viernes, 28 de septiembre de 2007

ARTISTAS PLÁSTICOS: ÁGUEDA RUBIO

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La niña que aparece a mi lado en la foto que ilustra el artículo VIAJE A UNA ARCADIA RURAL, publicado más abajo, creció y se hizo pintora. Siguió la tradición familiar artística - su madre, mi querida tía, es una sensible escritora - y se creó un mundo con sus pinceles. Cuando me enteré de que pintaba le dije que me enviara sus cuadros. Me llevé una sorpresa. La pintura tiene un impacto visual inmediato, o gusta o produce repulsa. Los cuadros de Águeda Rubio gustan, tienen talento, demuestran un perfecto conocimiento de la técnica, un manejo del color, la composición y las formas y, tienen, sobre todo, personalidad propia. Con frecuencia me deleito visionándolos en la pantalla del ordenador. Ahora ustedes tienen el privilegio de disfrutar de ellos y dejarse seducir por ese encanto ligeramente naïf de sus cuadros .


Paisajes, rincones urbanos con composiciones geométricas, retratos y bodegones son el universo pictórico de Águeda Rubio, artista plástica nacida en La Alcarria que domina a la perfección el color. Hay fuerza en su trazo, destacada personalidad artística, gran belleza cromática en estos cuadros de colorido suave que seducen la retina de quien los ve. Si están interesados en alguno de ellos o desean ver más, pónganse en contacto con

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Me llamo Águeda Rubio y tengo 51 años. Nací en un pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara ( Miedes de Atienza). Mi pasión por la pintura siempre me ha acompañado, pero tomó forma después de un viaje a París, en el que "me bebí ", junto a una querida amiga, los museos de la ciudad. La vuelta a Madrid ya no fué igual. Cogí los pinceles y conocí a mi maestro Luis Berrutti ,que me llevó por el camino de los colores . Amo la pintura gestual y colorista del Expresionismo alemán, con la que me identifico. He expuesto en el antiguo " Ratón " , pub del Madrid Literario, en centros culturales ( Manzanares el Real) y Cajas de Ahorro (Arévalo, en Ávila ) y he ganado el primer premio de un certamen de tarjetas de Navidad de la empresa CSA, quedando en otras convocatorias , finalista y semifinalista. Me considero autodidacta.

GALERÍA DE CUADROS ÁGUEDA RUBIO aguerru@hotmail.com























EL APUNTE



EL CUERPO DEL DELITO


El País exhuma la transcripción de las conversaciones secretas - nunca hay secretos, siempre hay gargantas profundas dispuestas a desvelarlos - entre el anterior presidente de nuestro gobierno, José María Aznar, y el todopoderoso amo del mundo George W. Bush. Ninguna sorpresa - dentro de unos años nos dirán exactamente cómo asesinaron a Arafat - sobre lo que ya sospechábamos. La invasión de Irak estaba planificada antes del 11S - el atentado de las Torres Gemelas le vino de perlas a la administración norteamericana para echarle las culpas a Sadam -, las resoluciones de la ONU les importaba un carajo y el papel irrelevante de nuestro ex presidente, que habla catalán en la intimidad e inglés en la universidad de Georgetown, se iba a limitar simplemente a actuar en el sainete de la ONU para marear la perdiz con el cuento de las armas de destrucción masiva que todo el mundo sabía que no existían. Seguramente George W. Bush le disputará a Richard Nixon el título de peor presidente de la historia de los Estados Unidos y José María Aznar será arrinconado en el baúl de nuestra historia, al lado de Fernando VII, como el mandatario que supeditó sus intereses personales - foto de las Azores, las piernas sobre la mesa del amo del mundo, sus chistosas intervenciones universitarias en Estados Unidos, consejero del grupo Murdoch, etc, etc. - a los nacionales.

ZONA ERÓGENA


Publicado en Interviú número 761 / 04-12-1990 en la serie LITERATURAS GALANTES


OSCURO DESPERTAR


Lo más difícil fue conseguir abrir los ojos, vencer la obsti­nada resistencia de los párpados reacios a la luz. Primero el izquierdo y luego el derecho, y permanecer así un buen rato, esperando a que tus pupilas se dilataran lo suficiente como para poder ver en la semipenumbra. Luego re­conocer el escenario improba­ble que te rodeaba, la habita­ción oscura y mal ventilada del hotelucho al que habías ido a parar después de la no­che de borrachera, y tratar de reconocer en ese culo redondo y suave, que a tu lado respiraba, que se aplastaba contra tu pier­na, a la rubia que te habías encontrado ocho horas antes en aquel tugurio ruidoso de la calle Ancha.Intentaste explorar el suelo proyectando primero un pie y luego otro, y su frialdad te sobrecogió de forma brutal haciéndote desistir. Hiciste vanos esfuerzos para in­corporarte y mantenerte sentado, pero una y otra vez caíste pesadamente sobre la ca­ma víctima de la resaca que provocaba oleadas de arcadas en tu estómago.Te preguntabas quién era la dueña de aquellas preciosas nalgas y trataste de cir­cunvalar con la mano aquel cuerpo grácil y plácido que llevaba el perfume de tu semen prendido en su sexo como tributo de amor. Y te maldeciste una y otra vez por haber estado tan sumamente borracho como pa­ra no poder acordarte de nada, de absolu­tamente nada de lo que había ocurrido aquella noche: de si ella accedió de buena gana a tu acoso, de si fue necesario, para conseguirla, buenas dosis de whisky y ver­borrea o si, por el contrario, se trató de un flechazo al primer encuentro de ojos tur­bios en la neblina del bar. La llamaste por cuatro o cinco nombres distintos al azar, y no acertaste ni una sola vez. Finalmente te rendiste y caíste sobre sus posaderas y no pudiste huir de la tentación de repasar sus suaves curvas con la punta de tu lengua, nalgas blancas y frías que debían haber huido de los ardores solares de las playas durante todo aquel verano, muslos de ter­ciopelo cuya piel se erizaba bajo tu boca y que, a medida que serpenteaba tu lengua, se separaban indolentes.Con la perspectiva de su espalda, sus glúteos y sus muslos al descubier­to, te dabas cuenta de que no tendría más de quince años, de que enormes pecas, que no la afeaban, moteaban sus hombros, y una pequeña verruga negra le señalaba el centro de la espalda sobre la que caía, en desorden, una bonita cabellera rubia. Fi­nalmente habías sucumbido a la tentación de acostarte con una menor. Te hacías vie­jo, amigo, eso es lo que querían decir esos deseos desesperados por la carne joven.Le diste la vuelta. Empleaste titánico esfuerzo para ello, no porque la muchacha pesara excesivamente, sino porque tú esta­bas muy débil, bajo los efectos de la intoxi­cación etílica. La tomaste por la cintura, como si fuera un ánfora pesada que se rescatara del fondo del mar, y la colocaste de cara a ti. Protestó con un suave gruñido mientras abría su boca pequeña y el alien­to a whisky escapaba de su garganta.Vaya, te dijiste a la vista de aquel rostro, ahora comienzo a recordar. Sí, claro que recordabas sin necesidad de café que te despertara definitivamente, y aquella era la muchacha que habías rescatado del Pa­raíso, el infernal burdel del puerto, tras machacar a puñetazos al matón que obtu­raba con su impresionante presencia la puerta de salida. De ahí que te dolieran los nudillos, de ahí aquella marca morada en ellos, de ahí un escozor en la mejilla que te indicaba a las claras que el matón, antes de dar con sus espaldas en el suelo, rompien­do en su recorrido la mesa medio podrida de madera con su cabezón recio, te había alcanzado de refilón con uno de sus puños.La magia de recordarlo todo. Una mo­desta y encantadora secuencia de película serie B en blanco y negro de Fritz Lang o Jules Dassin. La muchacha, la rubia, bai­laba prácticamente desnuda en el interior de una jaula de vi­drio suspendida por cadenas sobre el es­cenario, masturbán­dose con un consola­dor de caucho que introducía y sacaba suavemente de su se­xo con ambas ma­nos, mientras los clientes hablaban de negocios y, de cuando en cuando, la miraban de refilón, la devoraban con ojos de bestias sedientas. No se sabía bien qué hacías tú allí, porque no tenías ningún negocio en la ciudad ni puñeteras ganas de hablar con aquellos señores orondos, grasientos, con las manos re­blandecidas de ma­nejar los fajos de bi­lletes y los talonarios de las cuentas corrientes. Ahora lo re­cordabas, ibas de acompañante de un tipo alto y rubio con pinta de alemán que arrastraba las eses de forma muy divertida, y tratabas de seguir el ritmo frenético de los bourbons corriendo por su gar­ganta porque el germano, de Hamburgo, era un bebedor impenitente, un tipo de hígado rocoso.Hubo un momen­to en que te hartaste de su presencia, de sus eructos, de su es­tómago cada vez más dilatado por la bebi­da y sus ojos enroje­cidos de su abyecta borrachera, lo dejas­te plantado con el vaso suspendido en el vacío y caminaste apoyándote en el mos­trador hasta que llegaste donde ese bonito culo se contoneaba, unos metros por enci­ma de tus ojos, a ritmo de funky. Te hubie­ra gustado en aquel momento haber estampado sonoros besos en sus nalgas sati­nadas por el sudor, pero decidiste que era mejor llevarla a tu hotel, y se lo dijiste, vo­ciferando sobre el ruido ambiental, y ella te contestó que no podía ser, con un movi­miento gracioso de cabeza que quebró mo­mentáneamente su largo cuello de baila­rina e inmovilizó su cuerpo, mientras que con un dedo extendido señalaba a un tipe­jo grande y gordo que se acercaba a ti por la espalda con un "No moleste a la señori­ta" que salía de su bocaza de labios parti­dos. Le atizaste por sorpresa un formida­ble derechazo en la mandíbula, que resultó ser de cristal, y le remataste con un par de puñetazos en la boca del estómago, que re­sonaron tanto como los que solías propi­nar al saco en el gimnasio todos los domin­gos por la mañana, porque muchacho, eras boxeador, un peso medio que no había pisado todavía ninguna lona. Entonces te llevaste a la chica ante la mirada atónita de los clien­tes del bar. ¿Había sido así? Sí, estás por jurar que sí.Siempre te habías dicho que eras un po­co romántico y que hacías las cosas de for­ma impulsiva, sin detenerte a reflexionar en tus actos, porque en cuanto lo hacías ya no actuabas, y tú, caramba, eras hombre de acción, al que le gustaban las novelas de Dasshiel Hammett, Jack London y Joseph Conrad, las películas de John Huston, y cuyo ídolo era Glen Ford abofeteando a Rita Hayworth. Por ello entraste a fondo con ella. La tendiste en tu cama y te echaste so­bre su cuerpo con la misma ferocidad del león hambriento so­bre su presa, bus­cándole las vísceras por debajo de aque­llas braguitas blancas y sudadas que olían endemoniada­mente a coño fresco. Sorbiste el jugo de su sexo, te embriagaste con la saliva de su boca y te corriste so­bre su bonito culo de terciopelo tras un expeditivo vaivén que arrancó gemidos, puede que fingidos, de la nínfula.Ahora sólo te que­daba adivinar su nombre, si es que lo tenía, cerciorarte de que efectivamente era la chica del Paraí­so. O mejor no, no saber apenas nada de ella, no fuera una buscona de esquina a la que hubieras unta­do con un billete de cinco mil, mejor de­jarla en la cama, so­la, que se despertara en la medio penumbra de la habitación y se hiciera la misma pregunta que tú al abrir los ojos cansinos y saberse en la habi­tación del hotelucho. Y tú bajar por las es­caleras, si es que acertabas a entrar en tus calzoncillos, y tomarte un chocolate con churros en cual­quier chiringuito de esa Valencia que se despertaba con gus­to de resaca en la garganta.
JOSÉ LUIS MUÑOZ, XII Premio de Literatura Erótica La Sonrisa Vertical

