CINE / LA SUSTANCIA, DE CORALIE FARGEAT
Horror
corporal es uno de los términos que se utilizan para meter esta extraña y
dislocada película de la realizadora francesa Coralie Fargeat (París, 1976) en
algún cajón genérico. La sustancia es un paseo exhaustivo por la belleza
del cuerpo femenino, el de la jovencísima Sue (Margaret Qualley), la otra yo de
Elisabeth Sparkle (una Demi Moore que lo da todo por su personaje), una actriz
de Hollywood en horas bajas por su edad, que tiene su estrella en el Paseo de
la Fama de Hollywood Boulevard y se gana la vida con un programa de gimnasia
matutina en la televisión, y también por su fealdad y decadencia. Esa
misteriosa sustancia del título es la que se administra la actriz veterana y
que mediante la división celular hará que reproduzca en su interior una versión
mucho más joven de si misma, la antes citada Sue, que le tomara el relevo
porque el mundo del espectáculo necesita carne joven.
Versión
feminista y estrambótica de El retrato de Dorian Grey es el film de
Coralie Fargeat que no se distingue precisamente por ser una película elegante
y sutil, sino todo lo contrario, y bordear, cuando no chapotear, en el mal
gusto a conciencia para provocar. El miedo a envejecer, centrado en el cuerpo
femenino que sufre una serie de transformaciones durante los años, es el núcleo
de esta película que navega por los derroteros del cine de terror y no ahorra
profusión de sangre y violencia paródica en su tramo final y mucho humor, muy
negro, en sus ciento veinte minutos. La joven y sensual Sue, de cuerpo perfecto
y cara pizpireta, emerge, cual mariposa de su crisálida, de la espalda abierta
de su madre generadora Elisabet Sparkle, pero el problema es que su juventud no
es eterna sino muy breve y el envejecimiento progresivo la lleva a clonarse en
seres que nada tienen de bellos y sí de monstruosos y grotescos.
Si
cerráramos los ojos a los títulos de crédito podríamos jurarnos de que estamos
ante una película que ha filmado a dúo Darren Aronofsky, el de Réquiem por
un sueño, por los primeros planos muy cortos y de ritmo sincopado, las
lentes deformantes que utiliza y el montaje frenético, y David Cronenberg
explorando las deformidades de esos cuerpos. tan bellos y sensuales al
principio de la película, incluido el de Demi Moore, que se van deformando a
medida que avanza y sufren un cúmulo de transformaciones decadentes y heridas
suturadas de forma muy drástica: esa espalda abierta en canal y muy mal cosida
de Elisabeth Sparkle que forma parte del cartel promocional de La sustancia.
En
su último tramo, La sustancia se desmadra y se parece a Mother!
de Aronofsky, lluvia de sangre a lo Carrie incluida. La fábula sobre la
eterna juventud ofrece aspectos grotescos en esa traca final que es la
grabación de la gala de fin de año en la que debe lucirse la espectacular Sue
que literalmente se desmorona (escupe dientes, se le caen las orejas) físicamente
hablando al ritmo de Así habló Zaratustra de Richard Strauss en un guiño
al 2001 de Stanley Kubrick. La sustancia, un fantástico
absolutamente gore (uno no puede contar la cantidad de pinchazos que sufre el
cuerpo de Demi Moore a lo largo de sus casis dos horas o la de cuerpos
machacados con saña que ve), tiene ribetes de pesadilla que se va acentuando
conforme avanza y al que no es ajeno Harvey (un Dennis Quaid en un personaje
grotesco en sus maneras y en la forma de vestir), un ejecutivo del espectáculo
que tiene una forma de comer muy repugnante y busca el relevo de su
estrella Elisabet Sparkle porque los
años empiezan a pasarle factura. La fotografía de Benjamin Kracun es
resplandeciente, de colores muy vivos y chillones, la cámara recorre pasillos
largos enmoquetados a lo Stanley Kubrick de El resplandor retratados con
lentes deformantes que alejan al personaje o lo acercan hasta un primerísimo
plano de pupilas dilatadas o heridas supurantes porque La sustancia es
una película muy corporal, con profusión de fluidos. Coralie Fargeat filma con
el mismo detalle una mosca ahogándose en un vaso de agua como la cara deformada
de Harry, aplastada contra las baldosas de la pared, meando en un urinario
mientras berrea por el móvil.
La
banda sonora de Raffertie es machacona y ruidosa, tensa y subraya, y las
interpretaciones de Demi Moore y Margaret Qualley, que confrontan sus desnudos,
más físicas que psicológicas. La sustancia remite tanto a Frankenstein
como a Alien (cuerpo que sale de otro cuerpo; ese muslo de pollo que
emerge del culo de Sue y acaba saliendo por el ombligo), o a La cosa de
John Carpenter: cuerpo convertido en una masa amorfa que se desliza por el
suelo como una ameba y acaba siendo absorbida por un carro de limpieza para que
principio y final del film cuadren en esa estrella olvidada de Hollywood Boulevard
en honor de Elisabeth Sparkle, una idea muy brillante de la directora. Somos
materia que nos disolvemos y nada podemos hacer frente al envejecimiento sino
aceptarlo deportivamente.
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