lunes, 20 de septiembre de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

30/9/2010Ayer tuve una alucinación que duró justo hasta la tarde. Por la mañana, el miércoles fue domingo. Silencio en las calles vacías. Las tiendas, cerradas. Era imposible tomar un café con leche porque no había cafeterías abiertas. Hasta el supermercado de los chinos tenía las persianas bajadas. La ciudad, desierta, sin apenas coches, pareció durante unas horas mágicas el escenario de una película de ciencia ficción. Por la tarde la ensoñación se disolvió y la ciudad despertó, volvió a la más absoluta normalidad. Todo, o casi todo, menos, curiosamente, los bares, muchos de los cuales permanecieron cerrados. No fui al súper de los chinos por la tarde para saber si seguía cerrado o habían abierto. Quise irme a la cama con la ilusión de que mis principales proveedores alimentarios se habían sumado a la huelga que para ellos debe de ser un exotismo occidental, porque en China nadie hace huelga. Hice fotos, con dificultades, de la jornada de huelga desigual. La batería de mi cámara fotográfica se declaró en huelga. Pude fotografiar, eso sí, a esos dos adoradores del Che Guevara que se habían vestido para la ocasión y ansiaban ser recogidos en instantáneas. Parecía una pareja feliz y bien avenida. Yo hice huelga, a mi manera. No fregué los platos. No barrí. No fregué el suelo. No me duché hasta muy tarde, después de tener una pelea dialéctica conmigo mismo. Comí cualquier cosa que no implicara trabajo. Vencí la tentación de ir al cine. Entré en Facebook sólo unos minutos mientras me tomaba una cerveza en un bar que encontré abierto. Y me fui a la cama. La huelga no fue un fracaso, como rezaba para que lo fuera la derecha cavernaria, pero no detuvo las ciudades, aunque sí la mía hasta la tarde. Los sindicatos tendrán que seguir haciendo gimnasia si no quieren que se les atrofie la musculatura. Y el gobierno, para seguir gobernando como lo hace la derecha, debería dimitir. En Barcelona los antisistema caldearon el ambiente, y un coche de la guardia urbana, aunque por televisión lo que se veía era a los mossos de esquadra dando unas palizas descomunales a gente que estaba tumbada en la vía pública. Parece que la capital catalana es una sucursal de la kale borroka.Muere Arthur Penn, uno de los grandes realizadores de Hollywood aunque para el cine llevaba muerto muchos años. No hace mucho volví a ver dos de sus películas que más me gustaron y comprobé que seguían intactas: La jauría humana, en donde un jovencísimo Robert Redford es linchado por unos detestables sureños que se aburren y nada puede hacer por evitarlo un grandioso Marlon Brando que interpreta al ético sheriff del pueblo─ la paliza que le dan, sobre una mesa, es una de las más salvajes del cine ─ y Bonnie and Clyde, la historia de esa pareja de delincuentes míticos que elevó a Faye Dunaway a icono erótico. De Penn me gustó mucho Georgia, que no he vuelto a ver, y no me gustó nunca Pequeño gran hombre, que tanto éxito cosechó en su momento. Sólo nos queda Sidney Lumet. Y Robert Mulligan, si es que no ha muerto ya.Tony Curtis se pone de acuerdo para irse el mismo día que lo hace Arthur Penn. El estrangulador de Boston hubo de luchar toda su vida contra su rostro que lo abocaría a la comedia. Estuvo genial a la órdenes de Billy Wilder en Con faldas y a lo loco, pero yo prefiero su interpretación en Espartaco de Kubrick y esa extraordinaria pelea a espada con Kirk Douglas al final de la película en la que intentan darse muerte el uno al otro para evitar el suplicio atroz de la cruz. Empiezo a leer otra de esas novelas inéditas que aspiran a dejar de serlo. Me engancha, aunque no sé bien que tiene que ver una trama policial con el hundimiento del Prestige, que está muy bien narrado. Son como dos novelas que van en paralelo e, imagino, confluirán en algún momento. En una mañana me leo cien páginas.Sigo abducido con esa serie maravillosa llamada Mad Men entre cuyos actores reconozco a Robert Morse, un cómico norteamericano con flequillo y cara de chiquillo que actuaba en algunas comedias norteamericanas con discreto éxito. Interpreta aquí al propietario de la agencia publicitaria, un tipo extraño que siempre se desplaza por su edificio sin sus zapatos. Entre las intérpretes femeninas hay una pelirroja sencillamente turbadora.

domingo, 19 de septiembre de 2010

MIS LIBROS

Publicado en PERIODISTAS EN ESPAÑOL
“La Frontera Sur”, de José Luis Muñoz, un policíaco brutal
Editado por Víctor Claudín 26 de Agosto de 2010

Víctor Claudín.- José Luis Muñoz es un prolífico escritor de novela policíaca y, también, de novela erótica, entre otros géneros. Lo subrayo nada más empezar para que el lector sepa que, además de violenta, esta novela tiene mucho contenido sexual. No es un inconveniente, porque lo hace muy bien, como la tensión con la que dota al relato, fantástica. Pero, vamos, aviso que no es una obra para lectores melindrosos. Ganó con La Frontera Sur el IV Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, convocado por la editorial andaluza Almuzara y por el Ayuntamiento del municipio sevillano.
El jurado, compuesto por el escritor y guionista Fernando Marías, el novelista argentino Guillermo Orsi y el editor Javier Ortega, la valoró triunfal por "la vívida y certera descripción de ambientes, así como la construcción de una sólida trama ambientada en la línea divisoria que separa dos mundos tan dispares pero tan próximos como Estados Unidos y México, en la que los protagonistas se ven arrastrados por una vorágine de pasiones, y donde imperan el crimen y el instinto de supervivencia".
También me apropio de las palabras de aquel jurado para señalar que La Frontera Sur se sitúa en el lado más duro del género para ofrecer una turbadora historia por la que transitan amantes que aspiran a un paraíso ficticio, policías corruptos y sanguinarios, sicarios y asesinos psicópatas. Ése es el mundo descrito con un conocimiento preciso, probablemente acumulado en viajes a los que José Luis Muñoz parece asiduo. Va más allá, ha querido hacer una novela igualmente fronteriza, chicana, mexicana, y lo ha logrado con sabiduría plena.
Mientras, al otro lado de la frontera, el mundo es… idéntico en el fondo, pero cuidado en las apariencias. Porque lo civilizado parece consistir en refinar los mismos delitos, disimulándolos tras fachadas políticamente correctas.
Una novela trepidante de las que no puedes dejar hasta que las terminas, Yo me la he bebido a grandes sorbos apasionados. Es una novela brutal pero tierna, explícita, que brinda un recorrido por los infiernos de las sociedades fronterizas, y el hombre siempre anda entre elecciones difíciles de acomodar. Una novela de amor y odio donde sus protagonistas se ven arrastrados por el fatalismo. ¡Brutal de la muerte! Y no es sueco, es español nacido en Salamanca.
José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), escritor, articulista y viajero, es uno de los exponentes más asentados de la narrativa negra española, con una extensa y fructífera trayectoria –El cadáver bajo el jardín, Barcelona negra, La casa del sueño, Mala hierba, Lluvia de níquel, Último caso del inspector Rodríguez Pachón, La caraqueña del Maní, El mal absoluto y El corazón de Yacaré– que no le ha impedido transitar con éxito otros géneros, como la novela histórica –la trilogía de La pérdida del Paraíso sobre el descubrimiento de América y Los ritos secretos–, la literatura erótica –Pubis de vello rojo, El sabor de su piel-, el género fantástico –El Barroco, Los ojos ajenos, Serás gaviota- o la crítica en clave de humor del mundillo literario en LiftinCursivag. Muñoz suma este Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona al Tigre Juan, el Azorín, La Sonrisa Vertical, el Café Gijón, el Camilo José Cela y el Ciudad de Badajoz de Novela.
La frontera sur
José Luis Muñoz
Editorial Almuzara
ISBN: 9788492924196
373 páginas
19,95 €

