, al cuello de la montaña. La paz que se respira es un bálsamo para cualquier espíritu. Hay que ser muy zafio para no estremecerse con la belleza absoluta. El panorama del macizo de la Maladeta y sus glaciares son un cuadro perfecto de armonía y paz. Hoy, si eso es posible, ese enclave secreto está más hermoso que nunca me digo a mi mismo mientras piso la hierba húmeda que alfombra la tierra. En el enorme prado de ese cuello de montaña pastan vacas francesas. Las conozco porque son blancas y no color canela como las aranesas. Y está el toro semental negro que vi semanas atrás cortejando, sin éxito, a una vaca. Hoy no está para cortejos y no se fija en ninguna de las veinte hembras que tiene a su disposición en su harén sino en la hierba que come. Hay una vaca que me mira mal porque tiene dos terneritos a su cuidado, pero voy armado con el palo de pastor masai y eso me da tranquilidad. Viendo a los terneros uno se haría vegetariano. Pero soy un hipócrita, porque al mediodía me he comido un filete. Me siento en mi lugar habitual, en el banco de piedra que hay en el exterior del refugio sin guarda del Coth de Baretges, junto al pilón alimentado por agua fresca para que beban las bestias. Y dejo pasar los minutos en silencio, sin hacer otra cosa que mirar como pace el ganado, como gorgotea el agua del caño, sopla el viento y las nubes escasas, filamentos de humo, se tiñen de rosa. El tiempo se detiene y fluye con infinita lentitud.

Me levanto a dar un paseo. Bajo la ladera y entro en el país vecino. Sigo una senda francesa mientras atardece. Miro los bosques que tapizan los montes con simetría perfecta, los afilados picos de enfrente, majestuosos, una vereda lejana, unas construcciones de juguete de una de las cuales brota el humo de una chimenea. Refresca a medida que cae la tarde, más porque voy con mis sandalias y el pantalón corto de Capitán Tapioca y la camiseta de manga corta de la pasada Semana Negra. Pero sigo andando hasta coronar una loma mirador. Me gustan esos paseos al final del día, cuando éste muere de forma plácida y natural y se producen milagros de luz que convierten estos montes en paisajes de cuadro. No hay nadie a docenas de kilómetros de donde estoy y el silencio se escucha clamoroso. Nadie absolutamente salvo yo. Antes de que se haga de noche regreso sin prisas, disfrutando de esos últimos instantes, parándome en cada recodo que me ofrece nuevas visiones del entorno, matices de luz que agoniza, el último reflejo del sol en el prado alto de un monte, los verdes lejanos que azulean. Ya hace frío y la temperatura cae en picado. La luna preside el cielo, casi entera, y en la Maladeta hay jirones de nubes rosadas que acarician sus picos de roca bruñida y cortante como hachas de sílex. Sigo la senda que han abierto las vacas. Son más anchas que las que abren las hombres. Dejo atrás el refugio, el rebaño francés, el semental que, tumbado, regurgita toda la hierba que ha estado comiendo, los terneritos que buscan las ubres de sus madres y subo al coche.

Recorro despacio la pista forestal con las luces largas prendidas. No pierdo la esperanza de ver algún ciervo. Pero no. Hoy no hay, están ocultos, no se dejan ver. El bosque, a esa hora, está siempre cargado de misterio y quietud. Las copas de los pinos y los abetos son sombras que se recortan en el escenario del cielo en donde empiezan a aparecer las estrellas. Conduzco con dos manos, sujetando con fuerza el volante, porque, aunque la pista es de las mejores que hay en el Valle, de cuando en cuando hay un bache profundo lleno de agua o una curva excesivamente cerrada. Llego a la carretera sin ver un solo animal en el camino. Y es entrando en el pueblo, a dos pasos de la rotonda, cuando distingo un cervatillo que queda deslumbrado en el arcén de la carretera por mis faros y permanece inmóvil mientras paso por su lado. Cada vez están más cerca de las poblaciones, bajan más. Por eso los oigo bramar todas las noches.

No puedo sustraerme a mi sopa para cenar. Mordisqueo algo de queso emental. Y fuet. Picoteo en un plato de aceitunas mientras veo las noticias y pienso en la cantidad de insectos que habrá en los troncos que he cogido y están abajo, en el garaje. Y ya no hay arañas que los atrapen.

