EL RELATO

Muchos años antes de ver el Nilo, o habiéndolo visto en películas y documentales ─ en Karthoum (1966) de Basil Dearden, por ejemplo, en donde Charlton Heston encarnaba al genera Gordon, que moría lanceado, mientras un tiznado Laurence Olivier interpretaba a El Mahdi ─ escribí este relato que les ofrezco, levemente colonial y homosexual, que ganó un concurso de literatura gay en Valencia hace bastantes años: Valenciabears. Insistieron los convocantes en que fuera a recoger personalmente el premio, para agasajarme, pero yo preferí enviarles el número de mi cuenta corriente.
Las fotos fueron tomada durante mi reciente viaje por el Nilo

NILO ARRIBA
José Luis Muñoz

Fue hacia el cuarto día de viaje cuando el calor se hizo más insoportable, tanto que ni los trozos de hielo con que nos frotábamos el cuerpo ni el agua embotellada repugnantemente caliente que bebíamos conseguía aliviarnos. El Nilo serpenteaba entre meandros por aquel desierto blanco y polvoriento, bordeado de palmerales, y la falúa de vela latina se deslizaba lenta y tan escorada por sus aguas mansas que yo podía tocar con mis dedos la superficie del río con mis dedos. Hacía cuatro días que habíamos salido de El Cairo y yo comenzaba a arrepentirme de haber escogido este tipo de locomoción para remontar el río en lugar de la más cómoda, aunque vulgar, de los vapores para turistas que llegaban hasta Assuán. De ello debía culpar a Arthur, mi compañero de aventura, que debía creerse la reencarnación de sir Richard Burton navegando hacia las fuentes del Nilo.
La brisa que nos impulsaba, y que nos aliviaba, había dejado de soplar y la falúa se deslizaba tan lentamente por el agua que su movimiento era imperceptible. Intermitentemente oscuros campesinos, desde las márgenes, con las piernas hundidas en sus minúsculos cultivos, nos saludaban agitando al aire las palmas de sus manos de una blancura tan increíble como sus dentaduras.
- Me maravilla que puedan mostrarse así de felices trabajando bajo este sol de muerte.
- Están tan integrados en el paisaje como tú y yo estamos fuera de él - me dijo Arthur, llenándose un vaso de whisky.
Lo que más me irritaba de ese tipo de viajes, aparte de las típicas incomodidades que conllevaba el estar en un país que, pese al turismo, continuaba anclado en el tercermundismo, era la imposibilidad de practicar la higiene diaria. Allí, en el Nilo, paradójicamente rodeados por una masa tan imponente de agua, nos resultaba imposible cepillarnos los dientes o lavarnos la cara, y ni siquiera chapuzarnos bajo el riesgo de ser devorado por alguno de los cocodrilos que infestaban sus aguas. Y por Dios, en aquellos momentos habría dado buena parte de mi brazo por una buena ducha en un hotel de El Cairo y una helada cerveza en una de sus terrazas.
Miss Katherine, antes del comienzo de nuestra aventura, en su casa de Brighton, entre sorbos de té y deliciosas pastas dulces que cocía expresamente para ella la oronda Margareth, nos había advertido a Arthur y a mí que el ser humano, incluso el más pulcro, puede convivir con la suciedad sin demasiados problemas si no hay otro remedio, y para ilustrarnos nos había relatado un arriesgado viaje que hizo a las fuentes del Nilo con el agua tan racionada que optaron por beber la que utilizaban para sus diarias abluciones y prescindir de lavarse durante los treinta días que duró la expedición. Nos dijimos entonces, escuchando su relato y admirando su cuerpo menudo, que si ella había sido capaz de llegar a las fuentes del Nilo con quien fue su primer marido en tan precarias condiciones a mediados de siglo, nosotros no debíamos ser menos. En cuando a lo de renunciar a sus hábitos higiénicos, no la creímos y nos pareció la parte más dura del relato. Estábamos dispuestos a devorar ratas, serpientes o cualquier inmundicia si se terciaba, pero el no lavarnos nos parecía lo más espantoso, la degradación, volver al estado animal. Ahora hacía cuatro días que ni el agua ni el jabón tocaba nuestros cuerpos y parecíamos habernos acostumbrado a nuestro mal olor. Realmente no olíamos mejor que Idris, nuestro guía barquero sudanés, que no debía haberse lavado en su vida, pero cuyo aspecto, sin embargo, era aseado comparado con el nuestro.
Reparé en Idris al quinto día del viaje. Hasta entonces no le había hecho excesivo caso. Era un excelente barquero, sabía manejar las velas de la falúa con destreza y sacar el máximo rendimiento posible de las menguadas brisas, y para mí era una pieza más de la embarcación, que se movía con agilidad de un lado para otro, trepaba por el mástil con la ligereza de un mono y chapurreaba un inglés ininteligible. Iba siempre semidesnudo, cubierto con una simple tela blanca liada a la cintura que a duras penas cubría unas nalgas torneadas de dios del Olimpo y lucía una espléndida musculatura sin un ápice de grasa en ninguna de las partes de su cuerpo: ancho pecho, estrecha cintura, piernas de una extraordinaria musculación y tan flexibles como el caucho. Mi antítesis.
