LA PELÍCULA

EL ORIGEN DEL PLANETA
DE LOS SIMIOS
Rupert Wyatt

Que nadie espere ver en esta película de serie B una precuela de esa obra de culto de Franklin J. Schaffner, para lucimiento de los pectorales de un Charlton Heston inspirado y un grupo de actores metidos en la piel de los monos, que fue El planeta de los simios, una película artesanal que devino icono, funcionó muy bien y será recordada por los amantes de la ciencia ficción por su impactante final con la estatua de la Libertad neoyorquina enterrada en una playa. Por desgracia, pero como suele ser habitual, el film de Schaffner, que marcó toda una época, generó una serie de secuelas cada vez peores hasta llegar a la de Tim Burton, la más mala de todas ellas, sin duda. Pero El origen del planeta de los simios nada tiene que ver con ese supuesto precedente cinematográfico, salvo su engañoso título y sus peludos intérpretes, y es un refrito de otros filmes anteriores como las versiones, siempre decepcionantes, incluida la de John Frankenheimer, de La isla del doctor Moreau (experimentos con mamíferos son aquí con simios a los que se les inyecta una sustancia que desarrolla tanto su inteligencia que la equipara a la de los humanos); de 2001, una odisea en el espacio, en la coreografia simiesca en la que César, el líder inteligente de la manada cautiva, esgrime una porra de descargas eléctricas, arrebatada a su subnormal cuidador, como bastón de mando a imagen y semejanza de la quijada del mono kubrickiano. Y hay más Kubrick, por supuesto, del que el director de este film parece ser admirador, en esa rebelión que libera a los monos de su encierro, y de su condición de cobayas, cuyo fin es el sacrificio para los avances de la ciencia humana, y los expande por la ciudad de San Francisco, a imagen y semejanza de los gladiadores rebeldes de Espartaco que escapan de la escuela de Lentulus Batiatus/Peter Ustinov, con utilización de las rejas de sus celdas como lanzas incluido. Pero el refrito es malo, porque falla el aceite, los actores son de cuarta fila, salvo John Lithgow, la película es previsible desde el principio y no ofrece la más mínima sorpresa y el espectador tiene la sensación, siempre, de estar viendo una de esas típicas películas familiares de domingo por la tarde que pasan por televisión para que conciliemos mejor la siesta, con animales incluidos. Y como curiosidad el tratamiento ligth de la violencia en el film: no hay. Son los simios tan disciplinados que no muerden, ni arañan, ni golpean a sus oponentes en esa rebelión que protagonizan, salvo contadas y muy justificadas excepciones. Son las bestias más disciplinadas que los seres humanos y no se dejan llevar por sus instintos. Tres muertos entre los humanos, los malos malísimos, y algún que otro mono (el gorila clon de King Kong) es un balance de bajas bastante modesto con lo que se lía en ese campo de batalla que es el Golden Gate de San Francisco en donde tiene lugar el enfrentamiento final de la bandada de primates y las fuerzas del orden.
José Luis Muñoz

Comentarios

Poma ha dicho que…
No tenía prespectivas de verla, tras leer su critica , aún menos. O sea mejor sesión repetida de Kubrick.