PAISAJES


EL NILO

texto y fotos: José Luis Muñoz


El gigantesco lago Nasser corta el flujo del Nilo a su paso por Aswan. Una de las mayores presas del mundo, construida gracias a la ayuda de los rusos ─ y de ahí la gran afluencia de turismo de ese país por todo Egipto ─ , retiene a los cocodrilos que ya no bajan al tramo inferior del Nilo y se conforman con incordiar a los pescadores de este gigantesco lago artificial del que se salvó el impresionante templo de Abu Simbel. El sistema de turbinas de la presa de Asúan provee de electricidad a buena parte del país.



Una falúa sobrecargada efectúa su travesía impulsada por el viento que infla su única vela triangular. Estos barcos gráciles se han convertido, por derecho propio, en parte del paisaje del Nilo que sin ellos sería otro río.



Las falúas recorren el Nilo de arriba abajo. Dependiendo del viento, que suele soplar siempre con generosidad en esa enorme autopista de agua dulce, se deslizan como silenciosos albatros hendiendo con su proa un agua mansa en apariencia pero que esconde numerosos remolinos.



Con su chilaba, tan blanca como la vela de su falúa, este nubio cierra los ojos al sol y abre su sonrisa al luminoso día. En tierras de Nubia nadie vio llover nunca y las únicas tempestades que recuerdan son las de arena.



La tierra de sedimentación forma frecuentemente islotes en el Nilo que se recubren de pasto. Este me llama poderosamente la atención. Al fondo edificios en construcción que parecen desafiar a la crisis que a todos nos golpea. En esos escasísimos metros de lengua terrestre, que serán inundados con una crecida, pasta un grupo de vacas a la deriva. Rodeadas por el agua vivirán hasta devorar toda la hierba de su exiguo territorio y luego serán rescatadas por un barco para ser transportadas a tierra firme o a otra isla.



Una garza levanta el vuelo sin esfuerzo desde la superficie del río. Con precisión de bailarín, las alas desplegadas y las patas rígidas, su cuerpo emplumado se refleja en la ondulada agua cuando emprende viaje sin apenas un aleteo.

Un pequeño vapor que me recuerda al de La Reina de África. Debe de ser de la misma época, de la Segunda Guerra Mundial. Lo pilota un tipo con turbante que no se parece a Humphrey Bogart mientras otro enturbantado está de cháchara con un colega, de espaldas. De pie, un tipo con chilaba y la cabeza descubierta. Habitantes del Nilo que lo recorren en uno y otro sentido transportando mercancías.



El Nilo tiene vida. La contaminación no es visible. Sus aguas transmiten un mensaje saludable. Es frecuente cruzarse con plantas, como ésta que, si no me equivoco, parece un jacinto que ha echado su raíz en el agua de la que se alimenta. Se deja llevar por la corriente, hasta la desembocadura. Las plantas flotantes reciben el nombre árabe de Sudd, y de ahí Sudán.

La quilla del barco abre una franja de espuma que se hace y deshace. Sobre las aguas del Nilo falúas, barquitas de pesca y hoteles flotantes dibujan su surco, dejan su impronta en sus 6670 kilómetros de zigzagueante curso que lleva las aguas del África tropical a través del desierto del Sahara y las vierte en el Mediterráneo.



El desierto impone su perfil duro a muy pocos metros de la orilla. El paisaje se ha hecho más árido desde que los rusos construyeron la presa de Asúan y terminaron con las periódicas inundaciones tan fértiles para la agricultura. Entre la orilla y la duna inmóvil, una plantación de maíz transgénico, la plaga de los cultivos que también asola tierras nilóticas

Una orilla contaminada y unos pescadores que miran, con indiferencia, la basura que discurre ante su vista. El pescado forma parte importante de la dieta del egipcio.

Pescadores de caña pertrechados con sus sombreros esperan que los peces piquen. La vida en el río es un remanso de paz que se contrapone al trasiego infernal de las ciudades. El Nilo impone su propio ritmo.


