DIARIO DE UN ESCRITOR

Vic, Barcelona, Arán, 18 de marzo de 2012
Extranjero siempre ha sido una palabra que me ha gustado, antes de leer a Camús o ver la película homónima de Visconti, quizá porque en mi infancia/adolescencia fui extranjero de la vida y eso fue el comienzo de mi obsesión por crear mundos propios al margen de la realidad mediante la escritura. Absolutamente extranjero en el colegio; algo extranjero en mi casa; muy extranjero en la universidad de Barcelona, cuando leía a Cortázar apoyado en la columna del patio de Letras con mi jersey de cuello de cisne, negro, y mi pelo recogido en coleta; maravillosamente extranjero cuando desembarco en un país desconocido; excitantemente extranjero cuando abrazo por primera vez el cuerpo desnudo de una mujer extraña que va a dejar de serlo; extranjero a veces conmigo mismo cuando entablo una discusión con mi otro yo…
Me sentí extranjero a lo largo de los tres años de mi séptima vida, cuando ejercía de catalán en Granada entre algunos catalanofóbicos. Me siento ahora, en Catalunya, cuando ejerzo de castellano. Nada tan patético como los nacionalismos extremos; nada tan ridículo y provinciano como creerse el ombligo del mundo y despreciar a los demás. Como me sucedió hace un par de días, mientras esperaba el autobús que me llevaría de Barcelona a Vic con mi maleta. Estaba sentado en el banco de la parada de la calle Caspe y se situó a mi lado un viguetá (natural de Vic) de unos cuarenta y cinco años, trajeado, sin corbata y pelo medianamente largo. Un indigente descarado se le acercó a pedirle dinero. Yo acababa de dar dos euros a una pareja que arrastraba un carrito con un, supuesto, niño dentro (no lo vi y luego pensé que debía de ser un truco para mover a piedad). El tipo que se dirigió a mi vecino de cola, que permanecía de pie mientras yo estaba sentado en el banco, era verborreico y tenía cogida la mano del viguetá que, tras pedirle que se la soltara, le dijo que no le iba a dar un euro. Bien. Yo tampoco se lo habría dado por el simple hecho de cogerme la mano. Aixó és lo que hi ha, dijo mi vecino de cola mientras yo le hablaba de la crisis económica, en català, y le comentaba que cada vez veía a más gente rebuscando en los contenedores, que cada vez más personas acudían a los comedores sociales, que esto no hay quién lo pare. Això és lo que hi há, siguió repitiendo como un mantra conformista. Es lo que hay, como si no se pudiera cambiar y nos tuviéramos que adaptar y aguantarnos. Mi situación, yo sentado y él de pie, me impedía discutir. No puedo confrontar nunca si yo estoy más abajo que mi oponente y tengo que alzar la cabeza para mirarlo. Tampoco iba a levantarme para comprobar que yo era más alto que el viguetá que repetía su mantra Això és lo que hi ha como si hubiera descubierto la piedra filosofal. Hizo, luego, un giro dialéctico, y en catalán despotricó contra España, las Españas, que no nos querían a los catalanes, que nos robaban, que nos estafaban, que los andaluces y extremeños eran una panda de vagos, que su hijo no hablaba bien castellano y que él se sentía orgulloso de su ignorancia, de que lo hablara mal, obligado cuando los moros se dirigían a él en ese pestoso idioma castellano. Los moros, claro, para definir al personaje que me estaba dando la matraca. Es como dos hermanos, y hay uno que se droga, y el que no se droga le dice al que lo hace: Mira, ya no quiero saber nada de ti. Pues eso nos pasa con España. Bien, España se droga, no lo sabía, y Catalunya es el hermano bueno y recto. Mientras aquel tipo despotricaba contra La puta Espanya, sin entender un ápice el significado que le dio el genial gallegocatalán Pepe Rubianes (La puta España, sí, ésa de las tapias de los cementerios) que tenía la culpa de todo, hasta de la crisis mundial, según su parecer, a mí empezaba a dolerme la cabeza, el hígado y los oídos. Tenía que haberle interrumpido a ese estúpido nacionalista que se creía que Catalunya era lo mejor del mundo, que los hijos de puta que hay en Catalunya, por el hecho de ser catalanes, ya no eran hijos de puta, y haberle dicho en lenguaje cervantino que yo nací en Salamanca de padre madrileño y madre extremeña, aunque hablara medianamente bien el catalán; que su hijo, con un padre tan desgraciado como él que no se molestaba en que aprendiera un idioma que hablan más de trescientos millones en el mundo, sería un ignorante y tendría menos posibilidades de encontrar un trabajo que no fuera de matarife de cerdos en Vic; que España, salvo algunos descerebrados como él, que haberlos haylos y se retroalimentan con su diarrea mental, es tan maravillosa y digna como lo pueda ser Catalunya; que viví en Andalucía, en donde fui un extranjero bien acogido, y que ahora estoy en Arán, que es un valle abierto que hace gala de sus cuatro lenguas (aranés, catalán, castellano y francés)…pero no lo hice, porque estaba sentado y no valía la pena levantarse para perder saliva, tiempo y paciencia con un palurdo de esa estofa. Recé para que no se sentara a mi lado cuando viniera el autobús y me siguiera dando la tabarra durante la hora de trayecto hasta Vic. No lo hizo. Bakunin me escuchó.