Atardecía y aproveché un periodo de ausencia de brisas para encender mi pipa y observarle a través del humo aromatizado del tabaco mientras Arthur tomaba su segundo trago de whisky, ojeaba un arrugado mapa y me comunicaba que todavía deberíamos remontar el río al menos durante cinco días más hasta llegar a nuestro destino. Idris tenía unos ojos grandes, unos hermosos labios de una anchura y carnalidad insultantes y un delicado mentón, rasgos de una finura que contrastaban con la fortaleza que transmitía su cuerpo siempre en tensión, acuclillado sobre el fondo de la embarcación, preparado siempre para cualquier contratiempo que se presentara, y sus cabellos, ocultos bajo el turbante que permanentemente protegía su cabeza, debían ser crespos y duros, como los de los negros. Comencé a encontrarlo hermoso y a desearlo, y él debió advertir mi repentino interés físico porque a partir de entonces, con cualquier excusa, me sonreía y mostraba su espléndida dentadura blanca, un paraíso de marfil en su rostro oscuro que yo, con mis dientes manchados por la nicotina y mi piel sonrosada moteada de pecas, envidiaba sinceramente.
Tía Katherine nos había puesto en guardia, antes de partir, contra el mágico erotismo del Nilo y la verdad es que yo me lo había tomado a risa. Nos habló de un hermoso porteador nubio con quien hubiera tenido una relación de no acompañarle su marido y estar por entonces mal vistas las relaciones con otras razas. En Inglaterra, cuando me cruzaba con hindúes, paquistaníes, ghaneses o chinos, adoptaba una pose innata de superioridad; no veía seres humanos en ellos, sino gentes inferiores, de otra raza, que acudían a la metrópoli con veneración servil, y ni por lo más remoto se me había pasado por la cabeza acostarme con ninguno de ellos; me decía a mi mismo, ante la ocurrencia de tal pensamiento, que quedaría sucio, contagiado de su miseria ancestral que anidaba bajo el disfraz de sus vestidos occidentalizados si los tocaba o me dejaba tocar por ellos. Mi visión cambió radicalmente en cuanto llegué a El Cairo y comprobé el calor humano de sus gentes y su maravillosa extroversión.
Allí todo se invertía. Un viajero europeo blanco carecía del menor atractivo, era alguien torpón, generalmente de piel sonrosada y manchada de horribles pecas, que se arrastraba por las estrechas calles del zoco enjugándose con vistosos pañuelos de seda el sudor de la frente, que fruncía la boca cuando, para apagar la sed, se le ofrecía en las infectas tabernas una coca-cola caldosa en un vaso pegajoso por la suciedad acumulada, que se irritaba cuando, de vuelta al hotel, descubría que no había conectado el aire acondicionado y las cucarachas corrían prestas por el suelo de la habitación a buscar cobijo bajo la cama; en cambio, un indígena oscuro, con su blanca dentadura y su cuerpo bien formado era muy capaz de despertar la libido porque estaba en armonía con su entorno. Estábamos lejos de Occidente, de la civilización, del mundo rígido, la etiqueta había desaparecido y la naturaleza más salvaje extendía su manto sobre nosotros, envolviéndonos, seduciéndonos, y en esas circunstancias todo parecía posible.
Aquella noche esperé a que Arthur, que se había pasado toda la tarde bebiendo whisky, estuviera profundamente dormido para acercarme a Idris. Habíamos acampado en una de las márgenes del río y el fuego de la hoguera iluminaba tenuemente el rostro del hermoso barquero que se había tendido sobre una raída esterilla. Me aproximé a él, excitado como animal de presa que teme en el último instante del acecho ser descubierto por su víctima, y fui besando en silencio sus labios entreabiertos, sus párpados, su cuello y su pecho, que tenía el gusto terroso del desierto. Idris abrió sus enormes ojos y me miró sin decir palabra mientras mis manos acariciaban su vientre y se deslizaban luego hacia sus caderas. Me dijo algo ininteligible, en su dialecto, y sonrió mientras se desanudaba su taparrabos.
Fue una noche de amor deliciosa y mágica, a orillas del Nilo y bajo los rayos de la luna, arropado por el silencio del desierto, infinitamente más excitante que los sórdidos flirteos de saunas a los que estaba acostumbrado. Nos amamos en silencio, conteniendo nuestros gemidos de placer para no despertar al dormido Arthur. Le amé tantas veces como pude, y también fui amado por él. Sólo cesaron nuestras entregas cuando despuntó el alba y una aves zancudas, con sus graznidos, nos indicaron la salida del sol. Le besé, por última vez, y me separé de su cuerpo mientras me vestía con rapidez y en silencio y él se anudaba el taparrabos a su cintura y se disponía a prepararnos el café.
