DIARIO DE UN ESCRITOR

2 de septiembre de 2010Ayer fue día de tránsito. Por eso no te escribí, diario. Y porque una cena, demasiado copiosa, en un restaurante chino de la calle doctor Esquerdo de Madrid, Zen, me dejó fuera de combate. No pararon de traer platillos a la mesa, hasta que dije ¡basta! Me debió sentar mal la salsa de soja, o una salsa rosa, indefinida, que no sé qué lleva, o los fideos de arroz, demasiado grasientos, o el vino blanco, o todo, la conjunción de esos nueve platillos que degusté. Luego no dormí. Vueltas y más vueltas. Y un desayuno que me entró, a la mañana siguiente, a la fuerza. Leo algo sobre las memorias de Tony Blair. Detesto al personaje, como detesto a Aznar. Y los dos coinciden en los titulares de los diarios por motivos semejantes. Blair se hace el estúpido, porque no creo que lo sea, diciendo que le sorprendió el curso que tomó la invasión de Irak. Luego habla de una adicción a la bebida. Aquella guerra que Estados Unidos da por concluida hoy la llevaron a cabo un trío de dipsómanos, porque el tercero, Josemari, hizo unas declaraciones diciendo que nadie le tenía que decir la cantidad de vino que tenía que beber cuando condujera. Así mientras Blair se firma con sus memorias, en donde despotrica contra su compañero Brown, Aznar regaña y da lecciones a Obama desde Jerusalén, elogiando la política de dureza del estado de Israel. Ver en acción a Aznar y cogerte ganas de votar a Rajoy por izquierdista. A veces las cosas se tuercen para ser mejores. Dejé a dos chicas en la T1, dos aventureras que se van a Etiopía y espero regresen, y me fui con mi coche, maleta, libros y demás enseres a Sigüenza, conduciendo con calma. Conozco allí un hotel. Está cerca del Parador. Porta Coelli. Curioso nombre, porque Puerta del Cielo es el nombre de un prostíbulo de Playa de Aro que sale en mi novela Marea de sangre que mañana entra en imprenta. Pues en Porta Coelli tenían habitaciones individuales, pequeñas y caras ─ 65 sin desayuno ─ pero sin internet a causa de una espectacular tormenta que cayó. La chica del hotel me recomendó otros establecimientos. O no me abrieron la puerta, las casas rurales, o no me gustaron ni sus precios ni sus habitaciones. ¿Me voy al Valle de Arán? Sí, pero quise pasar antes por Atienza. Y esa fue una sabia decisión. Conducía despacio, admirando el paisaje de trigales amarillos y tierras en barbecho ocres. Vi el castillo. Y me detuve en un enorme convento reconvertido en Hotel Rural. Cuando pregunté el precio de la habitación me quedé pasmado: 35 euros con desayuno. Y además habitación doble, espaciosa, con una mesa de estudio enorme encarada a la ciudad. Una ganga. Del convento conservan el altar central, pieza decorativa de su sala de estar. Es un local lujoso, con decoración minimalista y magnífico restaurante. O sea, que estoy en un convento.Pero no sigo con Otumba porque urge un último repaso a mi última novela negra, Marea de sangre, y leo el último Pdf que me envía el editor. Pocas erratas, ya, cinco. Leo de un tirón cien páginas. Me voy a dar un paseo. La tranquilidad de Atienza es perfecta para lo que quiero hacer estos días: escribir. Paseo por sus dos plazas porticadas. Me siento en una terraza , pido un café con leche y me traen un cortado. Leo un capítulo de La Vía Láctea. Antes he hecho cincuenta fotos, algunas dentro de la solitaria y algo tétrica iglesia. Y regreso al Convento de Santa Ana, en donde no hay frailes ni curas, en donde casi soy el único huésped, a leer otras cien páginas sin pausa de Marea de sangre.Me dice un buen amigo que el término azteca no es correcto. Lo sé. Son méxicas, aunque no suene tan bien. Los emplearé en la novela. Me recomienda un libro sobre ese episodio, la conquista de México, que publicó Tusquets de Miralles. Me haré con él. Me corrige con aceite: la palabra es árabe, pero no el producto. Cierto. El aceite une a los pueblos del Mediterráneo. Y mientras sigo sin tarjetas, con escaso efectivo y sin muchas posibilidades de obtenerlo porque en la despoblada Castilla La Caixa no tiene oficinas. Anochece. Reina el silencio más absoluto. Oigo un búho. Abro la ventana. Entra aire con perfume a heno. No ceno. No tengo hambre. Comí unas croquetas y unas morcillas al mediodía en el bar del convento, porque no había restaurante abierto en toda Atienza.Mi infancia está ligada a esta tierra. Mis veranos, al menos. Por eso estoy aquí. Cincuenta años atrás un crío de nueve años pedaleaba por estas carreteras secundarias que entonces eran caminos de tierra por donde corrían mulos y asnos. Aquí pedaleé por primera vez y me rompí una pierna. Amo todo este territorio que va desde Sigüenza a Miedes de Atienza como propio. Estoy haciendo un viaje al pasado, al mío, y reflexiono sobre el presente que es incierto. Nada hay seguro salvo el día y la noche, si las veo.

