VIAJES

No veo a Goya en Burdeos


         Llego a Burdeos siguiendo el Garona, mi río pirenaico, desde Arán durante sus 525 kilómetros; cuesta reconocerlo en esa ancha avenida de agua, próximo al estuario, que paso por el Puente de Piedra cuyos pequeños arcos circulares no permiten la circulación de gabarras más allá de él. Llego a Burdeos con diez años de retraso, cuando mis tíos exiliados de la guerra civil, que vivieron tantas vicisitudes y sobrevivieron a tantísimas adversidades, en la España cainita y en la Francia sometida al horror nazi, ya murieron como murió prematuramente un primo que me llevaba seis años y como murió, en su memoria y en la mía, una prima de la que ya nunca más supe: los que uno va dejando por el camino. Llego a Burdeos con una fina llovizna, tipo aspersor de pescadería, que no cesa y bajo un cielo gris manso que no se abre, y pienso en Goya, que estuvo en la ciudad, exiliado de España por ese rey infame, Fernando VII, que me recuerda a otro político infame que hace poco tuvimos, y que murió junto al Garona tras hacer unos cuantos grabados taurinos, pintar algunos retratos y dejar La lechera de Burdeos, su obra póstuma; sordo, medio ciego, malhumorado, como lo retratara Carlos Saura en Goya en Burdeos y lo interpretara Paco Rabal. Burdeos, el vino. Burdeos, el color rojo de ese vino. 

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