Estamos en época de vacas flacas, parecen decirnos estos indiferentes rumiantes que pacen a dos pasos de la orilla del río y marcan sus huesos contra la piel. En Egipto nuestras rollizas vacas del Pirineo no serían más que una ensoñación.

Cuando una vaca pasa hambre es que todo el pueblo está hambriento. La vaca es un baremo fiable para medir la prosperidad de un país. Este ternero consumido se alimenta de un pasto insuficiente para su normal desarrollo. Una segunda plaga bíblica que se hace realidad ante mis ojos.


Dos Nilos para este pescador ataviado como un beduino del desierto que lanza su anzuelo al río. El de detrás, colmado de plásticos y bacterias. El suyo limpio, con otra corriente.


La garza navega a bordo de un florido y extenso jacinto que ha convertido en su isla barco sobre la que desciende río abajo. Cuando se canse, volará de él y regresará de nuevo al caer el sol.



Una pared descarnada, tres árboles resecos, un pasillo verde y el Nilo en combate permanente con el desierto, del que se defiende haciendo crecer una barrera de maleza para que no lo ahogue con sus montañas de arena. El desierto gana terreno por culpa de la presa de Asúan que retiene las aguas del río más largo de África.

Una barca de remos manejada por padre, el hombre de calva blanca que me da la espalda, e hijo, el muchacho que fija la vista en el fotógrafo. Transportan un bidón verde que quizá sea agua.

Empinado sobre un murete, que parece proteger el pequeño huerto de las crecidas del Nilo, este campesino con chilaba azul y turbante blanco parece buscar un apetitoso dátil entre el ramaje de la palmera.

En la margen derecha, bajando hacia el mar, la vegetación es mucho más densa que en la izquierda, asediada por el desierto, y los palmerales se suceden de forma ininterrumpida formando un paisaje regular.

Estampa bucólica junto al Nilo. Un burro que tira de un carro virando de forma forzada junto a la orilla del río, mientras su dueño campesino lo sujeta por la crin y un perro fiel ─ no hay muchos en Egipto a pesar de que Annubis, el dios chacal, reine en los muros de todos los templos ─ observa la secuencia mientras otro burro mira el pasto y un búfalo negro, algo huesudo, digiere lo que ha estado comiendo.


Imagen de plácida belleza. Un denso bosque de arbustos mantiene sus raíces en el agua mansa del río que apenas se ondula por la corriente. Detrás de un oasis de palmeras se distingue lo que parece una fortaleza abandonada. Este sería el paisaje de cualquier siglo pasado sino fuera por las torres de alta tensión del fondo que llevan la electricidad de la presa de Asúan hasta el último rincón de Egipto.

Un efecto óptico del Nilo a su paso por la ciudad de Luxor, la antigua Tebas. La falúa parece navegar por un mar de hierba pero, en realidad, lo hace por uno de los muchos brazos en que se fragmenta el río que crea islotes verdes a su paso.


Dos pescadores en su barca se disponen a echar la red al agua cuando el que no rema, observado atentamente por el que maneja los remos, la desenrede. En la orilla una esbelta garza se pasea como lo viene haciendo desde hace miles de años.

Una visión idílica del atardecer desde una de las terrazas del hotel Sheraton de Lúxor. Sopla una brisa persistente, cálida, que hincha las velas de las falúas que navegan por el Nilo. El agua se riza por el viento. El río impone su placidez al paisaje.

Este búfalo de escasa envergadura y edad ─ aún no le ha brotado la cornamenta ─ mordisquea pasto seco con sus patas en el agua con un fondo de cañaveral del que los egipcios obtienen el azúcar con el que endulzan sus exquisitos pasteles y su té.


En cualquier país del primer mundo ésta herrumbrosa y destartalada camioneta verde sería un vehículo abandonado a su suerte, no en Egipto. Seguramente el vehículo no superaría ninguna ITV por mucho que los inspectores se mostraran comprensivos. El animal mecánico tiene heridas de consideración por todos lados, el morro descarnado por mil y un embates sufridos en los muchos embotellamientos que debió lidiar antes de ir a parar a esta orilla del Nilo en donde descansa a la espera de que la carguen con caña de azúcar.