Extranjeros. Ayer. De regreso de la excursión a esas minas angostas por la parte más árida del Montseny. La pareja que nos había indicado el camino y nos había prestado la linterna para explorar el interior de la cueva, nos esperaba al pie de su solitaria casa de la rectoría junto a la sencilla iglesia románica del siglo XI que habían restaurado. La mujer, de aspecto más joven que el marido, acariciaba a su gos de atura (especie muy apreciada de perro pastor catalán que se caracteriza por su gran tamaño, aspecto lanudo y su experiencia en vigilar y conducir rebaños de ovejas) mientras le decía al can, y a nosotros: Sort que aquest es català (Suerte que éste es catalán) ¿Tienen nacionalidad los perros? Ahora me entero. ¿Dicen guau en catalán?
Ayer el Filósofo Rojo, que se parece a Gramsci y es catalanogallego o gallegocatalano, me echó por tierra una de las señas de identidad culinaria, las del emblemático y, falsamente catalán, pà amb tomaquet. Fueron los murcianos que trabajaron en la Exposición de Barcelona los que lo inventaron para poder tragar, untándolo con tomate y aceite, el seco pan que les ofrecían sus patronos catalanes explotadores. Y es en Andalucía dónde más se come pan con tomate. Extranjeros.
Extranjeros. Los que había hoy en ese mercadillo que ponen en una de las calles de Vic, cerrada al tráfico los domingos, en donde estuvo, precisamente, ese cuartel de la Guardia Civil que los asesinos de ETA volaron, con niños incluidos, y del que queda, como recuerdo, una vergonzante placa (una indignidad que un día quemaré). Compré tres pares de calcetines. Los necesitaba. A buen precio. En su etiqueta ponía que habían sido fabricados en España y no en China. Había fruta y verduras con buen aspecto. Miel y quesos. Camisas baratas. Sostenes y bragas que el viento zarandeaba. Y extranjeros. Ese 30% que ostenta Vic y que son la excusa para que el ultraderechista Anglada consiga un buen porcentaje de votos entre los ciudadanos de esa tranquila y cuidada ciudad del interior de Catalunya que teme perder su identidad con tanta multiculturalidad. Bien está que trabajen en las cárnicas, pero que no se exhiban luego por nuestras calles, que no enturbien con su oscura presencia ese crisol blanco y puro de la Catalunya interior. Parece Tombuctú, me dice, en un momento determinado, el Filósofo Rojo. Y miro a mi alrededor: somos casi los dos únicos blancos que circulan entre los clientes mayoritariamente africanos de ese mercadillo callejero.
Extranjeros. Ruidosos. Los que me acompañaban esta mañana en el vagón de tren camino de Barcelona desde Vic para tomar luego el autocar de ALSA que me llevaría de nuevo al Valle. Tres negros. O subsaharianos. Tres negros. Y yo, un blanco que intentaba leer el periódico sin conseguirlo por la escandalosa conversación de esos tres negros con voz de barítono. Hablaban a gritos. Un francés con cadencia africana, lo que indicaba que eran de etnias y países diferentes. Debían de estar sordos. Desde luego tenían unos vozarrones increíbles, tipo Barry White. Pero me daban una tabarra insoportable. Además no hacían más que levantarse e ir al espacio que había entre vagones para fumarse un cigarrillo, y, cada vez que abrían esa puerta, me atufaba un olor denso a humo de tabaco. Y siguieron hablando a voz en grito durante todo el trayecto, incluidas las paradas, sin que yo pudiera enterarme de lo que estaba leyendo. Estuve por pedirles que cantaran. Que cantaran, pero que no hablaran. No lo hice. Permanecí sentado.
