FIRMA INVITADA

Tener a mi buen amigo Pedro Gálvez en esta sección es todo un honor. El que, para mí, es uno de los mejores autores de novela histórica de este país, que escribe con un rigor absoluto y nos ofrece una perspectiva nueva del manoseado Imperio Romano, es un asiduo de la Semana Negra y en ese evento le conocí y allí sigo viéndole. Agradezco profundamente el relato sobre el bombardeo de Guernika que me cede para disfrute de todos.

Compasión
© Pedro Gálvez

La humareda pestilente que expulsó el autobús por el tubo de escape irritó los ojos del niño, ennegreciendo el par de lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.
En el autobús, que había partido de la parada de la plaza del Mercado, situada justo en frente de donde su padre, Pedro Guezureya, poseía el restaurante más antiguo y de más solera de la ciudad, la famosa Taberna Vasca, se marchaba a Bilbao su íntimo amigo Pedro, hijo de Juan Silliaco, jefe de bomberos de Guernica.
-No llores -le dijo, con voz entrecortada, Juan Silliaco, que se encontraba a su lado, agitando los brazos en un intento vano por despedirse de su hijo, sepultado ahora en la comprimida masa humana de mujeres y niños que abandonaba la ciudad a las siete y cuarenta y cinco de la mañana de ese lunes 26 de abril de 1937-, que pronto volverá. Anda, Juanito, ve a la escuela, no se te vaya a hacer tarde.

Al otro lado de la calle del Señorío de Vizcaya, por donde había desaparecido el autobús tras el recodo que formaba la mansión descomunal de Rufino Unceta, propietario de la fábrica de armas Astra-Unceta, se alzaba el edificio austero de su escuela.
Podía caminar hasta la plaza que se extendía frente a la entrada principal del edificio, por si lo estaban vigilando desde la casona del restaurante, para deslizarse luego a lo largo de una de las paredes laterales y alcanzar, tras atravesar la calle Allende Salazar, el jardín del Parlamento Vasco, donde se encontraba el árbol de Guernica, el roble sagrado, símbolo de las libertades vascas. De ahí podía subir hasta el convento de Santa Clara y perderse después por las montañas. Pero corría el peligro de que lo vieran desde las ventanas de las aulas de la parte posterior del edificio de la escuela. Además, no quería pasar cerca del roble. Ese año el árbol había tardado mucho en florecer, y los ancianos que venían a tomarse un vino a la taberna de su padre habían asegurado que eso era un mal presagio, por lo que él pensó que sería más prudente evitar toparse con el dichoso árbol.
Arriesgándose a ser descubierto por alguien de su familia, subió corriendo por la calle Adolfo Urioste, cogió a la izquierda por la primera bocacalle, llegó a la calle Santa María y bajó como alma que lleva el diablo hasta alcanzar la carretera del Cementerio, por donde torció a la derecha, en dirección a la fábrica de armas. Había decidido hacer novillos.

