DIARIO DE UN ESCRITOR

Barcelona, 14 de marzo de 2012



Últimamente ya no cojo el coche para bajar a Barcelona. Dejé de hacerlo después de comprobar que era más barato, además de más cómodo, tomar el autocar de línea que me dejaba en la Diagonal. El único inconveniente es que sale a las cuatro y media de la madrugada del Valle. Pero hoy, a esa hora, no hace ni siquiera frío y una simple chaqueta de pana marrón, un pantalón del mismo tejido, azul, una camiseta negra y una camisa de verano son suficientes para no pasar frío porque sencillamente no hace. Duermo durante buena parte del viaje. Tomo un café con leche y una palmera en la parada que el autocar hace en Balaguer, aunque el vehículo hizo otra no oficial, en Pont de Suert, porque una pasajera se estaba orinando. Vamos en familia: no más de seis pasajeros, más algunos que suben a mitad de trayecto, en Balaguer. Y con la luz de la madrugada devoro las últimas páginas de Diario de invierno de Paul Auster que me regaló una señora de Burgos. En Burgos hay señoras, como en Bilbao, o en Donostia; en otras ciudades quizá mujeres. Y es en el formidable atasco que se forma antes de entrar en Barcelona, a diez kilómetros, cuando veo pasar por la ventanilla un enorme camión con destino a Luanda. ¿Luanda? te preguntas con una cierta incredulidad, volviendo a leer el nombre en la parte de carga del largo vehículo. Sí, y Maputo también, por si tenías dudas. La fila del camión se vuelve a detener y el autocar en el que viajas lo adelanta de nuevo. Te fijas en el conductor. Ni es negro, ni tiene pinta de aventurero. Luanda, repites, y tienes la tentación de apearte del autocar que te lleva a Barcelona y subirte a ese camión que quizá tarde meses en cruzar África hasta llegar a Luanda con su extraño cargamento. Pero no lo haces porque ya no tienes tiempo.

Propones a La Arquitecta compartir el desayuno. Acepta con un escueto Ok por sms. La esperas en una terraza próxima a la Diagonal. Todavía no has pasado por el hotel, así es que llevas el ordenador y la maleta y pones ambas cosas a buen recaudo mientras pides un café con leche y una chapata de sobrasada y beicon. El servicio es rápido, hasta en la terraza, y apenas te da tiempo de leer una página y media de la novela de Auster que en muchos, demasiados, de cuyos párrafos te estás viendo. Ves a La Arquitecta de lejos y le haces una seña. Ya no es la chica de dieciocho años que conociste en la Universidad, ni tú el tipo con coleta, zuecos y camisetas ceñidas que tenías veintiuno. Ibáis a comeros el mundo y el mundo ha sido el que os ha devorado. No anda La Arquitecta con la ligereza de antaño, y tú cojeas. No se quita las gafas de sol cuando se sienta a tu mesa y pide a la camarera lo mismo que tú te acabas de comer. No es porque sea fotofóbica sino porque está tensa, y comprendo perfectamente su tensión, y yo soy, en buena parte, el culpable de ella. Le muestro la portada de Patpong Road. Le parece bonita, pero su cabeza está en otros meridianos. Me pregunta a qué he venido. Cito, por este orden: a ver a mi nieta, a ver a mis hijos, a ver a mi novia (¿es mi novia?), a verla a ella y a comprarme un nuevo ordenador pues éste, con el que escribo, sigue con su misteriosa e incordiante mancha sangrante, un fenómenos paranormal para La Marciana de Miami que me regaló dos excelentes puros que ya me fumé.

Me pongo a cuatro patas ante la rubia a la que más quiero del mundo. Ladraría como un perro o me convertiría en un saltimbanqui por ver aflorar su sonrisa. La damita cumplirá siete meses en dos días y tiene un suave pelito rubio arremolinado, como el negro de su madre al nacer, unos ojos enormes y azules que te siguen siempre y una boca presta a reír. Es el bebé más hermoso del mundo. Me podría estar horas contemplándolo, jugando con él o haciendo payasadas. Eso hago durante dos horas. Y ante cada una de mis estupideces, la niña se ríe, se carcajea. Por una parte deseo que su vida de bebé se prolongue muchos meses más, porque esa personita es como un dibujo animado, pero por otra deseo que ya tenga cuatro años, ande, se pueda calzar unas liliputienses botas y me pueda dar la mano cuando vayamos a la montaña, a mi Valle.

Hago la comida. Una macroensalada con unos ingredientes que compré en un cercano Bon Preu. Lechuga iceberg, manzana verde fileteada, aguacate, maíz, aceitunas, cebollitas en vinagre, pepinillos, espárragos, atún y nueces. A La Arquitecta se le pasan todos los males en cuanto ve a la niña. La coge, la besa, la zarandea. El bebé es un muñeco articulado de carne que mueve bracitos y piernas e intenta ponerse en pie. Creo que andará sin pasar por la etapa previa del gateo. La Arquitecta cree que será una chica lista porque le encanta mirar cuentos. La dejamos en el cochecito para que nos permita comer. Nos lo permite sin una queja. La llamo por su nombre. Gira la cabeza. Sabe ya cómo se llama. Sí, será una chica lista, y además hermosa. Intento descubrir qué tiene de mí. Rasgos de su madre son evidentes, y los ojos del padre, sin duda. Esta mujercita inspira una ternura inmensa. Sigo observándola mientras saboreo un café Nexpresso.