Este campesino de chilaba azul esgrime una hoz en su diestra con la que intentará desbrozar su modesto terreno delimitado por el bajo murete que lo cerca. Las aguas próximas al río depositan en la orilla el limo tan necesario para la agricultura.


Dos escuálidas vacas, una negra y otra roja, siguen a su amo patrón tocado con turbante blanco mientras, junto al río, una botella de plástico nos dice que estamos en el siglo XXI y no en el XIII como creíamos.


El paisaje fluvial de El Caro es insólito. En una orilla se concentran las barcas de paseo. En la de enfrente, los antiguos barcos de crucero que han sido habilitados como bares, restaurantes y hoteles. El viajero sediento que quiera llevarse una cerveza Sakara a la garganta deberá medir la distancia que media entre el casco del barco bar y la mezquita más cercana para saciar su deseo.

Los pescadores detienen su embarcación para pescar. El que está de pie lanza directamente el sedal al río y lo sujeta entre sus dedos hasta que sienta el tirón de alguna perca tonta que pique el anzuelo. El que esta sentado, tocado con una gorra de visera blanca, revisa los cebos.

Dos barcas varadas junto a la orilla y cuatro pescadores tentando la suerte con sus cañas de pescar. De la riqueza piscícola del Nilo vive buena parte de la población que habita en sus orillas.

La pesca debe de ser abundante a juzgar por las muchas barcas que se ven próximas a las orillas. La variedad de los pescados que se captura en las aguas del Nilo es inabarcable. Los mercados locales están llenos de ellos.


Como en la antigüedad, las aves acuáticas abundan a lo largo del Nilo. Las garzas son de plumaje blanco, largo pico y figura esbelta. Animal sagrado en el antiguo Egipto, fue inmoralizado miles de veces en los bajorrelieves y altorrelieves que adornan los muros de los grandiosos templos juntos a los ibis.


De pie, y en la punta de la proa de su pequeña embarcación, este barquero de poderoso torso hunde la pértiga hasta clavarlo en el fondo de la orilla del Nilo ante un denso cañaveral.

La proa del vapor Barakai surca las aguas del Nilo cuyas ondulaciones, siniestras y caprichosas, parecen las arrugas de una piel. Nuca vi dibujos tan extraños en la superficie de un río engañosamente plácido pero capaz de engullir en un instante al imprudente que se bañe en sus aguas. El río parece un mapa de remolinos.


Los barcos hoteles ya forman parte del paisaje del Nilo como las elegantes falúas. Cargados de turistas, estas casas flotantes de varios pisos trasladan a habitantes del primer mundo ávidos de piedras. Adorarán la cultura milenaria del antiguo Egipto y pasarán de puntillas por el Egipto contemporáneo. Paseantes de monumentos y bazares, regresarán a sus tierras con las retinas saturadas de altorrelieves, bajorrelieves, jeroglíficos, pirámides y columnas, regatearán en los zocos y se pelearán con los taxistas.


El Ramadán, aunque falte un a, o eso me lo parece, tiñe de sangre el agua sobre la que se mece mientras sus dos barqueros, a la espera de pasaje, se refugian del sol bajo la toldilla.


El lujo con el que viajan los visitantes contrasta con la pobreza en que vive inmersa la mayor parte de la población de Egipto que se concentra en las márgenes del río más largo del mundo. El minarete de una mezquita de Luxor parece emerger del centro de este enorme hotel flotante. Mientras permanezca anclado al lado del lugar santo sus pasajeros no podrán beber cerveza ni ningún tipo de alcohol.