EL LIBRO

VERANO
J.M. Coetzee

Mondadori, 2010
255 págs.

¿Hasta dónde llega el egocentrismo de los escritores que, hartos de buscar argumentos externos, se dedican a novelarse en una especie de autocanibalismo literario y ejercicio endogámico? Este es el desafío que se propone Coetzee en Verano, impúdico libro sobre sí mismo.
Es ésta una novela camuflada de autobiografía, o una autobiografía con piel de novela. En cualquiera de los casos, un excelente ejercicio literario, y juego divertido ─ atentos los que piensan que el nobel sudafricano es un autor excesivamente serio cuya concepción dramática de la vida le permite rasgos de humor, porque están muy equivocados─ en el que Coetzee ironiza sobre si mismo y sobre su fama de persona fría. “¿Así qué, después de todo, este tipo seco tiene sentimientos?”
Un periodista prepara la biografía de Coetzee a poco de morir éste. Para ello cuenta con los puntos de vista, las opiniones y las anécdotas de cinco personas que le conocieron y no daban un céntimo por él. Así el periodista entrevista a una amante que tuvo, Julia, que no tiene muy buena opinión del autor de Desgracia. “Dos autómatas inescrutables, cada uno de los cuales mantiene un inescrutable comercio con el cuerpo del otro: así me sentía en la cama con John. Dos empresas independientes en marcha, la suya y la mía. No puedo decir cómo era su empresa conmigo, pues me resultaba opaca. Pero para resumir: el sexo con él carecía por completo de emoción”; noveliza una chusca historia con el autor que tuvo su prima Margot cuando la pick-up de John los dejó tirados en medio del desierto. “¿Por qué será que el cuerpo de su primo no la calienta? No solo no la calienta, sino que cree extraerle su propio calor corporal. ¿Es por naturaleza incapaz de emitir calor como es asexuado?”; entrevista a una brasileña emigrante en Sudáfrica, profesora de baile latino, Adriana, cuya hija lo tiene como profesor de inglés. “Pero le faltaba una cualidad que una mujer busca en un hombre, una cualidad de fuerza, de virilidad; No, no era neutro, solitario. No estaba hecho para la vida conyugal…¿Cree que debería sentirme halagada porque quiere que aparezca en su libro como la amante de Coetzee? Se equivoca. Para mi ese hombre no era un escritor famoso, no era más que un profesor y, además, un profesor sin título”; entrevista a Martin, profesor con el que compitió, y perdió, por una plaza de enseñante; y termina con Sophie, la amante que resulta más condescendiente con el nobel sudafricano. El Coetzee literato tiene una liviana presencia en esta divertida falsa autobiografía. Veamos lo que opina quien le conoció entre las sábanas sobre su faceta de escritor: “No puedo decir que Tierras de poniente me guste. Sé que parezco anticuada, pero prefiero que los libros tengan héroes y heroínas como es debido, personajes a los que puedas admirar”.
Reina el humor en este endiablado e inteligente retrato que Coetzee hace de sí mismo y que uno intuye como autodefensa del autor, consciente de la imagen que proyecta y que se encarga de destruir con diálogos desternillantes.
“—Para la mujer adecuada, serías un marido de primera, dije—. Responsable, trabajador, inteligente. Un buen partido y además excelente en la cama. —Aunque eso no era estrictamente cierto—. Cariñoso— añadí como una idea tardía, aunque eso tampoco era cierto”.
Con todos estos materiales, hábilmente dispuestos, no sólo Coetzee organiza una mirada cargada de cruel humor autocritico sobre sí mismo sino que analiza, de soslayo, su país, su apartheid, el desarraigo de sus habitantes que, por mucho que se reclamen hijos de esa tierra, nunca lo serán, habla de gente común, como su padre y de su relación con él, algo que parece obsesionarle. “No, claro que John no quería a su padre, no quería a nadie, no estaba hecho para amar. Pero tenía un sentimiento de culpa con respecto a su padre. Se sentía culpable y, en consecuencia, cumplía con su deber”. Y pasa por alto su faceta literaria para centrarse en un tipo paleto, soso, poco atractivo para las mujeres, de escasas palabras, al que le gusta, sobre todo, …hormigona, y así se define.
“Las mujeres no se enamoraban de él... por lo menos las mujeres que estaban en su sano juicio. Lo inspeccionaban, lo husmeaban, tal vez incluso lo probaban. Y entonces seguían su camino”.
Una original y sorprendente autobiografía de uno de los escritores más importantes de nuestro tiempo que desmitifica el rol de escritor y lo baja del Olimpo para hacerle pisar tierra, la árida y dolorida de Sudáfrica. Una sutil trampa en la que cada latigazo que el autor descarga sobre su espalda se convierte en autoelogio, pues el lector opta por detener ese flagelo inmisericorde con el que se lesiona. En definitiva, un libro egocéntrico, trufado por un elenco de extraordinarios secundarios como Julia, Margot, Martín, Sophie y Adriana, cuyos relatos constituyen auténticas novelas breves conectadas por ese Coetzee difunto que nos habla desde el más allá a través de las personas en las que dejó huella, liviana como se encarga de subrayar, y que el lector agradece por lo inteligente y divertido que es y lo maravillosamente bien escrito, un cambio de registro en uno de los autores que mejor han sabido plasmar la soledad, el dolor y la amargura del ser humano, que sorprenderá a los que creían que J.M. Coetzee era incapaz de despertar una sonrisa porque lo catalogaban como un tipo cenizo. Pues no, Coetzee, maravilloso escritor, también se puede reír, de sí mismo, como se espera de un narrador de humor, aunque deslice, a través de ese género literario que es la falsa entrevista, pensamientos demoledores sobre él y los suyos, que se concentran en la parte de la novela que protagoniza Martín, profesor que le arrebató un puesto de enseñante. “Teníamos un derecho abstracto a estar allí, un derecho de nacimiento, pero la base de ese derecho era fraudulenta. Nuestra presencia se cimentaba en un delito, el de la conquista colonial, perpetuado por el apartheid. Nos considerábamos transeúntes, residentes temporales, y en ese sentido sin hogar, sin patria”. Pura declaración de principios coetzianos de una novela que, pese a su apariencia, es muy seria.
José Luis Muñoz