LA CARAQUEÑA DEL MANÍ, LA HISTORIA OCULTA


Detrás de toda novela hay una historia caprichosa que ayuda un poco a comprender su escritura. Cada novela que escribo es fruto de una serie de circunstancias. LA CARAQUEÑA DEL MANÍ nació de una estancia en Caracas. Había sido invitado por la editorial Alfadil a recoger el premio Letra Erecta de literatura erótica y presentar la novela ganadora, EL SABOR DE SU PIEL. La ciudad me enganchó enseguida. Esa combinación de selva, que casi se podía tocar, que se olía, y duro asfalto con sabor norteamericano de sus autopistas que cruzan barrios de rascacielos calcados de Estados Unidos, era un decorado perfecto para una novela de acción y crimen. Era una ciudad negra, dura, peligrosa, con casas cercadas por alambradas y vigilantes armados con pistolas y rifles por todas partes. Y había un apasionado debate político, continuo, en la calle, en las tertulias, en la prensa, entre chavistas y antichavistas. En el hotel de Las Mercedes, en donde estuve alojado durante poco más de una semana, frente al Monte Ávila, tomé la determinación de escribir una novela ambientada en esa ciudad fascinante de mujeres bellisimas que hablan con voz susurrante de sirenas y andan siempre en actitud seductora. Raúl Cazal, el editor de la colección erótica de Alfadil Letra Erecta, me llevó un día al "Maní es así", la mejor sala de fiestas de la capital. Me quedé clavado viendo como negros y negras, todos los negros de Caracas, bailaban endemoniadamente bien los ritmos tropicales. Mi novela negra iba a tener como eje esa sala de fiestas. En el hotel, aprovechando ratos libres entre charlas, entrevisas y comidas sociales, empecé a escribir aprovechando que me había llevado el portátil. Necesitaba un punto de vista narrativo, alguien ajeno, como yo, pero algo aclimatado al Caribe que ofreciera una visión distante de la coyuntura sociopolítica venezolana. Un etarra. Hay muchos etarras hibernando en Latinoámerica. Un etarra asesor literario de una editorial al que vienen a buscar gente del interior para que se reincorpore a la lucha armada. Sin ser muy consciente de ello, pero por razones obvias, la novela se convirtió en un trhiller con mucha carga política ya que hablaba de dos realidades, la situación explosiva de Venezuela, y el carcinoma etarra en el País Vasco. El erotismo, la sensualidad caribeña, el color, lo daba "El Maní es así". La novela fluyó a una velocidad relámpago. Retraté el ambiente de mi editorial, tomé personajes prestados, regresé a "El Maní es así", afiné el oído al máximo, abrí todos los poros de mi piel para captar el ambiente, la forma de vivir, las costumbres, el habla de los caraqueños. Y, mientras, la novela avanzaba por unos derroteros inesperados, se convertía en una fábula moral, tremendamente dura, sobre la culpa, que persigue al protagonista durante toda su novela, y su expiación. Luego, de regreso a mi país, la reescribí varias veces, la pulí. Pero la novela había nacido en Caracas, afortunadamente, y eso creo que se nota. Huele a trópico.


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MI MARILYN

Esta niña desgarbada e inocente, una flaca de falda acampanada a lunares que posa, descalza, en una carretera del Medio Oeste, no tiene ni idea de que va a ser Marilyn Monroe y su vida será efímera. Ya ha sufrido una infancia desgraciada y, sin embargo, exhibe esa sonrisa turbadora que tanto confundiria luego y haría estragos entre los varones de medio mundo. Nada hace presagiar, con esos pechos puntiagudos de adolescente, que vaya a convertirse en un sex symbol global. Observen las trencitas y el peinado: son impagables. Frágil y femenina, exhibe ya un punto de coquetería al pellizcarse la falda.

EL ARTÍCULO

Publicado en El Mundo 30/08/2003

Duranto el verano del 2003 el diario El Mundo tuvo una bonita iniciativa: encargar a unos cuantos escritores que narraran el mejor verano de su vida e ilustrarlo con una foto. No lo dudé. El mejor verano era aquél, en Miedes de Atienza, un minúsculo pueblo de La Alcarria próximo a Sigüenza. Allí, con mis tíos y mis primos, transcurrieron los tres veranos más felices de mi vida. Y así lo dejo expuesto. En la foto, de mi tío Juan José, aparezco con mi pierna escayolada junto a mi prima Águeda.

El articulo, ese mismo año, obtuvo el Premio Provincia de Guadalajara,concedido por su diputación, al mejor trabajo publicado sobre la provincia. Miel sobre hojuelas.


1958 - MI VERANO
Viaje a una arcadia rural
Novelista, articulista y viajero, José Luís Muñoz ha publicado una veintena de libros y ha obtenido diversos premios literarios Su última novela publicada es la trilogía sobre el descubrimiento de América 'La pérdida del Paraíso'. Narra el verano de su vida, el del año 1958, cuando viajó a un minúsculo pueblo de Guadalajara, una arcadia rural inhóspita que hoy ya sólo existe en su memoria.

Por José Luis Muñoz

CREO QUE EL mejor verano de mi vida fue el de 1958, el año en que mis tíos Juan José y Rosario me invitaron a pasar el verano en Miedes de Atienza, un minúsculo pueblo de Guadalajara en donde vivían con sus tres hijos. La víspera de la partida estaba muy nervioso: era mi primer viaje. Mi padre me acompañó. Viajamos toda la noche en un tren arrastrado por una locomotora de vapor.No dormí ni un solo instante, a pesar de que el traqueteo de las vías es una melodía que invita al sueño; estaba demasiado emocionado para hacerlo y permanecí con la cara pegada a la ventanilla del compartimiento contando los postes que jalonaban la vía férrea, leyendo los letreros suspendidos de las marquesinas de las estaciones que dejábamos atrás envueltas en la nebulosa de humo y carbonilla, y el alba me encontró con los ojos abiertos.
Llegamos a la seis de la mañana a la estación de Sigüenza y recuerdo que hacía frío pese a ser verano. En el andén estaba mi tío esperándome con su vespa. Durante unos instantes, tras los abrazos, mi padre y él intercambiaron impresiones mientras yo estaba ansioso por partir y tomaba posesión de mi asiento. Mi padre regresaba a Barcelona y yo iniciaba mi aventura. No había carretera asfaltada hasta el pueblo sino un camino polvoriento. El campo despertaba derritiendo la escarcha y mis ojos de urbanita se dejaban deslumbrar por sus tenues colores y mi nariz aspiraba el frescor de aquella mañana que se desperezaba. Cruzamos bosques de chopos, bordeamos la muy noble villa de Atienza que desde su castillo almenado dominaba la llanura a sus pies, pasamos por diminutos pueblos que aún no se habían despertado de su sueño, y al fin apareció Miedes, en el fin del mundo, un centenar de casas blasonadas y un dédalo de calles sin asfaltar que olían a paja y estiércol.Tuve una emotiva fiesta de bienvenida. Recuerdo el cariñoso abrazo de mi tía, la alegre algarabía de mis primos Rosarito, Juanjo y Aguedita, a los que hacía años que no veía, y las muestras de simpatía que me dispensó Loli, la perra de caza, moviendo su rabo.
Los días transcurrían en aquel lugar a otro ritmo, marcados por la salida y la puesta del sol y las labores del campo. Pasaba las mañanas dando vueltas a una enorme plaza que había delante de la casa de mis tíos, pedaleando encima de una vieja bicicleta hasta que, por una mala caída, me rompí la pierna. A la pata coja combatía a pedradas, junto al clan familiar, contra las pandillas de hoscos lugareños para los que yo era un forastero, un chico de ciudad ajeno a la rudeza del campo castellano, y además de Barcelona. Recibí golpes e insultos, y devolví, con el mismo énfasis que los encajaba, todos los ataques sabedor de que para sobrevivir no tenía que exteriorizar el miedo. Cuando me cansaba de jugar o guerrear contra los pueblerinos, partía con mis primos hacia la era a lomos de las mulas, en equilibrio sobre las alforjas, y haraganeábamos sobre los montones de paja segada bajo un sol de justicia mientras veíamos trabajar en las labores del campo a hombres con boinas negras caladas hasta las cejas y colillas de picadura de tabaco entre los labios cuyos rostros reproducían el relieve de las tierras roturadas que labraban, y gruesas y fuertes mujeres con pañuelos y amplios sombreros de paja sobre sus cabezas que parecía que nunca habían sido felices.
Yo era un privilegiado señorito en aquel pueblo sin agua corriente -había que acudir a la fuente pública-, en donde la luz duraba escasamente dos horas -la daban a las ocho de la tarde y la quitaban a las diez de la noche- y la cocina funcionaba con leña. Mi tío era el médico, y mi tía, la maestra, las fuerzas vivas que se completaban con el alcalde Rufino y su media naranja Restituta, el practicante y sacamuelas, el cura don Victorino y el rico del pueblo, un acaudalado madrileño de aspecto aristocrático llamado don Julián que tenía fincas y seducía a sus sirvientas.El primitivismo de esa arcadia alcarreña era tal que el trueque sustituía al dinero y a mi tío le abonaban las consultas con sacos de trigo en vez de con pesetas. El día primero de mes era día de pago y ante el portal de su casa se formaba una recua de pacientes mulas que espantaban las moscas con las orejas y deseaban que las aliviaran del cargamento de cereal que llevaban en las alforjas. En el último piso de la casa estaba el granero y a él subíamos los primos a jugar una vez que los pacientes del tío habían efectuado la descarga y llenado la habitación.
Nos enterrábamos hasta el cuello en aquellas montañas de grano e imaginábamos que aquellas olas de cereal dorado eran las de un mar embravecido por la tempestad. Dicen mis primos que en esas tardes de ocio perpetuo, mientras el tío iba a cazar perdices con su escopeta de perdigones con la fiel Loli, que recogía las piezas, y reinaba en el campo el lamento enervante de la cigarra, yo hilvanaba historias espeluznantes con subrayados musicales de mi cosecha, preludio oral de la afición literaria que me acompañaría toda la vida.
Siendo adulto regresé a Miedes de Atienza en un intento baldío de viaje nostálgico, para rebobinar la película de la vida. Las calles estaban empedradas, las carreteras, asfaltadas, y había desaparecido el olor a boñiga y paja tan característico. Anduve por un pueblo fantasmal y me acerqué a la antigua casa de mis tíos, ahora abandonada. No tropecé con nadie a quien conociera.Mis referentes de carne y hueso habían muerto o emigrado a Madrid.Era el pueblo de mis recuerdos y mis veranos felices con el que tantas veces había soñado, pero algo fallaba en ese reencuentro.El pueblo se mantenía más o menos intacto, pero yo había cambiado, y eso sí que ya no tenía remedio. Sólo mi memoria era capaz de conservarlo tal como era.

