CINE / LA TIERRA PROMETIDA, DE NIKOLAJ ARCEL
Western
nórdico a la mayor gloria de ese actor proteico y rocoso que es Mads Mikkelsen.
El alcohólico protagonista de Otra ronda es aquí el capitán Ludvig
Khalen, el hijo bastardo de un noble y una sirvienta (el título original de la
película es Bastard) que quiere medrar en la corte del rey danés
Federico V colonizando el árido páramo de Jutlandia, yermo hasta entonces.
Contra viento y marea, y la marea es el despótico, caprichoso y cruel vecino
que tiene, Frederik de Schinkel (Simon Bennbjerq compone un personaje
sencillamente odioso), un terrateniente que mata a sus esclavos por puro placer
y no admite que un plebeyo se establezca al borde de sus límites. Pero Khalen
consigue su propósito, con la ayuda de Ann Barbara (Amanda Collin), una esclava
fugitiva, la niña gitana Anmal Mus (Melina Hacberg), y colonos alemanes, de
convertir Jutlandia en una tierra fértil.
Nikolaj
Arcel (Copenhague, 1972), director todoterreno (Un asunto real, Jinetes
de la justicia, Los hombres que no amaban a las mujeres) con Mads
Mikkelsen como actor fetiche, filma este western áspero y violento, adaptando
la novela de época El capitán y Ann Barbara de la novelista danesa Ida
Jenssen, un alegato sobre la situación social en la Dinamarca del siglo XVIII y
el poder casi feudal que tenían los nobles terratenientes sobre sus campesinos.
La tierra prometida es un drama rural (la lucha de David contra Goliat,
del débil pero testarudo Ludvig Khalen contra Frederik de Schinkel) que se va
cociendo a fuego lento hasta su eclosión final que es una catarsis violenta. El
personaje de Khalen contiene su ira por sus propios intereses —asiste, sin
impedirlo, al martirio y asesinato de su trabajador Anton Eklund (Gustav
Lindh), una de las escenas más brutales de La tierra prometida— y
antepone todo a su obsesión por hacer de Jutlandia una tierra cultivable y
ganarse el apoyo del rey y un título nobiliario.
Cuando
el odioso Schinkel envía una partida de asesinos para diezmar a los colonos de
Khalen, este entra a caballo en su propiedad y se planta pistola en mano ante
su rival que desayuna tranquilamente, y no le dispara, que es lo que el
espectador espera, porque el capitán es un maestro en controlar sus emociones e
impulsos, una especie de Fletcher Christian (Marlon Brando) ante los desmanes
del capitán Blight (Treword Howard) en Rebelión a bordo. Es al final,
cuando rescata a la niña gitana que ha dejado en un hospicio, por la exigencia
de los colonos alemanes a su servicio que la ven como encarnación del maligno,
y se libra de esa tierra que lo tiene esclavizado, cuando el personaje se
humaniza y se libera de sí mismo.
La
fotografía de Rasmus Videbaek saca un partido extraordinario del paisaje yermo
del páramo y de los trabajos agrícolas. La película de Arcel tiene secuencias
memorables como la presencia de esa niebla heladora que despierta a Khalen y
Ann Barbara a medianoche y los obliga a salir de la casa para proteger su
sembrado de patatas con mantas. La relación entre la esclava fugitiva y su
nuevo amo pasa de la simple satisfacción del deseo sexual —ella lo cabalga a él,
tomando la iniciativa, sin ni siquiera desvestirse después de ir a su cama
porque tiene frío, sin besos ni abrazos— a la complicidad amorosa por el roce
diario. Khalen, a medida que avanza la narración, se va humanizando, a pesar de
que cede en todo —el tormento y muerte de su trabajador; la expulsión de la
niña gitana; los desaires y humillaciones de su vecino Schinkel— por su misión
obsesiva y su apego a ese pedazo de tierra que es tan hostil como él mismo. El
ex capitán es un personaje tan adusto y obsesivo que ni tan siquiera
corresponde al coqueteo de Edel Helene (Kristine Kujath Thorp), la aristocrática
hermana de su odiado enemigo que lo tienta con sus besos y se encuentra enfrente
con una roca que no responde a sus requerimientos.
La
tierra prometida
es un drama telúrico extraordinariamente bien filmado en donde la miseria y la
dureza de los que trabajan la tierra contrasta obscenamente con el lujo de los
nobles caprichosos que viven en ostentosos palacios y se comportan con sus
subordinados como auténticos psicópatas y los tratan peor que a las bestias. Nikolaj
Arcel no rehúye de la violencia explícita y sangrante cuando la narración lo
requiere. Recuerda el film, por época y por la situación miserable del
campesinado que retrata, a Pelle el conquistador de Bille August, otro
drama de época, aunque el personaje interpretado por Max von Sydow, sumiso,
cobarde y débil, un antihéroe que decepciona y humilla a su pequeño hijo, está
en las antípodas del de Mads Mikkelsen cuyo recital interpretativo es uno de
los puntos fuertes de esta gran película.
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