Exterminé a las arañas. Lo hice cuando comprobé, días atrás, que se reproducían. Vi cuatro gigantescas en las paredes del garaje, una muy próxima a la puerta corredera que comunica con la casa. Compré insecticida y el chorro fue fulminante. Hasta para mí mismo si no hubiera cerrado la puerta del garaje y me hubiera refugiado en la casa. Los insecticidas tienen un olor muy desagradable, todos. Huelen a muerte. Cayeron todas las arañas del techo y murieron con las patas encogidas. Saldrán más, seguro. O entrarán de la calle.

Después de cenar me organizo una sesión de cine en la filmoteca de mi salón de estar. Regalé a la Arquitecta de mi Sexta Vida Lejos del mundanal ruido. No la vio, puesto que el DVD conserva su celofán. Así es que la veo yo. Tengo un recuerdo excelente de esa película de John Schelesinger que se resiente levemente mientras la veo. Pero es una cinta hermosa, como casi todas las adaptaciones de las novelas de Thomas Hardy lo son, Tess de Polanski sobre todo. Soy un adicto al cine victoriano. Me gusta esa época. Julie Cristhie está sencillamente preciosa. Es una historia romántica de amor. Y la Cristhie se mueve entre tres prototipos de hombres: el aventurero romántico que desata pasiones, que encarna un Terence Stamp coracero de la reina con impecable casaca roja; el hacendado rico que le ofrece seguridad y bienestar económico, al que Peter Finch pone su atormentado y elegante rostro; y el simple ganadero, sencillo y honrado, sin pretensiones ni más anhelos que sobrevivir en una época de dificultades, que interpreta Alan Bates. Ella se enamora de Terence Stamp, claro, el hombre que no le conviene, porque la pasión es destructiva, le quema por dentro, pero termina con el pastor de ovejas después de estar a punto de transigir a la oferta matrimonial del rico hacendado Finch.

Y aquí estoy, lejos del mundanal ruido, mientras la luna se para en mi ventana antes de seguir su camino. Quizá mañana vea La soledad del corredor de fondo.


Arán, 5 de septiembre de 2011

Hoy me han felicitado muchos creyendo que era mi cumpleaños. Y ayer. Hay amigos que me quieren hacer un poco más mayor de lo que ya soy, aunque sea poniéndome encima cuatro o cinco días.

Compré Público a mi amiga paraguaya, porque sigo con mi castigo a El País por su oposición al referendo, pero no me lo leí, como en otras ocasiones, en la terraza del bar en donde m ...e dan cerveza más barata: hacía frío y el cielo estaba nuboso. Así que la cerveza y la lectura del diario la hice en casa, sentado en el butacón, de espaldas al Coth de Baretges que se recorta en el horizonte.

Hay una noticia que me hace gracia relativa: Cada vez hay menos personas físicas y más jurídicas. Claro, las primeras se convierten en las segundas para no pagar impuestos. El tema de los impuestos me solivianta. Aquí pagamos impuestos los que estamos sujetos a ingresos transparentes y los demás se escabullen. Con la bolsa de fraude fiscal salíamos de la crisis. Pero no hay narices.

Contesto en FB a un par de amigas. Sin conocerlas físicamente se han vuelto muy íntimas. No sé cómo explicarlo. Descargan sobre mí lo que les aflije y yo hago lo mismo con ellas. Es como un diván de psiquiatra a distancia. ¿Pero somos nosotros o nuestras máscaras? Lo cierto es que por ambas siento afecto y me estoy habituando tanto a sus misivas que cuando faltan no me encuentro bien.

Estoy corrigiendo una novela negra. Su título no acaba de convencerme. "Te arrastrarás sobre tu vientre", porque su protagonista tiene más de serpiente de que humano. Reescribo algunos de sus capítulos. Repaso diálogos. Hoy me dio por cargar las tintas eróticas en un capítulo que habla del encuentro sexual de la mujer del protagonista con su amante en el Hotel Balmoral de Barcelona, en la habitación 303. Siempre treses en mi vida y en mis ficciones. Es un polvo muy tórrido. Todos los son. No, hay algunos que son mecánicos, con desgana. Pero éste no: ambos son atletas sexuales, artistas.