EL TÚNEL DEL TIEMPO

En Miedes de Atienza, con la pierna escayolada y mi rústica muleta. El territorio de una infancia feliz, despreocupada, con toda la vida por delante que era una incógnita. Tres veranos de mi infancia que fueron absolutamente felices y conservo con nitidez en mi memoria. Cada detalle, cada olor, ese aire frío y cortante de las mañanas, ese sol abrasador acariciando la era. Tres veranos que convertí en hermosa novela que espero ver publicada. Un niño de ciudad en un pueblo salvaje de La Alcarria en donde no había nada. Luz a partir de las nueve de la noche; agua, de la fuente. El campo castellano, esa Alcarria maravillosa, nuestro patio de recreo.
La foto es de mi querido tío, el médico rural, que ya no está, que se llamaba Benigno aunque se hacía llamar Juan José porque no le gustaba su nombre. Tampoco está ya mi madre. Ni el perro Tim, al que salvamos de unos cazadores salvajes que lo dejaron medio herido. Aquí estoy junto a mi hermana viajera, que entonces no sabía que iba a irse a vivir a Estados Unidos, mi prima Charo, a la que siempre llamé Rosarito, y el primo Juanjo, el médico de la familia. Mi tía, la escritora, reina de performances - aún recuerdo cuando se puso una media en la cara y nos dio a todos un susto de muerte - posa junto a mi madre.

viernes, 21 de septiembre de 2007

EL REPORTAJE



Fotos José Luis Muñoz


Travelport número 90 – Septiembre de 2007 – 3,50 €
Revista de viajes y turismo.

Los viajes de…


JOSÉ LUIS MUÑOZ, LITERATURA Y VIAJES




EL ESCRITOR HA RECORRIDO MEDIO MUNDO Y UTILIZA SUS VIVENCIAS PARA CREAR SU OBRA


José Luis Muñoz, nacido en Salamanca y residente en Barcelona desde hace algunos años, ha sido merecedor de más de una docena de premios de novela entre los que destacamos su último título, “La caraqueña del Maní”, que ha recibido el premio de novela Camilo José Cela. Novelista y articulista, José Luis es uno de los máximos exponentes de la narrativa negra española y un viajero empedernido por lo que el origen de sus libros suele estar muy vinculado a los viajes que realiza.


Los viajes de José Luis Muñoz mantienen una estrecha relación con lo leído y muchos de ellos han sido inducidos por la literatura. “Una experiencia maravillosa que viví en Extremo Oriente fue, tras leer a William Somerset Maugham, escritor inglés conocido sobre todo por “El filo de la navaja”. Somerset viajó muchísimo a Oriente y tras leer su obra tenía muy fresca su visión de un Oriente colonial dominado por el imperio británico y de algunos detalles que aparecían en sus libros. Cuando llegué a Hong Kong en 1979, y después a Singapur, me acordé de un relato suyo ambientado en un hotel de esta ciudad, el Raffels Hotel. Para mi sorpresa se conservaba igual, tal y como yo lo había leído; me quedé conmocionado”. De Hong Kong nos explica que es una ciudad muy occidental. “Hong Kong está formada por una fachada de rascacielos extraordinaria que nada tiene que envidiar a Nueva York y resulta que al adentrarte en la ciudad descubres a la gente comiendo por las calles, exóticos mercados, fascinantes herbolarios que desprenden un aroma embriagador, música y a veces personas extrañas”.

LOS LIBROS FORMAN PARTE DE SUS VIAJES
La literatura guía a José Luis en sus viajes, recopilando experiencias y conocimientos que traslada a sus libros. José Luis nos explica que cuando escribe sus novelas son como libros de viajes. “Las últimas novelas negras las he ambientado en Cuba, Venezuela y Estados Unidos, lugares que he visitado y me han parecido perfectos para un tipo de relato. Por ejemplo, “Lluvia de níquel” es una novela ambientada en el mundo del juego en Las Vegas y éste es un paraje realmente hechizador, una ciudad que te atrapa y te fascina pero que a la vez te engulle. Te sientes rodeado de desierto y recuerdo que cuando salía por la noche a la calle, y eso que no lo hacía hasta las 00,00, no se podía permanecer en ella mucho rato ya que el viento del desierto te quemaba la cara y no había más remedio que refugiarse en los casinos. Forzosamente te enganchas al juego, es algo irremediable ya que, incluso cuando estás en el mostrador tomando una bebida hay tragaperras en la barra. De hecho el personaje de la novela odia el juego en un principio pero no puede evitar quedarse enganchado a él”.

En “El último caso del inspector Rodríguez Pachón” aparece el torso de una mujer sin cabeza en La Habana y un veterano policía devoto del viejo cine norteamericano será el encargado de investigar. José Luis nos comenta que La Habana es una ciudad muy amable para los españoles. “Se nota que el cordón umbilical con la península no está roto y la ciudad es hermosísima, con unas puestas de sol únicas en el mundo”.

MÉJICO
Al preguntarle acerca de su última aventura nos habla de Méjico. “Fue un viaje muy bonito de casi un mes por Méjico D.F., Morelia, Guadalajara, Taxco o San Miguel de Allende. Ésta última me llamo mucho la atención. Estuve en Puerto Vallarta donde cogimos un coche de alquiler y bordeamos la costa del Pacífico. Pasamos por muchísimos pueblos que tenían unas playas preciosas, totalmente faltos de explotación turística hasta el punto que llegamos por la noche y no había ningún lugar para poder dormir”.
Como escritor que es nos explica que suele ser muy observador y fijarse en los detalles que aprovecha para escribir sus libros, siempre con los cinco sentidos preparados para la creación de historias. “Mi viaje tiene tres etapas. La primera es cuando me informo exhaustivamente sobre el lugar al que voy a viajar con libros, revistas y guías y me voy creando en el imaginario un previaje. Durante el viaje me mantengo muy atento a lo que pasa a mi alrededor y llevo siempre conmigo mi cámara de fotos, y por último, al volver del viaje y a lo largo de los años rememoras y recuerdas detalles que parecían en su momento insignificantes pero que se han quedado grabados en tu memoria”.




JOSÉ LUIS MUÑOZ HA RECORRIDO CHINA, SINGAPUR, TAILANDIA, INDONESIA, CUBA, BRASIL, VENEZUELA, COLOMBIA, MÉJICO, ESTADOS UNIDOS, CANADÁ, TÚNEZ…Y UTILIZA SU EXPERIENCIA VIAJERA PARA LA ELABORACIÓN DE SUS LIBROS.


LOS FAVORITOS DE JOSÉ LUIS MUÑOZ
José Luis nos confiesa sus lugares preferidos y sin duda, y por la manera que tiene de relatarnos sus vivencias, los que más impacto visual le han causado. “Cuando vi el Cañón del Colorado pensé que aquello que contemplaba mis ojos no podía ser posible. Me quedé literalmente boquiabierto mirando al infinito durante media hora. Una experiencia similar me pasó con las Cataratas de Iguazú, uno de los espectáculos más extraordinarios que hay. Millones y millones de litros de agua que producen un ruido ensordecedor en un paraje selvático asombroso. Y por supuesto uno de mis preferidos, el observatorio del Roque de los Muchachos en la isla de La Palma. Cogí el coche y cuando llegué a la cima del Roque de los Muchachos y bajé de él no pude dejar de mirar el cielo, observando el maravilloso espectáculo de estrellas, rodeado de telescopios gigantes. El cielo era blanco y me estuve durante bastante tiempo paralizado en medio de un silencio sepulcral envuelto en millones de estrellas”.


LA FASCINACIÓN DE JOSÉ LUIS MUÑOZ POR VIAJAR Y CONOCER DISTINTAS CULTURAS SE REMONTA A LA JUVENTUD, CUANDO LEÍA NOVELAS DE AVENTURAS DE AUTORES COMO STEVENSON O CONRAD.


LA CARAQUEÑA DEL MANÍ
“La caraqueña del Maní” es una novela negra policíaca ambientada en Caracas en la que Macario, un exmiembro de ETA que trabaja como asesor literario de una importante editorial venezolana, recibe la visita de dos de sus camaradas para que se reincorpore a la lucha armada porque la organización esta sufriendo un descalabro. Su negativa provocará persecuciones y anécdotas que se acabarán de complicar cuando entre en su vida La Caraqueña del Maní, una sensual mulata. José Luis tuvo la oportunidad de conocer Venezuela en el año 2004 cuando fue invitado por su editorial para hacer la promoción de una de sus novelas. “Como yo tenía bastante tiempo libre vi que Caracas era el paisaje urbano perfecto para escribir una novela negra y empecé a escribir “La caraqueña del Maní”.
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EL RELATO























Desentraño el secreto mejor guardado
NEGRA Y CRIMINAL


La idea fue, como no, de Andreu Martín, muy dado a ese tipo de juegos literarios. Unos cuantos escritores negrocriminales queríamos hacer nuestro pequeño homenaje a la librería Negra y Criminal de la Barceloneta, conocida por sus libros extraños y sus tapas de mejillones los sábados por la mañana. La idea era jugar con el nombre del local de Paco Camarasa. Una novela a 24 manos en la que saliera una negra que fuera criminal. En unas cuantas cenas los doce hombres – y mujeres –sin piedad nos repartimos los crímenes con la condición de que nuestros capítulos quedaran en el anonimato. Sólo un avezado lector – y no tan avezado en el caso de Argemí: lo siento, pibe – podría descubrir quién estaba detrás de ese texto anónimo. En la exquisita banda, que se hizo muy famosa – ocupamos una plana de El País- había gente tan variopinta como Francisco González Ledesma, el padrino que bendecía el evento; el hiperactivo y locuaz Mariano Sánchez Soler; Miguel Agustí con su cara de villano de cine negro; el torpedo Enrique Sánchez Abulí; el despistado Manuel Quinto – que no llegó a la foto de familia, se equivocó de día y Paco Camarasa lo suplió de espaldas -, dos damas, Alicia Giménez-Bartlett, dejando por un día a Petra Delicado, y Mercedes Abad, que podía haber seguido por la senda del crimen; un par de extranjeros indocumentados, David C. Hall, del que siempre sospeché que era agente de la C.I.A., y Raúl Argemí, un argentino de los de mate a cuestas y labia prodigiosa que luego convierte en materia literaria excelsa; y en la cocina, cuadrando el círculo, el tandem Andreu Martín y Jaume Ribera. Nos lo pasamos de muerte. Ahí va mi capítulo, que se lee como un relato aparte. ¿Lo adivinaron en su momento?

