DIARIO DE UN ESCRITOR

Vic, 17 de marzo de 2012
Hoy me metí en una cueva. Bien, he estado en varias cuevas a lo largo de mi vida, hasta en la de Altamira cuando era niño de pantalón corto, pero nunca en una cueva, digamos, no turística. Pero la de hoy no era una cueva en el sentido más estricto de la palabra sino una antigua mina. La entrada estaba en un lugar criminal; tenías que trepar por enormes bloques de roca lisa y con pocos puntos para agarrarse hasta atisbar, en uno de ellos, su diminuta entrada. Una cueva del Montseny, de su vertiente mediterránea y más soleada, árida, con pinos achaparrados y sendas polvorientas en las que echaba de menos el sonido de las cigarras. Y además, llegué a la entrada de esa gruta abierta por el hombre, con los pies sencillamente destrozados por calzar unas botas que me había dejado para la ocasión el Filósofo Rojo y me iban pequeñas. Así es que me asomé a esa boca oscura y redonda, como un bostezo en la montaña, cojeando, con los dedos retorcidos y las uñas de los dedos gordos de los pies hundidas en la carne. Un masoquista. Buscando mi castigo, como diría mi psiquiatra argentina. Entramos en la angosta y abandonada mina iluminados por la luz de una linterna que llevaba quien iba a la cabeza del grupo ilustre de excursionistas: cuatro profesores y alguien que escribe. En la entrada, como una trampa, un enorme orificio angosto que, como un sumidero, te llevaría al centro de la tierra si cayeras por él. Según avanzábamos, a ciegas, tanteando las paredes, con la cabeza gacha por si dábamos con ella contra el techo, intuimos más orificios. No había murciélagos, ni agua, ni humedad excesiva. Daba la sensación de que aquella había sido una explotación minera de poca monta. Pero costaba imaginar a personas allí adentro, trabajando a pico y pala, en esos angostos pasadizos, y transportando luego el mineral arrancado hasta el pueblo más cercano. De regreso los pies me dolieron un espanto, pero pensé en el alma de aquellos mineros que habían dejado su vida en las infectas galerías de las que acabábamos de salir sanos y salvos, y mi dolor de pies, de dedos, de uñas, me pareció una menudencia. Explotaciones mineras, las llamaban. Explotación salvaje e inhumana de seres humanos.

Hoy el Filósofo Rojo hizo macarrones. Le dije que los hacía muy bien. Y es una verdad incontestable. Además es en casa del Filósofo Rojo en donde suelo comer macarrones. Los hace con carne picada de primera calidad, cebolla troceada y tomate. Le dije que sus macarrones me parecían una obra de arte culinaria. El Filósofo Rojo, además de ser un buen anfitrión, un excelente amigo, es también buen cocinero. Se parece a Gramsci físicamente. Y es Rojo como el filósofo, intelectual, teórico marxista y fundador del Partido Comunista Italiano. Terminamos la comida con sendos Macallan. Eché de menos los cigarros de antaño, pero ya no fuma. Y yo sólo lo hago en pipa en el Valle de Arán. Hablamos del mundo. Lo arreglamos a nuestra manera, conscientes de que nuestra influencia en el devenir de los acontecimientos será del todo irrelevante. Ayer, con el mismo entusiasmo que hablamos de política y especulamos con el éxito de la huelga general del día 29, hablábamos de mujeres y lo hicimos en una cervecería del centro de Vic. Yo tomaba una Franciskaner. Él, una cerveza a presión. El camarero que atendía la barra era un armario, uno de esos tipos de espalda triangular que cuando andan oscilan el cuerpo a derecha e izquierda manteniendo los brazos en una actitud marcial. Hablábamos de sentimientos, más que de sexo. De las mujeres que habían pasado por nuestras vidas y nosotros por las de ellas. Yo le hablé de algo que me atormenta últimamente, de la relatividad de las relaciones sentimentales, del peso que crees que van a tener algunas en tu vida y de la decepción que te provoca comprobar la poca huella que te dejan. Yo estaba hambriento. No había comido. No lo había hecho porque ese mediodía, entre las 14:30 y las 18:30, comer hubiera sido perder el tiempo. Así es que me bebía esa Franciskaner, que algo me alimentaba, y pensaba en ese fricandó exquisito con setas que un alma caritativa había cocinado para los dos. Y en ese fricandó exquisito que nos comimos para cenar, una hora después de las cervezas en el local con el camarero armario de movilidad reducida, había mucho amor, convenimos ambos; diferente al que había tenido lugar en esas cuatro horas anteriores en que me olvidé de comer, más desinteresado, si ello era posible. Por esa razón hoy, cuando después de la siesta y poner en marcha el ordenador con el que escribo estas líneas (nuevo, pequeño y con un pésimo teclado que me obliga a escribir muy despacio y prescindir de la escritura directa que tanto le gusta a La Chica de la Bicicleta) y me fui al cine con el Filósofo Rojo (una sala con cuatro butacas ocupadas de las doscientas que tenía) y mientras veía la película ¿Y ahora adónde vamos?, una mezcla de cine de Fellini, Lisístrata y La vida es bella (bella es la directora e intérprete libanesa Nadine Labaki), estuve pensando en la rubia cocinera de aquel fricandó que comimos durante la cena del día anterior y en el cariño con que lo había cocinado para nosotros.

Comentarios

Poma ha dicho que…
Lo mio no es el fricando, pero si le apetece una fideuá silbe.
;)