Cuando me canso de corregir pongo la tele. Tengo una pantalla pequeña, casi del tamaño de este ordenador, sobre la mesa de mi estudio. La utilizo para ver una y otra vez las noticias. Soy un adicto a ellas. Vuelve Ana Pastor, la periodista de TVE1 no la exministra, a los Desayuno de TVE1. Trae a Fabra, el sustituto de Camps. Me gusta tanto como su precedente: nada. Luego sale Antonio Banderas a hablar de "La piel que habito". Me parece bien que hablen tanto de la película, pero quizá debieran hacerlo de otras que lo necesitan más y que son tan buenas o mejores. En todas las entrevistas que he visto sobre la última película de Almodóvar, ni éste ni sus intérpretes hablan de la fuente literaria. Parece que la ocultan cuando es tan importante quien ha ideado ese retorcida historia. Bien, yo se lo digo: Thierry Jonquet. Fue uno de los mejores novelistas del polar, el nombre que nuestros vecinos le dan al género negro, y la novela cuyos derechos compró el manchego es "Tarántula", una pieza literaria extraordinaria. Iré a ver qué ha hecho con ella.

Como poco. También es que no tengo comida. Un rissoto con cebolla porque paso de ponerle queso. No está mal. Un zumo de zanahoria, tomate, apio, manzana, ligeramente salpimentado. Dietético. Zumo de naranja.

Hago siesta. En la única habitación en donde todavía no he dormido. Voy rotando por mis tres cuartos y hoy le toca a éste, virgen. Tiene una sola cama y más espacio libre. Me derrumbo sobre su colcha. Duermo. Sueño. Pero no recuerdo qué. Me despierta el ruido de la chiquillería en la calle. Y me levanto y voy a por la bicicleta.

No sé si soy un escritor que va en bicicleta o un ciclista que escribe. La bici y yo somos uno. Y no es que sea muy bueno sobre dos ruedas: tozudo. Voy a la Bassa de Oles. Está cerca de Vielha. Mi memoria guarda el recuerdo de un camino suave. Mi memoria se equivoca, pero ya es demasiado tarde. De Aubert, un pueblo pequeño al que llego pedaleando por el arcén de la carretera nacional que atraviesa el Valle de punta a punta, parte una pista asfaltada que sube y cruza tupidos bosques de pinos. Diez kilómetros que comienzan a hacerse eternos a partir de los seis. La pendiente cada vez es más fuerte. 13%. Hace frío, está nublado, pero sudo. Pienso, mientras pedaleo en zig zag, para cansarme menos, en que lo que estoy subiendo lo bajaré de regreso (sí, pero ahora lo subo y vivo en presente perpetúo), en lo que cenaré esta noche, una sopa con fideos, en mis amores de ahora y de antes, en acabar la novela en la que estoy enfrascado y en cuándo demonios aparecerá la maldita Bassa de Oles. Los tres últimos kilómetros son agónicos. No, esto no se parece a un orgasmo sino a una tortura. Pero sigo, sigo, sigo, con las piernas destrozadas, la camiseta empapada y el corazón en la boca. Me apeo un par de veces de la bicicleta, a tomar aire. Y vuelvo a subir con fuerzas renovadas. Un kilómetro. Pero el peor, insoportable, tanto que estoy a punto de abandonar, girar la bicicleta y descender. Pero sigo, sigo, sigo, montaña arriba por un bosque cada vez más oscuro. Me prohibo mirar la hora por si es demasiado tarde y mi yo racionalista decide regresar sin llegar a la meta. Y por fin lo consigo, llego al pequeño lago que aperece envuelto en una niebla helada.

Me siento cinco minutos, con los brazos cruzados, doy un trago a un caño del que brota agua helada y miro el reloj. Demasiado tarde: las 8 y 15. Mi yo racionalista regaña al yo impulsivo.

Regreso a tumba abierta. El camino se hace larguísimo y cada vez escasea más la luz. No quiero hacer la carretera de noche, pero no voy a tener más remedio. Voy volado, a 40 o 50 kilómetros por hora, pero freno antes de las curvas, las tomo abiertas. Ya no se ve nada, pero nada. Y es de noche cerrada cuando por fin, después de quince minutos de descenso, llego a Aubert. Entonces enciendo las luces de la bicicleta y me arriesgo por la carretera. Me ven. Los camiones, cuando me pasan, invaden el carril contrario para no hacerme caer con la corriente de aire que levantan; los coches reducen la velocidad cuando me sobrepasan; también me adelanta un jeep de la Guardia Civil. Sobreviví. Quizá para cenar esa sopa de fideos en la que iba pensando mientras ascendía a la Bassa de Oles.