MIS LIBROS

Publicado en OTRO LUNES
La Mujer ígnea y otros relatos oscuros
José Luis Muñoz

Editorial Neverland, 2010

Dice José Luis Muñoz en el prólogo a La mujer ígnea y otros relatos oscuros (Neverland) que de todos los cuentos que ha seleccionado para esta antología, su favorito es precisamente el que da título al volumen. Leyéndolo en perspectiva, la querencia es comprensible. La mujer ígnea, finalista del concurso de relatos fantásticos El melocotón mecánico 2006, es el texto que más certeramente cumple los mandamientos del género impuestos / propuestos por Cortázar en ese siglo XX que todavía parece vivir entre nosotros. Así, las peripecias de un locutor de radio enfrentado a una noche de amor que no recuerda haber vivido, pero que la realidad se empeña en arrojarle a la cara, se erige en un ejemplo casi canónico de ese tipo de cuento que, siguiendo los todavía vigentes parámetros de Todorov, bascula entre lo fantástico y lo extraño.La elección del relato como cabeza de antología no es baladí. A primera vista, dos aspectos tienen en común los cuentos que aquí se recogen: por un lado, la inmensa mayoría de ellos han sido premiados. Por otro, se inscriben en la literatura de género -encontramos el policíaco en mayor medida, pero también el fantástico, la ciencia ficción e incluso alguna sombra de horror cotidiano en forma de cabeza decapitada-. Ahora bien, si una constante parece abrazarlos a todos esa es la de lo extraño. Más concretamente, lo extraño que irrumpe en el tejido de la realidad conocida y lo somete: así, el cadáver de una joven asiática con una bolsa de plástico en la cabeza, un sanguinario criminal al que le pierde el sexo por las mujeres negras o un hombre que prepara a su pareja para la más macabra de las muertes se revelan elementos que no por posibles dejan de ser asombrosos. Lo inquietante, en esta antología, no es lo que podría ocurrir, sino lo que ya está ocurriendo.Por eso, y contraviniendo al propio autor, si quien esto suscribe tuviera que escoger, me quedaría sin dudar con los relatos titulados Manjar de ratas y Un tal señor Ibáñez. Ambos suponen dos ejemplos de concisión en dos terrenos distintos. El primero utiliza un motivo tradicional de la ciencia ficción para articular un horror animal en la mejor tradición de los cómics E.C, bordeando -se agradece- lo políticamente incorrecto. En el segundo, José Luis Muñoz aborda el tema del doble, empleando esta vez las convenciones de la narrativa policíaca. En la historia de un empleado de banca abocado a un crimen con el que nada tiene que ver, encuentro el gusto por lo inquietante más primario, la alegría de narrar que se contagia al resto de cuentos.La mujer ígnea y otros relatos oscuros no sólo depara al lector un puñado de momentos deliciosamente incómodos, sino que supone un ajustado acercamiento al universo de uno de esos autores que, a fuerza de trabajar las palabras, a fuerza de depurar estilo, consiguen que lo difícil parezca fácil. Y eso, quien quiera que alguna vez haya cogido lápiz y papel y se haya propuesto contar una historia, conoce bien su valor.
RUBÉN SÁNCHEZ

LA PELÍCULA

CENTURIÓN
Neil Marshall
El cine de romanos, que había dado obras maestras incuestionables como Ben Hur de William Wyller y, sobre todo, Espartaco de Stanley Kubrick, volvió a estar de actualidad cinematográfica gracias a Ridley Scott y su impactante Gladiator, un remake de La caída del imperio romano de Anthony Mann. Pero el péplum, como popularmente fue bautizado el género tras pasar por el tamiz italiano, a pesar de los avances tecnológicos capaces de recrear ciudades y ambientes de la antigüedad con mucha solvencia (ahí está Amenábar y Ágora como ejemplo reciente) y economía de medios (la digitalización frente al cartón piedra), no termina de cuajar, quizá porque los gustos del espectador medio de hoy vayan por otros derroteros. Resulta por tanto bienvenida esta película inglesa de Neil Marshall (Dog Soldiers, The descent, Doomsday), serie B con ínfulas de A, que resulta singularmente atractiva para los amantes del cine de aventuras con buenas dosis de brutalidad a lo Paul Verhoven. Quinto (Michael Fassbender), el único superviviente de un fuerte romano en Britania, escapa de sus perseguidores, los feroces pictos, y se une a la legendaria IX Legión del general Virilo que resulta diezmada por los bárbaros en una brutal celada en un bosque. Él, de nuevo superviviente, y cinco soldados que se libran de la ferocidad de sus enemigos intentarán, primero, rescatar a su general apresado, y luego regresar a sus líneas, para lo que tienen que recorrer todo un territorio hostil perseguidos de cerca por sus mortales adversarios capitaneados por una rastreadora muda, tan bella y eficaz como letal.El esquema argumental acerca Centurión a películas conocidas y de gran impacto como fue, en los años sesenta, La presa desnuda, en la que Cornell Wilde (interprete, productor y director del film) acepta su papel de presa de una cacería humana en África, como única opción de sobrevivir que le ofrecen sus captores, y se pasa todo el film corriendo y esquivando a sus perseguidores tribales, algo parecido a lo que les ocurre a los mayas de Apocalipto de Mel Gibson o a los soldados norteamericanos de Black Hawk derribado de Ridley Scott. La película de Marshall, que filma con destreza y utiliza un soporte de video digital casi en blanco y negro y movimientos de cámara compulsivos que confieren una extraña modernidad, entronca con el fantástico épico (la heroína malvada, que interpreta la chica Bond Olga Kurylenko, bien podría ser un personaje de Conan el Bárbaro) y la road movie (es un viaje de la barbarie a la civilización romana, aunque con sorpresa final cogida con pinzas, lo peor del film) con aderezo de gore, género en el que el director se siente a sus anchas y le sirve para transmitir el horror de esos combates cuerpo a cuerpo, sencillamente brutales, con descabezamientos y chorros de sangre muy reales.¿Es original Neil Marshall? No, pero es eficaz, y Centurión es la regurgitación de films anteriores que le deben de haber gustado. La emboscada recuerda a la de Gladiator, con planos tan breves como cortantes son los tajos de las espadas romanas y bárbaras, y los pictos son tan salvajes y bravos, y se pintan la cara, como los escoceses de Braveheart, dos películas que le vienen al espectador a la mente viendo ésta. Pero tampoco era original Mel Gibson que ya había visto Campanadas a medianoche en donde el mago Orson Welles, sin presupuesto, una de las constantes de toda su obra, filmaría una extraordinaria batalla que sería lección para directores posteriores.¿Es una película de romanos Centurión? Es, sobre todo, un thriller, una película de acción y horror (el feroz aspecto y proceder de los pictos los convierte casi en zombis, y ahí entraría la devoción de Marshall por John Carpenter y Walter Hill), de persecuciones sin tregua ni descanso, un chorro de imágenes impactantes, montadas con nervio y aderezadas por la música de Ilan Eshkeri, que compone una banda sonora muy enfática. Y el resultado es estimulante porque la película es entretenida, tiene ritmo, y la acción es tan constante que poco espacio deja para el dibujo psicológico de esos personajes perseguidos de principio a fin. Tampoco importa, la verdad sea dicha, porque no hay tiempo para ello. Ni lugar.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