Extranjeros. En el autocar de la ALSA que me lleva al Valle. Un conductor rumano, al que ya conozco de otros viajes y me conoce también. Una pasajera rusa, joven, morena, de piel clara, guapa, que se pasa todo el viaje hablando con el conductor rumano en un más que correcto castellano con acento musical. Hay otro extranjero, de no sé qué país, que habla por el móvil. Y yo, que soy extranjero de mi mismo. Dormito buena parte del viaje, pues no funciona la conexión wifi del autocar. Sueño con el fricandó. Con la cocinera de ese fricandó. Con las promesas de futuros fricandós. Con un viaje a Donosti. Con Angkor. Leo la parte del diario que los negros del tren Vic/Barcelona impidieron con sus tronantes voces. El autocar hace la parada preceptiva en Balaguer a las 18:30. Desciendo a tomarme un café en el bar de la pequeña estación de autobuses. Ahora es de chinos. Una mujer china me pone un café con leche excesivamente caliente y malo. Soplando, para enfriarlo, se me pasa el tiempo de ir al baño. Pondré a prueba mi próstata en las próximas dos horas de viaje. Vuelvo al autocar cuando éste arranca. El conductor rumano sigue hablando con la chica rusa que vive en Bossòst pero que no conozco. La muchacha rusa, subiendo hacia el Valle, mientras el autocar bordea el pantano, habla de que los chinos están invadiendo Siberia. Chinos. Chinos por todas partes. Pero ni uno solo en el Valle con la falta que nos hacen por sus horarios flexibles. Me gustaría tener un chino al lado de casa como lo tenía en Granada. Sí toda clase de latinos. Pero no chinos. Un conductor vasco que toma el relevo, para que el rumano descanse y se siente al lado de la pasajera rusa, habla de que chino y ruso son los idiomas, después del inglés, más demandados por los alumnos catalanes. Sólo un 1% pide francés. Francés. Fricandó. Donostia. Angkor.
Llego al Valle de noche, nevando. Caen copos racheados, no excesivos, que seguramente no cuajarán pero sí aumentarán la base de nieve que hay en las cimas de las montañas y en la estación de Baqueira Beret. El termómetro marca tres grados positivos. Voy con la camiseta de manga corta negra que he estado utilizando estos últimos días en Barcelona y Vic, en donde la temperatura subía hasta los 26 grados. En Arán regreso de nuevo al invierno. Arrastro la maleta por las calles del pueblo. Veo las noticias en cuanto llego a casa. Todavía no ha estallado la guerra Israel/Irán. Me tomo un café con leche y un par de trozos de un sobao que hice antes de ausentarme y adolece de un exceso de mantequilla y ralladura de limón. Me quedo con hambre. Pero tengo más sueño que hambre. Conecto un teclado, extranjero con respecto a mi nuevo mini ordenador, con el que podré seguir practicando la escritura directa con Lachicadelabici que a estas horas quizá ande por África.

Comentarios

Poma ha dicho que…
Más razón que un santo José Luis.
No es malo ser extranjero, todos los somos a ratos. Lo que es infame es ser corto de miras, y haylos los hay...¿Conciliaremos algún día a esos dos hermanos? Espero que sí, pero de momento ..."Aixó és lo que hi ha".
Fdo : Una extranjera, ciudadana del mundo,nacida en un territorio a orillas del Mediterraneo.
José Luis Muñoz ha dicho que…
Al final, cuando me preguntan de dónde soy suelo contestar que de Gracia, mi barrio. Ahí me forjé. Pero soy, somos, de muchas partes, un verdadero puzzle de vivencias y sensaciones que nos llevamos de los territorios que visitamos. El nacionalista cegato se cura viajando. Entre los separatistas y los separadores quizá Catalunya consiga la independencia. Yo, ya le digo, pediré mi pasaporte en Gracia, el barrio más multicultural de BCN.
Susana Sosa Villafañe ha dicho que…
Cuando vea algún chino masajista, desorientado, le diré que ponga consulta en Bossost. Además puede poner una tienda de conveniencia. En mi barrio hay muchos comercios cuyos propietarios provienen de la tierra de Mao y la verdad es que me siento muy a gusto departiendo con ellos.
Yo que siempre me he sentido, como tú, extranjera en todos sitios, me he acostumbrado al desarraigo sin dolor y me hace realmente libre de ataduras patrióticas. Siento que el mundo es mi tierra prometida. Cariños.