Si mi séptima vida siguió, más o menos, las pautas del guión de Herida de Louis Malle, mi octava parece inspirarse directamente en Intimidad de Patrice Chereau sobre una novela de Kuriesmaki que, casualmente, cito en Patpong Road. Así es que las dos personas que, periódicamente, nos citamos en una habitación de un hotel para hacer sexo, seguimos haciendo sexo pero ya no somos los desconocidos de la primera cita. Si tuviera que resaltar algo de ella diría que es una rubia muy atractiva, con cara de nórdica, que tiene buena figura y mirada penetrante. ¿Lo que más me gusta de su físico? Quizá la suavidad de su piel, la ondulación de sus caderas, la longitud de sus piernas.
Mientras la espero, expectante, escucho el griterío de los niños de una escuela cercana que hacen el recreo en el mismo patio interior al que abren sus ventanas las habitaciones traseras del hotel que es nuestro territorio. Cada vez que oigo pasos por el pasillo me tenso esperando que sea ella. Hoy se retrasa diez minutos sobre la hora fijada. Llama con dos pequeños golpes a la puerta. La abro sin más ropaje que una pulsera de cuero y plata que me regaló en la primera cita. Nos besamos junto a la puerta, mientras la cierro con el pie. Ese beso dura minutos. Ella, bromeando sobre nuestras efusiones, cita siempre una cola. Me gusta esa situación, y me excita. Es una escena de fotografía de Helmut Newton, pero al revés: el hombre está desnudo mientras la mujer está vestida, aunque por poco tiempo. No aprecio el vestido nuevo que se ha comprado. Ni la ropa interior de encaje. Ni sus medias. Caemos sobre la cama y hacemos sexo y nos convertimos en una especie de enorme vaso comunicante por donde circulan los fluidos. La luz mengua y no encendemos la luz, con lo que somos sombras chinescas batallando. El respiro del primer asalto lo aprovecha ella para fumar un cigarrillo. Me gusta mirarla mientras se fuma el pitillo: cruza las piernas y sus pies entrelazados ocultan su sexo. Volvemos a amarnos. Con ella todas las fantasías son posibles. Durante dos horas y media nuestros cuerpos se entrelazan formando complicadas figuras. Parecemos adolescentes aunque juntos sumemos exactamente 111 años. ¿Qué estoy haciendo? Negándome a envejecer. Nos despedimos en el ascensor, ya vestidos, con un beso que se prolonga el tiempo que la cabina tarda en bajar los dos pisos del hotel.

Voy a cenar con La Arquitecta, El Destilador Cultural y El Director de El Bosque. Para ello debo coger el tren en la estación de Gracia. Y aprovecho el trayecto para leer las últimas páginas de Diario de invierno que me resultan demoledoras. Con su eco subo, renqueante (la pierna derecha no la tengo a pleno rendimiento) la cuesta que nace más allá de la estación. “Tus pies descalzos en el suelo frío cuando te levantas de la cama y vas a la ventana. Tienes sesenta y cuatro años. Afuera la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas: ¿Cuántas mañanas quedan?”. Me pregunto. Cenamos bien, aunque falten cervezas. El ajetreo amoroso me ha provocado sed. La Arquitecta se interesa por ella. La describo y resalto la virtud que más aprecio: cariño. Omito detalles sobre sus muslos, boca, pechos y nalgas. Cenamos en la cocina. La cocina de mi sexta vida que se truncó con la séptima. La séptima vida que nada tiene que ver con la octava y sus sorpresas agradables. El clavo que saca otro clavo, como me hizo ver la señora de Burgos subrayando la sabiduría del refranero español. Bebemos un Priorato suave y mantenemos los cuatro una conversación políticamente incorrecta. Sale el cine, no podían faltar las menciones al séptimo arte entre los tres cinéfilos. Y hablo de Diario de invierno de Paul Auster. Y, con esa última pregunta de la novela retumbándome en el cerebro, camino rumbo a la estación para coger ese último tren que me lleve a Barcelona

Comentarios

Poma ha dicho que…
Todos nos preguntamos a cierta edad ¿Cuántas mañanas quedan?, que grande Auster ¡¡
Por cierto, ¿No tendrá un hermano, su "novieta" ? Quiero uno así ¡¡¡

PD: Mi abuela decía que en las casas siempre debería haber un bebé, porqué dan vida y sacan algo especial a quienes la habitan.
Anita Noire ha dicho que…
Creo que me quedan algunas vidas hasta llegar a la 8, pero...oiga, menuda la que tiene ud. Mejor que las siete de las que dispone un gato.
Y ¿no has pensado en escribir algo así como "Confieso que he vivido ocho veces"?
José Luis Muñoz ha dicho que…
Se lo preguntarè, Poma, en mi próxima cita. Lo del hermano. Su abuela tiene razón: los bebès sacan lo mejor de nosotros mismos
José Luis Muñoz ha dicho que…
Pues Anita, estoy pensando muy seriamente publicar este diario en formato libro. Mi octava vida me está dando más satisfacciones de las que esperaba.