EL LIBRO

CELOS
Catherine Millet

Editorial Anagrama, 2010. 221 páginas.
Cuando Catherine Millet publicó La vida sexual de Catherine M., una suerte de pormenorizadas memorias sexuales expuestas con toda la crudeza posible, su éxito fue rotundo y esa novela de realidad ficcionada, que era una sucesión interminable de encuentros sexuales de la autora con cientos de desconocidos, causó una cierta conmoción en el panorama literario, entre otras cosas porque Catherine Millet era la directora de una de las revistas de arte de más prestigio de Francia, Art Press, y su biografía profesional siempre estuvo ligada al arte de vanguardia. Para quienes buscaron erotismo en las páginas de esas memorias sexuales, escritas desde el punto de vista femenino, pero igualmente depredadoras que si las hubiera escrito un hombre ─ la Millet, animal nocturno, salía a cazar hombres y poco le importaban su aspecto con tal de que saciaran su infinita hambre de sexo ─ , La vida sexual de Catherine M. podía resultar gélida y reiterativa, aunque estuviera impecablemente bien escrita. El principal atractivo morboso de la obra residía en saber si esa interminable relación de coitos eran reales o fruto de su imaginación, pero la autora se apresuró a decir que eran experiencias propias con lo que el escándalo y el éxito estuvieron servidos.Celos, que se publica con el subtítulo de La otra vida de Catherine M. no es, ni de lejos, tan rompedora como la obra precedente de la directora de Art Press, desaparecen de sus páginas el sexo explícito y es mucho más discursiva y filosófica. Suavizar el erotismo con razonamientos intelectuales, deserotizando, elucubrar sobre el mecanismo de los celos, los de la autora o su pareja, y hablar de la vida cotidiana de la protagonista no son enganches suficientes para que el lector devore las páginas de esta nueva realidad ficcionada. Celos confirma el dicho de que nunca segundas partes fueron buenas. Sólo que esta novela ni siquiera aspira a ser una segunda parte, aunque, eso sí, esté, como sucediera con la precedente, excelentemente escrita y Catherine Millet pueda ser considerada una continuadora del nouveau roman que tuvo a Alain Robbe Grillet como uno de sus epígonos.
JOSÉ LUIS MUÑOZ

LAS PELÍCULAS

Submarino
Thomas Vinterberg
El co-fundador del movimiento Dogma 95, bajo el cual se subscribía su apabullante Celebración (quizás la película que más jugo supo sacar a los postulados de esta corriente cinematográfica), parece haberse alejado de él en sus últimos filmes. Desde las inéditas It’s all about Love o When a man comes home, hasta la aquí estrenada Dear Wendy. Así como Submarino.Thomas Vinterberg parece renegar de lo que una vez fue su uno de sus principales valedores (junto a Lars von Trier), pero sí hay algo que le sigue atrayendo son los dramas ásperos y los personajes sórdidos. Tal y como demuestra en su último trabajo, donde cuenta la historia de dos hermanos separados tras un trágico suceso de su infancia que marcará para siempre el resto de sus vidas. Nick acaba de salir de la prisión, y ahoga sus penas en el alcohol, por su lado su hermano tiene dos preocupaciones incompatibles: su chute de heroína y su pequeño hijo Martin. Estructurada en cuatro episodios (dos de ellos en el mismo espacio temporal, pero desde el punto de vista de cada hermano) Vinterberg nos sumerge de lleno en los recovecos dolorosos de unos personajes marcados por un trauma de infancia que los hace deambular sin rumbo por las calles de Dinamarca, paradójicamente un estado-niñera. Como ya demostró en Celebración la exploración de las vicisitudes de una familia despedaza por la tragedia es algo que puede recrear de forma ejemplar. La angustia vital que padecen los dos hermanos resulta aturdidora para el espectador, que no puede imaginarse un futuro apacible para ellos, a pesar de ciertos rebotes de esperanza iluminadora, incluido su final.Es tanto el ímpetu de su director para hacernos abalanzar sobre la oscuridad de su historia y vivir la sordidez que envuelve a sus personajes que a veces pierde de vista la veracidad, como cuando el hermano de Nick se convierte en camello (un paraje que chirría por su extremismo y falta de realismo). Resulta complicado imaginarse cómo se le podría retraer al director su habilidad en la dirección de actores. Si Celebración resultaba ejemplar en este sentido, no menos resulta el trabajo que ha sacado de Jakob Cedergen y Peter Plaugborg en esta película. Especialmente brillante resulta el primero en el papel de Nick. Su rudo físico ayuda a crear la composición del personaje, pero su actuación dota de luz oscura a este maltratado ser. Sublime resulta la escena con la que concluye su episodio donde lo vemos fumar con los ojos llorosos en la tenue luz de ese triste apartamento de protección civil, después de sumar un drama más a su degrada vida.Con un laborioso guión, una excelente banda sonora, y una fidedigna recreación de los ambientes lúgubres que pueblan sus personajes, Submarino se convierte en una cruda y desgarrada historia (presente en las calles de cualquier ciudad) altamente recomendable para quien tenga las tripas duras. Cine que se respira, cine que te afecta.
MARC MUÑOZ