Arán, 2 de septiembre de 2011

No sé si alguno de mis lectores de El mal absoluto tuvo la ocasión de ver un documental que pasó TVE2 a las 10 de la noche. Activé una alarma del móvil para no perdérmelo. “Auschwitz”. A medida que lo veía me iba dando cuenta de que era, en parte, no todo él, el impactante programa de la BBC que vi hace seis años y fue la espoleta que estalló dentro de mí y me movió a escribir mi novela más dura y, a la vez, más necesaria y útil. No me agradó enfrentarme, de nuevo, a los personajes reales que dieron lugar a los de la medio ficción de El mal absoluto; a ese distinguido oficial de las SS de aspecto apacible que participó en las matanzas del campo de exterminio y no se arrepentía de ello; a ese otro que fusilaba a los presos y que, a la pregunta de la periodista de sí sufría cuando apretaba el gatillo y qué pensaba, contestaba fríamente, después de todos los años pasados: No, no sufría. Lo único en lo que pensaba era en acertar. O cuando se le preguntaba por qué se asesinaba a los niños contestaba, sin inmutarse, Porque se habrían convertido en adultos, en judíos, en enemigos del Reich, y yo los odiaba profundamente. Vi de nuevo a Rudolf Hoess, el jefe del campo de exterminio, un burócrata obsesionado porque su máquina de matar funcionara 24 horas al día y fuera de una eficacia asombrosa, como una cadena de producción cualquiera, el ejemplo de la eficacia alemana puesta al servicio de una causa maldita. Y escuché a los miembros de los sonderkommandos y sus extenuantes jornadas sacando a destajo cadáveres de las cámaras de gas para llevarlos en vagonetas a los hornos crematorios. Y oí el testimonio de los pocos supervivientes de esa fábrica de la muerte cuando deseaban que los aliados bombardearan las vías de los trenes que llevaban al matadero a millones de seres humanos y ellos respondían que no podían detraer fuerza aérea del frente de Francia con una espantosa frialdad que también los hizo cómplices de esa tragedia. O cuando una mujer fue a recuperar su casa y el nuevo inquilino que le abrió la puerta le dijo, antes de cerrársela en sus narices, que se fuera de nuevo al campo de exterminio de donde había venido. De nuevo experimenté frío en el alma, horror por ese mal sin límites del que es capaz el hombre en su locura colectiva. Y me sentí medianamente útil en el modesto empeño que tuve de narrar ese horror que fue la barbarie nazi y que conviene ir recordando, que nadie se olvide de que eso pasó, para que no se repita.
No estuve en Auschwitcz, sí en Dachau, próximo a Munich, un campo de la muerte modesto. Vi fotos de presos sometidos a aberrantes experimentos médicos; barracones con los cientos de nichos en donde eran encajadas sus víctimas para dormir antes de que los convirtieran en humo por las enormes chimeneas de los crematorios; potros de tortura sobre los que extendían los verdugos a los internos para castigarlos con los vergajos Lloré, sin remedio, y salí de allí con el alma congelada, avergonzando de mi condición humana.