EL RELATO



NEGRA Y CRIMINAL CAPÍTULO VII
José Luis Muñoz

Éste es el capítulo de una novela colectiva, pero se puede leer perfectamente como un relato independiente aunque por su longitud, 30 pgs., bien podría ser una novela corta

A las cuatro de la madrugada todavía no se había dormido. Después de cenar se había tomado un whisky para tratar de conciliar el sueño, pero el alcohol no había conseguido atemperar un estado de tensión que había ido creciendo a medida que avanzaba la tarde.
La luz del destartalado dormitorio permanecía encendida: una bombilla de cuarenta vatios que imposibilitaba la lectura. A las cinco de la madrugada se incorporó y se sentó en la cama, y ésta crujió bajo su peso. Era un tipo corpulento; uno ochenta de estatura, ochenta y dos kilos de peso y brazos armados con dos grandes manos. Irina, a su lado, alargó los brazos y trató de abrazarle por la cintura.
- ¿Por qué no lo dejas, Tomy? No vayas. No me gusta nada.
Tomás era Tomy para Irina. Tomy, un moderno caballero andante que la sacó de aquel bosque con lecho de pinocha en el que la bella rusa ofrecía sus encantos al mejor postor. Tomy, que nunca quiso conocer su pasado y al que sólo le preocupaba el futuro en común. Y el futuro simplemente empezaba dentro de tres horas.
- Me he comprometido y soy un hombre de palabra.
- No me gusta Alfredo.
- Ya sé que no te cae bien.
- No me fío de él.
Irina se incorporó en la cama. Llevaba un salto de cama granate, una pieza preciosa de lencería fina sustentada por dos delgados tirantes que parecían a punto de resbalar por sus redondos hombros.
- Y además trata mal a las mujeres, es un putero. Un macho despreciable y depredador.
Tomy se giró para mirarla.
- ¿Hablas como si lo hubieras conocido? – le dijo secamente.
Irina estuvo, desde que llegó a España, dando vueltas por locales de alterne de media España en régimen de semiesclavitud al cuidado de un proxeneta lituano al que le faltaba un ojo, hasta que huyó de sus garras y decidió ejercer por su cuenta y riesgo en aquel solitario bosque entre Terrassa y Matadepera.
- Sé qué clase de hombre es, cómo mira a las mujeres. Yo no soy su tipo. Le gustan las negras.
- Las cubanas.
- Las negras – insistió.
El despertador comenzó a sonar. Eran las seis. Había que levantarse de la cama. Pero Tomy ya estaba levantado. Entró en el cuarto de baño, se cubrió la cara con espuma blanca, blandió la hojilla, se rasuró con tajos precisos, de arriba abajo, de abajo a arriba, a contrapelo, mientras Irina, apoyada en el marco de la puerta, observaba el rito.
- No vayas – volvió a insistir.
La hojilla se concentraba ahora en la parte de su cara que había entre el labio superior y la nariz. Se hizo un pequeñísimo corte. La espuma se tornó roja. Su cara parecía una suerte de helado de fresa y nata. Se arrojó con decisión agua a la cara, despejó la piel oculta, alardeó de mejillas suaves rozando con su cara la de la rusa.
– No es un golpe: es el golpe – remarcó -. No habrá violencia, no temas, cariño. Alfredo y yo entramos. Polski se queda en el coche. Tenemos una vía de escape rápida. Todo está bajo absoluto control.
- ¿Cuánto? – por primera vez los ojos de Irina dejaron de transmitir temor para irradiar codicia.
- Eres muy curiosa. No lo sé. Mucho. Suficiente. Sesenta mil euros por cabeza, como mínimo. Podemos dar una entrada para una casa, podemos irnos de vacaciones a las Maldivas. Imagina, cariño, tú y yo en esas playas de ensueño, tomando daiquiris.
- Los daiquiris se toman en Cuba y el sol me quema la piel.
- Yo cuidaré tu piel.
Tomy atrapó a la chica por la cintura, la abrazó suavemente, posó sus labios con delicadeza sobre su boca mientras sus manos resbalaban de su cintura a la nuca, presionando todas las vértebras en su recorrido, ejerciendo un masaje.
- Anda, vuelve a la cama, y espérame – le despidió con un suave cachete en el culo. Luego Tomy se vistió, de oscuro: pantalones tejanos negros, una camiseta del mismo color, ceñida, una cazadora gastada de cuero. Metió el pasamontañas en un bolsillo de la cazadora.
- No vayas.
Estaba en medio de la desordenada cama, sentada sobre sus tobillos. El último ruego salía de sus labios mientras lo miraba con ojos hipnóticos.
- Te quiero vestida a las doce. No creo que haya que salir corriendo. Pero estás preparada, por si acaso.
El beso de despedida fue largo porque los brazos de ella se resistían a dejarlo partir. Tomy la estuvo besando en el cuello cuando se libró de sus labios, pero se detuvo cuando ella se bajó los tirantes del salto de cama.
- Hazme el amor.
- Cuando haya pasado todo.
Cruzó el pasillo, sin encender las luces, abrió la puerta y bajó a la carrera el tramo de escaleras que lo separaba de la calle.
Polski lo esperaba en el coche robado el día antes, a cuatro manzanas de su casa. El polaco, a pesar de llevar viviendo en aquellas casas de la Verneda desde hacía diez años, seguía hablando español con un divertido acento de malo de película de agentes secretos. El hombre de confianza de Alfredo se jactaba de haber sido corredor profesional en su país, algo que nadie había podido demostrar. Era capaz de conducir con los ojos cerrados, de acelerar hasta alcanzar cincuenta kilómetros en marcha atrás sin que el coche sufriera un rasguño, de virar bruscamente impidiendo el más mínimo derrape. Tomy montó atrás y el vehículo se puso en marcha.
- Buenos días, Tomy. ¿Qué tal?
- Bien. ¿Tranquilo?
- Ok. Tranquilo. Hoy es nuestro día.
Se dirigieron hacia el centro de la ciudad. Iban bien de tiempo. El tráfico era el de un día normal, con atascos, con ejecutivos nerviosos al volante de sus coches y viandantes que se lanzaban a cruzar por los pasos de peatones antes de que el semáforo se pusiera verde. Recogieron a Alfredo en la confluencia de la calle Balmes y Mallorca. Se sentó al lado de Tomy. Nadie diría lo que planeaban. Polski bajó por la calle Balmes y giró por Consejo de Ciento.
- ¿Cómo sabes que hay tanto dinero? – preguntó Tomy a Alfredo.
- Lo sé y basta.
Alfredo iba vestido como un dandy: traje oscuro, corbata rosa, la que lucían muchos políticos últimamente por televisión, y camisa blanca.
- La artillería – le susurró pasándole una pistola marca Astra.
Tomy la guardó en el interior de la cazadora.
- ¿Llevas el pasamontañas?
- Sí.
-¿Repasamos?
- Repasamos. Yo bajo del coche, me coloco el pasamontañas, entro en la oficina, voy directo al despacho del director mientras tú te quedas en el patio de operaciones.
- Correcto. No nos conocemos. Yo soy un cliente. Ni me miras. Sólo estoy para cubrirte y tú te metes con el director en la nevera y le dices que te dé la saca.
- Bien.
- Y nada de violencia – dijo sonriendo Alfredo -. Todo limpio. Sin sangre, sin tiros. El reparto al día siguiente, en el camino forestal.
- Ok, jefe – dijo Polski, mirándolos por el espejo retrovisor y guiñando un ojo.
Tardaron en encontrar un lugar en donde dejar el coche. Dieron varias vueltas a la manzana y finalmente aprovecharon la salida de un vehículo y aparcaron junto a la acera, en la Meridiana, cerca del Hipercor. La entidad bancaria, la de la estrella, estaba en el chaflán y sus oficinas eran fáciles de atracar. Las llamaban oficinas de atención personalizada; los empleados no estaban protegidos detrás de ningún búnker de cristal y manejaban el dinero en dispensadores a la vista del público. El problema era que aquellas máquinas atornilladas al suelo se bloqueaban a partir de determinado importe y eso lo sabían todos los que se dedicaban al negocio.
- ¿Qué esperamos?
- Que llegue el dinero. ¿Qué vamos a esperar? – Alfredo volvió a sonreír. Hurgó luego en el interior de los bolsillos interiores de la chaqueta y esgrimió unas rayban. Se las caló. Tomy se veía reflejado en su superficie. Estaba nervioso. Hubiera tenido que tomarse otro whisky cuando salió de casa. Ahora sudaba. Tenía las manos húmedas, resbaladizas, le dolía el cuello, le estallaban las sienes, no podía comprender como Polski y Alfredo eran capaces de conservar la flema.
- Bien. Mejor será que nos dispersemos. Tres tipos encerrados en este trasto despiertan sospechas. Tú y Polski os sitúas en el bar – y señaló un modesto establecimiento en el que entraban tipos con mono de trabajo -. Yo esperaré en la acera. Atentos en cuanto llegue el furgón.
El polaco se sentó en un taburete, en el mostrador. Tomy lo hizo en una mesa, cerca de la puerta. Pidió un café, lo que le puso más nervioso, y lo pagó en cuanto el camarero se lo sirvió. Desde su posición dominaba perfectamente el tramo de acera que deberían recorrer los seguratas cuando bajaran del furgón y entraran en la oficina bancaria con el dinero. Cogió un diario y pasó los hojas en silencio, sin dejar de mirar al exterior. Polski no cruzaba ni una sola mirada con él; daba cuenta de un bocadillo y una cerveza y se bajaría del taburete en cuanto él lo hiciera. El tiempo no pasaba, podían estar esperando durante media hora o tres cuartos de hora, dependía del tráfico. Alfredo no les había dicho dónde tenía su informador sobre aquel transporte, si en la compañía se seguridad o entre los empleados de la propia oficina. Tomy tampoco se lo había preguntado. No convenía saber demasiado.
Apareció el furgón. Bajaron dos seguratas, con el dedo en el gatillo de los revólveres que se balanceaban del cinto. Los últimos atracos habían sido sangrientos y no se arriesgaban a ser tiroteados impunemente. Dos guardias se seguridad habían sido asesinados mientras retiraban la recaudación de unos multicines, y a la semana siguiente un atracador armado con una pistola de fogueo moría fulminado por las armas de los custodios del dinero. Miraron a derecha e izquierda, antes de abrir la puerta trasera. Alguien invisible, desde dentro, les alargó la saca. Luego cruzaron la acera, desparecieron en el interior de la entidad bancaria, estuvieron treinta segundos en ella.
Tomy dobló el diario, se levantó de la mesa y salió del bar. Polski lo siguió y se dirigió hacia el coche. Los seguratas salieron de la oficina y subieron al furgón, después de barrer la acera con los ojos. Tomy estaba a diez pasos de la puerta de la entidad bancaria y demoró el paso mirando el escaparate de una tienda de lencería femenina. Vio a Alfredo reflejado en los cristales y eso le tranquilizó. El furgón se alejó rápido. Tomy, antes de entrar en la oficina, agachó la cabeza y con un hábil movimiento se calzó el pasamontañas en la cabeza. Entonces entró. Empuñaba la pistola, pero realmente no hacía falta. Los tres clientes que había se echaron a un lado, pálidos, temblando, y el empleado que atendía el dispensador del dinero no osó levantar los ojos. Tomy sentía los dedos agarrotados y respiraba frenético dentro del pasamontañas. Era el golpe, el golpe definitivo.
- ¡El director!