jueves, 9 de septiembre de 2010

DIARIO DE UN ESCRITOR

26/9/2010
Domingo que parece domingo. Café, el de ayer, recalentado. Galletas con mantequilla a falta de tortas de aceite. Y lectura de tres capítulos de una novela que aspira a ser inédita para pasar a ser publicada y, además, premiada. ¡Vaya responsabilidad la mía! Cojo la bici para desestresarme. Hago toda la ruta de la Vega. A derecha e izquierda cultivos de tabaco, y alguno de maíz. ¿Quién fuma? Bueno, en Mad Men fuman hasta las amas de casa. Preciosa, por cierto, la mujer engañada del protagonista. Sigo enganchado a Mad Men, como un niño pequeño, y leo más capítulos de la novela, hasta la página 150, hago la comida, introduzco documentación en Otumba que sigue creciendo y me voy a mi habitación a ver dos capítulos de esa serie que me abduce y retrata tan bien EEUU pre Kennedy y el durísimo mundo de una empresa publicitaria en la ciudad que contiene todas las ciudades del mundo: New York. Y luego a una oficina, a conectarme a Internet mientras escucho a Bob Marley y unos tipos dan patadas a un balón sobre una manta de césped a rayas y yo me tomo un café potable. Hay un debate en Facebook sobre camisetas cutrosas y lo que nos gustan, lo còmodos que nos sentimos en ellas porque llevan nuestro sudor, aunque las lavemos, están descoloridas, resisten y se adaptan a nuestro cuerpo como una segunda piel. Tengo una buena colección. Soy experto. 3 días para la huelga y en Barcelona ocupan la antigua sede de Banesto. Me parece de perlas. ¿Por qué no ocupamos todas las sedes bancarias? ¿No es el mundo financiero el culpable de la debacle? Pues a por los bancos, señores, a por los bancos. ¿No son los mercados los nuevos dictadores? Pues a la Bolsa, a paralizarla, señores. Mi paso por la comuna libertaria de Vic siempre me radicaliza. ¡Salud y anarquía!
25/9/2010
Cuando uno falsea su propio diario es que las cosas no le van bien. ¿Engañarse a uno mismo? Éste, que nadie se lleve a engaño, es un diario apócrifo en el que anoto lo que quiero. El diario del día 25 lo escribí en mi cama, convertida de nuevo en mesa, después de ver un capítulo de esa excelente serie televisiva llamada Mad Men, pero esas páginas van a permanecer en la más absoluta clandestinidad, no se publicarán jamás o irán directamente a la papelera.
No hice caso a Andreu Martín que, en una ocasión, me dijo que el mejor cine norteamericano actual eran las series. Empiezo a darle la razón. Mad Men, regalo del Destilador Cultural, recrea, con detalle, la Norteamerica de los años cincuenta y sesenta, clonando ambientes, coches de enormes alerones, faldas entubadas de señora, peinados esculpidos a navaja de caballero y formas de ser - atención al papel de las secretarias - en esa empresa de publicidad que se convierte en el despiadado retrato de toda una época. En la serie las volutas de humo de los cigarrillos le dan un aspecto retro y canalla. Entonces fumar no era delito, y hasta fumaban las amas de casa mientras fregaban los platos, sosteniendo el pitillo con los guantes de lavar. Y viendo Mad Men me di cuenta de que el protagonista masculino sería un Mike Demon perfecto porque su personaje es moralmente muy similar al protagonista de La Frontera Sur y Lluvia de níquel.
Pero no quería hablar de Mad Men, ni de Mike Demon, sino de mí mismo, de cómo me levanté esta mañana a eso de las nueve e hice café; de cómo, mientras daba cuenta de las ultimas tortas de aceite que compré ayer en el súper de los chinos, comencé a leer, en calidad de jurado, un manuscrito que me hizo sonreír y me satisfizo por su buena factura literaria y originalidad, aunque a ratos me recordara La colmena de Camilo José Cela; de cómo fui alternando la lectura de cada uno de los capítulos con espantosas faenas domésticas del calibre de descolgar la ropa seca, hacer la cama, colocando el edredón nórdico encima, barrer las habitaciones, fregar algunas, hasta arribar a la página cien; y como cogí luego la bicicleta y me desplacé a la casa de la africana blanca para comer, ver una película, trabajar y nada más. Y luego ese aire frío que, a medida que avanzaba la tarde, entraba en el estudio en donde trabajaba por su ventana abierta, no sólo me congelaba el cuerpo sino también el alma, y ésta sigue congelada a esta hora, sin posibilidad de volver a su temperatura habitual. Me olvido de una buena noticia. El Prado compra una de las obras más relevantes de Bruegel el Viejo, El vino en la fiesta de San Martín. Mi infancia estuvo marcada durante muchos años por un cuadro de este pintor flamenco, Cazadores en invierno, que tuve la suerte de ver, ya adulto, en una pinacoteca de Viena, creo recordar. La fascinación que ejerció sobre mí ese cuadro resulta inexplicable. Supongo que me subyugó el ambiente gélido que retrataba Bruegel, algo navideño, con esos cazadores ateridos de frío y envueltos en sus pellizas que caminan hundiéndose en la nieve con sus perros, e imaginármelos luego entrando en sus casas, frotándose las manos ante el fuego y bebiendo un cazo de sopa caliente. Detrás de cada cuadro hay siempre una historia a desarrollar.