Cuando bajo a transmitir esta crónica ─ el wifi sólo está disponible en toda la inmensa primera plana del convento ─ se han apagado las luces y no hay nadie. Los empleados del hotel, dos, se fueron a sus casas y yo soy el dueño del convento de Santa Ana. Sólo pequeñas luces de emergencia me iluminan y el silencio realmente es tan sobrecogedor que escucho el crujido de los muebles y hasta el de las ánimas de los monjes o monjas que poblaron este convento del que creo, soy su único inquilino, lo que me inquieta. Y así, en la más completa oscuridad, asaltado por toda clase de ruidos y psicofonías, regreso a mi habitación como Jack Nicholson en El Resplandor y me atrinchero en ella. Lugar ideal, también, para escribir una novela de terror.

Comentarios

M.Deveriá ha dicho que…
Todo muy literario. Realmente has escrito un estupendo microrrelato.
Tomo nota del Convento de Atienza,(aunque recuerda una película de terror) me atrae la soledad y calma que se respira en ellos y en los monasterios.Tienen el encanto del misterio.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias, amiga. Te recomiendo este lugar. Está perdido en medio de Castilla, pero ese es su encanto. El Hotel Convento de Santa Ana es lujoso y espacioso.Una delicia. Un lugar perfecto para leer, escribir y pasear por los alrededores. Vamos, que me quedaría a vivir aqui.
Palomares ha dicho que…
Por si te aburres de la comida del Convento, cerca, en Somolinos, hay un hotel rural que también da comidas, sencillas pero estupendas. El paisaje es aún más desolado que en Atienza, pero creo que esa sobriedad inspira incluso más. Dejo el link por si quieres echar un vistazo:
http://www.molingordo.es/
Paco Gómez Escribano ha dicho que…
Cómo te lo montas, José Luis, qué envidia. Lo cierto es que los paisajes de Castilla tienen su encanto, no tan evidente como en el Norte, por ejemplo, pero si uno se queda mirando esas desoladas planicies, ese silencio que se expande por los campos te engulle y te hace entrar en otro plano, ideal para escribir, leer o, sencillamente, pasear. Lo cierto es que me has dado una idea, ya que Atienza no me pilla tan lejos de Madrid y el precio, como dices, no es desorbitado. Además me atraen los conventos desde siempre, así como las catedrales, no sé por qué. Recomendación por recomendación: Estuve una vez en el del Paular, al lado de Rascafría, un pueblo de Madrid, convento reconvertido a hotel. Espectacular. Además en el restaurante probé uno de los mejores cochinillos asados que me he comido nunca.
Un abrazo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Gracias, Palomares. Le echo un vistazo. A mí, por razones personales y sentimentales esta zona, árida y desolada, me gusta.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Muchas gracias, Paco. Este es un lugar ideal para escribir. El típico sitio en el que te encierras y cuando estás algo cargado sales a dar un paseo por las plazas porticadas o trepas al castillo. Me gusta este paisaje por su rudeza, austeridad, por la sensación de soledad que tienes en él. Lo captó de forma maravillosa Víctor Érice en El espiritu de la colmena. Ancha es Castilla, y despoblada.
Gracias por tu información sobre el Paular.
Un abrazo