Uno de las decenas de cruceros que surcan las aguas del Nilo. Pertrechados con todas las comodidades sus pasajeros, que sólo saldrán de ellos en manadas para recorrer los monumentos del antiguo Egipto bajo un sol abrasador, volverán a sus países sin haber palpado ni por asomo la autentica vida del Egipto actual que bulle en los mercados pintorescos.

Un mediano transbordador lleva pasajeros de una a otra orilla de la ciudad de Luxor. El tráfico entre las dos orillas de la ciudad de los templos y las tumbas reales es continúo.



La vela triangular apedazada de la falúa se recorta contra una enorme duna en Asúan, la ciudad del Nilo en donde nunca llueve, reina siempre un sol libre de cualquier atisbo de nube y sus habitantes, de piel oscura, son nubios. Los nubios, del mismo grupo étnico que los sudaneses, son los negros de Egipto y de ellos salieron algunos faraones como Piankhi, que fue el primero de los llamados faraones negros, una sucesión de reyes nubios que reinaron en Egipto por tres cuartos de siglo y extendieron el imperio hasta Jartum.

Los transbordadores se apiñan en los muelles de Luxor a la espera de sus pasajeros. El usuario, además de pagar el transporte, deberá dejar en la palma del barquero una propina que indique su satisfacción por el servicio. La propina es un hecho cultural al que mal se acostumbra la mentalidad occidental del visitante.


Mares de maíz se extienden por las vegas del Nilo y rodean los palmerales. La tierra cultivable se circunscribe a una estrecha franja verde que discurre paralela a la azul de las aguas del río. Lo verde es vida, y también la bandera del islam. El azul tiñe las chilabas de casi todos los hombres que habitan en las márgenes del río dios.


Sin mucho entusiasmo, estos pescadores se disponen a echar las redes al Nilo. El padre, tocado con el tradicional turbante, rema, mientras un hijo piensa y el otro, de pie, va dejando caer la red. Luego llevarán a vender el pescado en uno de los muchos mercados coloristas y poblados de moscas que abundan en los pueblos ribereños.

Uno de los muchos puentes que cruzan el Nilo a su paso por El Cairo, y un perfil de edificios irregulares que conforman una ciudad tan caótica como hermosa en su conjunto. El Cairo es una ciudad con muchas realidades, con muchos mundos aparte y segregados, con lands separados por dédalos de autopistas infranqueables que se erigen como muros ante el peatón, pero la que asoma al Nilo sea quizá la de cara más amable.



La quilla de una embarcación hiende las aguas del Nilo a su paso por El Cairo. Encabeza el grupo una muchacha con tejanos y camiseta, que descubre una porción de su cintura, y lleva el preceptivo pañuelo, aunque éste no salga en la fotografía.


Una modesta y plana barca de pesca pasa al lado de un enorme hotel flotante varado. Los cruceros que hay en El Cairo hace años dejaron de navegar y sus calderas ya no rugirán más, ni las aspas de sus motores agitarán las aguas del río dios, ni sus chimeneas vomitarán humo negro. Inmóviles, anclados de por vida, se han convertido en hoteles, discotecas, restaurantes o bares.


El taxi acuático es el medio de transporte fluvial más utilizado por lo habitantes de El Cairo. La autopista de agua dulce es un bálsamo de paz si la comparamos con la caotica y embotellada red de avenidas y autopistas que surcan la más populosa ciudad de África y la sumen en un caos de ruido y humo.

Un crucero hace su entrada en el puerto de Luxor en donde permanecerá anclado el tiempo que sus pasajeros tarden en visitar las tumbas del valle de los Reyes y los impresionantes templos de la antigua Tebas. Luego, con otro pasaje, subirá por el Nilo haciendo el trayecto inverso hacia Asúan.



Las terrazas de los hoteles de lujo, como ésta del hotel Sheraton, bordean el Nilo y desde ellas sus huéspedes pueden contemplar, sin apearse de su lujo, con el gañote de una fría botella de cerveza Sakara entre los labios, el flujo del río dios.