24/9/2010
Primer día de la normalidad. Segundo de otoño. Desubicado. Intenté salir a la calle a comprar, con pantalón corto Panamá Jack y camiseta zarrapastrosa de manga corta, una de esas camisetas grandes que no sé cómo llegaron a mi armario. Y me di cuenta de que hacía frío para salir tan veraniego. Bueno, me di cuenta por la noche, cuando caí en coma sobre la cama, sin desvestirme, y me quedé dormido con el televisor hablando de la pugna Trinidad Jiménez y Tomás Gómez, y la luz encendida. Lo de la luz encendida debe de ser la primera señal de alarma. Como la pérdida de la cartera. Como dejarme el cargador de baterías en el hotel del Valle de Arán. Me falta meter un libro en la nevera y guardar la carne en el cajón de la mesilla de noche, pero todo llegará, por desgracia. Pues a lo que decía: me dejé la luz del cuarto de baño encendida 20 días, los de mi ausencia. Curiosidad por saber el importe de la factura. Bueno, pues salí a la calle a las 9 y media, con un pantalón largo que encontré en el armario, el primero, extrañado de que todo estuviera cerrado y la calle desierta. Luego caí en la cuenta de que los comercios abren a las 10, no cuando yo quiero que abran hoy. Pero no tenía nada para desayunar y sí hambre. Así es que entré en el supermercado de los chinos, aunque estaba cerrado para el público y todos los chinos, seis, uno por metro cuadrado del diminuto establecimiento, descargaban sus vituallas de una camioneta que bloqueaba la entrada del súper cerrado, e hice mi compra con aspecto de zombi, con el establecimiento a oscuras, pasando absolutamente de ellos como ellos pasaban de ese blanco al que un día ven con barba, otro con bigote y otro con la cara afeitada y pronto verán con la cabeza rapada a lo bonzo. Otros, que no fueran chinos, me habrían dicho: señor, pase a las diez, no ve que estamos descargando. Los chinos no, los chinos son zen, como lo es la Reina de África y lo estoy empezando a ser yo que ya leo hasta con tranquilidad las cartas que me remite Hacienda, los chinos, la china mayor, me cobraron la compra y siguieron luego a lo suyo, a descargar la camioneta. Y yo a lo mío, con ligero dolor de garganta, de dormir sin taparme, mis sandalias todoterreno con las que pido ser enterrado, junto con la camiseta centenaria que me compré en la isla de Bali, a tomar mi café bien caliente y comerme tres tortas de aceite mientras escucho Soldier of Love que es de Sade pero no parece de ella, es bastante más duro que melódico, y su voz se ha hecho un poco más áspera, pero me gusta, mucho, Destilador Cultural, porque sé que fuiste tú el que husmeó entre los CD y pensó éste, y cruzo los dedos para que no se lo haya comprado ya, le gustará a este tipo raro que tengo por padre y parece el holandés errante: acierto total. Y además luego, mientras avanza el disco, Sade vuelve a ser la de siempre: maravillosa voz de terciopelo, indirecta protagonista de La mujer ígnea que arde en llamas en el aeropuerto de Los Rodeos, Tenerife. Y mientras parto con los dientes las tortas de aceite con sabor a anís, pienso en la africana, la africana blanca que no canta, a la que fui a recoger ayer al aeropuerto y me contó de regreso, en el coche, aventuras que darían para una película o un relato ─ ya tengo un libro de relatos sobre el África negra sin haber puesto un pie en ella, del mismo modo que Julio Verne no se movió de su estudio parisino ─ y analizo las optimistas noticias que destila CNN+: mujer lapidada en Pakistán; secuestradores linchados cerca de Tijuana por una turba harta de delincuencia; asesina en el límite de la subnormalidad ejecutada en EUU; el Mono Jojoy, el sanguinario dirigente de las FARC, masacrado por la aviación colombiana (lean Bala morena, de Marcos Tarré Briceño, y se van a enterar de muchas cosas); o las perlas que el maravilloso presidente de Irán soltó en la ONU: que el gobierno de EEUU estuvo detrás del 11S (bueno, eso lo pensamos muchos, pero no lo decimos por no poder probarlo). Mucha muerte, como cada día, para recordarnos que vivimos, que tenemos suerte de ello, de no ser una mujer adúltera en Pakistán, de no ser guerrillero colombiano, ni asesina norteamericana que agoniza durante años en el corredor de la muerte, ni secuestrador mexicano, que somos afortunados de estar en un país con un veinte por ciento de paro, con un cincuenta por ciento de defraudadores fiscales, pobre de solemnidad y que marcha a la debacle. Bueno, y sólo decir que este corredor, después de haber recorrido la piel de toro, desde la adusta meseta castellana al exuberante y solitario Valle de Arán, ambos paisajes sentimentales, paisajes que me dicen a mí cosas que no les pueden decir a otros, intransferibles, con pernoctaciones en Vic para preparar la revolución del 29S con sus camaradas de antaño, no se encuentra, o se encuentra, pero muy extraño, en su casa que no acaba de ser su casa aunque la pague, se deje la luz encendida, estén sus libros, las fotos de sus vástagos que le miran, sonrientes, desde las estanterías, congelados en esa infancia feliz que tuvieron. Y el corredor tiene pensamientos de gran altura filosófica y estética hoy, al nivel de qué hará para comer, si se le secará la numerosa ropa que la lavadora centrifuga en este momento, tapando la voz de Sade, teniendo en cuenta que hoy no va a salir el sol, por qué cuarto empezará a barrer, si debe sacar ya del armario el edredón nórdico y cosas por el estilo. La normalidad. ¡Puaf!
23/9/2010