Se alejaría unos cuatro kilómetros de la ciudad, pasado ya el cementerio, para ponerse a rebuscar por la explanada en la que, en los tiempos medievales, se celebraban los torneos de caballeros. En más de una ocasión había encontrado en ese lugar algunas puntas de lanza. Luego bajaría a pescar al río Mundaca. Tenía que reflexionar.
Aún no sabía exactamente por qué Juan Silliaco había enviado a su hijo a Bilbao. Lo que sí sabía era que Pedro, su mejor amigo, no quería irse. Lo convenció al fin su padre al decirle que en Bilbao podría admirar coches de bomberos mucho más grandes y espléndidos que el de Guernica, ya destartalado y arrastrado por un jamelgo que apenas servía para tirar de sí mismo.
Pero los dos intuían que la razón era otra. Durante las últimas semanas habían estado escuchando a lo lejos, en las montañas, fuego de artillería. Detrás de aquellas montañas, según les habían dicho, estaban apostadas las tropas marroquíes del general Mola. Si entraban en la ciudad fornicarían a las mujeres y sodomizarían a los niños. Se rompieron la cabeza, tratando de descubrir el significado de ambas palabras. Fornicar no les decía nada, y sodomizar les resultaba incomprensible. Por muchas vueltas que le dieron, no lograron hacerse una idea de lo que los soldados marroquíes hacían con mujeres y niños. Cuando se lo preguntaron a Augusto Unceta, hijo menor del fabricante de armas, este les dijo:
-¡Qué imbéciles e incultos que sois! Sodomizar significa dar por saco.
Sin embargo, por mucho que reflexionaron sobre esa expresión, tampoco lograron entenderla.
El padre de Pedro sí entendía lo que se ocultaba tras esas expresiones. Las hordas africanas del general Mola violarían a las mujeres y las torturarían antes de degollarlas. A los niños los sodomizarían antes de infligirles una muerte cruel. El día anterior, domingo 25 de abril de 1937, el padre José Iturran, párroco de la iglesia de Santa María y a quien todos llamaban el Papa de la iglesia de la colina, había descrito desde su púlpito el martirio del párroco de Eunari a mano de los nacionalistas, quienes perpetraban sus crímenes, tal como recalcó encolerizado, en el nombre de Dios y al amparo del silencio cómplice del Vaticano y las jerarquías eclesiásticas. Aún le retumbaban en los oídos las palabras del padre Iturran:
-Los moros se presentaron justamente cuando el sacerdote oficiaba la misa. Le cortaron la nariz y las orejas y se las clavaron en la lengua. Lo colgaron luego en el campanario y lo abandonaron a una muerte atroz. Y os cuento esto para que entendáis por qué os insto a sacar de la ciudad al menos a las mujeres y los niños antes de que entren los nacionales en ella.
Los feligreses, que pertenecían en su mayoría a la burguesía local, se escandalizaron, cuanto más que el padre Iturran era más bien de tendencia conservadora, todo lo contrario del padre Eusebio Arronastegui, párroco de la iglesia de San Juan, quien en ese mismo domingo había amonestado a sus feligreses jóvenes, diciéndoles que estaban de más en la misa, pues su deber era defender en el frente a quienes no podían empuñar un fusil.
El niño, Juan Guezureya, no había asistido a ninguna de las dos misas. Lo único que había oído decir a toda la gente mayor era que los nacionales no se atreverían a profanar la ciudad sagrada de los vascos, por lo que seguía sin entender la marcha a Bilbao de su amigo Pedro.
En aquel hermoso día soleado de primavera, en el que el azul del cielo solo se veía interrumpido por algunos borreguillos, cavilando sobre todo esto, el niño pasó la mañana por las riberas del Mundaca, fue luego a comer al restaurante de su padre y a eso de las tres y cincuenta y cinco de la tarde se encaminó por la calle de la Estación, con la intención de cruzar el puente de Rentería y pasarse por el convento de la Merced, donde con toda seguridad las monjas le obsequiarían con un pastelillo.
Al llegar a la esquina de la calle de Don Tello, donde esta se amplia para formar la plaza de la Estación, vio un nutrido grupo de mujeres, algunas de ellas con una nena o un nene en los brazos.
Cayeron entonces en Guernica las primeras bombas.
Cayeron precisamente en aquella calle tan larga y tan sombría, de edificios hacinados de cinco plantas de altura.
Vio entonces el niño cómo los cuerpos de las mujeres se elevaban hasta la misma altura de los tejados de los edificios y se convertían en una nube de carne humana de la que llovían cabezas, troncos, brazos y piernas.
Aterrorizado, entre los estallidos de las bombas y los primeros incendios, regresó por donde había venido, alcanzó la calle Santa María, torció a la izquierda por la Artecalle, pasó por la plaza de los Fueros y subió por la calle San Juan hasta internarse por la calle Allende Salazar, una alameda ancha y hermosa, poblada de tilos y en la que los niños solían darse cita para jugar.
No se había equivocado en su huida: allí se encontró con un grupo de unos treinta niños que parecían haberse puesto de acuerdo en ir a refugiarse en la gigantesca alcantarilla por donde se recogían y desviaban las riadas en los días lluviosos del año.
En esos momentos, seca y con paredes de hormigón de quince centímetros de espesor, los niños pensaron que sería el mejor lugar de la ciudad para protegerse de las bombas. Ningún maestro les había explicado en la escuela los efectos devastadores de una explosión en la boca de un alcantarillado.