Localizó el despacho, una jaula de cristal a cubierto de las miradas por cortinillas de lamas, cuya puerta permanecía cerrada. Una mujer salía por otra puerta al fondo. Seguramente venía del lavabo. Palideció al verlo y pegó su espalda a la pared.
- Tranquilos – dijo, controlando la voz, la alteración, el nerviosismo -. Nadie va a salir herido. Sólo queremos dinero. Rápido.
“Queremos”. Había aplicado el plural. Giró sobre sus talones. Alfredo era un cliente más, con la cartera oscura delante, detrás de la que escondía su arma, con sus gafas oscuras y una forzada cara de susto, junto a la entrada. Tomy abrió la puerta cerrada del despacho bruscamente. El director interrumpió su conversación con un cliente sentado al otro lado de la mesa. Tomy intuyó el movimiento reflejo de la mano buscando el pulsador de la alarma.
- Adelante y te mato. Dame la saca.
El director se mostró frío, no perdió la compostura. La experiencia le había dado aplomo, o quizá no era la primera vez que le atracaban.
- ¿Qué saca? No tenemos sacas de dinero. Sólo lo que dé el dispensador, 1200 euros.
Cambió de parecer cuando le puso el cañón de la pistola en la frente. Perdió todo el aplomo entonces. Le habían atracado, le habían amenazado, pero nunca había visto la muerte tan cerca, a merced de aquel dedo que temblaba sobre el gatillo de la pistola Astra.
El dinero tenía que estar en la nevera, la zona aislada de la oficina con puertas de seguridad metálicas que protegía los cajeros automáticos. No les debía haber dado tiempo de custodiarlo en la caja fuerte. Entró primero el director, luego lo hizo él. En un rincón, camuflado entre montones de cajas de sobres, estaba la saca que acababan de dejar los seguratas. No pesaba nada. Repleta de billetes y tan liviana, se dijo Tomy, sopesándola.
- No te muevas de aquí dentro hasta que no pasen cinco minutos. Luego haces lo que tengas que hacer.
Las Maldivas. Playas de arenas blancas, daiquiris, mar turquesa, un bungalow con un gigantesco ventilador e Irina envuelta en un hermoso pareo de seda. Salió. Todo seguía igual de petrificado, como en un cuento infantil, cada cliente en su sitio, cada empleado en su mesa, y Alfredo, imperturbable, que le sonreía.
- Listo – y levantó la saca, eufórico.
Escuchó una detonación seca. Alfredo había apartado la cartera. La pistola humeaba y los clientes, aterrorizados se arrojaban al suelo, mientras la empleada se desmayaba y el cajero permanecía inmóvil, sin pestañear, con los ojos muy abiertos. Tomy se llevó la mano al estómago, incrédulo por la humedad de la sangre y por el dolor súbito. Se deslizó hacia el suelo, sin soltar ni la saca ni la pistola. Comenzaba a hervirle las tripas y, al mismo tiempo, sentía frío. Alfredo se acercó y le disparó en la cabeza. Ni aun así la mano liberó la saca. Y después disparó sobre el atónito empleado en el pecho y entre los ojos.
- ¿Qué ha ocurrido? – chilló Polski, nervioso.
- ¡Joder! ¡Arranca ya! Se ha complicado – gritó Alfredo entrando en el coche, cerrando la puerta y dejando el dinero en el asiento de atrás.
- ¿Y Tomy?
- Muerto.
- ¿Muerto?
- Un puto empleado tenía una pistola escondida en el cajón. Lo fulminó. Luego me lo cargué yo.
- Hostia, hostia, hostia.
En momentos así era cuando la sangre fría de Polski se ponía a prueba. El coche se apartó suavemente de la acera y corrió veloz por el lateral de la Meridiana. Alfredo aun conservaba el arma humeante en la mano, bajo la cartera de piel negra. La bolsa estaba en el asiento trasero, con el precinto y una inscripción en bolígrafo de la cantidad de dinero que albergaba: 60.000 euros. Un buen palo.
- ¿Cómo ha podido morir? ¿Tú no lo cubrías?
- Claro, pero ese gilipollas ha sacado la pipa por sorpresa. Le he metido dos balas en la cabeza. ¡Puto héroe!
- Dos muertos. Mal asunto. Dos muertos. Mal asunto.
Tenían que deshacerse del coche robado. Alfredo tenía el suyo en un vertedero del Garraf. Polski dio media vuelta y enfiló la Gran Vía hasta Plaza España. Pasaron luego por delante del solar de los cuarteles de la remonta. Aquella parte fronteriza entre Barcelona y L’Hospitalet estaba dando un cambio espectacular. La circulación era densa. Confluían los vehículos que se dirigían al Prat, al aeropuerto, a Castelldefels y a Sitges.
- Dos muertos, mal asunto – iba repitiendo Polski sin soltar las dos manos del volante, como un autómata, mientras vigilaba por el espejo retrovisor que ningún coche los siguiera.
- Iremos a partes iguales. No hay mal que por bien no venga.
Polski aflojó la presión del pie sobre el acelerador. Un coche patrulla de los mossos de escuadra los adelantaba. Conservó la sangre fría.
- Aun no saben nada. Tranquilo.
- ¿Por qué dejamos el coche en el Garraf? Muy lejos Garraf.
- Amigo polaco, te estás volviendo un pejiguera de cuidado. Polski, Polski, como Roman Polanski. ¿Lo conoces? Un paisano espabilado, un judío follador que se rodea de palangres.
- ¿Qué son palangres?
- Lo mejor entre las merluzas, lo mejor entres las chicas. Me gustaría ser director de cine. ¡Cómo me gustaría! Anda, pon algo de música.
Polski cogió a ciegas un cassette de Bruce Springstein. La voz de camionero del boss resonó en el coche por encima del rasgueo de su guitarra. El Tibidabo se alejaba, como la ciudad, y los aviones que aterrizaban en el aeropuerto volaban a cien pies de su cabeza, atronando el ambiente. El cielo aparecía moteado con algunas nubes en forma de borrego. Eran las doce del mediodía. El coche de Polski rodaba suavemente hacia su próxima parada. Alfredo bajó su ventanilla. El aire le despeinó súbitamente mostrando profundas entradas en las sienes.
- ¿Qué vas a hacer con tanto dinero, Polski?
- Le enviaré la mitad a mi madre.
- ¿Tu madre? Eres la hostia, polaco. Robas y le das la mitad a tu madre, y la otra a Teresa de Calcuta. ¿Eres un delincuente o una ONG? Debe de estar contenta tu mamá de tener un hijo así.
- ¿Y tú? ¿Qué harás con tu parte?
- Primero una buena celebración. Una fiestorra privada para sacar el stress del cuerpo. Un sándwich con dos putitas negras y unas cuantas rayas de coca para mantener alto el espíritu.
- ¿Putas negras?
- No. Putas negras, no. Así parece que las estés insultando. Putitas negras, que es muy distinto. ¿No serás racista, Polski? Te aseguro que una vez que has hecho el amor con una de esas amazonas de caoba las blancas son como agua de Vichy sin gas..
- Los maderos nos buscarán. Dos muertos. Un atraco con dos muertos...
- Sí, da mal fario, lo sé. ¿Crees que me hace gracia? ¿Crees que me siento muy macho después de haberle metido a ese gilipolla dos tiros en la cabeza? Pues no. Odio la violencia, joder, odio la puta sangre, me dan mareos. ¡Pobre Tomy y pobre Irina! ¿Conoces a la rusa? Es fina, demasiado fina, como una modelo de pasarela.
Llegaron a la pista forestal. Se detuvieron un momento por si algún coche les seguía. Nada. Polski siguió avanzando, galopando entre socavones rellenos con gravilla, hasta que descubrieron el viejo Ford Sierra gris de Alfredo lleno de polvo.
- Me compraré un coche nuevo con la pasta. ¿Qué coche te comprarías tú, Polski?
- Un BMW.
Polski detuvo el vehículo junto a unos árboles. Bajaron. El paraje estaba desierto. Hacía tanto calor que se oía el canto adormecedor de las chicharras y el bosque desprendía un perfume a incendio.
- Tú viaje acaba aquí, amigo.
El polaco se giró despacio cuando notó la frialdad del cañón de la pistola junto al oído.
- Alfredo – gimió -. Partes iguales.
- Claro, Polski. ¿Cuándo te he fallado yo? Dime. ¿Cuándo? Nunca. Métete en el maletero.
Alfredo le apuntaba con la pistola en una mano y en la otra llevaba la saca con el precinto de seguridad que la cerraba herméticamente.
- Vamos, abre el maletero – insistió, impacientándose.
Polski lo abrió con la llave.
- Y ahora te metes dentro, te tumbas y te pones lo más cómodo posible.
Polski lloraba mientras obedecía milimétricamente las órdenes. Apartó una deshinchada rueda de recambio, arrinconó una llave de cruceta, alisó los plásticos, se tendió sobre ellos, abrazándose las rodillas: el maletero no era muy amplio.
Y entonces Alfredo descargó la pistola sobre él, cerró el capó del coche y arrojó la llave a un zarzal. Luego se puso al volante de su viejo Ford Sierra, desanduvo el camino y rodó en dirección a Barcelona. Salió de la carretera cuando vio el primer cartel que anunciaba Castelldefels.
El dinero se transparentaba a través de la bolsa de plástico. Había por lo menos diez paquetes enfajados de cincuenta euros. Resistió la tentación de abrir el precinto y ocultó la bolsa en la nevera, detrás de unas bandejas de solomillos. Comenzó a hacerse uno de aquellos gruesos trozos de carne sobre una parrilla eléctrica mientras marcaba un número en su celular. Le echó una pizca de pimienta, otra de sal y un chorrito de aceite; luego lo pinchó con el tenedor, lo dejó en el plato y se sentó en el comedor de la casa. Le gustaba crudo, sangrante.
- Irina, soy Alfredo.
La policía todavía no había tenido tiempo de identificar a Tomy. El chico estaba limpio, no le había enganchado nunca, era absolutamente legal, y no llevaba ningún documento encima. Nadie le iba a relacionar con él, ni tampoco con Polski cuando encontraran su apestoso cadáver en el maletero de su coche.
- ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está Tomy?
- Tengo malas noticias, Irina. Lo han herido. Hubo un maldito tiroteo –dejó de masticar carne, se levantó y se acercó a la terraza a mirar el mar mientras trataba de imaginar el rostro de la rusa - . Un puto empleado que quiso hacer el héroe. Pero no hay que temer por su vida. Tiene un disparo limpio en la pierna, vendrá un médico amigo y le sacará la bala. – hizo una pausa, y como ella no dijera nada, continuó hablando -. Imagino que querrás verlo.
- ¿Se encuentra bien? ¿Seguro que se encuentra bien? ¡Dios mío! ¿No me ocultas nada, Alfredo?
- Está bien, Irina. Cálmate. En diez minutos paso por tu casa y te llevo.
- ¿Dónde está?
- A buen recaudo. No temas. Ha ido bien, por lo demás. Hemos hecho un buen negocio.
- Ponme con él.
- Está sedado. Imagino que en un par de horas estará despierto. Creo que llaman a la puerta. Debe de ser el médico. Paso a buscarte mientras le dejo que trabaje sobre la pierna de tu querido Tomy. No es nada, ya lo verás. El disparo no le ha afectado ninguna parte especialmente sensible que pueda perjudicarte. ¡Ja!
Terminó de comerse el bistec. Aun estaba caliente y sangraba. Tomó luego un cargador, la pistola y bajó al parking por la escalera que nacía en la cocina. Condujo hasta la casa de Tomy e Irina cuando era media tarde.
- Le echas un polvo y luego la matas. No, la matas sin echar ningún polvo. ¡Puto ADN! – rumiaba, mientras conducía, absorto -. Te pones los guantes de látex y la estrangulas. Pero que no dé un solo grito.