Comentarios

Paco Gómez Escribano ha dicho que…
No lo vi, pero comparto lo que dices. Por cierto, ayer me pillé "Muerte por muerte", que era la única que me quedaba de leer de las que has publicado este año. Un abrazo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Era un refrito del de la BBC que me inspiró EL MAL ABSOLUTO, pero, aunque no lo dieron completo, era impactante. Vaya, eso ya son las obras completas. Por cierto, bajo de la estanteria EL CÍRCULO ALQUÍMICO y lo dejo sobre mi mesa de escritorio. Así no se me pasa más, caramba. Un abrazo Paco.
Pilar ha dicho que…
He leído hace poco "Lo que esconde tu nombre" de Clara Sánchez, trata de todos aquellos alemanes octogenarios (o más) que mataron e hicieron atrocidades y hoy campan por nuestras costas en casas alejadas y estupendas, en la montaña, se ponen los pelos de punta sólo de pensarlo!!
Yo también me siento avergonzada de ser persona, pero sigo pensando y quiero creer en el bien absoluto, lo que pasa que es más silencioso...Un abrazo
José Luis Muñoz ha dicho que…
No la leí, pero sé de qué va. Tengo inédita, espero que por poco tiempo, otra novela de nazis, sobre el doctor Heim, un prófugo de la justicia que nadie sabe dónde para. Se le vio por la Costa Brava en una ocasión. Era tan bestia como Mengele. Un orgullo de su profesión, vamos.
El bien absoluto no vende. Sentimos una atracción por el mal. Yo suelo decir que la persona a la que más admiro, la más heroica es...Vicente Ferrer. La Iglesia no le hizo santo. Ni falta que le hacía.
Pilar ha dicho que…
Están unidos los últimos días.
Yo contesto al de 5 de septiembre.
No hace falta recordarte, no quisiera ponerme en plan "madre" que los días acortan, que de noche, me supongo que no llevas casco ni chaleco reflectante...pues sí, es un poco de locos, así que José Luis, por Dios, ándese con más cuidado, ande, ande...
Pues a mí las noticias a veces me aburren, tengo temporadas, y por supuesto a telediarios que no soporto,los de la 1 y la 2, los mejores, en mi opinión (esto es redundante, pero lo dice mucho la gente, verdad?, no voy a hablar en opinión de otro)...
Me sigue dando mucha envidia (creo que de la sana) esa vida que llevas, es como estar de vacaciones...
Tus comidas, tus siestas, tu cerveza, tu lectura del periódico, tus películas...¿cómo va la leña?
besos
Pilar ha dicho que…
Me encanta la degradación del Señor Tapioca, por cierto, que en Burgos cerraron hace tiempo esa tienda, con lo que me gustaba, y me han dicho que ya no debe quedar ninguna en nuestro país, al menos, creo.
No me imagino como puede ser la eternidad de un caldo.
Coño, con las pelis, las comidas, las cervezas, los libros, joooo, yo quiero, yo quiero...
Por cierto, "leña al mono que es de goma"

Hoy quiero reír....¿se nota?
Besos.---- sigo con los tacones, jejejej
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues qué disgusto me da La Chica de la Bici con lo del Coronel Tapioca. Me pertreché en una tienda de Granada para ir a la India. Los pantalones son extraordinarios, de esos que los lavas y a la hora ya están secos. Pero me hice un siete en el culo que me cosió La Californiana. No poder reponerlos me va a costar un disgusto. Las sandalias son todoterreno; mis pies, no.
¿La eternidad de una sopa? Hazme caso y prueba. No es un invento mío, aunque yo estaba convencido de que sí. Arranca, creo, de la Edad Media y recibe el poco edificante nombre de Olla podrida. Pero le aseguro que la mia no está. Aquellos eran tiempos de crisis, justo como ahora. A este paso volvemos a la caverna.
Esther ha dicho que…
Hola José Luis. Soy Esther, de Madrid (amiga de Paco). No sé si te acuerdas de mí. Tuvimos un maravilloso intercambio de emails a raiz de mi lectura de "EL mal absoluto". Sí, vi el documental y me pregunté si sería ése el que te llevó a escribir esa novela.Compruebo ahora que sí.

HE leído mucho sobre los campos, he visto documentales, películas...mucho. Nunca deja de imrpesionarme como si fuera la primera vez. Se instala en mí una sensación gris,átona,pesada. Como es el sinsentido y el temor de que nada pueda evitar que vuelva a ocurrir. El mundo se cubre de una capa que lo hace insufrible. Es lo que siento cada vez que veo o leo algo así. No importa lo mucho que conozca lo que voy a ver o leer.
Espero ansiosa tu nueva novela sobre ese nazi.
Besos
Esther
José Luis Muñoz ha dicho que…
En efecto. Pero lo habían troceado y mezclado con imágenes de otros documentales. Por ejemplo, no estaba el miembro de los sonderkomandos que me inspiró para EL MAL ABSOLUTO. El documental entero de la BBC era mucho más estremecedor.
Claro que me acuerdo, Esther. Y te he echado de menos en las Ferias del Libro de Madrid. La tuya fue la mejor entrevista que me hicieron sobre la novela, la más profunda. Gracias de nuevo.
Pues yo también quiero que se publique pronto esa novela sobre ese nazi. Es diferente. Está más en la línea de las novelas de John Le Carré, pero planea el horror de los campos de exterminio a lo largo de sus páginas.