En su interior se refugiaron los niños, abrazados unos a otros, temblando cada vez que una bomba explotaba en la ciudad.
Hasta que un bombardero Ju 52 dejó caer una bomba explosiva de doscientos cincuenta kilogramos en las inmediaciones de la boca de la alcantarilla. Los cuerpos de los niños solo serían rescatados muchos meses después, cuando una fuerte riada los arrancó de su sepultura.

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En la base aérea de Vitoria, el teniente coronel Wolfram von Richthofen, barón de Richthofen, jefe del Estado Mayor de la Legión Cóndor, de pie e inclinado sobre una mesa en la que había extendido el mapa de operaciones de la zona de Bilbao, hacía sus últimas anotaciones en el mapa y se sonreía satisfecho
Un nuevo día sin incidentes dignos de mención y en el que podía apuntarse un éxito completo, tal como rezaba el comunicado que acababa de enviar a Berlín.
En su despacho espartano, sobre una mesita situada en un rincón había colocado su flauta, de la que jamás se separaba. No había podido tocarla en todo el día. Eso era algo que le ponía muy nervioso, como tantas cosas en esa maldita guerra. No entendía por qué los generales españoles no podían levantarse, como él, a las seis de la mañana, ni lograba explicarse por qué no sacaban el mayor provecho posible a la gran destrucción que sus aviones, sin peligro alguno, ocasionaban al enemigo.
Pero había también cosas maravillosas en esa guerra. El general Mola, por ejemplo, estaba convencido de que España era un país hiperindustrializado, por lo que había pedido al general Hugo Sperrle, comandante en jefe de la Legión Cóndor, que destruyese el mayor número posible de fábricas, “en pro de la buena salud espiritual de sus compatriotas”. La experiencia que habían acumulado sus pilotos gracias a esa solicitud había sido inmensa. Era justamente lo que necesitaba su Führer para sus grandes proyectos de expansión en Europa.
Y hacía tan solo unos días el mismísimo general Francisco Franco había pedido a los alemanes que diesen un buen escarmiento a los vascos, destruyéndoles la ciudad más emblemática de su historia. Eso les daba la oportunidad de llevar a la práctica las teorías más modernas sobre la guerra aérea, en las que se postulaba que la manera más eficaz de vencer el espíritu de resistencia de un ejército enemigo consistía en atacarlo en la retaguardia y reducir a cenizas sus ciudades. La muerte de sus padres, de sus mujeres y sus hijos haría ver a los soldados la inutilidad de defender un frente en el que no protegían ya a sus seres más queridos. Y ese mismo día, él, el teniente coronel Wolfram von Richthofen, barón de Richthofen, había tenido el privilegio de ser el primero en tratar de verificar esas nuevas teorías. Se sentía orgulloso y satisfecho. Una nueva experiencia acumulada para la gran guerra que se acercaba.
Lo único que le había enturbiado un poco el día, ya de buena mañana, cuando estaban acordando el ritmo y el carácter de la operación, habían sido las objeciones del capitán Ehrhart Krafft von Dellmensingen, quien para colmo era el jefe de escuadrilla con más años de antigüedad en el servicio.
Del cuartel general de los nacionalistas en Burgos y también de Berlín habían recibido la orden de camuflar la operación como si su objetivo fuese destruir el estratégico puente de Rentería para impedir el repliegue de los rojos hacia Bilbao, por lo que había impartido sus órdenes en forma un tanto ambigua, pero equipando los aviones con las bombas que garantizarían el cumplimiento de lo acordado, ya que ningún piloto se arriesgaría a volver a la base sin haber soltado toda su carga.
El testarudo capitán se había opuesto enérgicamente al empleo de bombas incendiarias, e incluso tan solo a regañadientes había aceptado las bombas de metralla.
-¿Para qué demonios queremos -había dicho, indignado- bomba
s incendiarias si lo que pretendemos es destruir un puente de piedra?
Y en esos momentos, pasadas ya las ocho de la tarde, pese a que todos los aviones habían regresado a la base y disponía ya de un informe exhaustivo de lo ocurrido durante el día, el único que faltaba por presentarse era el capitán Krafft.
Cuando al fin entró en su despacho y le dio el parte de las operaciones realizadas, recalcando una y otra vez que no habían destruido el puente, el teniente coronel Richthofen se le quedó mirando inquisitivamente.
-No parece muy satisfecho con el trabajo del día. Ya he comunicado a Berlín que el éxito ha sido rotundo; y la jornada, apacible y por demás tranquila. ¿No piensa usted lo mismo?
-Si me permite decirle la verdad, mi teniente coronel, opino que hemos cometido la gran cerdada.
A punto de estallar, el jefe de Estado Mayor de la Legión Cóndor se contuvo, contempló con conmiseración a su subordinado y le dijo en el tono que se emplea para persuadir a un niño terco:
-Mírelo así, capitán. Piense en las atrocidades que cometerán las tropas del general Mola cuando entren en la ciudad, sobre todo nuestros queridos soldados africanos, a quienes respetamos por su valentía y ferocidad, pero a los que hay que reconocer cierta predisposición al salvajismo. Sabe usted perfectamente que violarán a mujeres y niños, que los torturarán antes de infligirles una muerte espantosa. Nosotros les hemos evitado esos sufrimientos. Ha sido, en el fondo, un acto de compasión.
Al cerrar tras de sí la puerta del despacho de su superior, apenas se había alejado seis pasos cuando el capitán Ehrhart Krafft von Dellmensingen escuchó los acordes del solo de flauta de Papageno de la Flauta Mágica de Wolfgang Amadeus Mozart.