El semáforo estaba rojo. Ya estaba cerca de la Verneda. Dejó la pistola en el asiento de al lado, debajo de un diario. Rodaba ahora entre bloques de viviendas pobres separadas por escuálidos jardines en donde había niños jugando y grupos de magrebíes en corrillos. Detuvo el coche. ¿Sospechaba Irina? Le detestaba, eso sí, desde el primer momento, cuando Tomy los presentó y él hizo el comentario de que estaba muy delgada, que parecía una chica famélica, una de esas rumanas, mientras miraba sus pechos. Dudó antes de bajar del coche. Podía ver el portal de la casa y aparentemente la zona estaba tranquila. Irina no podría saberlo, no hasta el día siguiente, ya que los del departamento de dactiloscopia de la policía aun tardarían algunas horas antes de averiguar a quién pertenecían las huellas de aquel atracador muerto en tan extrañas circunstancias.
Tomó la pistola, bajó del coche y cruzó los descuidados jardines en diagonal. Unos niños le tiraron un balón a la pierna y él se la devolvió con un potente chute.
Subió andando. Se acordaba que Tomy vivía en el segundo piso. Reconoció la puerta en cuanto alcanzó el rellano: era la más descuidada. Quería irse de la Verneda con el botín, eso le dijo, comprarse un piso nuevo en otra zona, poner un negocio de reparaciones para acariciar la piel blanca de aquella rusa y dejarle chorretones de grasa. Llamó al timbre. Nadie le respondió. Volvió a intentarlo mientras se colocaba delante de la mirilla.
- Abre, Irina, soy Alfredo.
Reinaba el silencio, pero estaba convencido de que al otro lado de la puerta la rusa estaba al acecho, conteniendo la respiración. Golpeó con impaciencia con la palma de la mano abierta. Nadie le abrió. Supo entonces que quizá la rusa sospechara de él, y bajó rápidamente los escalones, salió a la calle, cruzó el depauperado jardín municipal sembrado de cacas de perro, se dispuso a entrar en su coche.
Irina se apartó de la ventana en el mismo momento que Alfredo miraba hacia arriba. Luego, emboscada detrás de las cortinas, espió como él entraba en su coche y éste se separaba de la acera y se alejaba.
A media tarde sonó el teléfono. Se sentó en un butacón y lo dejó sonar, angustiada. Cuando empezó a anochecer empezó a perder el aplomo que la había mantenido durante todo el día serena. De noche, sola en la casa, se derrumbó. Con lágrimas que le saltaban de los ojos y rítmicos respingos, abrió el armario en donde Tomy guardaba su ropa, sus camisas, pantalones, americanas, y las fue acariciando lentamente. El telediario de la noche le confirmó lo que sospechaba. Carlos Francino, el conductor de noticias de TV3, hablaba de un asalto a una entidad bancaria que tenía en vilo a la policía: un atracador había asesinado a su compinche y a un empleado de la oficina atracada y después se había dado a la fuga con todo el dinero. La policía aun no había conseguido identificar el cadáver.
Irina permanecía petrificada delante del televisor, en estado se shock profundo. Ya no lloraba. La pantalla se había convertido en una nebulosa en la que su vista se perdía. Se mordió lentamente los labios, hasta hacerse sangre, y se mesó los rubios cabellos con las manos en un gesto de desesperación. Luego deambuló por la casa, sin rumbo, dejando encendidas todas las luces a su paso, hasta llegar de nuevo al armario de Tomy. Ya no acarició las ropas, se limitó a abrir uno por unos los cajones y a hundir la mano debajo de la ropa interior, de los calcetines, de los pantalones deportivos que se ponía para hacer footing por las calles de la Verneda. En el fondo del último cajón tropezó con un objeto duro y metálico. Lo empuñó: era una vieja pistola con el número de serie borrado. Chupó el cañón y acarició el gatillo. Permaneció un minuto así, de pie, con la pistola en la boca y la mano temblando, sin decidirse. Desistió y la dejó en su sitio. Luego se derrumbó en la cama, de bruces, y siguió llorando durante el resto de la larga noche, abrazando, a falta del cuerpo de Tomy, sus rodillas.
Los policías se personaron a la mañana siguiente. El registro fue exhaustivo una vez que exhibieron la orden del juzgado. Pusieron toda la casa patas arriba. Irina les preguntaba, sin obtener respuesta, qué buscaban. No encontraron la pistola, que había camuflado en el interior de la almohada de la cama. Ni tampoco el dinero, el objetivo primordial del registro.
- ¿Cómo se llama su novio?
- Tomás Deulofeu.
- ¿Qué más?
- No lo sé.
- ¿No sabe el segundo apellido? Su novio está muerto. ¿Lo sabe?
El momento más duro fue cuando tuvo que ver a Tomy. Le habían lavado las heridas y parecía que dormía. Los cadáveres eran esculturas de carne helada y el rictus de paz se apoderaba de sus rostros pasadas unas horas aunque su muerte hubiera sido violenta.
La llevaron luego a comisaría. El policía que dirigía el peso del interrogatorio se mostró amable y en varias ocasiones le ofreció una caja de pañuelos de papel para que se enjugara las lágrimas de los ojos. No les cuadraba a los maderos que no hubiera denunciado enseguida la desaparición de su novio, ni que no supiera lo que estaba haciendo la mañana en que encontró la muerte. Pero lo que más le aturdía al inspector que dirigía el interrogatorio era la negativa de la rusa a dar el nombre del asesino, algún dato acerca de él.
- No la entiendo – dijo, dando vueltas a su alrededor con las manos en los bolsillos y mordiendo un cigarrillo apagado para no contravenir las normas antitabaco que regían en las dependencias policiales -. ¿No quiere vengarse? ¿No quiere ver entre rejas al tipo que tendió una trampa a su novio? Le traicionó, le asesinó.
Irina comenzó a creer que la policía sospechaba que ella estaba implicada en el crimen y que podría ser beneficiaria del reparto del botín. Pero se mantuvo en sus trece, permaneció con la boca cerrada, diciendo vaguedades y llorando, después de tres largas horas de interrogatorio.
- Está bien. Puede marchar. Pero esté localizable en cualquier momento. – y terminó, cuando se levantaba para irse -. ¿Sabe una cosa, Irina? No la entiendo. Usted parece una chica juiciosa, es francamente guapa, intuyo que inteligente. No entiendo que esté encubriendo a quién ha asesinado a su novio y seguramente planea acabar con usted. Queremos protegerla. ¿No se da cuenta?
Irina envolvió al inspector con la mirada cálida de sus ojos azules.
- Si lo supiera, se lo diría.
Tres días más tarde Tomy fue incinerado en una ceremonia íntima a la que asistió Irina y Waleska, una polaca amiga y vecina de la rusa. Tomy no tenía familia conocida, era un Deulofeu. Ese mismo día la prensa daba la noticia de que el cadáver de Polski había sido encontrado acribillado a balazos en el interior de un maletero en una pista forestal del Garraf y asociaba esa muerte al atraco de la sucursal de La Caixa.
Después de los entierros, o incineraciones, suele abrirse el apetito de los vivos. Irina y Waleska entraron en un bar. Waleska, antigua camarera de alterne y ocasional actriz porno, protegía con su brazo a Irina, la acompañó hasta una mesa.
Pidieron dos cafés con leche descafeinados de máquina y croissants. Eran las diez de la mañana y el día iba a ser caluroso. Había un hombre sentado en la barra, sobre un taburete, que no les quitaba la vista de encima mientras devoraba un platillo de aceitunas rellenas y bebía un vaso de vermouth Cinzano negro.
- ¿Será un policía?
- Un admirador tuyo – ironizó Irina -. Alguien que te ha visto actuando en una de tus películas. ¿Sigues en ello?
- Cada vez menos. Los rodajes son agotadores y aburridos.
Waleska bebió un trago largo de café con leche antes de hacer la pregunta que le bullía por la cabeza.
- ¿Quién fue? Tú lo sabes. Tú sabías que iban a asaltar el banco.
Irina mojó un croissant en la taza. Movía las mandíbulas con lentitud. De nuevo sus ojos se velaban por las lágrimas.
- Sólo sé que se llama Alfredo. No sé ni dónde vive, ni cómo se llama realmente. Pero lo cogeré.
- ¿Cómo?
Tomó el último sorbo y dejó la taza en el plato.
- Conozco sus gustos. Sus gustos sexuales – sonrió -. Es uno de esos machos insaciables, un depredador de mujeres, un putero.
- No te cojo.
- Le gustan las mujeres negras. Tiene fijación por ellas. Va en su busca por burdeles, las localiza mediante anuncios en los diarios. Un adicto sexual.
Waleska le colocó la mano en el hombro.
- ¿Quieres matarlo?
- ¿Tú qué crees?
- Puedo ayudarte.
- ¿Cómo?
- Conozco a la persona adecuada. Una amiga. Me tendió la mano en los peores momentos: es una mujer negra.
- ¿Una prostituta negra?
- No. Pero podría convencerla para que se hiciera pasar por tal.
- ¿En serio? – los ajos azules de Irina mostraban cierta incredulidad.
- Hablaré con ella. Le explicaré el caso. No te garantizo que lo haga.
- No acabo de entenderte bien, Waleska. ¿Esa mujer es capaz de matar a alguien?
- Sí, claro. Si hay un motivo y una recompensa no creo que ponga objeciones.
- ¿Me estás diciendo que ya ha matado?
- Exacto.
- ¿Y nunca la han cogido?
- Es bastante buena. Acabará con ese bastardo.
Waleska llamó a Irina un par de días más tarde.
- Mi amiga dice que sí, pero antes quiere verte.
Quedó con la desconocida en el restaurante Samoa del Paseo de Gracia. Cuando Irina llegó ella ya estaba. Resultaba inconfundible. No había otra mujer negra en el local y la rusa hubo de reconocer que era muy guapa. Llevaba un vestido de colores llamativos, tornasolados.
- Soy Irina.
- Perdona que no te diga mi nombre.
- Lo entiendo.
Se sentó a su lado. Pidieron dos pizzas mediterráneas con anchoas, aceitunas y alcaparras y dos cervezas de barril bien frías. Irina se fijó más en ella. La mujer negra tenía una mirada penetrante. Le llamaron la atención sus manos: eran inusualmente largas, o quizá era el efecto que causaban las uñas tan largas, como zarpas de pantera.
Irina le explicó algunas características de Alfredo. Le dijo que era alto, delgado, rubio, que llevaba el pelo corto y aparentaba poco más de treinta años.
- Aunque dudo que se llame realmente Alfredo. Quizá ya no está en el país.
- Pero tú crees que sí, tú tienes fe en encontrarlo.
Le explicó que era un putero, su afición por las muchachas de color. Lamentó no tener ninguna fotografía de él.
- Necesitaría una característica física determinante, algo. No sé. Un lunar, una señal, una cicatriz.
Irina se devanó los sesos tratando de recordar algún rasgo característico que lo hiciera fácilmente identificable. Cerró los ojos y se concentró en visualizar la cara.
- El labio. Tiene un labio leporino. Una boca desagradable, como mordida.
- Sé lo qué es.
- ¿Qué quieres a cambio?
- Waleska me comentó que se había quedado con el botín de un atraco. Un porcentaje. ¿Cuánto dinero era?
- Tomy me dijo que sesenta mil euros.
- Veinte mil serán para mí. Mejor veinticinco.
- ¿Cómo piensas dar con él?