20/9/2010
18/9/2010
A veces la felicidad te acaricia con dedos tan suaves que no te das cuenta. La vida, como las buenas novelas, es una acumulación de pequeños detalles. La felicidad de hoy comienza en el mercado de Vic, un edificio anciano, en el centro de la ciudad, rodeado por fábricas de harinas que el hambre especuladora ha respetado y mantiene en el reino de los sueños, silenciosas y muertas. Con este amigo, del que a veces te he hablado, diario, que conservo desde hace más de cuarenta años, deambulo por las paradas. El colorido del mercado, su animación, insufla vida a los paseantes. Nada como el mercado habla de los lugares. Extremo Oriente me entró por el olor y el color de sus mercados, por sus indescriptibles frutas de formas azarosas. El amigo vigetano, con genes gallegos, es muy conocido en la ciudad. Yo, en broma, le digo que sería un buen alcalde si le diera por la política municipal. Le saluda la carnicera, la pescadera y la frutera que sabe de su fidelidad y le ofrecen lo mejor de su género. La frutera, por cierto, es una guapa moza amén de simpática. Con su aire de sabiduría que le otorgan las gafas y una determinada forma de andar, mi amigo de hace cuarenta años escoge la fruta, la verdura, y luego hace lo mismo en la pescadería: gambas rojas, frescas, que hace poco dejaron de moverse, palangre de dimensiones considerables; y en la carnicería: un rollo de carne de ternera, que por aquí, en Osona, Vic, y en Catalunya en general, se llama cap de mort ─ cabeza de muerto, vaya usted a saber por qué ─ y llena dos cestas de compra. El día está fresco y vuelan nubes grises por el cielo sin ánimo de descargar, porque ya lo hicieron ayer y ahogaron en agua algunas actuaciones del Mercado de Música Viva de Vic y nos empaparon los bajos de los pantalones. Entramos en una vinoteca que tiene vinos de toda España, no el Calvente de Granada. Me llaman entonces y me avisan de que el Cultural del diario ABC publica una excelente reseña de La mujer ígnea. Compro el periódico monárquico que presume, con razón, de tene el mejor suplemente cultural de toda la prensa escrita. Celebro que a alguien como a Fernando Martínez Laínez le haya gustado mi recopilación de cuentos. Vamos a la estación, a esperar a una chica, su chica. Y luego a su casa en donde un cocinero excepcional cocina las viandas de lujo con la dedicación y lentitud que requiere la buena cocina que siempre es un acto amoroso hacia lo que se tiene que transformar. La merluza al horno con relleno de gambas, setas y puerros, cubierta con una muselina suave de ajos tiernos, y sobre lecho de patatas y tomate, está sencillamente exquisita y los comensales felicitamos al cocinero. La saboreamos en compañía de un Ribeiro como harían los comensales de El festín de Babette. El ágape finaliza con unos fresones deliciosos y un café fuerte. La tarde se presenta plácida y la sobremesa se prolonga hasta las siete y media. Intentamos arreglar este mundo que se hunde y que no tiene ningún sentido en dos horas de conversación, ese capitalismo estúpido que se hace el harakiri deslocalizando empresas, en donde menos salarios tenga que pagar, sin darse cuenta de que entonces nadie podrá comprar lo que produzcan. La producción se hará inútil si no existe consumo. Hablamos de los brotes xenófobos en Francia. De esa huelga general del 29S. De los sindicatos que pierden músculo y deben de hacer gimnasia, no desaparecer como exige la derecha más reaccionaria, del Tea Party norteamericano, de la progresiva desaparición del estado del bienestar. Y a las ocho cojo el coche y bajo a Barcelona, a ver a mis cachorros. Mis hijos de papel y tinta son importantes, pero nada al lado de los de carne y hueso en los que me reconozco y de alguna manera estoy yo, de la misma forma que mis padres habitan en mí después de muertos, en mis gestos, rasgos, aficiones y locuras. La cena, exquisita, se prolonga en una terraza maravillosa que la niña de mis ojos nos ofrece para seguir bebiendo vino y hablando de sueños a su padre y hermanos. Viajamos por el pasado y soñamos con el futuro. Bajo la luz cálida de las velas las conversaciones se prolongan hasta las dos de la madrugada. Rozo la felicidad absoluta.

lunes, 6 de septiembre de 2010

ANUNCIO

FRANCISCO JAVIER IRAZOKI

Mi amigo pamplonés, que reside en París, me acaba de enviar el link de su reciente página web. Irazoki, al que conozco desde hace años, aunque no he podido estrechar su mano, es un poeta extraordinario, original e insólito, un verdadero orfebre de la palabra que trabaja al máximo, hasta depurarlos, sus libros de poesía en prosa.
Les invito a conocerlo. Y a leerlo, que es como mejor se le conoce.
http://www.franciscojavierirazoki.com/index.html


JUAN BAS Y LA RISA DE BILBAO
A muchos de ustedes, que ya lo conocen, decirles simplemente Juan Bas es abrirles ya directamente la boca para reír, como el perro de Pavlov. Tengo la bendición de tenerlo como amigo desde hace muchos años, o muchas Semanas Negras. Y no es el típico gracioso, sino que su humor es vitriólico, inteligente, ácido. De quién más se ríe es de sí mismo. Y es, además, un escritor magnífico, tanto en su vertiente humorística, sin duda el número uno en su género en España, como cuando se pone serio. Con una novela suya, desternillante, Voracidad, no me enteré ni del despegue ni del aterrizaje de mi vuelo. Por eso nadie más indicado que él para capitanear ese evento humorístico literario que se ha sacado de la chistera y se llama LA RISA DE BILBAO. Este es su primer año, pero seguro que vendrán más. Y aparte de Bas está Tom Sharpe, Michel Houellebecq, Martin Amis y Forges. Un repóquer, que diría él, buen aficionado al juego. Una excusa, si es que hay que tener excusas, para dejarse caer por Bilbao entre el 22 y el 26 de septiembre, llueva, caiga chirimiri o chuzos de punta.
Si quieren saber más, que querrán, aquí tienen el enlace


sábado, 4 de septiembre de 2010

MIS LIBROS

Cuadernos del Sur DIARIO CÓRDOBA
Sábado, 24 de julio del 2010
Territorio enemigo
Almuzara edita ‘La frontera sur’, de José Luis Muñoz, premio Ciudad de Carmona
Pedro M. Domene

La trayectoria narrativa de José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) es lo suficiente amplia y fructífera que, sin lugar a dudas, podríamos calificarlo como uno de los autores contemporáneos más importantes, y mejor valorados, del panorama literario español de las últimas décadas, y cuya amplitud de miras, sobre todo en la ficción, le ha llevado a frecuentar los géneros más diversos: la novela histórica, con la trilogía La pérdida del paraíso (2001–2002); erótica, con Pubis de vello rojo(1990); fantástica, con Los ojos ajenos (1988), y con notables éxitos, la novela negra, con excelentes obras anteriores, que ahora reafirma la concesión del IV Premio Internacional Ciudad de Carmona, por su última entrega, La frontera sur (2010). Este es un libro, según ha manifestado su autor, de tensiones fronterizas, y así hay que leerlo, entenderlo y saborearlo en todo su esplendor, puesto que retrata magistralmente esa diferencia que traza la línea divisoria entre la California estadounidense y la baja California, la zona sur mejicana, repleta no solo de contrastes económicos y cuanto conlleva el concepto hasta niveles extremos, sino también de incertidumbres, de muerte y miedo ante la corrupción, escaparate del extraordinario mundo del narcotráfico, aunque sobresale la sombra que proyecta el flujo constante de la inmigración, imagen alternativa de ese otro Tercer Mundo.
Mike Demon, el protagonista, es un vendedor de seguros que lleva la doble vida que le posibilitan sus frecuentes viajes desde Los Ángeles, por el sur de California, hasta la frontera de México. Escapadas que, en gran medida, le ayudan a huir de una apacible y anodina vida de familia, para sumergirse en el mundo de las mujeres fáciles, la prostitución en la frontera, buscando un placer inmediato o admirar las bellezas exóticas del lado mejicano.
Un día cruza hasta la ciudad de Tijuana y es así como comienza la inocente historia de amor, entre un Demon calculador, frío y racista, y Carmela, una camarera, joven e inocente, obligada por su hermano, en ocasiones, a prostituirse a ciertos clientes y de la que, tras un primer contacto sexual, el yanqui se enamorará perdidamente al tiempo que sucumbe a una espiral de corrupción y violencia que harán del resto de su vida un auténtico infierno. Junto a la joven vivirá una pasión desconocida para él, emociones que a lo largo de la novela se complicarán y darán lugar a esa segunda lectura
que estamos obligados a hacer de La frontera sur, cuando se cruce en el camino de los amantes un policía brutal y corrupto, Fred Vargas, que añadirá un tono más negro a la trama y sacará a la luz todo un mundo de corrupción, con sicarios y asesinos sanguinarios. Un lado oscuro, ajeno a
Mike Demon, pero del que aprenderá las miserias que le van surgiendo, sobre todo las humanas, solo dulcificadas en la joven Carmela, cuyo deseo más vehemente es pasar al otro lado de la frontera, valiéndose del inmoral Demon, alguien que, por otra parte, jamás renunciará a su cómoda forma de vida.