Pedro Gálvez (Málaga , 1940) Hijo del exilio republicano español. Estudió en Venezuela y en Alemania, y regresó en 1975 a España, donde ejerció como periodista y traductor. Actualmente vive en Munich. Nerón. Diario de un emperador, versión original inédita en español hasta la fecha, ha sido publicada con gran éxito por una prestigiosa editorial alemana. Ha traducido el Fausto de Goethe y obras de Heinrich Heine. Es autor de Historia de una hormiga, El duende y una novela histórica que apareció primero en Alemania con el título de Ich, Kaiser Nero y que ha sido publicada en España bajo el título de Nerón - Diario de un emperador.

Libros publicados

Historia de una hormiga

El duende

Desarraigo

Hypatía

Nerón

El maestro del emperador

La emperatriz de Roma

Comentarios

Pepsande ha dicho que…
Hola soy profesor de español en Múnich, y hoy he conocido a este escritor en el café, lo había visto repetidas veces por los alrededores, por la plaza,.... pensé que era un señor latino, igual griego, portugués, o,...pero mi casera, que guarda en casa una trilogía clásica que Pedro le regaló y que llegó al café, me lo presentó como Pedro Gálvez, el escritor de Málaga e inocente chiquillo de la cárcel donde los franquistas habían encerrado a su madre y a otros muchos "rojos"
Pepsande ha dicho que…
Hola soy profesor de español en Múnich, y hoy he conocido a este escritor en el café, lo había visto repetidas veces por los alrededores, por la plaza,.... pensé que era un señor latino, igual griego, portugués, o,...pero mi casera, que guarda en casa una trilogía clásica que Pedro le regaló y que llegó al café, me lo presentó como Pedro Gálvez, el escritor de Málaga e inocente chiquillo de la cárcel donde los franquistas habían encerrado a su madre y a otros muchos "rojos"
Pepsande ha dicho que…
Hola soy profesor de español en Múnich, y hoy he conocido a este escritor en el café, lo había visto repetidas veces por los alrededores, por la plaza,.... pensé que era un señor latino, igual griego, portugués, o,...pero mi casera, que guarda en casa una trilogía clásica que Pedro le regaló y que llegó al café, me lo presentó como Pedro Gálvez, el escritor de Málaga e inocente chiquillo de la cárcel donde los franquistas habían encerrado a su madre y a otros muchos "rojos"
Pepsande ha dicho que…
Hola soy profesor de español en Múnich, y hoy he conocido a este escritor en el café, lo había visto repetidas veces por los alrededores, por la plaza,.... pensé que era un señor latino, igual griego, portugués, o,...pero mi casera, que guarda en casa una trilogía clásica que Pedro le regaló y que llegó al café, me lo presentó como Pedro Gálvez, el escritor de Málaga e inocente chiquillo de la cárcel donde los franquistas habían encerrado a su madre y a otros muchos "rojos"
José Luis Muñoz ha dicho que…
Me alegro de que sepas algo de él. Pedro Gálvez desaparece como el Guadiana. Si lo vuelves a ver dale un abrazo de mi parte