- No te preocupes, cariño. Ese es mi trabajo.
Se despidieron en el Paseo de Gracia. Irina le dio dos besos. La rusa se dirigió andando hacia la calle Aragón mientras la mujer negra detenía un taxi y le indicaba al taxista su dirección.
El loft estaba en la calle Verdi, muy próximo a los multicines. El portal tenía una apariencia engañosa que luego no se correspondía con el interior de su vivienda: la escalera era vieja, los escalones gastados por el medio, las paredes, un día ilustradas con bonitos relieves, eran ahora una borrosa mancha. Detrás de una puerta de principios de siglo con mirilla de rejilla se escondía otro mundo, el suyo: paredes de vivos colores, una decoración minimalista, alfombras de piel de cebra y anaqueles con artesanía africana.
Se quitó los zapatos y se acarició los pies. Abrió la nevera luego y tomó un zumo de frutas. Estuvo bebiendo mientras encendía con el mando a distancia el televisor. Silenció el sonido y tomó un cigarrillo de una cajetilla. Lo prendió mientras miraba abstraída las imágenes silentes. Luego descorrió la cremallera lateral de la falda y se desprendió de ella. Buscó la comodidad de un sofá mientras se acariciaba las piernas. Y su cerebro empezó a trabajar.
A la mañana siguiente ya tenía un plan trazado. Quienes buscaban chicas negras frecuentaban un par de locales de la ciudad. Uno estaba a dos pasos, al lado de la Plaza Rius i Taulet; el otro, mucho más conocido, el Moloko, se encontraba en el Born, en una de las calles que desembocaban en el Fossar de les Moreres.
Esperó a que se hiciera de noche para dejarse caer por él. A partir de las doce el local se llenaba. Acudían chicas de Gambia, de Senegal, nigerianas, compatriotas guineanas, y hombres de todo el espectro subsahariano. Había prostitutas, pero también muchachas que buscaban plan para una noche, o con la esperanza de trabar una relación duradera. Sonaba constantemente la música de Amidé Lou, Papa Kenteje, Tekala, los hits de la música senegalesa tan en boga, y reinaba en el local un ambiente irrespirable de humo. Las chicas bailaban en la gran pista central, contoneaban las caderas, flexionaban las piernas sin dejar de moverse hasta que casi rozaban con sus traseros el suelo del local. A la una aparecieron algunos blancos, bastante colocados. Importunaron a una de las muchachas. Hubo algunos trompazos. Nada serio. Nada más hasta que bajaron el cierre del local.
Durmió por la mañana. Y por la tarde. Se levantó resacosa y entró en la ducha abierta en una esquina del loft, sin más cobertura que una pared de vidrio al ácido que dejaba ver la silueta de su cuerpo. El agua fresca, corriendo por su piel, la despertó de golpe. Hizo luego su tabla de ejercicios diarios, las cincuenta flexiones y la serie de abdominales, y se pesó en la bascula. Se dirigió luego al armario ropero, lo abrió y echó una ojeada: hoy se vestiría de forma informal y sexy, con tejanos blancos muy ajustados y una camiseta escotada.
Volvió al Moloko. Tomó asiento tras bailar un rato en la pista central, y pidió leche de pantera. Tuvo que aguantar a algunos moscones: un gambiano pegajoso, un senegalés que se creía el amo del mundo, y un blanco, pero éste no tenía el labio leporino. Aquella espera podría prolongarse sino tenía un golpe de suerte, o quizá ese momento no llegara nunca. Empezaba a dudar que pudiera llevar a buen término el encargo.
-¿Te puedo acompañar a casa?
Más bien sonaba a “me puedo acostar contigo”. La verdad es que era un senegalés atractivo, un armario de mirada descarada que movía mucho los brazos al hablar y mostraba dientes de marfil cuando sonreía.
- Bueno.
Estuvieron haciendo el amor toda la noche, sin parar. Era un buen amante. Hacía meses que un hombre no le hacía disfrutar tanto. Al alba, tras besarlo por todo el cuerpo, le pidió una tregua para dormir.
- ¿Me puedo quedar?
- Prefiero que te vayas. Nunca duermo acompañada.
Pasaba las noches en vela sin ningún resultado en el Moloko. Había algunos blancos que se parecían a la descripción, que podían ser el maldito Alfredo por su edad y por su apetito de carne fresca negra para llevarse a la cama, pero cuando se acercaban tenían labios normales.
- ¿Bailamos?
Una semana justa. Fin de semana. Aquella noche había mucha menos luz en el local y los ritmos eran exclusivamente lentos, para bailar muy juntos, para intimar y excitarse en las aproximaciones. Blanco, pelo corto y rubio, unos treinta años y alto. Insistió de nuevo, cogiendo su mano, y ella aceptó y se dejó conducir hasta la pista de baile. El blanco ciñó con sus brazos su cintura y ambos giraron lentamente entre las demás parejas. Ahora estaba muy cerca de él y de vez en cuando, en sus evoluciones, pasaban por debajo de un haz de luz que lo iluminaba. Creyó ver un labio deforme, un labio leporino. Podría ser él. Su pareja, a medida que el baile se prolongaba, empezaba a tomarse algunas libertades: sus manos habían descendido lentamente por su espalda y se habían posado con osadía sobre sus nalgas.
- Quiero acostarme contigo – le susurró, rozando el cuello con su boca.
- ¿Quién te ha dicho que yo quiero? – respondió riendo.
- ¿Cuánto?
¿A cómo se cotizaba el kilo de carne negra? Debió preguntarle a Waleska.
- Trescientos - aventuró
- ¿Dónde?
- En tu casa. En la mía hay una amiga con un cliente.
Estaba en la dirección correcta. Mientras más detenidamente lo observaba más cuenta se daba de ello. Podía ser Alfredo, se parecía mucho a la descripción que había hecho de él Irina. Era él.
El hombre tenía su coche aparcado en la calle Princesa. Bordearon el mercado del Born, enfilaron el Paseo Colón, siguieron por el Paralelo y en Plaza España tomaron la salida de Barcelona.
- ¿Dónde vives?
- En Castelldefels.
El hombre conducía con una mano mientras la otra permanecía sobre el muslo de la mujer, del que lo retiraba cuando tenía que reducir la marcha. Al llegar a Castelldefels se desviaron del núcleo central de la población para avanzar por una zona con bastantes solares y algunas casas aisladas. La arena que cubría de forma intermitente el asfalto les indicaba que el mar estaba próximo.
- Aquí es.
Bajaron. La casa no era gran cosa. La rodeaba un jardín inhóspito comido por la arena de la cercana playa en el que languidecían algunos geranios. El mar estaba cerca, se olía, se oía. Franquearon la puerta protegida por barrotes de hierro. Siguió al hombre por las habitaciones, por los pasillos, hasta el salón. Cada casa habla de quien la habita. Aquella sencillamente era una casa muda: mobiliario aséptico, cuadros de tiendas de muebles, anaqueles con enciclopedias clasificadas por colores.
- Ponte cómoda.
Se sentó. Pero no era esa comodidad la que deseaba el anfitrión.
- Desnúdate.
¿Dónde guardaba el dinero? ¿Dónde tenía el arma? Empezó a quitarse la ropa diciéndose que aquel tenía que ser el precio inevitable que tenía que pagar. A medida que emergía su cuerpo notaba un creciente entusiasmo en las miradas del hombre, que la ayudó a quitarse el sostén y la estuvo acariciando los senos.
Lo hicieron en el sofá. Rogó para que fuera rápido. Gruñía como un animal, encima de ella, besuqueando sus labios y sus pechos. De vez en cuando se detenía a tomar fuerzas y hablaba de cualquier tema, para distraer su excitación.
- ¿Cómo te llamas, negrita del demonio?
- No importa. Negra. Llámame Negra.
- ¿Negra? Tiene gracia. ¿De dónde eres?
- De Guinea.
Volvió. Ahora estaba en la recta final. Lo ayudó ella moviendo las caderas y cruzando las piernas sobre sus nalgas. Luego, simplemente, se sintió sucia. Y lo odió un poco más.
- Puedes lavarte en el bidet. Es la tercera puerta.
Cogió toda su ropa y se encerró en el cuarto de baño. Se aseó a conciencia. Detestaba aquel olor penetrante, acre, entre las piernas. Después se vistió y revisó su bolso. La pistola era pequeña, pero efectiva. Parecía un juguete. Podía llevarla junto al lápiz de labios, los kleenex, los tampax o los preservativos. Con ella en la mano salió. Alfredo seguía en el mismo sitio en donde lo había dejado, desnudo, absorto en un partido de fútbol que retransmitían por televisión. La miró de reojo, pero no vio la pistola que colgaba de su mano, pegada al muslo.
- Acércame el billetero – e hizo un signo con la mano hacia el respaldo de la silla del que colgaba su chaqueta.
Cuando le apoyó el cañón de la pistola en la sien la mujer olió el miedo de su víctima. Alfredo tembló mientras giraba la cabeza y la miraba sin comprender exactamente lo que ocurría, preguntándose si esa pequeña pistola de culata nacarada era un juguete o bien un dispensador de muerte. Fue la cara de ella, su expresión amenazadora, lo que le convenció definitivamente de que no era una broma de mal gusto.
- Coge lo que quieras y lárgate – dijo, conciliador -. Me ha salido caro este maldito polvo.
- La saca del banco, Alfredo.
- ¿Qué? – evidentemente le había sorprendido desagradablemente que supiera su nombre.
- La saca del banco - insistió
- No sé de qué me hablas. ¿Qué saca? ¿Qué banco?
La presión del cañón de la pistola sobre su sien se duplicó.
- Te voy a mandar al infierno si no me dices dónde está.
- ¿Quién coño eres?
- Sé que la tienes aquí. Dime el lugar.
- No la tengo. No sé de qué me estás hablando.
Había dos maneras de convencerle: disparando, con lo que no podría informarle dónde guardaba el dinero robado, o diciendo un nombre que le aclarara las cosas.
- Irina.
- ¡Puta rusa! ¿Cómo sé que no me matarás?
- Tú no lo sabes. Yo, sí.
- Bien, de acuerdo. Yo te llevo.
Pidió vestirse. Ella no le concedió ese deseo. Un hombre desnudo resulta muy vulnerable junto a una mujer vestida. Caminó delante de él, a un par de pasos, encañonado por la espalda. Entraron en la cocina.
- No veo la saca.
El hombre señaló la nevera.
- Está allí dentro.
- Abre la puerta.
Abrió la puerta. Sólo se veían bandejas de carne en primer término, y packs de yogurt en segundo.
- Está al final de todo.
- Sácala tú.
Se arrodilló y estiró la mano en el interior de la nevera, tiritando de frío. Asió la saca cuyo precinto aun no había sido abierto. La alargó, sin levantarse, a la mujer negra, y ésta la tomó de su mano, la sopesó y trató de mirar a través del plástico helado y empañado los diez paquetes de billetes de 50 euros.
La mujer disparó dos veces, a bocajarro: una bala en el cuello, que salió por la garganta, la segunda en la nuca, sin salida. Alfredo se desplomó y golpeó los anaqueles del frigorífico con la frente mientras sus manos, tras una breve agitación, rozaron el suelo. Al poco rato la sangre de su cabeza goteaba sobre las bandejas de los bistés. No se cayó, permaneció así, de rodillas, en esa pose algo surrealista, con la cabeza dentro de la nevera.
En ese momento la Negra tomó la decisión de que no iba a repartir con nadie el botín.