El sol ha desaparecido engullido por una duna monstruosa, pero aún hay suficiente luz para que la belleza del Nilo me mantenga arrobado a su orilla. Una modesta embarcación llena de pasajeros surca la inmensidad de sus aguas mientras dos falúas se recortan en su extremo.

Una chalupa se cruza en la inmensidad del Nilo con una falúa propulsada por motor. Al fondo la silueta del oasis se perfila como una impresionante muralla.

El ferry nocturno de Luxor carga su última tanda de pasajeros para dejarlos en la orilla de enfrente. El barco parece tener luz propia en medio de las tinieblas que empiezan a adueñarse de todo.


Luna llena flotando en un cielo que clona el azul pálido del río, o viceversa. Dos montañas descarnadas tras una franja de palmeras y destartalados edificios de pobladores que se arraciman en las márgenes del Nilo, el único territorio habitable de un país asolado por el sol y el calor.

Al anochecer el agua del Nilo adquiere un inquietante color morado y se ondula de forma violenta replicando el azote del viento. El río se convierte en una larga avenida por donde circula el aire con fuerza.


A medida que la luz desaparece la textura de las aguas del Nilo se hace más densa, se espesa. En la orilla, entre las sombras de las palmeras, diminutos destellos de luz indican presencia humana.


El sol se oculta detrás de las enormes hojas de esta palmera que no da dátiles y sí exquisitos palmitos. El cielo, en donde nunca se verá volar ninguna nube, se tiñe de color naranja. El tiempo siempre se detiene en esa hora bruja.

El sol que agoniza forma una aureola que santifica una palmera mientras dos falúas, con las velas desplegadas, permanecen varadas. Desde la sombra del minarete surge la voz del muecín que llama a la oración cuando el día termina.



Poco antes de llegar a Luxor los cruceros fluviales deben salvar esta exclusa estrecha que se adapta, como el guante a la mano, a las dimensiones de los navíos.

Dicen que los cocodrilos se quedaron en el lago Nasser y ya no se dejan ver más allá de Asúan, pero el Nilo, de forma caprichosa, clona en su superficie la piel rugosa de esos enormes saurios como homenaje a los miles que poblaban sus aguas en la antigüedad y que también fueron dioses.



Al atardecer el Nilo se convierte en sangre líquida. Mirándolo uno no puede evitar recordar aquella ristra de plagas que acechó el reinado del faraón Menefta por perseguir al pueblo elegido. Y las aguas del Nilo se convirtieron en sangre.

Las barcas con toldilla esperan a los viajeros. El trayecto suele ser tan breve como lento. El barquero no está para gastar gasolina y se deja llevar por la corriente. Pasados un par de puentes, a la altura del hotel Hyatt, la barca vira y regresa a puerto. Algunas llevan música y ofrecen bebidas, previo pago, a sus clientes.

El sol riela sobre una superficie de aguas oscuras de ese río que nace en las Montañas de la Luna y recorre miles de paisajes en su lento descenso hacia el Mediterraneo. Por el camino pierde su verdor y se cubre de arena.


Cae la tarde sobre Luxor y amaina el viento. El cielo se tiñe de rosa y, en el horizonte, se dibuja la franja oscura de la arboleda que desafía al desierto y cuyas raíces beben directamente del Nilo.

Silueta de un oasis reflejada en las aguas del Nilo. Puntos de luz por cada una de las casas emboscadas entre las palmeras. Cielo suavemente ensangrentado.


Las barcas ornamentadas esperan a sus huéspedes meciéndose en el Nilo a su paso por El Cairo. Cuando cae la tarde corren la toldilla para que sus pasajeros sientan sobre la piel la brisa húmeda del río más largo del mundo. A veces esas barcazas pasean a una familia, una pareja o hasta un único pasajero que paga la gasolina del trayecto.

Entre plata y mercurio el agua del Nilo cairota refleja en sus crestas el rojo del sol que pronto va a dejar de atormentarla.