De este incidente Arthur no tuvo conocimiento hasta muchos años después, un día que, recordando nuestro maravilloso viaje por el Nilo, comenzamos a proyectar en su casa de la campiña las viejas diapositivas que hicimos entonces después de un opíparo almuerzo en el jardín.
- Hombre. Este es Idris. ¿Te acuerdas? Tenía una dentadura maravillosa.
- Y también una verga extraordinaria.
- ¿Qué has dicho?
- Bueno - carraspeé sirviéndome una taza de té y removiendo los dos terrones de azúcar -. Hace de ello tanto tiempo que no te enfadarás. Una noche, mientras dormías, Idris y yo hicimos el amor. Fue realmente excitante.
Tuve la sensación desagradable de que había errado confesando el incidente. Arthur miraba la diapositiva proyectada en la pantalla y me miraba a mí mientras agitaba el hielo en su vaso lleno de whisky escocés.
- ¿Una noche?
- Sí, sólo fue una noche. Vamos, no te vayas a enfadar ahora después de quince años, sería absolutamente ridículo. No tuvo ninguna trascendencia, pero fue hermoso, y doblemente hermoso para mí que me creía un tipo racista. El Nilo, África, la seducción del desierto y de sus nativos.
- Mi ingenuo Charles. A Idris me lo estuve tirando cada noche de nuestro viaje por el Nilo menos una, que imaginó que sería la que te cedió sus favores. Tenía un bonito trasero y era un muchacho sumamente dócil y dulce, he de confesarlo, hecho para el placer. Efebos como él no existen en el gris Occidente. ¿No crees?
Me sentí ridículo y vejado, y maldije a Idris por su facilidad carnal. ¿Seguiría encandilando turistas con su encantadora sonrisa? ¿Había volcado con su falúa y su hermoso cuerpo había sido pasto de los cocodrilos? ¿Se había convertido en un apacible campesino que cultivaba las márgenes del río y proveía de alimentos a una mujer de anchas caderas y a su numerosa prole? Me prometí a mí mismo volver a hacer ese viaje por el Nilo, pero sin Arthur, yo solo, solos Idris y yo, amándonos sobre las arenas de las dunas, junto al río dios.
- ¿Te has quedado sin habla?
- Me has sorprendido, querido Arthur.
- ¿No tendrás celos?
- ¿Del pasado? ¿De un barquero? No me conoces.
Pero claro que los tenía, a mi pesar, y el absurdo de ese sentimiento me azoraba de forma violenta.
- ¿Quieres sorprenderte aún más?
Miré a Arthur de hito en hito. Hacía más de veinte años que nos conocíamos, desde nuestros estudios de ciencias políticas en la Universidad de Cambridge, pero siempre había tenido la sensación de que nunca habíamos llegado a profundizar en nuestra relación y que era muy capaz de sorprenderme con sus estudiadas extravagancias. Nos unían diversas aficiones, la de la fotografía, la de los viajes y, evidentemente, nuestra condición de homosexuales confesos, aunque nunca habíamos llegado a intimar. Arthur llevaba tan discretamente su homosexualidad, para no disgustar a su anciana madre, que yo ni siquiera conocía a sus amantes. ¿Qué sorpresa me tendría preparada?
Dio un par de palmadas y esperó, mirando hacia la puerta del salón. Yo dejé mi tacita de té vacía en la mesa mientras comenzaba a sudar copiosamente y me removía en mi asiento con cierta intranquilidad. Oí los pasos de alguien que se aproximaba y, a continuación, una figura oscura, alta y esbelta, ataviada con un impecable vestido blanco de manga corta, entró en el salón y se quedó en mitad de él.
- Idris - dijo Arthur señalándome -. Mi viejo amigo Charles, pese a los años transcurridos, se acuerda mucho de ti.
Me sentí avergonzado, como un adolescente, sin osar a alzar la vista por temor a ser deslumbrado por la mirada pura y bella del sudanés. Yo había envejecido, pero él no. Miré a Arthur y lo miré a él, los miré a ambos, con desconfianza, y luego me levanté y salí de la casa, sin apenas saludarlos, jurándome que no volvería a pisarla ni a llamar a mi colega. Días más tarde recibí un sobre acolchado y lo abrí. En su interior había una diapositiva. La contemplé al trasluz. Era de Idris, posando en la falúa, sin su taparrabos, con una sonrisa femenina bailándole en la boca mientras apoyaba la espalda contra el mástil de la embarcación, como un San Sebastián a punto de ser aflechado. La proyecté en la pared blanca del salón, encendí la pipa, aspiré el humo y casi sentí la quemazón del sol en mi piel y el lentísimo vals de la falúa Nilo arriba.

Comentarios

Elizabeth Quezada ha dicho que…
Preciosas fotos y mejores textos. Ya veo por donde se perdió de vacaciones. ¡Qué vida, la vida!
Anónimo ha dicho que…
Ola, what's up amigos? :)
In first steps it's very nice if somebody supports you, so hope to meet friendly and helpful people here. Let me know if I can help you.
Thanks and good luck everyone! ;)