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EL LARGO ADIÓS







Muere el gran Marc Behm
Y una pésima noticia. Falleció Marc Behm, el autor de La mirada del observador, la, para mí, una de las mejores novelas de género negro. Escritor atípico dónde los haya, guionista de algunos filmes de éxito - Charada, El regreso del Dr. Mabuse, La fiesta ha terminado -, prácticamente desconocido en su Estados Unidos natal, se convirtió en autor de culto en Europa, exilio cultural de tantos talentos del otro lado del Atlántico. Pocas novelas - La reina de la noche, La doncella de hielo, No pretendas saber más - y ninguna de ellas a la altura de su indiscutible obra maestra La mirada del observador que publicó en España la mítica colección Etiqueta Negra dirigida por Paco Ignacio Taibo II en la que quien esto escribe recibió su bautismo de pólvora. De su novela insignia se hizo una versión aceptable dirigida por Stephan Elliot y protagonizada por Ashley Judd y Ewan McGregor. Esperemos que sea reeditado. De momento ninguna noticia de su fallecimiento en los suplementos culturales de los periódicos. De pena.

jueves, 13 de septiembre de 2007

LA CARAQUEÑA DEL MANí


Un escritor debe ponerse en la piel de sus protagonistas

Diario de Mallorca, 21/01/2007

José Luis Muñoz es reconocido por sus novelas negras y aunque años atrás ganara el premio de La Sonrisa Vertical, él recuerda que Pubis de vello rojo era de género negro.
El escritor, afincado en Barcelona, obtuvo ayer el Premio Ciutat de Palma de narrativa en castellano con La caraqueña del Maní, en la que su protagonista, un etarra refugiado en Caracas, se niega a continuar en la lucha armada. Más oportuna no podía ser. “Mi novela tiene, lógicamente, trasfondo político a partir del tema de la expiación de la culpa; yo soy muy crítico con todo el terrorismo, pero un escritor ha de ponerse en la piel de su protagonista.
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LOS LIBROS DE MIS AMIGOS


PUBLICADO EN LA GANGSTERERA


VORACIDAD
Autor: Juan Bas
Editorial: Ediciones B
234, pgs. 13 euros
* * *

Hay una tendencia – que se da bastante en literatura, pero más en el cine - de minusvalorar las comedías y magnificar los dramas. Ese tic cultural es bastante injusto para quien pergeña piezas, tanto literarias como cinematográficas, con la intención de que aflore una sonrisa inteligente y sabe lo difícil que es conseguir esa chispa, el instante de magia, que conecta una página con su lector y le fuerza a la llana carcajada, don que se tiene o no se tiene y para el que no hay fórmulas escritas.
Existe una tradición literaria de autores que nos han hecho reír a conciencia que empieza con Aristófanes, puede rastrearse perfectamente en muchos literatos del Siglo de Oro y persiste en nuestros días con gente tan estupendamente divertida como Tom Sharpe, por poner pocos y distanciados ejemplos. Con el siglo de Oro, con Quevedo en particular, por su causticidad, inteligencia, prosa alambicada y mala leche, habría que emparentar el último libro de Juan Bas, un espécimen literario que domina los resortes del lenguaje y tiene una especial gracia para disparar envenenados dardos aderezados con salsas diversas que se nutren de la gastronomía, los efluvios alcohólicos o la pegajosidad del sexo.
Se nota que Juan Bas se ha divertido mucho escribiendo “Voracidad”, que se lo ha pasado en grande como comadrona de este parto sin fórceps. Hay en esta novela, protagonizada por Pacho Murga, el antihéroe de “Alacranes en su tinta”, un derroche de humor bilbaíno que, pese a su aparente localismo, resulta muy universal – el humorista siempre ha de empezar por reírse de si mismo –, y que Bas utiliza para disparar contra el nacionalismo vasco – el lehendakari, junto con todos sus ministros, fenece tras un atentado gastronómico perpetrado con ostras en mal estado –, la casposa derecha española, representada por personajes como el presidente Alabarda, su esposa Ana Yelmo, protectora de los Legionarios de Cristo, y el ministro de defensa Trilerillo, entre otros; los que siguen como bobos las más absurdas modas gastronómicas, y la televisión basura contra la que, en uno de los pasajes más memorables del libro, embiste como un carnero la étnica madre del protagonista reventándose la cabeza.
“Voracidad”, escrita en primera persona, picoteando de la realidad – que ya sabemos supera siempre a la ficción - y con un notable porcentaje de frikis por página – las inefables tías de Pacho Murga hacen que Hannibal Lecter esté a un paso de la beatificación -, es un libro salvaje y realmente desternillante, desde principio a fin, escrito con una desvergüenza notable, repleto de erudición cinematográfica, literaria y pictórica y, como no, gastronómica, que no deja títere con cabeza y debe leerse sin comer para no atragantarse. Humor negro del bueno.





JUAN BAS (Bilbao, 1959), guionista y articulista, ha publicado, entre otros libros, Alacranes en su tinta, Tratado sobre la resaca y La cuenta atrás, y a cuatro manos con Fernando Marías Páginas ocultas de la historia.


Argumento

Pacho Murga, en coma por un envenenamiento masivo alimentario en el que ha sucumbido el gobierno vasco en pleno, despierta al cabo de dos años gracias a un rayo. Su vuelta a la vida, gobernando el país la derecha con el presidente Alabarda, carece del más mínimo aliciente. Trapicheando, rodeado de frikis diversos, ejerciendo oficios varios con poca suerte, intenta evadirse del enloquecido mundo que le rodea a través del alcohol, la gula y el sexo.


José Luis MUÑOZ

LOS LIBROS DE MIS AMIGOS


JUAN BAS

Conocí a Juan Bas hará cinco años, en el transcurso de una Semana Negra, ese invento festivo-literario ideado por el hiperactivo Paco Ignacio Taibo II cuya principal atractivo es, creo yo, hacer amistades de por vida. Llovía a cantaros en Cudillero – estábamos de visita turística - y los escritores negrocriminales nos resguardábamos bajo el toldo de un bar, y allí estaba con su aspecto orsonwelliano, junto a su inseparable Fernando Marías, y un vaso de whisky en esa manaza de vasco que calza. Intercambiamos unas palabras y desde el principio tuve la sensación de que el tandem me tomaba por otro, lo que puede resultar divertido si eres capaz de seguir el juego. Durante media hora no hicieron otra cosa que preguntarme sobre la espada Tizona y yo les iba contestando lo que podía. ¿Tamaño? ¿Cuántas Tizonas hay? ¿Cuáles eran las otras espadas del Cid? ¿Quién las tiene? Al final de esa absurda disquisición sobre aceros nobles Juan me preguntó si yo era José Luis Corral – novelista de género histórico y especialista en el Cid – y le contesté que no, que era José Luis Muñoz. Por la noche, entre los tres, bajo el toldo insomne del hotel Don Manuel de Gijón – si las mesas pudieran hablar sobre las tertulias y conspiraciones que se han tejido allí – libando alcoholes diversos – Juan me ha educado y me ha dicho que no hay mejor ginebra para el gin tonic que la Bombay y en casa siempre tengo una por si viene -, con excepción de Fernando Marías, adicto a la camomila, destripamos la historia del Séptimo Arte, secuencia a secuencia, desde el cine mudo a nuestros días hasta que empezó a despuntar el sol. Éramos jóvenes. Ahora esas maratonianas charlas cinéfilas no son posibles porque el cuerpo no aguanta y el alzheimer avanza implacable. Así nació una hermosa amistad que se renueva periódicamente en buenos fogones y selectas tabernas. Y además Juan Bas es un buenísimo escritor del que envidio su brutal sentido del humor. Leyendo “Alacranes en su tinta” no me enteré del despegue de mi avión, ni del viaje, ni de su aterrizaje. Además ambos somos tintinófilos, sección capitán Haddock. ¿Qué más se puede pedir?

EL ARTÍCULO


Sábado, 23 de junio de 2007
EL CORREO - Opinión

NO TODO VALE

No todo vale para conseguir unos fines políticos y, aunque parezca mentira, hay quien se alegra del fracaso del proceso de paz porque lo ha estado socavando desde el principio. El principal partido de la oposición lleva largo tiempo cruzando las líneas rojas de la democracia y utilizando como arma arrojadiza, de forma sistemática y sin mesura, sus críticas a la política antiterrorista del gobierno y los pasos que dio éste para la total pacificación de Euskal Herria. Vistos los resultados del 27 M, la estrategia le ha salido rentable y el PP tiene votos incondicionales capaces de perdonarles todas las mentiras vertidas con respecto al 11 M y que han quedado meridianamente manifiestas en el macrojuicio de Madrid que también ha juzgado su comportamiento durante los días posteriores a la mayor masacre terrorista de nuestra historia. La ciudadanía todavía espera un mea culpa que nunca llegará y menos en la nueva situación tras la ruptura de la tregua por parte de ETA.
Lo realmente lamentable de todo este asunto es que la crispación baja a la calle y que ésta es voluble, peligrosa e incontrolada cuando los partidos dejan a un lado la política para convertirse en agitadores sociales. La calculada estrategia con la que el partido de la oposición golpea al gobierno, un juego marrullero en donde se conjuga la mentira sostenida, la agitación social en forma de manifestaciones - – una forma de expresión que hasta hace muy poco rechazaba –, las apelaciones al guerracivilismo, el último despropósito vertido por el jefe del anterior ejecutivo a pocos días de las elecciones municipales, y una manipulación sistemática de las víctimas del terrorismo, le está dando sus frutos ante un ejecutivo enfermo de optimismo y que siempre estuvo a la defensiva. Como un fantasma del pasado se ha visualizado, una vez más, la existencia de esas dos Españas que siguen enfrentadas porque alguien así lo desea. La única guerra que hay en estos momentos es la de las descalificaciones entre los dos partidos mayoritarios cuyo tono sube día a día y que no terminará hasta que se convoquen nuevos comicios. Y la guerra más brutal la que desencadene ETA contra la democracia.
La derecha más cavernícola se está haciendo con el control de un partido que se declara de centro pero cuyos ademanes, lenguaje y actos lo sitúan en el extremo del arco parlamentario. De aquí a las elecciones generales, vistos los réditos obtenidos con la crispación por el partido de la oposición, vamos a asistir a una desaforada estrategia de la tensión auspiciada por una derecha en donde tienen refugio los nostálgicos de un franquismo que el PP nunca condenó. ¿Tan imposible es que en el estado español exista un equivalente político como el que disfrutan Catalunya y Euskal Herria con CIU y PNV respectivamente?
En momentos así uno se acuerda de esa derecha dialogante, valiente, civilizada y comprometida con la democracia que fue la UCD de Adolfo Suárez. ¿No dejó herederos?


JOSÉ LUIS MUÑOZ