‘La frontera sur’. Autor: José Luis Muñoz. Edita: Almuzara.Córdoba, 2010.

CINE

LE REFUGE
Françoise Ozon


Es famoso Françoise Ozon por un género que podríamos denominar de alta comedia sofisticada, en donde ha dirigido a las grandes actrices de su cinematografía, pero también se atreve con los dramas cotidianos, desdramatizándolos, como Le refuge, ganadora del Premio del Jurado de San Sebastian en su edición del 2009. Podría ser el director francés muy bien un heredero de Eric Rhomer, pero le falta el empaque literario y el discurso filosofal del autor de los cuentos morales y sus protagonistas no son exclusivamente jóvenes. Ozon hace en Francia lo que Ventura Pons en Cataluña, pero con más elegancia y solvencia. Las películas del director de Swimming Pool (2003), se caracterizan por su fría caligrafía: dicen cosas, pero les falta emoción, o quizá simplemente no la busque.Mousse (Isabelle Carré) y Louis (Melvil Poupaud) son dos jóvenes de de buena familia que viven en París en el piso de la madre de él. Su adicción a las drogas conduce a Louis a la muerte por sobredosis y a ella a un coma. Cuando Mousse despierta, el médico le anuncia que está embarazada. La madre de Louis intentará en vano que no tenga ese hijo. Mousee se retira a una casa del País Vasco francés y recibe la visita del hermano de Louis (Louis-Ronan Choisy) para ayudarla y revelarle un secreto de familia acerca de su fallecido hermano. Mousse, a pesar de sus reticencias iniciales, sentirá una enorme atracción hacia este bello homosexual que, primero coquetea con su jardinero, y con quien termina haciendo el amor en una noche de borrachera a pesar de su avanzado estado de gestación.Le refuge es un drama minimalista y contenido que empieza con unas escenas brutales de drogadicción ─ Louis muere cuando se busca una vena en el cuello para inyectarse ─, se desarrolla luego en un entorno tan idílico como aburrido, una playa del País Vasco francés en donde no sucede nada, y termina de forma abrupta en un hospital cuando Mousse delega sus obligaciones de madre al hermano del padre de su hijo.
Sin subrayados ni banda sonora, muy dialogada, bien interpretada y con una dirección que no se ve pero mima el detalle ─ los desayunos entre los dos personajes en la casa de campo definen la progresión positiva de su relación─, Le refuge es una película que no despierta pasiones, pese al dramatismo de su historia, y que se contagia toda ella de la fría y algo autista personalidad de su protagonista femenino interpretado por Isabelle Carré, cuyo embarazo auténtico confiere una nota más de realismo a la última película de Ozon, y que hace una notable interpretación de su personaje complejo y contradictorio, que es el eje del film, con una sutileza admirable.
JOSÉ LUIS MUÑOZ


CONOCERÁS AL HOMBRE DE TUS SUEÑOS
Woody Allen

Tras su postal veraniega barcelonesa, y su sitcom descafeinada en la que suponía su vuelta en Nueva York, el director Woody Allen llega, una vez más, puntual a su esperada cita anual con Conocerás al hombre de tus sueños. En lo que supone la vuelta a la ciudad de Londres (muy presente en su última etapa), y a las fallidas relaciones interpersonales que caracterizan a sus carismáticos personajes.

La nueva película del director de Bananas es una comedia que desprende cierto pesimismo en torno a las relaciones entre los humanos. El matrimonio de Alfie y Helena se rompe cuando al primero le entra una crisis de edad ante el miedo a envejecer. Entonces Alfie (Anthony Hopkins) decide ir al gimnasio, correr todos los días y salir con una joven y explosiva prostituta ocasional. Por otro lado, la hija de Alfie y Helena, Sally (Naomi Watts), tiene también problemas con Roy (Josh Brolin), un escritor frustrado tras un primer éxito literario que no puede volver a reproducir. Roy se enamora de la vecina hindú de enfrente, mientras que Sally hace lo propio de su jefe galerista. Por otro lado Helena busca el consuelo espiritual después de que su marido lo deje, en una pitonisa. Curiosamente será la única que terminé feliz, los otros seguirán buscando una felicidad que se les muestra caprichosa y traicionera.En Conocerás al hombre de tus sueños se presentan retazos del universo de este genuino autor. No sólo en sus temáticas y obsesiones ( la angustia a la muerte, la soledad, el miedo a envejecer, el destino caprichoso que se impone a los deseos de los personajes, la ambición, las relaciones marcadas por una gran diferencia de edad) sino también con ciertos elementos que se configuran como refritos de anteriores obras. Así por ejemplo la call girl de Alfie es un calco a la inglesa del personaje de Mira Sorvino en Poderosa Afrodita, el horizonte que se divisa tras el descubrimiento de que la novela de Roy es robada podría tener consecuencias similares a las de Match Point, donde también salía a la luz el peso moral ante espinosas acciones. O personajes como el de la pitonisa, que ya forman parte del universo que nos has regalado el cómico de Nueva York. Ciertos personajes parecen estar más cercanos al mundo neoyorquino, como por ejemplo la neurótica Helena (interpretada por Gemma Jones con encanto y solvencia), que ahoga sus penas en el alcohol y las directrices que le dicta la pitonisa). Mientras que otros, el galerista (interpretado por Antonio Banderas) parecen más propios de su etapa inglesa con escala en Barcelona. En todo caso, todo el reparto responde con solidez a la llamada de su director.La última película de Allen es una comedia agradable, que se degusta con exquisitez sin apenas presentar atributos que hagan pensar en ello. Quizás esta sea una de las grandes virtudes del director de Manhattan: la capacidad de seducir a su fiel público con historias ya vividas en su filmografía, con diálogos menos ingeniosos que antaño, con un humor menos floreciente, con un guión sin acción narrativa y con un aspecto formal insípido, del que nunca sabrías que destacar, pero que a pesar de todo, sigue satisfaciendo y convenciendo. No es el hombre de tus sueños, pero sigue siendo ese hombre que tanto admiramos.

MARC MUÑOZ