DIARIO DE UN ESCRITOR

Madrid, 5 de marzo de 2012

Fenómenos paranormales. Hoy, al despertar y encender el ordenador, aparecieron en la pantalla líquida unas enormes manchas rojas. Por un momento pensé que eran mis ojos. Me los restregué. Luego me cercioré de que era la pantalla líquida, de que algún vaso de color, como podría ser al cuerpo humano un vaso sanguíneo, se había roto. Quizá sea un castigo al exceso de hemoglobina que se derrama en mi literatura. Lo acepto. Escribo, desde entonces, a ciegas-

El Café Gijón es un buen sitio para quedar con alguien. No para tomar algo que no sea estrictamente café. Tengo la mala idea, mientras espero a unos amigos venezolanos, de pedir una cerveza y una ración de calamares. La cerveza, bien. Los calamares crudos, duros, mal rebozados, peor fritos. Hace años comí con unos amigos en el Café Gijón. La comida, creo recordar mientras me tomo los calamares, fue mala. Despliego el diario. Estoy en internacional cuando veo entrar a la pareja que espero. Les hago una seña. Vienen a mi mesa. Ella pide un vermú. Él, un café y un agua con gas. No tienen Vichy catalán.

Comemos en el quiosco del Palacio de Cristal, a diez pasos del Café Gijón. Mientras como el rissoto, mi amigo venezolano me explica cómo liquidó a un caimán del Orinoco con su Mágnum. Un disparo a la cabeza. El caimán se hizo el muerto. Se dio cuenta de que vivía cuando lo cargaron en la parte trasera de la camioneta y empezó a dar coletazos. Lo colgaron, hasta que murió.
-¿Hay caza en el Valle de Arán? – me pregunta -. ¿Alquilan escopetas?
Del tema cinegético volamos al chavismo. Ellos comen filete de cerdo con salsa, yo, lubina. Me muestran las fotos de sus hijos. Su hija es bellísima. No tiene acento venezolano. Hablé con ella esa misma mañana. La saqué de la cama. Dudan que Chávez llegue a las próximas elecciones.

De nuevo al Café Gijón. La Dama del Fuego que tuvo una relación con Pippermint es un personaje. Lo supe antes de conocerla. Ocupa una mesa de la cafetería y yo me voy a sentar en la de al lado antes de verla. Le gustan las esquinas. En eso coincidimos. Nos damos dos besos mientras me siento y pido un café solo. Tiene en sus manos un cuadernito cuadriculado lleno de palabras extrañas en un más extraño alfabeto. Ruso, me aclara. Preferí el ruso al chino, puntualiza. Sabe cuatro idiomas, construir albercas con sus propios brazos, cocinar todo tipo de pasteles, coser, plantar berenjenas...sabe muchas cosas para los 21 años que tiene. Triplico su edad, pero mantenemos una conversación distendida. Ella habla, casi sin parar. Yo escucho y, de cuando en cuando, meto baza. Le gustaría conducir un tanque. Le gustaría irse a Rusia a trabajar. Tiene cara de rusa. Me fijo en su rostro. Los pómulos muy marcados, la piel muy blanca y dos trenzas que recogen su pelo negro. Me gusta su mirada turbia y su sonrisa casi constante. Viste de negro. Un traje sin mangas. Es una chica guapa. Pero no se lo digo hasta más tarde. Me pregunta por Mi relación con el Pippermint. Le digo que, cuando se publique o lo premien, irá una comida. Me pregunta por Bellabestia. No tardará en salir. Le hablo de mi nonagenaria tía y del éxito que tuvo en la presentación en Estudio en Escarlata. Entiende de armamento, de buques de guerra, de tanques, de estrategia militar. Yo le hablo de literatura. Ella escribe, publicó un libro. ¿Qué no habrá hecho? Me pregunta varias veces por qué río. Le digo que me parece un personaje. Que quizá deba disecarla y rellenarla de paja por dentro. Se ríe. Hablamos de disecciones de cadáveres, de la exposición Bodys con cadáveres de chinos ejecutados, de las momias de Guanajuato. Mejor la plastificación. Pasamos dos horas hablando. Cuando salimos a la calle ella se pone unos guantes negros que le llegan hasta los codos y se echa sobre los hombros un elegante abrigo. Andamos por la Castellana. Me doy cuenta de los zapatos de tacón que lleva. Debería haberme puesto el esmoquin, le digo. Y que es guapa, también. No se ruboriza sino que sonríe. Me despido de ella con dos besos. Le reitero mi invitación a que suba al Valle de Arán. No te voy a disecar, le digo. Ni yo te cortaré la cabeza, me contesta. Cojo el 27 que me lleva a Plaza Castilla. Sigo, hasta que desaparece de mi campo visual, sus elegantes andares sobre los zapatos de tacón. Creo que estableceré una nueva rutina cada vez que vaya a Madrid: quedar con la Dama del Fuego en el café Gijón.

Comentarios

Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
¿Tu portátil habrá sufrido un golpe? Sino, ¡qué miedo!

Interesante criatura la Dama de Fuego. Se conoce buena gente a través de este medio.

¿De regreso a la Vall d'Arán?
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues la cosa es que no recuerdo haberle dado ningún golpe. Desde luego es una faena que me obligará a cambiar de ordenador o cambiar la pantalla si ello es posible. La Dama del Fuego es una joven muy interesante, ciertamente. Por cierto, me regaló un enhebrador de agujas. Ya tengo una colección considerable. Lo que me faltan son las ganas de coser. Ya en el Valle.
Anita Noire ha dicho que…
Un enhebrador de agujas, que cosa, yo no he visto ni uno desde que deje de comprar costureritos para ponerlos en la maleta. Descubrí que una grapadora de las de toda la vida me salvaban los bajos de los pantalones más pronto y con menos esfuerzo.
;-)