Atardecer, puente y El Cairo. La polución perpetua que sufre la ciudad más populosa de toda Africa provoca un efecto estético cuando cae la tarde. Ese vaho, mixtura del que emana del río Nilo y de los millones de coches que no pasan ninguna ITV, produce un efecto fantasmagórico de gran belleza.


Las historiadas y algo naifs barcas de paseo llevan a los turistas de una parte a otra del Nilo. El trayecto es agradable cuando el sol empieza a perder su fuerza y el aire cálido es sustituido por una brisa que no es marina sino fluvial. En sus mástiles hondea siempre, orgullosa, la bandera de Egipto.


Las barcas de paseo son utilizadas con frecuencia por los mismos cairotas además de por los turistas. En grupos bulliciosos las toman al abordaje e improvisan una fiesta a bordo en donde no pueden faltar dulces pasteles egipcios de hojaldre, miel y pistacho, te de menta y tristes canciones de amor.


De noche las luces de colores engalanan las barcas de paseo que recorren el Nilo por El Cairo. Esta lleva sólo una pareja. El Nilo propicia el amor y en sus orillas cientos de parejas se miran a los ojos y se hacen tímidos arrumacos.


Ante la barra de esta terraza degusto una fría Sakara mientras picoteo de una bolsa de patatas fritas. Estoy en un barco reconvertido en bar, pastelería, restaurante, y a suficiente distancia de la mezquita más cercana para que me pueda beber una pecaminosa cerveza a precio del primer mundo.


Comentarios

Tareixa ha dicho que…
Preciosas fotos y fantásticos comentarios, pero, claro, juegas con ventaja en esto último, je, je.
Me has devuelto al Egipto que viví hace tres laaaaaargos años, pero al Egipto del viajero, no al del turista.....ese al que añoro volver desde el mismo momento en que salí de él.
Saálam, José Luís, gracias por compartir con los que estamos hambrientos de la Tierra de los Dioses.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias, Tareixa. Emociona toparse con la esfinge de Gizáh, con las pirámides de Keos,Kefren y Micerino, con el templo de Karnak,con la máscara funeraria de Tuthankamon, con todo aquello que uno estudiño cuando eramuy jovencito, vio en fotos, documentales. Pero ése es el Egipto que se lleva el turista. El otro, el que me interesa más es el de loz zocos, el de los mercados. Ese saldrá en breve.
Celebro que te guste. Gracias
umbral de las voces ha dicho que…
Gracias, amigo José Luis por compartir un viaje tan impresionante y hermoso por las extrañas aguas y riberas del Nilo con sus dunas, la sed del desierto abrasador y los nombres legendarios como Luxor y Asuán.
Xavier Borrell ha dicho que…
Bueno José Luis has conseguido que ese viaje sea un poco de los que seguimos el blog, Gracias.
anna ha dicho que…
Las imágenes son especialmente hermosas y sorprendentes. Me encantan las metáforas visuales, y la relación tan estrecha, la querencia, que estableces entre las fotografías y tus palabras. Enhorabuena por el viaje y por la intensidad de la narración.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Muchas gracias, Anna. Egipto es un país muy sugerente y contradictorio, con un pasado impresionante que hace más difícil comprender su presente.
José Luis Muñoz ha dicho que…
De todas formas, Xavier, ese es un viaje que debes hacer y no conformarte con mis fotos y textos. Pediré comisión a Turismo de Egipto. Ja
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias, amigo ecutoriano. Algún día nuestros caminos se cruzarán e iré a verle.
Liliana Lucki ha dicho que…
Gracias por permitir el viaje maravilloso.

Con fotos y comentarios ,mejores a los guias

los que suelen tratarnos de tontos.

Una maravilla.

Saluda desde Argentina ,Liliana
José Luis Muñoz ha dicho que…
Querida amiga Liliana.
Te agradezco tus palabras generosas.
Cuando uno viaje tiene que abrir todos los poros. Es lo que hago. Observar y mirar, con los ojos y a través de la cámara. Luego, casi siempre sale algo literario de la experiencia.
Un abrazo saltando el charco